EL GENERAL EN SU LABERINTO - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ - 2



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José Palacios, su servidor más antiguo, lo encontró flotando en las aguas depurativas de la bañera, desnudo y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado.


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 Sabía que ése era uno de sus muchos modos de meditar, pero el estado de éxtasis en que yacía a la deriva parecía de alguien que ya no era de este mundo. No se atrevió a acer­carse, sino que lo llamó con voz sorda de acuerdo con la orden de despertarlo antes de las cinco para viajar con las primeras luces. El general emergió del hechizo, y vio en la penumbra los ojos azules y diáfanos, el cabello encrespado de color de ardilla, la majestad impávida de su mayordomo de todos los días sosteniendo en la mano el pocillo con la infusión de amapolas con goma. El general se agarró sin fuerzas de las asas de la bañera, y surgió de entre las aguas medicinales con un ímpetu de delfín que no era de esperar en un cuerpo tan desmedrado.
«Vamonos», dijo. «Volando, que aquí no nos quiere nadie».
José Palacios se lo había oído decir tantas veces y en ocasiones tan diversas, que todavía no creyó que fuera cierto, a pesar de que las recuas estaban preparadas en las caballerizas y la comitiva oficial empezaba a reunirse. Lo ayudó a secarse de cualquier modo, y le puso la ruana de los páramos sobre el cuerpo desnudo, porque la taza le castañeteaba con el temblor de las manos. Meses antes, poniéndose unos pantalones de gamuza que no usaba desde las noches babilónicas de Lima, él había descubierto que a medida que bajaba de peso iba disminuyendo de estatura. Hasta su desnudez era distinta, pues tenía el cuerpo pálido y la cabeza y las manos como achicharradas por el abuso de la intemperie. Había cumplido cuarenta y seis años el pasado mes de julio, pero ya sus ásperos rizos caribes se habían vuelto de ceniza y tenía los huesos desordenados por la decrepitud prematura, y todo él se veía tan desmerecido que no parecía capaz de perdurar hasta el julio siguiente. Sin embargo, sus ademanes resueltos parecían ser de otro menos dañado por la vida, y caminaba sin cesar alrededor de nada. Se bebió la tisana de cinco sorbos ardientes que por poco no le ampollaron la lengua, huyendo de sus propias huellas de agua en las esteras desgreñadas del piso, y fue como beberse el filtro de la resurrección. Pero no dijo una palabra mientras no sonaron las cinco en la torre de la catedral vecina.
«Sábado 8 de mayo del año de treinta, día en que los ingleses flecharon a Juana de Arco», anunció el mayordomo. «Está lloviendo desde las tres de la madrugada».
«Desde las tres de la madrugada del siglo diecisiete», dijo el general con la voz todavía perturbada por el aliento acre del insomnio. Y agregó en serio: «No oí los gallos».
«Aquí no hay gallos», dijo José Palacios.
«No hay nada», dijo el general. «Es tierra de infieles».
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Pues estaban en Santa Fe de Bogotá, a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar remoto, y la enorme alcoba de paredes áridas, expuesta a los vientos helados que se filtraban por las ventanas mal ceñidas, no era la más propicia para la salud de nadie. José Palacios puso la bacía de espuma en el mármol del tocador, y el estuche de terciopelo rojo con los instrumentos de afeitarse, todos de metal dorado. Puso la palmatoria con la vela en una repisa cerca del espejo, de modo que el general tuviera bastante luz, y acercó el brasero para que se le calentaran los pies. Después le dio unas antiparras de cristales cuadrados con una armazón de plata fina, que llevaba siempre para él en el bolsillo del chaleco. El general se las puso y se afeitó gobernando la navaja con igual destreza de la mano izquierda como de la derecha, pues era ambidiestro natural, y con un dominio asombroso del mismo pulso que minutos antes no le había servido para sostener la taza. Terminó afeitándose a ciegas sin dejar de dar vueltas por el cuarto, pues procuraba verse en el espejo lo menos po­sible para no encontrarse con sus propios ojos. Luego se arrancó a tirones los pelos de la nariz y las orejas, se pulió los dientes perfectos con polvo de carbón en un cepillo de seda con mango de plata, se cortó y se pulió las uñas de las manos y los pies, y por último se quitó la ruana y se vació encima un frasco grande de agua de colonia, dándose fricciones con ambas manos en el cuerpo entero hasta quedar exhausto. Aquella madrugada oficiaba la misa diaria de la limpieza con una sevicia más frenética que la habitual, tratando de purificar el cuerpo y el ánima de veinte años de guerras inútiles y desengaños de poder.
La última visita que recibió la noche anterior fue la de Manuela Sáenz, la aguerrida quiteña que lo amaba, pero que no iba a seguirlo hasta la muerte. Se quedaba, como siempre, con el encargo de mantener al general bien informado de todo cuanto ocurriera en ausencia suya, pues hacía tiempo que él no confiaba en nadie más que en ella. Le dejaba en custodia algunas reliquias sin más valor que el de haber sido suyas, así como algunos de sus libros más preciados y dos cofres de sus archivos personales. El día anterior, durante la breve despedida formal, le había dicho: «Mucho te amo, pero más te amaré si ahora tienes más juicio que nunca». Ella lo entendió como otro home­naje de los tantos que él le había rendido en ocho años de amores ardientes. De todos sus conocidos ella era la única que lo creía: esta vez era verdad que se iba. Pero también era la única que tenía al menos un motivo cierto para esperar que volviera.
No pensaban verse otra vez antes del viaje. Sin embargo, doña Amalia, la dueña de casa, quiso darles el regalo de un último adiós furtivo, e hizo entrar a Manuela vestida de jineta por el portón de los establos burlando los prejuicios de la beata comunidad local. No porque fueran amantes clandestinos, pues lo eran a plena luz y con escándalo público, sino por preservar a toda costa el buen nombre de la casa. Él
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fue aún más timorato, pues le ordenó a José Palacios que no cerrara la puerta de la sala contigua, que era un paso obligado de la servidumbre doméstica, y donde los edecanes de guardia jugaron a las barajas hasta mucho después que terminó la visita.
Manuela le leyó durante dos horas. Había sido joven hasta hacía poco tiempo, cuando sus carnes empezaron a ganarle a su edad. Fumaba una cachimba de marinero, se perfumaba con agua de verbena que era una loción de militares, se vestía de hombre y andaba entre soldados, pero su voz afónica seguía siendo buena para las penumbras del amor. Leía a la luz escasa de la palmatoria, sentada en un sillón que aún tenía el escudo de armas del último virrey, y él la escuchaba tendido bocarriba en la cama, con la ropa civil de estar en casa y cubierto con la ruana de vicuña. Sólo por el ritmo de la respiración se sabía que no estaba dormido. El libro se llamaba Lección de noticias y rumores que corrieron por Lima en el año de gracia de 1826, del peruano Noé Calzadillas, y ella lo leía con unos énfasis teatrales que le iban muy bien al estilo del autor.
Durante la hora siguiente no se oyó nada más que su voz en la casa dormida. Pero después de la última ronda estalló de pronto una carcajada unánime de muchos hombres, que alborotó a los perros de la cuadra. Él abrió los ojos, menos inquieto que intrigado, y ella cerró el libro en el regazo, marcando la página con el pulgar.
«Son sus amigos», le dijo.
«No tengo amigos», dijo él. «Y si acaso me quedan algunos ha de ser por poco tiempo».
«Pues están ahí afuera, velando para que no lo maten», dijo ella.
Fue así como el general se enteró de lo que toda la ciudad sabía: no uno sino varios atentados se estaban fraguando contra él, y sus últimos partidarios aguardaban en la casa para tratar de impedirlos. El zaguán y los corredores en torno del jardín interior estaban tomados por los húsares y granaderos, todos venezolanos, que iban a acompañarlo hasta el puerto de Cartagena de Indias, donde debía abordar un velero para Europa. Dos de ellos habían tendido sus petates para acostarse de través frente a la puerta principal de la alcoba, y los edecanes iban a seguir jugando en la sala contigua cuando Manuela acabara de leer, pero los tiempos no eran para estar seguros de nada en medio de tanta gente de tropa de origen incierto y diversa calaña. Sin inmutarse por las malas noticias, él le ordenó a Manuela con un gesto de la mano que siguiera leyendo.
Siempre tuvo a la muerte como un riesgo profesional sin remedio. Había hecho todas sus guerras en la línea de peligro, sin sufrir ni un rasguño, y se movía en medio del fuego contrario con una serenidad tan insensata que hasta sus oficiales se conformaron con la explicación fácil de que se creía invulnerable. Había salido ileso de cuantos aten-5
tados se urdieron contra él, y en varios salvó la vida porque no estaba durmiendo en su cama. Andaba sin escolta, y comía y bebía sin ningún cuidado de lo que le ofrecían donde fuera. Sólo Manuela sabía que su desinterés no era inconsciencia ni fatalismo, sino la certidumbre melancólica de que había de morir en su cama, pobre y desnudo, y sin el consuelo de la gratitud pública.
El único cambio notable que hizo en los ritos del insomnio aquella noche de vísperas, fue no tomar el baño caliente antes de meterse en la cama. José Palacios se lo había preparado desde temprano con agua de hojas medicinales para recomponer el cuerpo y facilitar la expectoración, y lo mantuvo a buena temperatura para cuando él lo quisiera. Pero no lo quiso. Se tomó dos píldoras laxantes para su estreñimiento habitual, y se dispuso a dormitar al arrullo de los chismes galantes de Lima. De pronto, sin causa aparente, lo acometió un acceso de tos que pareció estremecer los estribos de la casa. Los oficiales que jugaban en la sala contigua se quedaron en suspenso. Uno de ellos, el irlandés Belford Hinton Wilson, se asomó al dormitorio por si lo requerían, y vio al general atravesado bocabajo en la cama, tratando de vomitar las entrañas. Manuela le sostenía la cabeza sobre la bacinilla. José Palacios, el único autorizado para entrar en el dormitorio sin tocar. Permaneció junto a la cama en estado de alerta hasta que la crisis pasó. Entonces el general respiró a fondo con los ojos llenos de lágrimas, y señaló hacia el tocador.
«Es por esas flores de panteón», dijo.
Como siempre, pues siempre encontraba algún culpable imprevisto de sus desgracias. Manuela, que lo conocía mejor que nadie, le hizo señas a José Palacios para que se llevara el florero con los nardos marchitos de la mañana. El general volvió a tenderse en la cama con los ojos cerrados, y ella reanudó la lectura en el mismo tono de antes. Sólo cuando le pareció que él se había dormido puso el libro en la mesa de noche, le dio un beso en la frente abrasada por la fiebre, y le susurró a José Palacios que desde las seis de la mañana estaría para una última despedida en el sitio de Cuatro Esquinas, donde empezaba el camino real de Honda. Luego se embozó con una capa de campaña y salió en puntillas del dormitorio. Entonces el general abrió los ojos y le dijo con voz tenue a jóse Palacios:
«Dile a Wilson que la acompañe hasta su casa».
La orden se cumplió contra la voluntad de Manuela, que se creía capaz de acompañarse sola mejor que con un piquete de lanceros. José Palacios la precedió con un candil hasta los establos, en torno de un jardín interior con una fuente de piedra, donde empezaban a florecer los primeros nardos de la madrugada. La lluvia hizo una pausa y el viento dejó de silbar entre los árboles, pero no había ni una estrella en el cielo helado. El coronel Belford Wilson iba repitiendo el santo y seña de la noche para tranquilizar a los centinelas tendidos
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en las esteras del corredor. Al pasar frente a la ventana de la sala principal, José Palacios vio al dueño de casa sirviendo el cale al grupo de amigos, militares y civiles, que se aprestaban para velar hasta el momento de la partida.
Cuando volvió a la alcoba encontró al general a merced del delirio. Le oyó decir frases descosidas que cabían en una sola: «Nadie entendió nada». El cuerpo ardía en la hoguera de la calentura, y soltaba unas ventosidades pedregosas y fétidas. El mismo general no sabría decir al día siguiente si estaba hablando dormido o desvariando despierto, ni podría recordarlo. Era lo que él llamaba "mis crisis de demencia". Que ya no alarmaban a nadie, pues hacía más de cuatro años que las padecía, sin que ningún médico se hubiera arriesgado a intentar alguna explicación científica, y al día siguiente se le veía resurgir de sus cenizas con la razón intacta. José Palacios lo envolvió en una manta, dejó el candil encendido en el mármol del tocador, y salió del cuarto sin cerrar la puerta para seguir velando en la sala contigua. Sabía que él se restablecería a cualquier hora del amanecer, y se metería en las aguas yertas de la bañera tratando de restaurar las fuerzas estragadas por el horror de las pesadillas.
Era el final de una jornada fragorosa. Una guarnición de setecientos ochenta y nueve húsares y granaderos se había sublevado, con el pretexto de reclamar el pago de tres meses de sueldos atrasados. La razón de verdad fue otra: la mayoría de ellos era de Venezuela, y muchos habían hecho las guerras de liberación de cuatro naciones, pero en las semanas recientes habían sido víctimas de tantos vituperios y tantas provocaciones callejeras, que tenían motivos para temer por su suerte después de que el general saliera del país. El conflicto se arregló mediante el pago de los viáticos y mil pesos oro, en vez de los setenta mil que los insurrectos pedían, y éstos habían desfilado al atardecer hacia su tierra de origen, seguidos por una turbamulta de mujeres de carga, con sus niños y sus animales caseros. El estrépito de los bombos y los cobres marciales no alcanzó a acallar la gritería de las turbas que les azuzaban perros y les tiraban ristras de buscapiés para discordarles el paso, como no lo hicieron nunca con una tropa enemiga. Once años antes, al cabo de tres siglos largos de dominio español, el feroz virrey donjuán Sámano había huido por esas mismas calles disfrazado de peregrino, pero con sus baúles repletos de ídolos de oro y esmeraldas sin desbravar, tucanes sagrados, vidrieras radiantes de mariposas de Muzo, y no faltó quien lo llorara desde los balcones y le tirara una flor y le deseara de todo corazón mar tranquila y próspero viaje.
El general había participado en secreto en la negociación del conflicto, sin moverse de la casa donde vivía de prestado, que era la del ministro de guerra y marina, y al final había mandado con la tropa rebelde al general José Laurencio Silva, su sobrino político y ayudante de gran confianza, como prenda de que no habría nuevos
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disturbios hasta la frontera de Venezuela. No vio el desfile bajo su balcón, pero había oído los clarines y los redoblantes, y el barullo de la gente amontonada en la calle, cuyos gritos no alcanzó a entender. Les dio tan poca importancia, que mientras tanto revisó con sus amanuenses la correspondencia atrasada, y dictó una carta para el Gran Mariscal don Andrés de Santa Cruz, presidente de Bolivia, en la cual le anunciaba su retiro del poder, pero no se mostraba muy seguro de que su viaje fuera para el exterior. «No escribiré una carta más en el resto de mi vida», dijo al terminarla. Más tarde, mientras sudaba la fiebre de la siesta, se le metieron en el sueño los clamores de tumultos distantes, y despertó sobrecogido por un reguero de petardos que lo mismo podían ser de insurgentes que de polvoreros. Pero cuando lo preguntó le contestaron que era la fiesta. Así no más: «Es la fiesta, mi general». Sin que nadie, ni el mismo José Palacios, se hubiera atrevido a explicarle qué fiesta sería.
Sólo cuando Manuela se lo contó en la visita de la noche supo que eran las gentes de sus enemigos políticos, los del partido demagogo, como él decía, que andaban por la calle alborotando contra él a los gremios de artesanos, con la complacencia de la fuerza pública. Era viernes, día de mercado, lo cual hizo más fácil el desorden en la plaza mayor. Una lluvia más recia que la de costumbre, con relámpagos y truenos, dispersó a los revoltosos al anochecer. Pero el daño estaba hecho. Los estudiantes del colegio de San Bartolomé se habían tomado por asalto las oficinas de la corte suprema de justicia para forzar un juicio público contra el general, y habían destrozado a bayoneta y tirado por el balcón un retrato suyo de tamaño natural, pintado al óleo por un antiguo abanderado del ejército libertador. Las turbas borrachas de chicha habían saqueado las tiendas de la Calle Real y las cantinas de los suburbios que no cerraron a tiempo, y fusilaron en la plaza mayor a un general de almohadas de aserrín que no necesitaba la casaca azul con botones de oro para que todo el mundo lo reconociera. Lo acusaban de ser el promotor oculto de la desobediencia militar, en un intento tardío de recuperar el poder que el congreso le había quitado por voto unánime al cabo de doce años de ejercicio continuo. Lo acusaban de que­rer la presidencia vitalicia para dejar en su lugar a un príncipe europeo. Lo acusaban de estar fingiendo un viaje al exterior, cuando en realidad se iba para la frontera de Venezuela, desde donde planeaba regresar para tomarse el poder al frente de las tropas insurgentes. Las paredes públicas estaban tapizadas de papeluchas, que era el nombre popular de los pasquines de injurias que se imprimían contra él, y sus partidarios más notorios permanecieron escondidos en casas ajenas hasta que se apaciguaron los ánimos. La prensa adicta al general Francisco de Paula Santander, su enemigo principal, había hecho suyo el rumor de que su enfermedad incierta pregonada con tanto ruido, y los alardes machacones de que se iba, eran simples artimañas políticas para que le rogaran que no se fuera. Esa noche, mientras
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Manuela Sáenz le contaba los pormenores de la jornada borrascosa, los soldados del presidente interino trataban de borrar en la pared del palacio arzobispal un letrero escrito con carbón: "Ni se va ni se muere". El general exhaló un suspiro.
«Muy mal deben andar las cosas», dijo, «y yo peor que las cosas, para que todo esto hubiera ocurrido a una cuadra de aquí y me hayan hecho creer que era una fiesta».
La verdad era que aun sus amigos más íntimos no creían que se iba, ni del poder ni del país. La ciudad era demasiado pequeña y su gente demasiado cominera para no conocer las dos grandes grietas de su viaje incierto: que no tenía dinero suficiente para llegar a ninguna parte con un séquito tan numeroso, y que habiendo sido presidente de la república no podía salir del país antes de un año sin un permiso del gobierno, y ni siquiera había tenido la malicia de solicitarlo. La orden de hacer el equipaje, que él dio de un modo ostensible para ser oído por quien quisiera, no fue entendida como una prueba terminante ni por el mismo José Palacios, pues en otras ocasiones había llegado hasta el extremo de desmantelar una casa para fingir que se iba, y siempre fue una maniobra política certera. Sus ayudantes militares sentían que los síntomas del desencanto eran demasiado evidentes en el último año. Sin embargo, otras veces había ocurrido, y el día menos pensado lo veían despertar con un ánimo nuevo, y retomar el hilo de la vida con más ímpetus que antes. José Palacios, que siempre siguió de cerca estos cambios imprevisibles, lo decía a su manera: «Lo que mi señor piensa, sólo mi señor lo sabe».
Sus renuncias recurrentes estaban incorporadas al cancionero popular, desde la más antigua, que anunció con una frase ambigua en el mismo discurso con que asumió la presidencia: "Mi primer día de paz será el último del poder". En los años siguientes volvió a renunciar tantas veces, y en circunstancias tan disímiles, que nunca más se supo cuándo era cierto. La más ruidosa de todas había sido dos años antes, la noche del 25 de septiembre, cuando escapó ileso de una conjura para asesinarlo dentro del dormitorio mismo de la casa de gobierno. La comisión del congreso que lo visitó en la madrugada, después de que él pasó seis horas sin abrigo debajo de un puente, lo encontró envuelto en una manta de lana y con los pies en un platón de agua caliente, pero no tan postrado por la fiebre como por la desilusión. Les anunció que la conjura no sería investigada, que nadie sería procesado, y que el congreso previsto para el Año Nuevo se reuniría de inmediato para elegir otro presidente de la república.
«Después de eso», concluyó, «yo abandonaré Colombia para siempre».
Sin embargo, la investigación se hizo, se juzgó a los culpables con un código de hierro, y catorce fueron fusilados en la plaza mayor. El congreso constituyente del 2 de enero no se reunió hasta dieciséis meses después, y nadie volvió a hablar de la renuncia. Pero no hubo por
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esa época visitante extranjero, ni contertulio casual ni amigo de paso a quien él no le hubiera dicho: «Me voy para donde me quieran».
Las noticias públicas de que estaba enfermo de muerte no se tenían tampoco como un indicio válido de que se iba. Nadie dudaba de sus males. Al contrario, desde su último regreso de las guerras del sur, todo el que lo vio pasar bajo los arcos de flores se quedó con el asombro de que sólo venía para morir. En vez de Palomo Blanco, su caballo histórico, venía montado en una muía pelona con gualdrapas de estera, con los cabellos encanecidos y la frente surcada de nubes errantes, y tenía la casaca sucia y con una manga descosida. La gloria se le había salido del cuerpo. En la velada taciturna que le ofrecieron esa noche en la casa de gobierno permaneció acorazado dentro de sí mismo, y nunca se supo si fue por perversidad política o por simple descuido que saludó a uno de sus ministros con el nombre de otro.
No bastaban sus aires de postrimerías para que creyeran que se iba, pues desde hacía seis años se decía que estaba muñéndose, y sin embargo conservaba entera su disposición de mando. La primera noticia la había llevado un oficial de la marina británica que lo vio por casualidad en el desierto de Pativilca, al norte de Lima, en plena guerra por la liberación del sur. Lo encontró tirado en el suelo de una choza miserable improvisada como cuartel general, envuelto en un capote de barragán y con un trapo amarrado en la cabeza, porque no soportaba el frío de los huesos en el infierno del mediodía, y sin fuerzas siquiera para espantar las gallinas que picoteaban en torno suyo. Después de una conversación difícil, atravesada por ráfagas de demencia, despidió al visitante con un dramatismo desgarrador:
«Vaya y cuéntele al mundo cómo me vio morir, cagado de gallinas en esta playa inhóspita», dijo.
Se dijo que su mal era un tabardillo causado por los soles mercuriales del desierto. Se dijo después que estaba agonizando en Guayaquil, y más tarde en Quito, con una fiebre gástrica cuyo signo más alarmante era un desinterés por el mundo y una calma absoluta del espíritu. Nadie supo qué fundamentos científicos tenían estas noticias, pues él fue siempre contrario a la ciencia de los médicos, y se diagnosticaba y recetaba a sí mismo basado en La médecine á votre maniere, de Donostierre, un manual francés de remedios caseros que José Palacios le llevaba a todas partes, como un oráculo para entender y curar cualquier trastorno del cuerpo o del alma.
En todo caso, no hubo una agonía más fructífera que la suya. Pues mientras se pensaba que muriera en Pativilca, atravesó una vez más las crestas andinas, venció en Junín, completó la liberación de toda la América española con la victoria final de Ayacucho, creó la república de Bolivia, y todavía fue feliz en Lima como nunca lo había sido ni volvería a serlo jamás con la embriaguez de la gloria. De modo que los anuncios repetidos de que por fin se iba del poder y del país porque estaba enfermo, y los actos formales que parecían confirmarlo, no eran
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sino repeticiones viciosas de un drama demasiado visto para ser creído.
Pocos días después del regreso, al final de un agrio consejo de gobierno, tomó del brazo al mariscal Antonio José de Sucre. «Usted se queda conmigo», le dijo. Lo condujo al despacho privado, donde sólo recibía a muy pocos elegidos, y casi lo obligó a sentarse en su sillón personal.
«Ese lugar es ya más suyo que mío», le dijo.
El Gran Mariscal de Ayacucho, su amigo entrañable, conocía a fondo el estado del país, pero el general le hizo un recuento detallado antes de llegar a sus propósitos. En breves días había de reunirse el congreso constituyente para elegir al presidente de la república y aprobar una nueva constitución, en una tentativa tardía de salvar el sueño dorado de la integridad continental. El Perú, en poder de una aristocracia regresiva, parecía irrecuperable. El general Andrés de Santa Cruz se llevaba a Bolivia de cabestro por un rumbo propio. Venezuela, bajo el imperio del general José Antonio Páez, acababa de proclamar su autonomía. El general Juan José Flores, prefecto general del sur, había unido a Guayaquil y Quito para crear la república independiente del Ecuador. La república de Colombia, primer embrión de una patria inmensa y unánime, estaba reducida al antiguo virreinato de la Nueva Granada. Dieciséis millones de americanos iniciados apenas en la vida libre quedaban al albedrío de sus caudillos locales.
«En suma», concluyó el general, «todo lo que hemos hecho con las manos lo están desbaratando los otros con los pies».
«Es una burla del destino», dijo el mariscal Sucre. «Tal parece como si hubiéramos sembrado tan hondo el ideal de la independencia, que estos pueblos están tratando ahora de independizarse los unos de los otros».
El general reaccionó con una gran vivacidad.
«No repita las canalladas del enemigo», dijo, «aun si son tan certeras como ésa».
El mariscal Sucre se excusó. Era inteligente, ordenado, tímido y supersticioso, y tenía una dulzura del semblante que las viejas cicatrices de la viruela no habían logrado disminuir. El general, que tanto lo quería, había dicho de él que fingía ser modesto sin serlo. Fue héroe en Pichincha, en Tumusla, en Tarqui, y apenas cumplidos los veintinueve años había comandado la gloriosa batalla de Ayacucho que liquidó el último reducto español en la • América del Sur. Pero más que por estos méritos estaba señalado por su buen corazón en la victoria, y por su talento de estadista. En aquel momento había renunciado a todos sus cargos, y andaba sin ínfulas militares de ninguna clase, con un sobretodo de paño negro, largo hasta los tobillos, y siempre con el cuello levantado para protegerse mejor de las cuchillas de vientos glaciales de los cerros vecinos. Su único compromiso con la nación, y el último, según sus deseos, era participar como diputado por Quito en el congreso constituyente. Había cumplido treinta y cinco años, tenía una salud de piedra, y estaba loco de amor por doña Mariana Carcelén,
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marquesa de Solanda, una hermosa y traviesa quiteña casi adolescente, con quien se había casado por poder dos años antes, y con quien tenía una hija de seis meses.
El general no podía imaginarse a nadie mejor calificado que él para sucederlo en la presidencia de la república. Sabía que le faltaban todavía cinco años para la edad reglamentaria, por una limitación constitucional impuesta por el general Rafael Urdaneta para cerrarle el paso. Sin embargo, el general estaba haciendo diligencias confiden­ciales para enmendar la enmienda.
«Acepte usted», le dijo, «y yo me quedaré como generalísimo, dando vueltas alrededor del gobierno como un toro alrededor de un rebaño de vacas».
Tenía el aspecto desfallecido, pero su determinación era convincente. Sin embargo, el mariscal sabía desde hacía tiempo que nunca sería suyo el sillón en que estaba sentado. Poco antes, cuando se le planteó por primera vez la posibilidad de ser presidente, había dicho que nunca go­bernaría una nación cuyo sistema y cuyo rumbo eran cada vez más azarosos En su opinión, el primer paso para la purificación era apartar del poder a los militares, y quería proponer al congreso que ningún general pudiera ser presidente en los próximos cuatro años, tal vez con el propósito de cerrarle el paso a Urdaneta. Pero los opositores más fuertes de esta enmienda serían los más fuertes: los mismos generales.
«Yo estoy demasiado cansado para trabajar sin brújula», dijo Sucre. «Además, Su Excelencia sabe tan bien como yo que aquí no hará falta un presidente sino un domador de insurrecciones».
Asistiría al congreso constituyente, por supuesto, e incluso aceptaría el honor de presidirlo si le fuera ofrecido. Pero nada más. Catorce años de guerras le habían enseñado que no había victoria mayor que la de estar vivo. La presidencia de Bolivia, el país vasto e ignoto que había fun­dado y gobernado con mano sabia, le enseñó las veleidades del poder. La inteligencia de su corazón le había enseñado la inutilidad de la gloria. «De modo que no, Excelencia», concluyó. El 13 de junio, día de san Antonio, había de estar en Quito con su esposa y su hija, para celebrar con ellas no sólo aquel onomástico sino todos los que le deparara el porvenir. Pues su determinación de vivir para ellas, y sólo para ellas en los goces del amor, estaba tomada desde la Navidad reciente.
«Es todo cuanto le pido a la vida», dijo.
El general estaba lívido. «Yo pensaba que ya no podía sorprenderme de nada», dijo. Y lo miró a los ojos:
«¿Es su última palabra?»
«Es la penúltima», dijo Sucre. «La última es mi eterna gratitud por las bondades de Su Excelencia».
El general se dio una palmada en el muslo para despertarse a sí mismo de un sueño irredimible.
«Bueno», dijo. «Usted acaba de tomar por mí la decisión final de mi vida».
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Aquella noche redactó su renuncia bajo el efecto desmoralizador de un vomitivo que le prescribió un médico ocasional para tratar de calmarle la bilis. El 20 de enero instaló el congreso constituyente con un discurso de adioses en el cual elogió a su presidente, el mariscal Sucre, como el más digno de los generales. El elogio arrancó una ovación al congreso, pero un diputado que estaba cerca de Urdaneta le murmuró al oído: «Quiere decir que hay un general más digno que usted». La frase del general, y la perversidad del diputado, se quedaron como dos clavos ardientes en el corazón del general Rafael Urdaneta.
Era justo. Si bien Urdaneta no tenía los inmensos méritos militares de Sucre, ni su gran poder de seducción, no había razón para pensar que fuera menos digno. Su serenidad y su constancia habían sido exaltadas por el propio general, su fidelidad y su afecto por él estaban más que probados, y era uno de los pocos hombres de este mundo que se atrevía a cantarle en la cara las verdades que temía conocer. Consciente de su descuido, el general trató de enmendarlo en las pruebas de imprenta, y en lugar de "el más digno de los generales", corrigió de su puño y letra: "uno de los más dignos". El remiendo no mitigó el rencor.
Días más tarde, en una reunión del general con diputados amigos, Urdaneta lo acusó de fingir que se iba mientras trataba en secreto de que lo reeligieran. Tres años antes, el general José Antonio Páez se había tomado el poder por la fuerza en el departamento de Venezuela, en una primera tentativa de separarlo de Colombia. El general fue entonces a Caracas, se reconcilió con Páez en un abrazo público entre cantos de júbilo y repiques de campanas, y le fabricó sobre medidas un régimen de excepción que le permitía mandar a su antojo. «Ahí empezó el desastre», dijo Urdaneta. Pues aquella complacencia no sólo había acabado de envenenar las relaciones con los granadinos, sino que los contaminó con el germen de la separación. Ahora, concluyó Urdaneta, el mejor servicio que el general podía prestarle a la patria era renunciar sin más dilaciones al vicio de mandar, y salir del país. El general replicó con igual vehemencia. Pero Urdaneta era un hombre íntegro, con un verbo fácil y ardiente, y dejó en todos la impresión de haber asistido a la ruina de una grande y vieja amistad.
El general reiteró su renuncia, y designó a don Domingo Caycedo como presidente interino mientras el congreso elegía al titular. El primero de marzo abandonó la casa de gobierno por la puerta de servicio para no encontrarse con los invitados que estaban agasajando a su sucesor con una copa de champaña, y se fue en una carroza ajena para la quinta de Fucha, un remanso idílico en las goteras de la ciudad, que el presidente provisional le había prestado. La sola certidumbre de no ser más que un ciudadano corriente agravó los estragos del vomitivo. Le pidió a jóse Palacios, soñando despierto, que le dispusiera los medios para empezar a escribir sus memorias. José Palacios le llevó tinta y papel de sobra
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para cuarenta años de recuerdos, y él previno a Fernando, su sobrino y amanuense, para que le prestara sus buenos oficios desde el lunes siguiente a las cuatro de la madrugada, que era su hora más propicia para pensar con los rencores en carne viva. Según le dijo muchas veces al sobrino, quería empezar por su recuerdo más antiguo, que era un sueño que tuvo en la hacienda de San Mateo, en Venezuela, poco después de cumplir los tres años. Soñó que una muía negra con la dentadura de oro se había metido en la casa y la había recorrido desde el salón principal hasta las despensas, comiéndose sin prisa todo lo que encontró a su paso mientras la familia y los esclavos hacían la siesta, hasta que acabó de comerse las cortinas, las alfombras, las lámparas, los floreros, las vajillas y cubiertos del comedor, los santos de los altares, los roperos y los arcones con todo lo que tenían dentro, las ollas de las cocinas, las puertas y ventanas con sus goznes y aldabas y todos los muebles desde el pórtico hasta los dormitorios, y lo único que dejó intacto, flotando en su espacio, fue el óvalo del espejo del tocador de su madre.
Pero se sintió tan bien en la casa de Fucha, y el aire era tan tenue bajo el cielo de nubes veloces, que no volvió a hablar de las memorias, sino que aprovechaba los amaneceres para caminar por los senderos perfumados de la sabana. Quienes lo visitaron en los días siguientes tuvieron la impresión de que se había repuesto. Sobre todo los militares, sus amigos más fieles, que lo instaban a permanecer en la presidencia aunque fuera por un golpe de cuartel. Él los desalentaba con el argumento de que el poder de la fuerza era indigno de su gloria, pero no parecía descartar la esperanza de ser confirmado por la decisión legítima del congreso. José Palacios repetía: «Lo que mi señor piensa, sólo mi señor lo sabe».
Manuela seguía viviendo a pocos pasos del palacio de San Carlos, que era la casa de los presidentes, con el oído atento a las voces de la calle. Aparecía en Fucha dos o tres veces por semana, y más si había algo urgente, cargada de mazapanes y dulces calientes de los conventos, y barras de chocolate con canela para la merienda de las cuatro. Raras veces llevaba los periódicos, porque el general se había vuelto tan susceptible a la crítica que cualquier reparo banal podía sacarlo de quicio. En cambio le refería la letra menuda de la política, las perfidias de salón, los augurios de los mentideros, y él tenía que escucharlos con las tripas torcidas aunque le fueran adversos, pues ella era la única persona a quien le permitía la verdad. Cuando no tenían mucho que decirse revisaban la correspondencia, o ella le leía, o jugaban a las barajas con los edecanes, pero siempre almorzaban solos.
Se habían conocido en Quito ocho años antes, en el baile de gala con que se celebró la liberación, cuando ella era todavía la esposa del doctor James Thorne, un médico inglés implantado en la aristocracia
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de Lima en los últimos tiempos del virreinato. Además de ser la última mujer con quien él mantuvo un amor continuado desde la muerte de su esposa, veintisiete años antes, era también su confidente, la guardiana de sus archivos y su lectora más emotiva, y estaba asimilada a su estado mayor con el grado de coronela. Lejos quedaban los tiempos en que ella había estado a punto de mutilarle una oreja de un mordisco en un pleito de celos, pero sus diálogos más triviales solían culminar todavía con los estallidos de odio y las capitulaciones tiernas de los grandes amores. Manuela no se quedaba a dormir. Se iba con tiempo bastante para que no la sorprendiera la noche en el camino, sobre todo en aquella estación de atardeceres fugaces.
Al contrario de lo que ocurría en la quinta de La Magdalena, en Lima, donde él tenía que inventarse pretextos para mantenerla lejos mientras folgaba con damas de alcurnia, y con otras que no lo eran tanto, en la quinta de Fucha daba muestras de no poder vivir sin ella. Se quedaba contemplando el camino por donde debía llegar, exas­peraba a José Palacios preguntándole la hora a cada instante, pidiéndole que cambiara el sillón de lugar, que atizara la chimenea, que la apagara, que la encendiera otra vez, impaciente y de mal humor, hasta que veía aparecer el coche por detrás de las lomas y se le iluminaba la vida. Pero daba muestras de igual ansiedad cuando la visita se prolongaba más de lo previsto. A la hora de la siesta se metían en la cama sin cerrar la puerta, sin desvestirse y sin dormir, y más de una vez incurrieron en el error de intentar un último amor, pues él no tenía ya suficiente cuerpo para complacer a su alma, y se negaba a admitirlo.
Su insomnio tenaz dio muestras de desorden por aquellos días. Se quedaba dormido a cualquier hora en mitad de una frase mientras dictaba la correspondencia, o en una partida de barajas, y él mismo no sabía muy bien si eran ráfagas de sueño o desmayos fugaces, pero tan pronto como se acostaba se sentía deslumbrado por una crisis de lu­cidez. Apenas si lograba conciliar un medio sueño cenagoso al amanecer, hasta que volvía a despertarlo el viento de la paz entre los árboles. Entonces no resistía la tentación de aplazar el dictado de sus memorias una mañana más, para hacer una caminata solitaria que a veces se prolongaba hasta la hora del almuerzo.
Se iba sin escolta, sin los dos perros fieles que a veces lo acompañaron hasta en los campos de batalla, sin ninguno de sus caballos épicos que ya habían sido vendidos al batallón de los húsares para aumentar los dineros del viaje. Se iba hasta el río cercano por sobre la colcha de hojas podridas de las alamedas interminables, protegido de los vientos helados de la sabana con el poncho de vicuña, las botas forradas por dentro de lana viva, y el gorro de seda verde que antes usaba sólo para dormir. Se sentaba largo rato a cavilar frente al puentecito de tablas sueltas, bajo la sombra de los sauces desconsolados,   absorto   en   los   rumbos   del   agua   que   alguna   vez
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comparó con el destino de los hombres, en un símil retórico muy propio de su maestro de la juventud, don Simón Rodríguez. Uno de sus escoltas lo seguía sin dejarse ver, hasta que regresaba ensopado de rocío, y con un hilo de aliento que apenas si le alcanzaba para la escalinata del portal, macilento y atolondrado, pero con unos ojos de loco feliz. Se sentía tan bien en aquellos paseos de evasión, que los guardianes escondidos lo oían entre los árboles cantando canciones de soldados como en los años de sus glorias legendarias y sus derrotas homéricas. Quienes lo conocían mejor se preguntaban por la razón de su buen ánimo, si hasta la propia Manuela dudaba de que fuera confirmado una vez más para la presidencia de la república por un congreso constituyente que él mismo había calificado de admirable.
El día de la elección, durante el paseo matinal, vio un lebrel sin dueño retozando entre los setos con las codornices. Le lanzó un silbido de rufián, y el animal se detuvo en seco, lo buscó con las orejas erguidas, y lo descubrió con la ruana casi a rastras y el gorro de pontífice florentino, abandonado de la mano de Dios entre las nubes raudas y la llanura inmensa. Lo husmeó a fondo, mientras él le acariciaba la pelambre con la yema de los dedos, pero luego se apartó de golpe, lo miró a los ojos con sus ojos de oro, emitió un gruñido de recelo y huyó espantado. Persiguiéndolo por un sendero desconocido, el general se encontró sin rumbo en un suburbio de callecitas embarradas y casas de adobe con tejados rojos, en cuyos patios se alzaba el vapor del ordeño. De pronto, oyó el grito:
«¡Longanizo!»
No tuvo tiempo de esquivar una bosta de vaca que le arrojaron desde algún establo y se le reventó en mitad del pecho y alcanzó a salpicarle la cara. Pero fue el grito, más que la explosión de boñiga, lo que lo despertó del estupor en que se encontraba desde que abandonó la casa de los presidentes. Conocía el apodo que le habían puesto los granadinos, que era el mismo de un loco de la calle famoso por sus uniformes de utilería. Hasta un senador de los que se decían liberales lo había llamado así en el congreso, en ausencia suya, y sólo dos se habían levantado para protestar. Pero nunca lo había sentido en carne viva. Empezó a limpiarse la cara con el borde de la ruana, y no había terminado cuando el custodio que lo seguía sin ser visto surgió de entre los árboles con la espada desnuda para castigar la afrenta. El lo abrasó con un destello de cólera.
«¿Y usted qué carajos hace aquí?», le preguntó.
El oficial se cuadró.
«Cumplo órdenes, Excelencia».
«Yo no soy excelencia suya», replicó él.
Lo despojó de sus cargos y sus títulos con tanta saña, que el oficial se consideró bien servido de que ya no tuviera poder para una represalia más feroz. Hasta a jóse Palacios, que tanto lo entendía, le costó
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trabajo entender su rigor.
Fue un mal día. Pasó la mañana dando vueltas en la casa con la misma ansiedad con que esperaba a Manuela, pero a nadie se le ocultó que esta vez no agonizaba por ella sino por las noticias del congreso. Trataba de calcular minuto a minuto los pormenores de la sesión. Cuando José Palacios le contestó que eran las diez, dijo: «Por mucho que quieran rebuznar los demagogos ya deben haber em­pezado la votación». Después, al final de una larga reflexión, se preguntó en voz alta: «¿Quién puede saber lo que piensa un hombre como Urdaneta?» José Palacios sabía que el general lo sabía, porque Urdaneta no había cesado de pregonar por todas partes los motivos y el tamaño de su resentimiento. En un momento en que jóse Palacios volvió a pasar, el general le preguntó al descuido: «¿Por quién crees que votará Sucre?» José Palacios sabía tan bien como él que el mariscal Sucre no podía votar, porque había viajado por esos días a Venezuela junto con el obispo de Santa Marta, monseñor José María Estévez, en una misión del congreso para negociar los términos de la separación. Así que no se detuvo para contestar: «Usted lo sabe mejor que nadie, señor». El general sonrió por primera vez desde que regresó del paseo abominable.
A pesar de su apetito errático, casi siempre se sentaba a la mesa antes de las once para comer un huevo tibio con una copa de oporto, o para picotear la pezuña del queso, pero aquel día se quedó vigilando el camino desde la terraza mientras los otros almorzaban, y estuvo tan absorto que ni José Palacios se atrevió a importunarlo. Pasadas las tres se incorporó de un salto, al percibir el trote de las mu­ías antes de que apareciera por las lomas el carruaje de Manuela. Corrió a recibirla, abrió la puerta para ayudarla a bajar, y desde el momento en que le vio la cara conoció la noticia. Don Joaquín Mosquera, primogénito de una casa ilustre de Popayán, había sido electo presidente de la república por decisión unánime.
Su reacción no fue de rabia ni de desengaño, sino de asombro, pues él mismo había sugerido al congreso el nombre de don Joaquín Mosquera, seguro de que no aceptaría. Se sumergió en una cavilación profunda, y no volvió a hablar hasta la merienda. «¿Ni un solo voto por mí?», preguntó. Ni uno solo. Sin embargo, la delegación oficial que lo visitó más tarde, compuesta por diputados adictos, le explicó que sus partidarios se habían puesto de acuerdo para que la votación fuera unánime, de modo que él no apareciera como perdedor en una contienda reñida. Él estaba tan contrariado que no pareció apreciar la sutileza de aquella maniobra galante. Pensaba, en cambio, que habría sido más digno de su gloria que le aceptaran la renuncia desde que la presentó por primera vez.
«En resumidas cuentas», suspiró, «los demagogos han vuelto a ganar, y por partida doble».
Sin embargo, se cuidó muy bien de que no se le notara el estado de
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conmoción en que se encontraba, hasta que los despidió en el pórtico. Pero los coches no se habían perdido de vista cuando cayó fulminado por una crisis de tos que mantuvo la quinta en estado de alarma hasta el anochecer. Uno de los miembros de la comitiva oficial había dicho que el congreso fue tan prudente en su decisión, que había salvado a la república. Él lo había pasado por alto. Pero esa noche, mientras Manuela lo obligaba a tomarse una taza de caldo, le dijo: «Ningún congreso salvó jamás una república». Antes de acostarse reunió a sus ayudantes y a la gente de servicio, y les anunció con la solemnidad habitual de sus renuncias sospechosas:
«Mañana mismo me voy del país».
No fue mañana mismo, pero fue cuatro días después. Mientras tanto recobró la templanza perdida, dictó una proclama de adiós en la que no dejaba traslucir las lacras del corazón, y volvió a la ciudad para preparar el viaje. El general Pedro Alcántara Herrán, ministro de guerra y marina del nuevo gobierno, se lo llevó para su casa de la calle de La Enseñanza, no tanto por darle hospital, como para protegerlo de las amenazas de muerte que cada vez se hacían más temibles.
Antes de irse de Santa Fe remató lo poco de valor que le quedaba para mejorar sus arcas. Además de los caballos vendió una vajilla de plata de los tiempos pródigos de Potosí, que la Casa de Moneda había tasado por el simple valor metálico sin tomar en cuenta el preciosismo de su artesanía ni sus méritos históricos: dos mil quinientos pesos. Hechas las cuentas finales, llevaba en efectivo diecisiete mil seiscientos pesos con sesenta centavos, una libranza de ocho mil pesos contra el tesoro público de Cartagena, una pensión vitalicia que le había acordado el congreso, y poco más de seiscientas onzas de oro repartidas en distintos baúles. Éste era el saldo de lástima de una fortuna personal que el día de su nacimiento se tenía entre las más prósperas de las Américas.
En el equipaje que José Palacios arregló sin prisa la mañana del viaje mientras él acababa de vestirse, sólo tenía dos mudas de ropa interior muy usadas, dos camisas de quitar y poner, la casaca de guerra con una doble fila de botones que se suponían forjados con el oro de Atahualpa, el gorro de seda para dormir y una caperuza colorada que el mariscal Sucre le había traído de Bolivia. Para cal­zarse no tenía más que las pantuflas caseras y las botas de charol que llevaría puestas. En los baúles personales de José Palacios, junto con el botiquín y otras pocas cosas de valor, llevaba el Contrato Social de Rousseau, y El Arte Militar del general italiano Raimundo Montecuccoli, dos joyas bibliográficas que pertenecieron a Napoleón Bonaparte y le habían sido regaladas por sir Robert Wilson, padre de su edecán. El resto era tan escaso, que todo cupo embutido en un morral de soldado. Cuando él lo vio, listo para salir a la sala donde lo aguardaba la comitiva oficial, dijo:
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«Nunca hubiéramos creído, mi querido José, que tanta gloria cupiera dentro de un zapato».
En sus siete muías de carga, sin embargo, iban otras cajas con medallas y cubiertos de oro y cosas múltiples de cierto valor, diez baúles de papeles privados, dos de libros leídos y por lo menos cinco de ropa, y varias cajas con toda clase de cosas buenas y malas que nadie había tenido la paciencia de contar. Con todo, aquello no era ni la sombra del equipaje con que regresó de Lima tres años antes, investido con el triple poder de presidente de Bolivia y Colombia y dictador del Perú: una recua con setenta y dos baúles y más de cuatrocientas cajas con cosas innumerables cuyo valor no se estableció. En esa ocasión había dejado en Quito más de seiscientos libros que nunca trató de recuperar.
Eran casi las seis. La llovizna milenaria había hecho una pausa, pero el mundo seguía turbio y frío, y la casa tomada por la tropa empezaba a exhalar un tufo de cuartel. Los húsares y granaderos se levantaron en tropel cuando vieron acercarse desde el fondo del corredor al general taciturno entre sus edecanes, verde en el resplandor del alba, con la ruana terciada sobre el hombro y un sombrero de alas grandes que ensombrecían aún más las sombras de su cara. Se tapaba la boca con un pañuelo embebido en agua de colonia, de acuerdo con una vieja superstición andina, para protegerse de los malos aires por la salida brusca a la intemperie. No llevaba ninguna insignia de su rango ni le quedaba el menor indicio de su inmensa autoridad de otros días, pero el halo mágico del poder lo hacía distinto en medio del ruidoso séquito de oficiales. Se dirigió a la sala de visitas, caminando despacio por el corredor tapizado de esteras que bordeaba el jardín interior, indiferente a los soldados de la guardia que se cuadraban a su paso. Antes de entrar en la sala se guardó el pañuelo en el puño de la manga, como ya sólo lo hacían los clérigos, y le dio a uno de los edecanes el sombrero que llevaba puesto.
Además de los que habían velado en la casa, otros civiles y militares seguían llegando desde el amanecer. Estaban tomando café en grupos dispersos, y los atuendos sombríos y las voces amordazadas habían enrarecido el ambiente con una solemnidad lúgubre. La voz afilada de un diplomático sobresalió de pronto por encima de los susurros:
«Esto parece un funeral».
No acababa de decirlo, cuando percibió a sus espaldas el hálito de agua de colonia que saturó el clima de la sala. Entonces se volvió con la taza de café humeante sostenida con el pulgar y el índice, y lo inquietó la idea de que el fantasma que acababa de entrar hubiera oído su impertinencia. Pero no: aunque la última visita del general a Europa había sido veinticuatro años antes, siendo muy joven, las añoranzas europeas eran más incisivas que sus rencores. Así que el diplomático fue el primero a quien se dirigió para saludarlo con la cortesía extremada que le merecían los ingleses.
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«Espero que no haya mucha niebla este otoño en Hyde Park», le dijo.
El diplomático tuvo un instante de vacilación, pues en los últimos días había oído decir que el general se iba para tres lugares distintos, y ninguno era Londres. Pero se repuso de inmediato.
«Trataremos de que haya sol de día y de noche para Su Excelencia», dijo.
El nuevo presidente no estaba allí, pues el congreso lo había elegido en ausencia y le haría falta más de un mes para llegar desde Popayán. En su nombre y lugar estaba el general Domingo Caycedo, vicepresidente electo, del cual se había dicho que cualquier cargo de la república le quedaba estrecho, porque tenía el porte y la prestancia de un rey. El general lo saludó con una gran deferencia, y le dijo en un tono de burla:
«¿Usted sabe que no tengo permiso para salir del país?»
La frase fue recibida con una carcajada de todos, aunque todos sabían que no era una broma. El general Caycedo le prometió enviar a Honda en el correo siguiente un pasaporte en regla.
La comitiva oficial estaba formada por el arzobispo de la ciudad, hermano del presidente encargado, y otros hombres notables y funcionarios de alto rango con sus esposas. Los civiles llevaban zamarros y los militares llevaban botas de montar, pues se disponían a acompañar varias leguas al proscrito ilustre. El general besó el anillo del arzobispo y las manos de las señoras, y estrechó sin efusión las de los caballeros, maestro absoluto del ceremonial untuoso, pero ajeno por completo a la índole de aquella ciudad equívoca, de la cual había dicho en más de una ocasión: «Éste no es mi teatro». Los saludó a todos en el orden en que los fue encontrando en el recorrido de la sala, y para cada uno tuvo una frase aprendida con toda deliberación en los manuales de urbanidad, pero no miró a nadie a los ojos. Su voz era metálica y con grietas de fiebre, y su acento caribe, que tantos años de viajes y cambios de guerras no habían logrado amansar, se sentía más crudo frente a la dicción viciosa de los andinos.
Cuando terminó los saludos, recibió del presidente interino un pliego firmado por numerosos granadinos notables que le expresaban el reconocimiento del país por sus tantos años de servicios. Fingió leerlo ante el silencio de todos, como un tributo más al formalismo local, pues no hubiera podido ver sin lentes ni una caligrafía aun más grande. No obstante, cuando fingió haber terminado dirigió a la comitiva unas breves palabras de gratitud, tan pertinentes para la ocasión que nadie hubiera podido decir que no había leído el documento. Al final hizo con la vista un recorrido del salón, y preguntó sin ocultar una cierta ansiedad:
«¿No vino Urdaneta?»
El presidente interino le informó que el general Rafael Urdaneta se había   ido   detrás   de   las   tropas   rebeldes   para   apoyar   la   misión
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preventiva   del   general   José   Laurencio   Silva.   Alguien   se   dejó   oír entonces por encima de las otras voces:
«Tampoco vino Sucre».
El no podía pasar por alto la carga de intención que tenía aquella noticia no solicitada. Sus ojos, apagados y esquivos hasta entonces, brillaron con un fulgor febril, y replicó sin saber a quién:
«Al Gran Mariscal de Ayacucho no se le informó la hora del viaje para no importunarlo».
Al parecer, ignoraba entonces que el mariscal Sucre había regresado dos días antes de su fracasada misión en Venezuela, donde le habían prohibido la entrada a su propia tierra. Nadie le había informado que el general se iba, tal vez porque a nadie podía ocurrírsele que no fuera el primero en saberlo. José Palacios lo supo en un mal momento, y luego lo había olvidado en los tumultos de las últimas horas. No descartó la mala idea, por supuesto, de que el mariscal Sucre estuviera resentido por no haber sido avisado.
En el comedor contiguo, la mesa estaba servida para el espléndido desayuno criollo: tamales de hoja, morcillas de arroz, huevos revueltos en cazuelas, una rica variedad de panes de dulce sobre paños de encajes, y las marmitas de un chocolate ardiente y denso como un engrudo perfumado. Los dueños de casa habían retrasado el desayuno por si él aceptaba presidirlo, aunque sabían que en la mañana no tomaba nada más que la infusión de amapolas con goma arábiga. De todos modos, doña Amalia cumplió con invitarlo a ocupar la poltrona que le habían reservado en la cabecera, pero él declinó el honor y se dirigió a todos con una sonrisa formal.
«Mi camino es largo», dijo. «Buen provecho».
Se empinó para despedirse del presidente interino, y éste le correspondió con un abrazo enorme, que les permitió a todos comprobar qué pequeño era el cuerpo del general, y qué desamparado e inerme se veía a la hora de los adioses. Después volvió a estrechar las manos de todos y a besar las de las señoras. Doña Amalia trató de retenerlo hasta que escampara, aunque sabía tan bien como él que no iba a escampar en lo que faltaba del siglo. Además, se le notaba tanto el deseo de irse cuanto antes, que tratar de demorarlo le pareció una impertinencia. El dueño de casa lo condujo hasta las caballerizas bajo la llovizna invisible del jardín. Había tratado de ayudarlo llevándolo del brazo con la punta de los dedos, como si fuera de vidrio, y lo sorprendió la tensión de la energía que circulaba debajo de la piel, como un torrente secreto sin ninguna relación con la indigencia del cuerpo. Delegados del gobierno, de la diplomacia y de las fuerzas militares, con el barro hasta los tobillos y las capas ensopadas por la lluvia, lo esperaban para acompañarlo en su primera jornada. Nadie sabía a ciencia cierta, sin embargo, quiénes lo acom­pañaban por amistad, quiénes para protegerlo, y quiénes para estar seguros de que en verdad se iba.
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La muía que le estaba reservada era la mejor de una recua de cien que un comerciante español le había dado al gobierno a cambio de la destrucción de su sumario de cuatrero. El general tenía ya la bota en el estribo que le ofreció el palafrenero, cuando el ministro de guerra y marina lo llamó: «Excelencia». El permaneció inmóvil, con el pie en el estribo, y agarrado de la silla con las dos manos.
«Quédese», le dijo el ministro, «y haga un último sacrificio por salvar la patria».
«No, Herrán», replicó él, «ya no tengo patria por la cual sacrificarme».
Era el fin. El general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios se iba para siempre. Había arrebatado al dominio español un imperio cinco veces más vasto que las Europas, había dirigido veinte años de guerras para mantenerlo libre y unido, y lo había gobernado con pulso firme hasta la semana anterior, pero a la hora de irse no se llevaba ni siquiera el consuelo de que se lo creyeran. El único que tuvo bastante lucidez para saber que en realidad se iba, y para dónde se iba, fue el diplomático inglés que escribió en un informe oficial a su gobierno: «El tiempo que le queda le alcanzará a duras penas para llegar a la tumba».
La primera jornada había sido la más ingrata, y lo habría sido incluso para alguien menos enfermo que él, pues llevaba el humor pervertido por la hostilidad larvada que percibió en las calles de Santa Fe la mañana de la partida. Apenas empezaba a clarear entre la llovizna, y sólo encontró a su paso algunas vacas descarriadas, pero el encono de sus enemigos se sentía en el aire. A pesar de la previsión del gobierno, que había ordenado conducirlo por las calles menos usuales, el general alcanzó a ver algunas de las injurias pintadas en las paredes de los conventos.
José Palacios cabalgaba a su lado, vestido como siempre, aun en el fragor de las batallas, con la levita sacramental, el prendedor de topacio en la corbata de seda, los guantes de cabritilla, y el chaleco de brocado con las dos leontinas cruzadas de sus relojes gemelos. Las guarniciones de su montura eran de plata del Potosí, y sus espuelas eran de oro, por lo cual lo habían confundido con el presidente en más de dos aldeas de los Andes. Sin embargo, la diligencia con que atendía hasta los mínimos deseos de su señor hacía impensable cualquier confusión. Lo conocía y lo quería tanto que padecía en carne propia aquel adiós de fugitivo, en una ciudad que solía convertir en fiestas patrias el mero anuncio de su llegada. Apenas tres años antes, cuando regresó de las áridas guerras del sur abrumado por la mayor cantidad de gloria que ningún americano vivo o muerto había merecido jamás, fue objeto de una recepción espontánea que hizo época. Eran todavía los tiempos en que la gente se agarraba del bozal de su caballo y lo paraba en la calle para quejarse de los servicios públicos o de los
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tributos fiscales, o para pedirle mercedes, o sólo para sentir de cerca el resplandor de la grandeza. El prestaba tanta atención a esos reclamos callejeros como a los asuntos más graves del gobierno, con un cono­cimiento sorprendente de los problemas domésticos de cada uno, o del estado de sus negocios, o de los riesgos de la salud, y a todo el que hablaba con él le quedaba la impresión de haber compartido por un instante los deleites del poder.
Nadie hubiera creído que él fuera el mismo de entonces, ni que fuera la misma aquella ciudad taciturna que abandonaba para siempre con precauciones de forajido. En ninguna parte se había sentido tan forastero como en aquellas callecitas yertas con casas iguales de tejados pardos y jardines íntimos con flores de buen olor, donde se cocinaba a fuego lento una comunidad aldeana, cuyas maneras relamidas y cuyo dialecto ladino servían más para ocultar que para decir. Y sin embargo, aunque entonces le pareciera una burla de la imaginación, era ésa la misma ciudad de brumas y soplos helados que él había escogido desde antes de conocerla para edificar su gloria, la que había amado más que a ninguna otra, y la había idealizado como centro y razón de su vida y capital de la mitad del mundo.
A la hora de las cuentas finales él mismo parecía ser el más sorprendido de su propio descrédito. El gobierno había apostado guardias invisibles aun en los lugares de menor peligro, y esto impidió que le salieran al paso las gavillas coléricas que lo habían ejecutado en efigie la tarde anterior, pero en todo el trayecto se oyó un mismo grito distante: «¡Longaniiiizo!». La única alma que se apiadó de él fue una mujer de la calle que le dijo al pasar:
«Ve con Dios, fantasma».
Nadie dio muestras de haberla oído. El general se sumergió en una cavilación sombría, y siguió cabalgando, ajeno al mundo, hasta que salieron a la sabana espléndida. En el sitio de Cuatro Esquinas, donde empezaba el camino empedrado, Manuela Sáenz esperó el paso de la comitiva, sola y a caballo, y le hizo al general desde lejos un último adiós con la mano. El le correspondió de igual modo, y prosiguió la marcha. Nunca más se vieron.
La llovizna cesó poco después, el cielo se tornó de un azul radiante, y dos volcanes nevados permanecieron inmóviles en el horizonte por el resto de la jornada. Pero esta vez él no dio muestras de su pasión por la naturaleza, ni se fijó en los pueblos que atravesaban a trote sostenido, ni en los adioses que les hacían al pasar sin reconocerlos. Con todo, lo que más insólito pareció a sus acompañantes fue que no tuviera ni una mirada de ternura para las caballadas magníficas de los muchos criaderos de la sabana, que según había dicho tantas veces era la visión que más amaba en el mundo.
En la población de Facatativá, donde durmieron la primera noche, el general se despidió de los acompañantes espontáneos y prosiguió el
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viaje con su séquito. Eran cinco, además de ¡osé Palacios: el general José María Garreño, con el brazo derecho cercenado por una herida de guerra; su edecán irlandés, el coronel Belford Hinton Wilson, hijo de sir Robert Wilson, un general veterano de casi todas las guerras de Europa; Fernando, su sobrino, edecán y escribano con el grado de teniente, hijo de su hermano mayor, muerto en un naufragio durante la primera república; su pariente y edecán, el capitán Andrés Ibarra, con el brazo derecho baldado por un corte de sable que sufrió dos años antes en el asalto del 25 de septiembre, y el coronel José de la Cruz Paredes, probado en numerosas campañas de la independencia. La guardia de honor estaba compuesta por cien húsares y granaderos escogidos entre los mejores del contingente venezolano.
José Palacios tenía un cuidado especial con dos perros que habían sido tomados como botín de guerra en el Alto Perú. Eran hermosos y valientes, y habían sido guardianes nocturnos de la casa de gobierno de Santa Fe hasta que dos de sus compañeros fueron muertos a cuchillo la noche del atentado. En los interminables viajes de Lima a Quito, de Quito a Santa Fe, de Santa Fe a Caracas, y otra vez de vuelta a Quito y Guayaquil, los dos perros habían cuidado la carga caminando al paso de la recua. En el último viaje de Santa Fe a Cartagena hicieron lo mismo, a pesar de que esa vez la carga no era tanta, y estaba custo­diada por la tropa.
El general había amanecido de mal humor en Facatativá, pero fue mejorando a medida que descendían de la planicie por un sendero de colinas ondulantes, y el clima se atemperaba y la luz se hacía menos tersa. En varias ocasiones lo invitaron a descansar, preocupados por el estado de su cuerpo, pero él prefirió seguir sin almorzar hasta la tierra caliente. Decía que el paso del caballo era propicio para pensar, y viajaba durante días y noches cambiando varias veces de montura para no reventarla. Tenía las piernas cascorvas de los jinetes viejos y el modo de andar de los que duermen con las espuelas puestas, y se le había for­mado alrededor del sieso un callo escabroso como una penca de barbero, que le mereció el apodo honorable de Culo de Fierro. Desde que empezaron las guerras de independencia había cabalgado dieciocho mil leguas: más de dos veces la vuelta al mundo. Nadie desmintió nunca la leyenda de que dormía cabalgando.
Pasado el mediodía, cuando ya empezaban a sentir el vaho caliente que subía de las cañadas, se concedieron una pausa para reposar en el claustro de una misión. Los atendió la superiora en persona, y un grupo de novicias indígenas les repartió mazapanes recién sacados del horno y un masato de maíz granuloso y a punto de fermentar. Al ver la avanzada de soldados sudorosos y vestidos sin ningún orden, la superiora debió pensar que el coronel Wilson era el oficial de mayor graduación, tal vez porque era apuesto y rubio y tenía el uniforme mejor guarnecido, y se ocupó sólo de él con una deferencia muy femenina que provocó comentarios malignos.
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José Palacios no desaprovechó el equívoco para que su señor descansara a la sombra de las ceibas del claustro, envuelto en una manta de lana para sudar la fiebre. Así permaneció sin comer y sin dormir, oyendo entre brumas las canciones de amor del repertorio criollo que las novicias cantaron acompañadas con un arpa por una monja mayor. Al final, una de ellas recorrió el claustro con un sombrero pidiendo limosnas para la misión. La monja del arpa le dijo al pasar: «No le pidas al enfermo». Pero la novicia no le hizo caso. El general, sin mirarla siquiera, le dijo con una sonrisa amarga: «Para limosnas estoy yo, hija». Wilson dio una de su faltriquera personal, con una prodi­galidad que mereció la burla cordial de su jefe: «Ya ve lo que cuesta la gloria, coronel». El mismo Wilson manifestó más tarde su sorpresa de que nadie en la misión ni en el resto del camino hubiera reconocido al hombre más conocido de las repúblicas nuevas. También para éste, sin duda, fue una lección extraña.
«Ya no soy yo», dijo.
La segunda noche la pasaron en una antigua factoría de tabaco convertida en albergue de caminantes, cerca de la población de Guaduas, donde se quedaron esperándolos para un acto de desagravio que él no quiso sufrir. La casa era inmensa y tenebrosa, y el paraje mismo causaba una rara congoja, por la vegetación brutal y el río de aguas negras y escarpadas que se desbarrancaban hasta los platanales de las tierras calientes con un estruendo de demolición. El general lo conocía, y desde la primera vez que pasó por allí había dicho: «Si yo tuviera que hacerle a alguien una emboscada matrera, escogería este lugar». Lo había evitado en otras ocasiones, sólo porque le recordaba a Berruecos, un paso siniestro en el camino de Quito que aun los viajeros más temerarios preferían eludir. En una ocasión había acampado dos leguas antes contra el criterio de todos, porque no se creía capaz de soportar tanta tristeza. Pero esta vez, a pesar del cansancio y la fiebre, le pareció de todos modos más soportable que el ágape de condolencias con que estaban esperándolo sus azarosos amigos de Guaduas.
Al verlo llegar en condiciones tan penosas, el dueño del hostal le había sugerido llamar a un indio de una vereda cercana que curaba con sólo oler una camisa sudada por el enfermo, a cualquier distancia y aunque no lo hubiera visto nunca. El se burló de su credulidad, y prohibió que alguno de los suyos intentara cualquier clase de tratos con el indio taumaturgo. Si no creía en los médicos, de los cuales decía que eran unos traficantes del dolor ajeno, menos podía esperarse que confiara su suerte a un espiritista de vereda. Al final, como una afirmación más de su desdén por la ciencia médica, despreció el buen dormitorio que le habían preparado por ser el más conveniente para su estado, y se hizo colgar la hamaca en la amplia galería descubierta que daba sobre la cañada, donde pasaría la noche expuesto a los riesgos del sereno.
No había tomado en todo el día nada más que la infusión del amanecer, pero no se sentó a la mesa sino por cortesía con sus oficiales.


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