EL GENERAL EN SU LABERINTO - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ - 3



Aunque se conformaba mejor que nadie a los rigores de la vida en campaña, y era poco menos que un asceta del comer y el beber, gustaba y conocía de las artes de la cava y la cocina como un europeo refinado, y desde su primer viaje había aprendido de los franceses la costumbre de hablar de comida mientras comía.


25
Aquella noche sólo se bebió media copa de vino tinto y probó por curiosidad el guiso de venado, para comprobar si era cierto lo que decía el dueño y confirmaron sus oficia­les: que la carne fosforescente tenía un sabor de jazmín. No dijo más de dos frases en la cena, ni las dijo con más aliento que las muy pocas que había dicho en el curso del viaje, pero todos apreciaron su esfuerzo por endulzar con una cucharadita de buenas maneras el vinagre de sus desgracias públicas y su mala salud. No había vuelto a decir una palabra de política ni había evocado ninguno de los incidentes del sábado, un hombre que no lograba superar el reconcomio de la inquina muchos años después del agravio.
Antes que acabaran de comer pidió permiso para levantarse, se puso el camisón y el gorro de dormir tiritando de fiebre, y se derrumbó en la hamaca. La noche era fresca, y una enorme luna anaranjada empezaba a alzarse entre los cerros, pero él no tenía humor para verla. Los soldados de la escolta, a pocos pasos de la galería, rompieron a cantar a coro canciones populares de moda. Por una vieja orden suya acampaban siempre cerca de su dormitorio, como las legiones de Julio César, para que él conociera sus pensamientos y sus estados de ánimo por sus conversaciones nocturnas. Sus caminatas de insomne lo habían llevado muchas veces hasta los dormitorios de campaña, y no pocas había visto el amanecer cantando con los soldados canciones de cuartel con estrofas de alabanza o de burla improvisadas al calor de la fiesta. Pero aquella noche no pudo soportar los cantos y ordenó que los hicieran callar. El estropicio eterno del río entre las rocas, magnificado por la fiebre, se incorporó al delirio.
«¡La pinga!», gritó. «Si al menos pudiéramos pararlo un minuto».
Pero no: ya no podía parar el curso de los ríos. José Palacios quiso calmarlo con uno de los tantos paliativos que llevaban en el botiquín, pero él lo rechazó. Esa fue la primera vez en que le oyó decir su frase recurrente: «Acabo de renunciar al poder por un vomitivo mal recetado, y no estoy dispuesto a renunciar también a la vida». Años antes había dicho lo mismo, cuando otro médico le curó unas fiebres tercianas con un brebaje arsénica! que estuvo a punto de matarlo de disentería. Desde entonces, las únicas medicinas que aceptó fueron las píldoras purgantes que tomaba sin reticencias varias veces por semana para su estreñimiento obstinado, y una lavativa de sen para los retrasos más críticos.
Poco después de la medianoche, agotado por el delirio ajeno, José Palacios se tendió en los ladrillos pelados del piso y se quedó dormido. Cuando despertó, el general no estaba en la hamaca, y había dejado
26
en el suelo la camisa de dormir ensopada en sudor. No era raro. Tenía la costumbre de abandonar el lecho, y deambular desnudo has­ta el amanecer para entretener el insomnio cuando no había nadie más en la casa. Pero esa noche había razones de más para temer por su suerte, pues acababa de vivir un mal día, y el tiempo fresco y húmedo no era el mejor para pasear a la intemperie. José Palacios lo buscó con una manta en la casa iluminada por el verde lunar, y lo encontró acostado en un poyo del corredor, como una estatua yacente sobre un túmulo funerario. El general se volvió con una mirada lúcida en la que no quedaba ni un vestigio de fiebre.
«Es otra vez como la noche de San Juan de Payara», dijo. «Sin Reina María Luisa, por desgracia».
José Palacios conocía de sobra aquella evocación. Se refería a una noche de enero de 1820, en una localidad venezolana perdida en los llanos altos del Apure, adonde había llegado con dos mil hombres de tropa. Había liberado ya del dominio español dieciocho provincias. Con los antiguos territorios del virreinato de la Nueva Granada, la capitanía general de Venezuela y la presidencia de Quito, había creado la república de Colombia, y era a la sazón su primer presidente y general en jefe de sus ejércitos. Su ilusión final era extender la guerra hacia el sur, para hacer cierto el sueño fantástico de crear la nación más grande del mundo: un solo país libre y único desde México hasta el Cabo de Hornos.
Sin embargo, su situación militar de aquella noche no era la más propicia para soñar. Una peste súbita que fulminaba a las bestias en plena marcha había dejado en el Llano un reguero pestilente de catorce leguas de caballos muertos. Muchos oficiales desmoralizados se consolaban con la rapiña y se complacían en la desobediencia, y algunos se burlaban incluso de la amenaza que él había hecho de fusilar a los culpables. Dos mil soldados harapientos y descalzos, sin armas, sin comida, sin mantas para desafiar los páramos, cansados de guerras y muchos de ellos enfermos, habían empezado a desertar en desbandada. A falta de una solución racional, él había dado la orden de premiar con diez pesos a las patrullas que prendieran y entregaran a un compañero desertor, y de fusilar a éste sin averiguar sus razones.
La vida le había dado ya motivos bastantes para saber que ninguna derrota era la última. Apenas dos años antes, perdido con sus tropas muy cerca de allí, en las selvas del Orinoco, había tenido que ordenar que se comieran a los caballos, por temor de que los soldados se comieran unos a otros. En esa época, según el testimonio de un oficial de la Legión Británica, tenía la catadura estrafalaria de un guerrillero de la legua. Llevaba un casco de dragón ruso, alpargatas de arriero, una casaca azul con alamares rojos y botones dorados, y una banderola negra de corsario izada en una lanza llanera, con la calavera y las tibias cruzadas sobre una divisa en letras de sangre: "Libertad o muerte".
La noche de San Juan de Payara su atuendo era menos vagabundo,
27
pero su situación no era mejor. Y no sólo reflejaba entonces el estado momentáneo de sus tropas, sino el drama entero del ejército libertador, que muchas veces resurgía engrandecido de las peores derrotas y, sin embargo, estaba a punto de sucumbir bajo el peso de sus tantas victorias. En cambio, el general español don Pablo Morillo, con toda clase de recursos para someter a los patriotas y restaurar el orden colonial, dominaba todavía amplios sectores del occidente de Venezuela y se había hecho fuerte en las montañas.
Ante ese estado del mundo, el general pastoreaba el insomnio caminando desnudo por los cuartos desiertos del viejo caserón de hacienda transfigurado por el esplendor lunar. La mayoría de los caballos muertos el día anterior habían sido incinerados lejos de la casa, pero el olor de la podredumbre seguía siendo insoportable. Las tropas no habían vuelto a cantar después de las jornadas mortales de la última semana y él mismo no se sentía capaz de impedir que los centinelas se durmieran de hambre. De pronto, al final de una galería abierta a los vastos llanos azules, vio a Reina María Luisa sentada en el sardinel. Una bella mulata en la flor de la edad, con un perfil de ídolo, envuelta hasta los pies en un pañolón de flores bordadas y fumando un cigarro de una cuarta. Se asustó al verlo, y extendió hacia él la cruz del índice y el pulgar.
«De parte de Dios o del diablo», dijo, «¡qué quieres!»
«A ti», dijo él.
Sonrió, y ella había de recordar el fulgor de sus dientes a la luz de la luna. La abrazó con toda su fuerza, manteniéndola impedida para moverse mientras la picoteaba con besos tiernos en la frente, en los ojos, en las mejillas, en el cuello, hasta que logró amansarla. Entonces le quitó el pañolón y se le cortó el aliento. También ella estaba desnuda, pues la abuela que dormía en el mismo cuarto le quitaba la ropa para que no se levantara a fumar, sin saber que por la madrugada se escapaba envuelta con el pañolón. El general se la llevó en vilo a la hamaca, sin darle tregua con sus besos balsámicos, y ella no se le entregó por deseo ni por amor, sino por miedo. Era virgen. Sólo cuando recobró el dominio del corazón, dijo:
«Soy esclava, señor».
«Ya no», dijo él. «El amor te ha hecho libre».
Por la mañana se la compró al dueño de la hacienda con cien pesos de sus arcas empobrecidas, y la liberó sin condiciones. Antes de partir no resistió la tentación de plantearle un dilema público. Estaba en el traspatio de la casa, con un grupo de oficiales montados de cualquier modo en bestias de servicio, únicas sobrevivientes de la mortandad. Otro cuerpo de tropa estaba reunido para despedirlos, al mando del general de división José Antonio Páez, quien había llegado la noche anterior.
El general se despidió con una arenga breve, en la cual suavizó el dramatismo de la situación, y se disponía a partir cuando vio a Reina María Luisa en su estado reciente de mujer libre y bien servida. Estaba
28
acabada de bañar, bella y radiante bajo el cielo del Llano, toda de blanco almidonado con las enaguas de encajes y la blusa exigua de las esclavas. Él le preguntó de buen talante:
«¿Te quedas o te vas con nosotros?»
Ella le contestó con una risa encantadora:
«Me quedo, señor».
La respuesta fue celebrada con una carcajada unánime. Entonces el dueño de la casa, que era un español convertido desde la primera hora a la causa de la independencia, y viejo conocido suyo, además, le aventó muerto de risa la bolsita de cuero con los cien pesos. El la atrapó en el aire.
«Guárdelos para la causa, Excelencia», le dijo el dueño. «De todos modos, la moza se queda libre».
El general José Antonio Páez, cuya expresión de fauno iba de acuerdo con su camisa de parches de colores, soltó una carcajada expansiva.
«Ya ve, general», dijo. «Eso nos pasa por meternos a libertadores».
El aprobó lo dicho, y se despidió de todos con un amplio círculo de la mano. Por último le hizo a Reina María Luisa un adiós de buen perdedor, y jamás volvió a saber de ella. Hasta donde José Palacios recordaba, no transcurría un año de lunas llenas antes de que él le dijera que había vuelto a vivir aquella noche, sin la aparición prodigiosa de Reina María Luisa, por desgracia. Y siempre fue una noche de derrota.
A las cinco, cuando José Palacios le llevó la primera tisana, lo encontró reposando con los ojos abiertos. Pero trató de levantarse con tal ímpetu que estuvo a punto de irse de bruces, y sufrió un fuerte acceso de tos. Permaneció sentado en la hamaca, sosteniéndose la cabeza con las dos manos mientras tosía, hasta que pasó la crisis. Entonces empezó a tomarse la infusión humeante, y el humor se le mejoró desde el primer sorbo.
«Toda la noche estuve soñando con Casandro», dijo.
Era el nombre con que llamaba en secreto al general granadino Francisco de Paula Santander, su grande amigo de otro tiempo y su más grande contradictor de todos los tiempos, jefe de su estado mayor desde los principios de la guerra, y presidente encargado de Colombia durante las duras campañas de liberación de Quito y el Perú y la fundación de Bolivia. Más por las urgencias históricas que por vocación, era un militar eficaz y valiente, con una rara afición por la crueldad, pero fueron sus virtudes civiles y su excelente formación académica las que sustentaron su gloria. Fue sin duda el segundo hombre de la independencia y el primero en el ordenamiento jurídico de la república, a la que impuso para siempre el sello de su espíritu formalista y conservador.
Una de las tantas veces en que el general pensó renunciar, le había dicho a Santander que se iba tranquilo de la presidencia, porque «lo dejo a usted, que es otro yo, y quizás mejor que yo». En ningún
29
hombre, por la razón o por la fuerza de los hechos, había depositado tanta confianza. Fue él quien lo distinguió con el título de El Hombre de las Leyes. Sin embargo, aquel que lo había merecido todo estaba desde hacía dos años desterrado en París por su complicidad nunca probada en una conjura para matarlo.
Así había sido. El miércoles 25 de septiembre de 1828, al hilo de la medianoche, doce civiles y veintiséis militares forzaron el portón de la casa de gobierno de Santa Fe, degollaron a dos de los sabuesos del presidente, hirieron a varios centinelas, le hicieron una grave herida de sable en un brazo al capitán Andrés Ibarra, mataron de un tiro al coronel escocés William Fergusson, miembro de la Legión Británica y edecán del presidente, de quien éste había dicho que era valiente como un César, y subieron hasta el dormitorio presidencial gritando vivas a la libertad y mueras al tirano.
Los facciosos habían de justificar el atentado por las facultades extraordinarias de claro espíritu dictatorial que el general había asumido tres meses antes, para contrarrestar la victoria de los santanderistas en la Convención de Ocaña. La vicepresidencia de la república, que Santander había ejercido durante siete años, fue suprimida. Santander se lo informó a un amigo con una frase típica de su estilo personal: «He tenido el placer de quedar sumido bajo las ruinas de la constitución de 1821». Tenía entonces treinta y seis años. Había sido nombrado ministro plenipotenciario en Washington, pero aplazó el viaje varias veces, tal vez esperando el triunfo de la conspiración.
El general y Manuela Sáenz iniciaban apenas una noche de reconciliación. Habían pasado el fin de semana en la población de Soacha, a dos leguas y media de allí, y habían vuelto el lunes en coches separados después de una disputa de amor más virulenta que las habituales, porque él era sordo a los avisos de una confabulación para matarlo, de la que todo el mundo hablaba y en la que sólo él no creía. Ella había resistido en su casa a los recados insistentes que él le mandaba desde el palacio de San Carlos, en la acera de enfrente, hasta esa noche a las nueve, cuando después de tres recados más apremiantes, se puso unas pantuflas impermeables sobre los zapatos, se cubrió la cabeza con un pañolón, y atravesó la calle inundada por la lluvia. Lo encontró flotando bocarriba en las aguas fragantes de la bañera, sin la asistencia de José Palacios, y si no creyó que estuviera muerto fue porque muchas veces lo había visto meditando en aquel estado de gracia. Él la reconoció por los pasos y le habló sin abrir los ojos.
«Va a haber una insurrección», dijo.
Ella no disimuló el rencor con la ironía.
«Enhorabuena», dijo. «Pueden haber hasta diez, pues usted da muy buena acogida a los avisos».
«Sólo creo en los presagios», dijo él.
Se permitía aquel juego porque el jefe de su estado mayor, quien ya
30
les había dicho a los conjurados cuál era el santo y seña de la noche para que pudieran burlar la guardia del palacio, le dio su palabra de que la conspiración había fracasado. Así que surgió divertido de la bañera.
«No tenga cuidado», dijo, «parece que a los muy maricones se les enfrió la pajarilla».
Estaban iniciando en la cama los retozos del amor, él desnudo y ella a medio desvestir, cuando oyeron los primeros gritos, los primeros tiros, y el trueno de los cañones contra algún cuartel leal. Manuela lo ayudó a vestirse a toda prisa, le puso las pantuflas impermeables que ella había llevado puestas sobre los zapatos, pues el general había mandado a lustrar su único par de botas, y lo ayudó a escapar por el balcón con un sable y una pistola, pero sin ningún amparo contra la lluvia eterna. Tan pronto como estuvo en la calle encañonó con la pistola amartillada a una sombra que se le acercaba: «¡Quién vive!» Era su repostero que regresaba a casa, adolorido por la noticia de que habían matado a su señor. Resuelto a compartir su suerte hasta el final, estuvo escondido con él entre los matorrales del puente del Carmen, en el arroyo de San Agustín, hasta que las tropas leales reprimieron la asonada.
Con una astucia y una valentía de las que ya había dado muestra en otras emergencias históricas, Manuela Sáenz recibió a los atacantes que forzaron la puerta del dormitorio. Le preguntaron por el presidente, y ella les contestó que estaba en el salón del consejo. Le preguntaron por qué estaba abierta la puerta del balcón en una noche invernal, y ella les dijo que la había abierto para ver qué eran los ruidos que se sentían en la calle. Le preguntaron por qué la cama estaba tibia, y ella les dijo que se había acostado sin desvestirse en espera del presidente. Mientras ganaba tiempo con la parsimonia de las respuestas, fumaba con grandes humos un cigarro de carretero de los más ordinarios, para cubrir el rastro fresco de agua de colonia que aún permanecía en el cuarto.
Un tribunal presidido por el general Rafael Urdaneta había establecido que el general Santander era el genio oculto de la conspiración, y lo condenó a muerte. Sus enemigos habían de decir que esta sentencia era más que merecida, no tanto por la culpa de Santander en el atentado, como por el cinismo de ser el primero que apareció en la plaza mayor para darle un abrazo de congratulación al presidente. Este estaba a caballo bajo la llovizna, sin camisa y con la casaca rota y empapada, en medio de las ovaciones de la tropa y del pueblo raso que acudía en masa desde los suburbios clamando la muerte para los asesinos. «Todos los cómplices serán castigados más o menos», le dijo el general en una carta al mariscal Sucre. «Santander es el principal, pero es el más dichoso, porque mi generosidad lo defiende». En efecto, en uso de sus atribuciones ab­solutas, le conmutó la pena de muerte por la del destierro en París. En cambio, fue fusilado sin pruebas suficientes el almirante José Prudencio Padilla, quien estaba preso en Santa Fe por una rebelión
31
fallida en Cartagena de Indias.
José Palacios no sabía cuándo eran reales y cuándo eran imaginarios los sueños de su señor con el general Santander. Una vez, en Guayaquil, contó que lo había soñado con un libro abierto sobre la panza redonda, pero en vez de leerlo le arrancaba las páginas y se las comía una por una, deleitándose en masticarlas con un ruido de cabra. Otra vez, en Cúcuta, soñó que lo había visto cubierto por completo de cucarachas. Otra vez despertó dando gritos en la quinta campestre de Monserrate, en Santa Fe, porque soñó que el general Santander, mientras almorzaba a solas con él, se había sacado las bolas de los ojos que le estorbaban para comer, y las había puesto sobre la mesa. De modo que en la madrugada cerca de Guaduas, cuando el general dijo que había soñado una vez más con Santander, José Palacios no le preguntó siquiera por el argumento del sueño, sino que trató de consolarlo con la realidad.
«Entre él y nosotros está todo el mar de por medio», dijo.
Pero él lo paró de inmediato con una mirada vivaz.
«Ya no», dijo. «Estoy seguro que el pendejo de Joaquín Mosquera lo dejará volver».
Esa idea lo atormentaba desde su último regreso al país, cuando el abandono definitivo del poder se le planteó como un asunto de honor. «Prefiero el destierro o la muerte, a la deshonra de dejar mi gloria en manos del colegio de San Bartolomé», había dicho a José Palacios. Sin embargo, el antídoto llevaba en sí su propio veneno, pues a medida que se acercaba a la decisión final, aumentaba su certidumbre de que tan pronto como él se fuera, sería llamado del exilio el general Santander, el graduado más eminente de aquel cubil de leguleyos.
«Ése sí que es un truchimán», dijo.
La fiebre había cesado por completo, y se sentía con tantos ánimos que le pidió pluma y papel a jóse Palacios, se puso los lentes, y escribió de su puño y letra una carta de seis líneas para Manuela Sáenz. Esto tenía que parecer extraño aun a alguien tan acostumbrado como José Palacios a sus actos impulsivos, y sólo podía entenderse como un presagio o un golpe de inspiración insoportable. Pues no sólo contradecía su determinación del viernes pasado de no escribir una carta más en el resto de su vida, sino que contrariaba la costumbre de despertar a sus amanuenses a cualquier hora para despachar la correspondencia atrasada, o para dictarles una proclama o poner en orden las ideas sueltas que se le ocurrían en las cavilaciones del insomnio. Más extraño aún debía parecer si la carta no era de una premura evidente, y sólo agregaba a su consejo de la despedida una frase más bien críptica: «Cuidado con lo que haces, pues si no, nos pierdes a ambos perdiéndote tú». La escribió con su modo desbocado, como si no lo pensara, y al final siguió meciéndose en la hamaca, ab­sorto, con la carta en la mano.
«El gran poder existe en la fuerza irresistible del amor», suspiró de
32
pronto. «¿Quién dijo eso?»
«Nadie», dijo José Palacios.
No sabía leer ni escribir, y se había resistido a aprender con el argumento simple de que no había sabiduría mayor que la de los burros. Pero en cambio era capaz de recordar cualquier frase que hubiera oído por casualidad, y aquella no la recordaba.
«Entonces lo dije yo», dijo el general, «pero digamos que es del mariscal Sucre».
Nadie más oportuno que Fernando para esas épocas de crisis. Fue el más servicial y paciente de los muchos escribanos que tuvo el general, aunque no el más brillante, y el que soportó con estoicismo la arbitrariedad de los horarios o la exasperación de los insomnios. Lo despertaba a cualquier hora para hacerle leer un libro sin interés, o para tomar notas de improvisaciones urgentes que al día siguiente amanecían en la basura. El general no tuvo hijos en sus incontables noches de amor (aunque decía tener pruebas de no ser estéril) y a la muerte de su hermano se hizo cargo de Fernando. Lo había mandado con cartas distinguidas a la Academia Militar de Georgetown, donde el general Lafayette le expresó los sentimientos de admiración y respeto que le inspiraba su tío. Estuvo después en el colegio Jefferson, en Charlotteville, y en la Universidad de Virginia. No fue el sucesor con que tal vez el general soñaba, pues a Fernando le aburrían las maestrías académicas, y las cambiaba encantado por la vida al aire libre y las artes sedentarias de la jardinería. El general lo llamó a Santa Fe tan pronto como terminó sus estudios, y descubrió al instante sus virtudes de amanuense, no sólo por su caligrafía preciosa y su dominio del inglés hablado y escrito, sino porque era único para inventar recursos de fo­lletín que mantenían en vilo el interés del lector, y cuando leía en voz alta improvisaba al vuelo episodios audaces para condimentar los párrafos adormecedores. Como todo el que estuvo al servicio del general, Fernando tuvo su hora de desgracia cuando le atribuyó a Cicerón una frase de Demóstenes que su tío citó después en un discurso. Este fue mucho más severo con él que con los otros, por ser quien era, pero lo perdonó desde antes de terminar la penitencia.
El general Joaquín Posada Gutiérrez, gobernador de la provincia, había precedido en dos días a la comitiva para anunciar su llegada en los lugares donde debía hacer noche, y para prevenir a las autoridades sobre el grave estado de salud del general. Pero quienes lo vieron llegar a Guaduas en la tarde del lunes dieron por cierto el rumor obstinado de que las malas noticias del gobernador, y el viaje mismo, no eran más que una artimaña política.
El general fue invencible una vez más. Entró por la calle principal, despechugado y con un trapo de gitano amarrado en la cabeza para recoger el sudor, saludando con el sombrero por entre los gritos y los cohetes y la campana de la iglesia que no dejaban oír la música, y montado en una muía de trotecito alegre que acabó de quitarle al
33
desfile cualquier pretensión de solemnidad. La única casa cuyas ventanas permanecieron cerradas fue el colegio de las monjas, y aquella tarde había de correr el rumor de que a las alumnas les habían prohibido participar en la recepción, pero él les aconsejó a quienes lo contaron que no creyeran en chismes de conventos.
La noche anterior, José Palacios había mandado a lavar la camisa con que el general sudó la fiebre. Un ordenanza se la encomendó a los soldados que bajaron por la madrugada a lavar en el río, pero a la hora de la partida nadie dio razón de ella. Durante el viaje hasta Guaduas, y aun mientras transcurría la fiesta, José Palacios había logrado establecer que el dueño del hostal se había llevado la camisa sin lavar para que el indio taumaturgo hiciera una demostración de sus poderes. De modo que cuando el general regresó a casa, José Palacios lo puso al corriente del abuso del hostelero, con la advertencia de que no le quedaban más camisas que la que llevaba puesta. El lo tomó con una cierta sumisión filosófica.
«Las supersticiones son más empedernidas que el amor», dijo.
«Lo raro es que desde anoche no volvimos a tener fiebre», dijo José Palacios. «¿Qué tal si el curandero fuera mágico de verdad?»
El no encontró una réplica inmediata, y se dejó llevar por una reflexión profunda, meciéndose en la hamaca al compás de sus pensamientos. «La verdad es que no volví a sentir el dolor de cabeza», dijo. «Ni tengo la boca amarga ni siento que me voy a caer de una torre». Pero al final se dio una palmada en las rodillas y se incorporó con un impulso resuelto.
«No me metas más confusión en la cabeza», dijo.
Dos criados llevaron al dormitorio una gran olla de agua hirviendo con hojas aromáticas, y José Palacios preparó el baño nocturno confiando en que él iba a acostarse pronto por el cansancio de la jornada. Pero el baño se enfrió mientras dictaba una carta para Gabriel Camacho, esposo de su sobrina Valentina Palacios y apoderado suyo en Caracas para la venta de las minas de Aroa, un yacimiento de cobre que había heredado de sus mayores. El mismo no parecía tener una idea clara de su destino, pues en una línea decía que iba para Curazao mientras llegaban a buen término las diligencias de Camacho, y en otra le pedía a éste que le escribiera a Londres a cargo de sir Robert Wilson, con una copia a la dirección del señor Maxwell Hyslop en Jamaica para estar seguro de recibir una aunque se perdiera la otra.
Para muchos, y más para sus secretarios y amanuenses, las minas de Aroa eran un desvarío de sus calenturas. Le habían merecido siempre tan escaso interés, que durante años estuvieron en poder de explotadores casuales. Se acordó de ellas al final de sus días, cuando su dinero empezó a escasear, pero no pudo venderlas a una compañía inglesa por falta de claridad en sus títulos. Aquél fue el principio de un embrollo judicial legendario, que había de prolongarse hasta dos años después  de  su  muerte.  En  medio  de  las  guerras,  de  las  reyertas
34
políticas, de los odios personales, nadie se equivocaba cuando el general decía "mi pleito". Pues para él no había otro que el de las minas de Aroa. La carta que dictó en Guaduas para don Gabriel Camacho le dejó a su sobrino Fernando la impresión equívoca de que no se irían a Europa mientras no se decidiera la disputa, y Fernando lo comentó más tarde jugando a las barajas con otros oficiales.
«Entonces no nos iremos nunca», dijo el coronel Wilson. «Mi padre ha llegado a preguntarse si ese cobre existe en la vida real».
«El que nadie las haya visto no quiere decir que las minas no existan», replicó el capitán Andrés Ibarra.
«Existen», dijo el general Carreño. «En el departamento de Venezuela».
Wilson replicó disgustado:
«A estas alturas me pregunto inclusive si Venezuela existe».
No podía disimular su contrariedad. Wilson había llegado a creer que el general no lo amaba, y que sólo lo mantenía en su séquito por consideración a su padre, a quien nunca acababa de agradecer la defensa que hizo de la emancipación americana en el parlamento inglés. Por infidencia de un antiguo edecán francés sabía que el general había dicho: «A Wilson le falta pasar algún tiempo en la escuela de las dificultades, y aun de la adversidad y la miseria». El coronel Wilson no había podido comprobar si era cierto que lo había dicho, pero de todos modos consideraba que le hubiera bastado con una sola de sus batallas para sentirse laureado en las tres escuelas. Tenía veintiséis años, y hacía ocho que su padre lo había enviado al servicio del general, después que concluyó sus estudios en Westminster y Sandhurst. Había sido edecán del general en la batalla de Junín, y fue él quien llevó el borrador de la Constitución de Solivia a lomo de muía por una cornisa de trescientas sesenta leguas desde Chuquisaca. Al despedirlo, el general le había dicho que debía estar en La Paz a más tardar en veintiún días. Wilson se cuadró: «Estaré en veinte, Excelencia». Estuvo en diecinueve.
Había decidido regresar a Europa con el general, pero cada día aumentaba su certeza de que éste tendría siempre un motivo distinto para diferir el viaje. El que hubiera hablado otra vez de las minas de Aroa, que no habían vuelto a servirle de pretexto para nada desde hacía más de dos años, era para Wilson un indicio descorazonador.
José Palacios había hecho recalentar el baño después del dictado de la carta, pero el general no lo tomó, sino que siguió caminando sin rumbo, recitando completo el poema de la niña con una voz que resonaba por toda la casa. Siguió con poemas escritos por él que sólo José Palacios conocía. En las vueltas pasó varias veces por la galería donde estaban sus oficiales jugando a la ropilla, nombre criollo de la cascarela gallega, que él también solía jugar en otro tiempo. Se detenía un momento a mirar el juego por encima del hombro de cada uno, sacaba sus conclusiones sobre el estado de la partida, y proseguía el paseo.
35
«No sé cómo pueden perder el tiempo con un juego tan aburrido», decía.
Sin embargo, en una de las tantas vueltas no pudo resistir la tentación de pedirle al capitán Ibarra que le permitiera remplazado en la mesa. No tenía la paciencia de los buenos jugadores, y era agresivo y mal perdedor, pero también era astuto y rápido y sabía ponerse a la altura de sus subalternos. En aquella ocasión, con el general Carreño como aliado, jugó seis partidas y las perdió todas. Tiró el naipe en la mesa.
«Este es un juego de mierda», dijo. «A ver quién se atreve en el tresillo».
Jugaron. El ganó tres partidas continuas, se le enderezó el humor, y trató de ridiculizar al coronel Wilson por el modo en que jugaba al tresillo. Wilson lo tomó bien, pero aprovechó su entusiasmo para sacarle ventaja, y no volvió a perder. El general se puso tenso, sus labios se hi­cieron duros y pálidos, y los ojos hundidos bajo las cejas enmarañadas recobraron el fulgor salvaje de otros tiempos. No volvió a hablar, y una tos perniciosa le estorbaba para concentrarse. Pasadas las doce hizo parar el juego. «Toda la noche he tenido el viento en contra», dijo.
Llevaron la mesa a un lugar más abrigado, pero él siguió perdiendo. Pidió que hicieran callar los pífanos que se oían muy cerca de allí, en alguna fiesta desperdigada, pero los pífanos siguieron por encima del escándalo de los grillos. Se hizo cambiar de puesto, se hizo poner una almohada en la silla para quedar más alto y cómodo, se bebió una infusión de flores de tilo que le alivió la tos, jugó varias partidas caminando de un extremo al otro de la galería, pero siguió perdiendo. Wilson mantuvo fijos en él sus límpidos ojos encarnizados, pero él no se dignó enfrentarlo con los suyos.
«Este naipe está marcado», dijo.
«Es suyo, general», dijo Wilson.
Era uno de sus naipes, en efecto, pero lo examinó de todos modos, carta por carta, y al final lo hizo cambiar. Wilson no le dio respiro. Los grillos se apagaron, hubo un silencio largo sacudido por una brisa húmeda que llevó hasta la galería los primeros olores de los valles ardientes, y un gallo cantó tres veces. «Es un gallo loco», dijo Ibarra. «No son más de las dos». Sin apartar la vista de las cartas, el general ordenó en un tono áspero:
«¡De aquí nadie se mueve, carajos!»
Nadie respiró. El general Carreño, que seguía el juego con más ansiedad que interés, se acordó de la noche más larga de su vida, dos años antes, cuando esperaban en Bucaramanga los resultados de la Convención de Ocaña. Habían empezado a jugar a las nueve de la noche, y habían terminado a las once de la mañana del día siguiente, cuando sus compañeros de juego se concertaron para dejar que él
36
ganara tres partidas continuas. Temiendo una nueva prueba de fuerza en aquella noche de Guaduas, el general Carreño le hizo al coronel Wilson una señal de que empezara a perder. Wilson no le hizo caso. Luego, cuando éste pidió una tregua de cinco minutos, lo siguió a lo largo de la terraza y lo encontró desaguando sus rencores amoniacales sobre los tiestos de geranios.
«Coronel Wilson», le ordenó el general Carreño. «¡Firme!»
Wilson le replicó sin volver la cabeza:
«Espérese a que termine».
Terminó con toda calma, y se volvió abotonándose la bragueta.
«Empiece a perder», le dijo el general Carreño. «Aunque sea como un acto de consideración por un amigo en desgracia».
«Me resisto a hacerle a nadie semejante afrenta», dijo Wilson con un punto de ironía.
«¡Es una orden!», dijo Carreño.
Wilson, en posición de firmes, lo miró desde su altura con un desprecio imperial. Después volvió a la mesa, y empezó a perder. El general se dio cuenta.
«No es necesario que lo haga tan mal, mi querido Wilson», dijo. «Al fin y al cabo es justo que nos vayamos a dormir».
Se despidió de todos con un fuerte apretón de manos, como lo hacía siempre al levantarse de la mesa para indicar que el juego no había lastimado los afectos, y volvió al dormitorio. José Palacios se había dormido en el suelo, pero se incorporó al verlo entrar. Él se desvistió a toda prisa, y empezó a mecerse desnudo en la hamaca, con el pen­samiento encabritado, y su respiración se iba haciendo más ruidosa y áspera a medida que más pensaba. Cuando se sumergió en la bañera estaba tiritando hasta la médula, pero entonces no era de fiebre ni de frío, sino de rabia.
«Wilson es un truchimán», dijo.
Pasó una de sus noches peores. Contrariando sus órdenes, José Palacios previno a los oficiales por si fuera necesario llamar a un médico, y lo mantuvo envuelto en sábanas para que sudara la fiebre. Dejó varias empapadas, con treguas momentáneas que luego lo precipitaban en una crisis de espejismos. Gritó varias veces: «¡Que callen esos pífanos, carajos!» Pero nadie pudo ayudarlo esta vez porque los pífanos se habían callado desde la medianoche. Más tarde encontró al culpable de su postración.
«Me sentía muy bien», dijo, «hasta que me sugestionaron con el cabrón indio de la camisa».
La última etapa hasta Honda fue por una cornisa escalofriante, en un aire de vidrio líquido que sólo una resistencia física y una voluntad como las suyas hubieran podido soportar después de una noche de agonía. Desde las primeras leguas se había retrasado de su posición habitual para cabalgar junto al coronel Wilson. Este supo interpretar el gesto como una invitación a olvidar los agravios de la mesa de juego, y le
37
ofreció el brazo en posición de halconero para que él apoyara su mano. De ese modo hicieron juntos el descenso, el coronel Wilson conmovido por su deferencia, y él respirando mal con las últimas fuerzas, pero invicto en la montura. Cuando terminó el tramo más abrupto, preguntó con una voz de otro siglo:
«¿Cómo estará Londres?»
El coronel Wilson miró el sol, casi en el centro del cielo, y dijo:
«Mal, general».
El no se sorprendió, sino que volvió a preguntar con la misma voz:
«¿Y eso por qué?»
«Porque allá son las seis de la tarde, que es la peor hora de Londres», dijo Wilson. «Además, debe estar cayendo una lluvia sucia y muerta, como agua de sapos, porque la primavera es nuestra estación siniestra».
«No me diga que ha derrotado a la nostalgia», dijo él.
«Al contrario: la nostalgia me ha derrotado a mí», dijo Wilson. «Ya no le opongo la menor resistencia».
«Entonces, ¿quiere o no quiere volver?»
«Ya no sé nada, mi general», dijo Wilson. «Estoy a merced de un destino que no es el mío».
El lo miró directo a los ojos, y dijo asombrado:
«Eso tendría que decirlo yo».
Cuando volvió a hablar, su voz y su ánimo habían cambiado. «No se preocupe», dijo. «Pase lo que pase nos iremos para Europa, aunque sólo sea por no privar a su padre del gusto de verlo». Luego, al cabo de una reflexión lenta, concluyó:
«Y permítame decirle una última cosa, mi querido Wilson: de usted podrían decir cualquier cosa, menos que sea un truchimán».
El coronel Wilson se le rindió una vez más, acostumbrado a sus penitencias gallardas, sobre todo después de una borrasca de naipes o de una victoria de guerra. Siguió cabalgando despacio, con la mano febril del enfermo más glorioso de las Américas agarrada de su antebrazo como un halcón de cetrería, mientras el aire empezaba a her­vir, y tenían que espantar como si fueran moscas unos pájaros fúnebres que revoloteaban sobre sus cabezas.
En lo más duro de la pendiente se cruzaron con una partida de indios que llevaban a un grupo de viajeros europeos en sillas colgadas en las espaldas. De pronto, poco antes de que terminara el descenso, un jinete enloquecido pasó a todo galope en la misma dirección que ellos. Llevaba una caperuza colorada que casi le tapaba el rostro, y era tal el desorden de su prisa que la muía del capitán Ibarra estuvo a punto de desbarrancarse de espanto. El general alcanzó a gritarle: «¡Fíjese por donde anda, carajos!» Lo siguió hasta perderlo de vista en la primera curva, pero estuvo pendiente de él cada vez que reaparecía en las vuel­tas más bajas de la cornisa.
A las dos de la tarde coronaron la última colina, y el horizonte se
38
abrió en una llanura fulgurante, al fondo de la cual yacía en el sopor la muy célebre ciudad de Honda, con su puente de piedra castellana sobre el gran río cenagoso, con sus murallas en ruinas y la torre de la iglesia desbaratada por un terremoto. El general contempló el valle ardiente, pero no dejó traslucir ninguna emoción, salvo por el jinete de la caperuza colorada que en aquel momento atravesaba el puente con su galope interminable. Entonces se le volvió a encender la luz del sueño. «Dios de los pobres», dijo. «Lo único que podría explicar semejante apuro es que lleve una carta para Casandro con la noticia de que ya nos fuimos».
A pesar de la advertencia de que no hubiera manifestaciones públicas a su llegada, una alegre cabalgata salió a recibirlo en el puerto, y el gobernador Posada Gutiérrez preparó una banda de músicos y juegos de pólvora para tres días. Pero la lluvia desbarató la fiesta antes de que la comitiva llegara a las calles del comercio. Fue un aguacero prematuro de una violencia arrasadora, que desempedró las calles y desbordó las aguas en los barrios pobres, pero el calor se mantuvo imperturbable. En la confusión de los saludos alguien volvió a incurrir en la tontería eterna: «Aquí hace tanto calor que las gallinas ponen los huevos fritos». Este desastre habitual se repitió sin ninguna variación en los tres días siguientes. En el letargo de la siesta, una nube negra que descendía de la cordillera se plantaba sobre la ciudad, y se desventraba en un diluvio instantáneo. Luego volvía a brillar el sol en el cielo diáfano con la misma inclemencia de antes, mientras las brigadas cívicas despejaban las calles de los escombros de la creciente, y empezaba a concentrarse en las crestas de los cerros la nube negra de mañana. A cualquier hora del día o de la noche, adentro o afuera, se oía resollar el calor.
Postrado por la fiebre, el general soportó a duras penas la bienvenida oficial. El aire hervía a borbotones en el salón del cabildo, pero él salió del paso con una plática de obispo escaldado que pronunció muy despacio y con la voz a rastras, sin levantarse de la poltrona. Una niña de diez años con alas de ángel y un traje de volantes de organza recitó de memoria, ahogándose en la prisa, una oda a las glorias del general. Pero se equivocó, volvió a empezarlo por donde no era, se le traspapeló sin remedio, y sin saber qué hacer fijó en él sus ojitos de pánico. El general le hizo una sonrisa de complicidad y le recordó los versos en voz baja:
El brillo de su espada
es el vivo reflejo de su gloria.
En los primeros años de su poder, el general no desperdiciaba ocasión de hacer banquetes multitudinarios y espléndidos, e incitaba a
39
sus invitados a comer y a beber hasta la embriaguez. De ese pasado regio le quedaban los cubiertos personales con su monograma grabado, que jóse Palacios le llevaba a los convites. En la recepción de Honda aceptó ocupar la cabecera de honor, pero sólo se tomó una copa de oporto, y apenas si probó la sopa de tortuga de río que le dejó un regusto desdichado.
Se retiró temprano al santuario que le tenía listo en su casa el coronel Posada Gutiérrez, pero la noticia de que al día siguiente esperaban el correo de Santa Fe le espantó el poco sueño que le quedaba. Presa de la zozobra volvió a pensar en su desgracia después de la tregua de tres días, y volvió a atormentar a jóse Palacios con preguntas viciosas. Quería saber qué había ocurrido desde que él se fue, cómo sería la ciudad con un gobierno distinto del suyo, cómo sería la vida sin él. En alguna ocasión de pesadumbre había dicho: «América es un medio globo que se ha vuelto loco». Aquella primera noche de Honda hubiera tenido más razón para creerlo.
La pasó en vilo, crucificado por los zancudos, pues se negaba a dormir con mosquitero. A veces daba vueltas y vueltas hablando solo por el cuarto, a veces se mecía con grandes bandazos en la hamaca, a veces se enrollaba en la manta y sucumbía a la calentura, desvariando casi a gritos en un pantano de sudor. José Palacios veló con él, contestando a sus preguntas, dándole la hora a cada instante con sus minutos contados, sin necesidad de consultar los dos relojes de leontina que llevaba prendidos de los ojales del chaleco. Le meció la hamaca cuando él no se sintió con fuerzas para impulsarse solo, y espantó los zancudos con un trapo hasta que consiguió dormirlo más de una hora. Pero despertó de un salto poco antes del amanecer, cuando oyó ruido de bestias y voces de hombres en el patio, y salió en camisa de dormir para recibir el correo.
En la misma recua llegó el joven capitán Agustín de Iturbide, su edecán mexicano, retrasado en Santa Fe por un inconveniente de última hora. Llevaba una carta del mariscal Sucre, que era un lamento entrañable por no haber llegado a tiempo a las despedidas. En el correo llegó también una carta escrita dos días antes por el presidente Caycedo. El gobernador Posada Gutiérrez entró poco después en el dormitorio con los recortes de los periódicos dominicales, y el general le pidió que le leyera las cartas, pues todavía la luz era exigua para sus ojos.
La novedad era que en Santa Fe había escampado el domingo, y numerosas familias con sus niños invadieron los potreros con canastos de lechón asado, sobrebarriga al horno, morcillas de arroz, papas nevadas con queso tundido, y almorzaron sentadas en la hierba bajo un sol radiante que no se había visto en la ciudad desde los tiempos del ruido. Este milagro de mayo había disipado el nerviosismo del sábado. Los alumnos del Colegio de San Bartolomé habían vuelto a echarse a la calle con el sainete demasiado visto de las ejecuciones alegóricas, pero
40
no encontraron ninguna resonancia. Se dispersaron aburridos antes del anochecer, y el domingo cambiaron las escopetas por los tiples y se les vio cantando bambucos por entre la gente que se calentaba al sol en los potreros, hasta que volvió a llover sin ningún anuncio a las cinco de la tarde, y se acabó la fiesta.
Posada Gutiérrez interrumpió la lectura de la carta.
«Ya nada de este mundo puede salpicar vuestra gloria», le dijo al general. «Digan lo que digan, Su Excelencia seguirá siendo el más grande de los colombianos hasta en los confines del planeta».
«No lo dudo», dijo el general, «si bastó con que me fuera para que el sol volviera a brillar».
Lo único que le indignó de la carta fue que el propio encargado de la presidencia de la república incurriera en el abuso de llamar liberales a los partidarios de Santander, como si fuera un término oficial. «No sé de dónde se arrogaron los demagogos el derecho de llamarse liberales», dijo. «Se robaron la palabra, ni más ni menos, como se roban todo lo que les cae en las manos». Saltó de la hamaca, y siguió desahogándose con el gobernador mientras medía la habitación de un extremo al otro con sus trancos de soldado.
«La verdad es que aquí no hay más partidos que el de los que están conmigo y el de los que están contra mí, y usted lo sabe mejor que nadie», concluyó. «Y aunque no lo crean, nadie es más liberal que yo».
Un emisario personal del gobernador llevó más tarde el recado verbal de que Manuela Sáenz no le había escrito porque los correos tenían instrucciones terminantes de no recibir sus cartas. Lo había mandado la propia Manuela, quien en la misma fecha dirigió al presidente encargado una carta de protesta por la prohibición, y ése fue el origen de una serie de provocaciones de ida y vuelta que había de terminar para ella con el destierro y el olvido. Sin embargo, al contrario de lo que esperaba Posada Gutiérrez, que conocía de cerca los tropiezos dé aquel amor atormentado, el general sonrió con la mala noticia.
«Estos conflictos son el estado natural de mi amable loca», dijo.
José Palacios no ocultó su disgusto por la falta de consideración con que fueron programados los tres días de Honda. La invitación más sorprendente fue un paseo a las minas de plata de Santa Ana, a seis leguas de allí, pero más sorprendente fue que el general la aceptara, y mucho más sorprendente que descendiera a una galería subterránea. Peor aún: en el camino de regreso, a pesar de que tenía fiebre alta y la cabeza a punto de estallar por la jaqueca, se echó a nadar en un remanso del río. Lejos estaban los días en que apostaba a cruzar un torrente llanero con una mano amarrada, y aun así ganarle al nadador más diestro. Esta vez, de todos modos, nadó sin fatiga durante media hora, pero quienes vieron su costillar de perro y sus piernas raquíticas no entendieron que pudiera seguir vivo con tan poco cuerpo.
La última noche, el municipio le ofreció un baile de gala, al que se
41
excusó de asistir por el cansancio del paseo. Recluido en el dormitorio desde las cinco de la tarde, dictó a Fernando la respuesta para el general Domingo Caycedo, y se hizo leer varias páginas más de los episodios galantes de Lima, de alguno de los cuales había sido el pro­tagonista. Después tomó el baño tibio y se quedó inmóvil en la hamaca, oyendo en la brisa las ráfagas de música del baile en su honor. José Palacios lo hacía dormido cuando le oyó decir:
«¿Te acuerdas de ese vals?»
Silbó varios compases para revivir la música en la memoria del mayordomo, pero éste no lo identificó. «Fue el vals más tocado la noche que llegamos a Lima desde Chuquisaca», dijo el general. José Palacios no lo recordaba, pero no olvidaría jamás la noche de gloria del 8 de febrero de 1826. Lima les había ofrecido aquella mañana una re­cepción imperial, a la que el general correspondió con una frase que repetía sin falta en cada brindis: «En la vasta extensión del Perú no queda ya ni un solo español». Aquel día estaba sellada la independencia del continente inmenso que él se proponía convertir, según sus propias palabras, en la liga de naciones más vasta, o más extraordinaria, o más fuerte que ha aparecido hasta el día sobre la tie­rra. Las emociones de la fiesta se le quedaron asociadas al valse que había hecho repetir cuantas veces fueron necesarias, para que ni una sola de las damas de Lima se quedara sin bailarlo con él. Sus oficiales, con los uniformes más deslumbrantes que se vieron en la ciudad, secundaron su ejemplo hasta donde les alcanzaron las fuerzas, pues todos eran valseadores admirables, cuyo recuerdo perduraba en el corazón de sus parejas mucho más que las glorias de guerra.
La última noche de Honda abrieron la fiesta con el valse de la victoria, y él esperó en la hamaca a que lo repitieran. Pero en vista de que no lo repetían se levantó de golpe, se puso la misma ropa de montar que había usado en la excursión a las minas, y se presentó en el baile sin ser anunciado. Bailó casi tres horas, haciendo repetir la pieza cada vez que cambiaba de pareja, tratando quizás de reconstituir el esplendor de antaño con las cenizas de sus nostalgias. Lejos quedaban los años ilusorios en que todo el mundo caía rendido, y sólo él seguía bailando hasta el amanecer con la última pareja en el salón desierto. Pues el baile era para él una pasión tan dominante, que bailaba sin pareja cuando no la había, o bailaba solo la música que él mismo silbaba, y expresaba sus grandes júbilos subiéndose a bailar en la mesa del comedor. La última noche de Honda tenía ya las fuerzas tan disminuidas, que debía restablecerse en los intermedios aspirando los vapores del pañuelo embebido en agua de colonia, pero bailó con tanto entusiasmo y con una maestría tan juvenil, que sin habérselo propuesto desbarató las versiones de que estaba enfermo de muerte.
Poco después de la medianoche, cuando regresó a casa, le anunciaron  que una mujer lo esperaba en la sala de visitas. Era
42
elegante y altiva, y exhalaba una fragancia primaveral. Estaba vestida de terciopelo, con mangas hasta los puños y botas de montar del cordobán más delicado, y llevaba un sombrero de dama medieval con un velo de seda. El general le hizo una reverencia formal, intrigado por el modo y la hora de la visita. Sin decir una palabra, ella puso a la altura de sus ojos un relicario que colgaba de su cuello con una larga cadena, y él lo reconoció asombrado.
«¡Miranda Lyndsay!», dijo.
«Soy yo», dijo ella, «aunque ya no la misma».
La voz grave y cálida, como de violonchelo, perturbada apenas por un leve rastro de su inglés materno, debió avivar en él recuerdos irrepetibles. Hizo retirar con una señal de la mano al centinela de servicio que lo cuidaba desde la puerta, y se sentó frente a ella, tan cerca de ella que casi se tocaban las rodillas, y le tomó las manos.
Se habían conocido quince años antes en Kingston, donde él sobrellevaba su segundo exilio, durante un almuerzo casual en casa del comerciante inglés Maxwell Hyslop. Ella era la hija única de sir London Lyndsay, un diplomático inglés jubilado en un ingenio azucarero de Ja­maica para escribir unas memorias en seis tomos que nadie leyó. A pesar de la belleza ineludible de Miranda, y del corazón fácil del joven proscrito, éste estaba entonces demasiado inmerso en sus sueños, y muy pendiente de otra para fijarse en nadie.
Ella había de recordarlo siempre como un hombre que parecía mucho mayor de sus treinta y dos años, óseo y pálido, con patillas y bigotes ásperos de mulato, y el cabello largo hasta los hombros. Estaba vestido a la inglesa, como los jóvenes de la aristocracia criolla, con corbata blanca y una casaca demasiado gruesa para el clima, y la gardenia de los románticos en el ojal. Vestido así, en una noche libertina de 1810, una puta galante lo había confundido con un pederasta griego en un burdel de Londres.
Lo más memorable de él, para bien o para mal, eran los ojos alucinados y el habla inagotable y agotadora con una voz crispada de pájaro de rapiña. Lo más extraño era que mantenía la vista baja y atrapaba la atención de sus comensales sin mirarlos de frente. Hablaba con la cadencia y la dicción de las islas Canarias, y con las formas cultas del dialecto de Madrid, alternado aquel día con un inglés primario pero comprensible, en honor de dos invitados que no entendían el castellano.
Durante el almuerzo no le prestó atención a nadie más que a sus propios fantasmas. Habló sin reposo, con un estilo docto y declamatorio, soltando sentencias proféticas todavía sin cocinar, muchas de las cuales estarían en una proclama épica publicada días después en un periódico de Kingston, y que la historia había de consagrar como La Carta de Jamaica. «No son los españoles, sino nuestra propia desunión lo que nos ha llevado de nuevo a la esclavi­tud», dijo. Hablando de la grandeza, los recursos y los talentos de
43
América, repitió varias veces: «Somos un pequeño género humano». De regreso a casa, su padre le preguntó a Miranda cómo era el conspirador que tanto inquietaba a los agentes españoles de la isla, y ella lo redujo a una frase: «He feels he's Bonaparte».
Días después él recibió un mensaje insólito, con instrucciones minuciosas para que fuera a encontrarse con ella el sábado siguiente a las nueve de la noche, solo y de a pie, en un lugar deshabitado. Aquel desafío no ponía en riesgo sólo su vida, sino la suerte de las Américas, pues él era entonces la última reserva de una insurrección liquidada. Después de cinco años de una independencia azarosa, España acababa de reconquistar los territorios del virreinato de la Nueva Granada y la capitanía general de Venezue­la, que no resistieron la embestida feroz del general Pablo Morillo, llamado El Pacificador. El mando supremo de los patriotas había sido eliminado con la fórmula simple de ahorcar a todo el que supiera leer y escribir.
De la generación de criollos ilustrados que sembraron la semilla de la independencia desde México hasta el Río de La Plata, él era el más convencido, el más tenaz, el más clarividente, y el que mejor conciliaba el ingenio de la política con la intuición de la guerra. Vivía en una casa alquilada de dos habitaciones, con sus ayudantes militares, con dos antiguos esclavos adolescentes que seguían sirviéndole después de ser manumitidos, y con José Palacios. Escaparse a pie para una cita incierta, de noche y sin escolta, era no sólo un riesgo inútil sino una insensatez histórica. Pero con todo lo que él apreciaba su vida y su causa, cualquier cosa le parecía menos tentadora que el enigma de una mujer hermosa.
Miranda lo esperó a caballo en el lugar previsto, también sola, y lo condujo en ancas por un sendero invisible. Había amenazas de lluvia con relámpagos y truenos remotos en el mar. Una partida de perros oscuros se enredaban en las patas del caballo, latiendo en las tinieblas, pero ella los mantenía a raya con los arrullos tiernos que iba murmurando en inglés. Pasaron muy cerca del ingenio azucarero donde sir London Lyndsay escribía los recuerdos que nadie más que él había de recordar, vadearon un arroyo de piedras y penetraron del otro lado en un bosque de pinos, al fondo del cual había una ermita abandonada. Allí desmontaron, y ella lo condujo de la mano a través del oratorio oscuro hasta la sacristía en ruinas, apenas alumbrada por una antorcha clavada en el muro, y sin más muebles que dos troncos esculpidos a golpes de hacha. Sólo entonces se vieron las caras. Él iba en mangas de camisa, y con el cabello amarrado en la nuca con una cinta como una cola de caballo, y Miranda lo encontró más juvenil y atractivo que en el almuerzo.
Él no tomó ninguna iniciativa, pues su método de seducción no obedecía a ninguna pauta, sino que cada caso era distinto, y sobre todo el   primer   paso.   «En   los   preámbulos   del   amor   ningún   error   es
44
corregible», había dicho. En esa ocasión debió ir convencido de que todos los obstáculos estaban sorteados de antemano, puesto que la decisión había sido de ella.
Se equivocó. Además de su belleza, Miranda tenía una dignidad difícil de eludir, así que transcurrió un buen tiempo antes de que él comprendiera que también esa vez debía tomar la iniciativa. Ella lo había invitado a sentarse, y lo hicieron igual que habían de hacerlo en Honda quince años después, el uno enfrente del otro en los troncos ta­llados, y tan cerca que casi se tocaban las rodillas. Él la tomó de las manos, la atrajo hacia sí, y trató de besarla. Ella lo dejó acercarse hasta sentir el calor de su aliento, y apartó la cara.
«Todo se hará a su tiempo», dijo.
La misma frase puso término a las reiteradas tentativas que él emprendió después. A la medianoche, cuando la lluvia empezó a filtrarse por las troneras del techo, seguían sentados el uno frente al otro, cogidos de las manos, mientras él recitaba un poema suyo que por aquellos días estaba componiendo en la memoria. Eran octavas reales bien medidas y bien rimadas, en las cuales se mezclaban requiebros de amor y fanfarrias de guerra. Ella se conmovió, y citó tres nombres tratando de adivinar el del autor.
«Es de un militar», dijo él.
«¿Militar de guerra o militar de salón?», preguntó ella.
«De ambas cosas», dijo él. «El más grande y solitario que ha existido jamás».
Ella recordó lo que le había dicho a su padre después del almuerzo del señor Hyslop.
«Sólo puede ser Bonaparte», dijo.
«Casi», dijo el general, «pero la diferencia moral es enorme, porque el autor del poema no permitió que lo coronaran».
Con el paso de los años, a medida que le llegaran nuevas noticias suyas, ella había de preguntarse cada vez con más asombro si él había sido consciente de que aquella travesura de su ingenio era la prefiguración de su propia vida. Pero esa noche no lo sospechó siquiera, pendiente del compromiso casi imposible de retenerlo sin resentirlo, y sin capitular ante sus asaltos, más apremiantes a medida que se acercaba el alba. Llegó hasta permitirle algunos besos casuales, pero nada más.
«Todo se hará a su tiempo», le decía.
«A las tres de la tarde me voy para siempre en el paquete de Haití», dijo él.
Ella le desbarató la astucia con una risa encantadora.
«En primer término, el paquete no sale hasta el viernes», dijo. «Y además, el pastel que usted encargó ayer a la señora Turner tiene que llevarlo esta noche a su cena con la mujer que más me odia en este mundo».
La mujer que más la odiaba en este mundo se llamaba Julia Cobier,
45
una dominicana hermosa y rica, también desterrada en Jamaica, en cuya casa, según decían, él se había quedado a dormir más de una vez. Esa noche iban a celebrar solos el cumpleaños de ella.
«Está usted mejor informada que mis espiones», dijo él.
«¿Y por qué no pensar más bien que soy una de sus espionas?», dijo ella. x
El no lo entendió hasta las seis de la mañana, cuando volvió a su casa y encontró a su amigo Félix Amestoy, muerto y desangrado en la hamaca donde él hubiera estado de no haber sido por la falsa cita de amor. Lo había vencido el sueño mientras esperaba que él volviera para darle un mensaje urgente, y uno de los sirvientes manumisos, pagado por los españoles, lo mató de once puñaladas creyendo que era él. Miranda había conocido los planes del atentado y no se le ocurrió nada más discreto para impedirlo. El intentó agradecérselo en persona, pero ella no respondió a sus recados. Antes de irse para Puerto Príncipe en una goleta corsaria, le mandó con José Palacios el precioso relicario que había heredado de su madre, acompañado de un billete con una sola línea sin firma:
«Estoy condenado a un destino de teatro».
Miranda no olvidó ni pudo entender jamás aquella frase hermética del joven guerrero que en los años siguientes volvió a su tierra con la ayuda del presidente de la república libre de Haití, el general Alexandre Pétion, cruzó los Andes con una montonera de llaneros descalzos, derrotó a las armas realistas en el puente de Boyacá, y liberó por segunda vez y para siempre a la Nueva Granada, luego a Venezuela, su tierra natal, y por fin a los abruptos territorios del sur hasta los límites con el imperio del Brasil. Ella siguió sus trazas, sobre todo por los relatos de viajeros que no se cansaban de contar sus hazañas. Resuelta la independencia de las antiguas colonias españolas, Miranda se casó con un agrimensor inglés que cambió de oficio y se radicó en la Nueva Granada para implantar en el valle de Honda las cepas de caña de azúcar de Jamaica. Allí estaba el día anterior, cuando oyó decir que su viejo conocido, el proscrito de Kingston, andaba a sólo tres leguas de su casa. Pero llegó a las minas cuando el general había emprendido ya el regreso a Honda, y tuvo que cabalgar media jornada más para alcanzarlo.
No lo hubiera reconocido en la calle sin las patillas ni el bigote juvenil y con el cabello blanco y escaso, y con aquel aspecto de desorden final que le causó la impresión sobre-cogedora de estar hablando con un muerto. Miranda llevaba el propósito de quitarse el velo para hablar con él, una vez sorteado el riesgo de ser reconocida en la calle, pero se lo impidió el horror de que también él descubriera en su cara los estragos del tiempo. Apenas terminados los formalismos iniciales, ella fue directo a sus asuntos:
«Vengo a suplicarle un favor».
«Soy todo suyo», dijo él.
46
«El padre de mis cinco hijos cumple una larga condena por haber matado a un hombre», dijo ella.
«¿Con honor?»
«En duelo franco», dijo ella, y explicó en seguida: «Por celos».
«Infundados, por supuesto», dijo él,
«Fundados», dijo ella.
Pero ahora todo pertenecía al pasado, él incluso, y lo único que ella le pedía por caridad era que interpusiera su poder para ponerle término al cautiverio del esposo. Él no acertó a decir más que la verdad:
«Estoy enfermo y desvalido, como usted puede ver, pero no hay nada en este mundo que no sea capaz de hacer por usted».
Hizo entrar al capitán Ibarra para que tomara las notas del caso, y prometió cuanto estuviera al alcance de su poder menguado para conseguir el indulto. Esa misma noche intercambió ideas con el general Posada Gutiérrez, en reserva absoluta y sin dejar nada escrito, pero todo quedó pendiente hasta conocer la índole del nuevo gobierno. Acompañó a Miranda hasta el pórtico de la casa donde la esperaba una escolta de seis manumisos, y la despidió con un beso en la mano.
«Fue una noche feliz», dijo ella.
Él no resistió la tentación:
«¿Esta o aquélla?»
«Ambas», dijo ella.
Montó en un caballo de refresco, de buena estampa y enjaezado como el de un virrey, y se fue a todo galope sin volver a mirarlo. Él esperó en el portal hasta que dejó de verla en el fondo de la calle, pero seguía viéndola en sueños cuando José Palacios lo despertó al amanecer para emprender el viaje por el río.
Hacía siete años que él le había concedido un privilegio especial al comodoro alemán Juan B. Elbers, para que iniciara la navegación a vapor. Él mismo había ido en uno de sus buques desde Barranca Nueva hasta Puerto Real, camino de Ocaña, y había reconocido que era un modo de viajar cómodo y seguro. Sin embargo, el comodoro Elbers consideraba que el negocio no valía la pena si no estaba respaldado por un privilegio exclusivo, y el general Santander se lo concedió sin condiciones cuando estaba encargado de la presidencia. Dos años después, investido con poderes absolutos por el congreso nacional, el general desbarató el acuerdo con una de sus frases proféticas: «Si les dejamos el monopolio a los alemanes terminarán traspasándolo a los Estados Unidos». Más tarde declaró la total libertad de la navegación fluvial en todo el país. De modo que cuando quiso conseguir un buque de vapor para el caso de que decidiera viajar, se encontró con dilaciones y circunloquios que se parecían demasiado a la venganza, y a la hora de irse tuvo que conformarse con los champanes de siempre.
El puerto estaba lleno desde las cinco de la mañana con gentes de a caballo y de a pie, reclutadas a toda prisa por el gobernador en las
47
veredas cercanas para fingir una despedida como las de otras épocas. Numerosas canoas merodeaban en el atracadero, cargadas de mujeres alegres que provocaban a gritos a los soldados de la guardia, y éstos les contestaban con piropos obscenos. El general llegó a las seis con la comitiva oficial. Había salido caminando de la casa del gobernador, muy despacio y con la boca tapada con un pañuelo embebido en agua de colonia.
Se anunciaba un día nublado. Las tiendas de la calle del comercio estaban abiertas desde el amanecer, y algunas despachaban casi a la intemperie entre los cascarones de las casas todavía destruidas por un terremoto de hacía veinte años. El general respondía con el pañuelo a quienes lo saludaban desde las ventanas, pero eran los menos, porque los más lo veían pasar en silencio, sorprendidos por su mal estado. Iba en mangas de camisa, con sus únicas botas Wellington y un sombrero de paja blanca. En el atrio de la iglesia el párroco se había subido en una silla para soltarle una arenga, pero el general Carreño se lo impi­dió. Él se acercó, y le estrechó la mano.
A la vuelta de la esquina le habría bastado con una mirada para darse cuenta de que no soportaría la pendiente, pero empezó a subirla agarrado del brazo del general Carreño, hasta que pareció evidente que no podía más. Entonces trataron de convencerlo de que usara una silla de mano que Posada Gutiérrez había preparado por si le hiciera falta.
«No, general, se lo suplico», dijo él, azorado. «Evíteme esta humillación».
Coronó la pendiente, más con la fuerza de la voluntad que con la del cuerpo, y aun le sobraron ánimos para descender sin ayuda hasta el atracadero. Allí se despidió con una frase amable de cada uno de los miembros de la comitiva oficial. Y lo hizo con una sonrisa fingida para que no se le notara que en aquel 15 de mayo de rosas ineluctables estaba emprendiendo el viaje de regreso a la nada. Al gobernador Posada Gutiérrez le dejó de recuerdo una medalla de oro con su perfil grabado, le agradeció sus bondades con una voz bastante fuerte para ser oída por todos, y lo abrazó con una emoción cierta. Luego apareció en la popa del champán despidiéndose con el sombrero, sin mirar a nadie entre los grupos que le mandaban adioses desde la ribera, sin ver el desorden de las canoas alrededor de los champanes ni los niños desnudos que nadaban como sábalos por debajo del agua. Siguió moviendo el sombrero hacia un mismo punto con una expresión ajena, hasta que ya no se vio más que el muñón de la torre de la iglesia por encima de las murallas desbaratadas. Entonces se metió en el cobertizo del champán, se sentó en la hamaca y estiró las piernas, para que jóse Palacios lo ayudara a quitarse las botas.
«A ver si ahora sí creen que nos fuimos», dijo.
La flota estaba compuesta por ocho champanes de distintos tamaños, y uno especial para él y su séquito, con un timonel en la popa y ocho bogas que lo impulsaban con palancas de guayacán. A diferencia de los
48
champanes corrientes, que tenían en el centro un cobertizo de palma amarga para el cargamento, a éste le habían puesto un toldo de lienzo para que pudiera colgarse una hamaca en la sombra, lo habían forrado por dentro con zaraza y tapizado con esteras, y le habían abierto cuatro ventanas para aumentar la ventilación y la luz. Le pusieron una mesita para escribir o jugar barajas, un estante para los libros, y una tinaja con un filtro de piedra. El responsable de la flota, escogido entre los mejores del río, se llamaba Casildo Santos, y era un antiguo capitán del batallón Tiradores de la Guardia, con una voz de trueno y un parche de pirata en el ojo izquierdo, y una noción más bien intrépida de su mandato.
Mayo era el primero de los meses buenos para los buques del comodoro Elbers, pero los meses buenos no eran los mejores para los champanes. El calor mortal, las tempestades bíblicas, las corrientes traidoras, las amenazas de las fieras y las alimañas durante la noche, todo parecía confabulado contra el bienestar de los pasajeros. Un tormento adicional para alguien sensibilizado por la mala salud era la pestilencia de las pencas de carne salada y los boca-chicos ahumados que colgaron por descuido en los aleros del champán presidencial, y que él ordenó quitar tan pronto como los percibió al embarcarse. Enterado así de que no podía resistir ni siquiera el olor de las cosas de comer, el capitán Santos hizo poner en el último lugar de la flota el champán de avituallamiento, en el que había corrales de gallinas y cerdos vivos. Sin embargo, desde el primer día de navegación, después de comerse con gran deleite dos platos seguidos de mazamorra de maíz tierno, quedó establecido que él no iba a comer nada distinto durante el viaje.
«Esto parece hecho con la mano mágica de Fernanda Séptima», dijo.
Así era. Su cocinera personal de los últimos años, la quiteña Fernanda Barriga, a quien él llamaba Fernanda Séptima cuando lo obligaba a comer algo que no quería, se encontraba a bordo sin que él lo supiera. Era una india plácida, gorda, dicharachera, cuya virtud mayor no era su buena sazón en la cocina sino su instinto para complacer al general en la mesa. Él había resuelto que se quedara en Santa Fe con Manuela Sáenz, quien la tenía incorporada a su servicio doméstico, pero el general Carreño la llamó de urgencia desde Guaduas, cuando José Palacios le anunció alarmado que el general no había hecho una comida completa desde la víspera del viaje. Había llegado a Honda en la madrugada, y la embarcaron a escondidas en el champán de la despensa a la espera de una ocasión propicia. Ésta se presentó más pronto de lo previsto por el placer que él experimentó con la mazamorra de maíz tierno, que era su plato más apetecido desde que su salud empezó a decaer.
El primer día de navegación pudo ser el último. Se hizo noche a las dos de la tarde, se encresparon las aguas, los truenos y los relámpagos estremecieron la tierra y los bogas parecieron incapaces de impedir que los botes se despedazaran contra los cantiles. El general observó desde
49
el cobertizo la maniobra de salvación dirigida a gritos por el capitán Santos, cuyo genio naval no parecía suficiente para semejante disturbio. La observó primero con curiosidad y luego con una ansiedad indomable, y en el momento culminante del peligro se dio cuenta de que el capitán había impartido una orden equivocada. Entonces se dejó arrastrar por el instinto, se abrió paso entre el viento y la lluvia, y contrarió la orden del capitán al borde del abismo.
«¡Por ahí no!», gritó. «¡Por la derecha, por la derecha, carajos!»
Los bogas reaccionaron ante la voz descascarada pero todavía plena de una autoridad irresistible, y él se hizo cargo del mando sin darse cuenta, hasta que se superó la crisis. José Palacios se apresuró a echarle encima una manta. Wilson e Ibarra lo mantuvieron firme en su sitio. El capitán Santos se hizo a un lado, consciente una vez más de haber confundido babor con estribor, y esperó con humildad de soldado hasta que él lo buscó y lo encontró con una mirada trémula.
«Usted perdone, capitán», le dijo.
Pero no quedó en paz consigo mismo. Esa noche, en torno de las hogueras que encendieron en el playón donde arrimaron para dormir por primera vez, contó historias de emergencias navales inolvidables. Contó que su hermanó Juan Vicente, el padre de Fernando, murió ahogado en un naufragio cuando regresaba de comprar en Washington un cargamento de armas y municiones para la primera república. Contó que él había estado a punto de correr igual suerte cuando el caballo se le murió entre las piernas mientras atravesaba el Arauca crecido, y lo arrastró dando tumbos con la bota enredada en el estribo, hasta que su baquiano logró cortar las correas. Contó que en la ruta de Angostura, poco después de haber asegurado la independencia de la Nueva Granada, se encontró con un bote volteado en los rápidos del Orinoco, y vio a un oficial desconocido que nadaba hacia la orilla. Le dijeron que era el general Sucre. Él replicó indignado: «No existe ningún general Sucre». Era Antonio José de Sucre, en efecto, que había sido ascendido poco antes a general del ejército libertador, y con quien él mantuvo desde entonces una amistad entrañable.
«Yo sabía de ese encuentro», dijo el general Carreño, «pero sin el pormenor del naufragio».
«Puede que lo esté confundiendo con el primer naufragio que tuvo Sucre cuando escapó de Cartagena perseguido por Morillo, y permaneció a flote sabe Dios cómo casi veinticuatro horas», dijo él. Y agregó, un poco a la deriva: «Lo que intento es que el capitán-Santos entienda de algún modo mi impertinencia de esta tarde».
En la madrugada, cuando todos dormían, la selva íntegra se estremeció con una canción sin acompañamiento que sólo podía salir del alma. El general se sacudió en la hamaca. «Es Iturbide», murmuró José Palacios en la penumbra. Acababa de decirlo cuando una voz de mando brutal interrumpió la canción.
Agustín de Iturbide era el hijo mayor de un general mexicano de la
50

anterior      continuar     


Comments