EL GENERAL EN SU LABERINTO - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ - 5



volver al dormitorio donde había estado la vez anterior, que recordaba como el cuarto de las pesadillas, porque todas las noches en que dur mió allí soñó con una mujer de cabellos iluminados que le ataba en el cuello una cinta roja hasta despertarlo, y así otra vez y otra vez, hasta el amanecer.

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 De modo que se hizo colgar la hamaca en las argollas de la sala y se durmió un rato sin soñar. Llovía a mares, y un grupo de niños permaneció asomado en las ventanas de la calle para verlo dormir. Uno de ellos lo despertó con voz sigilosa: «Bolívar, Bolívar». Él lo buscó en las brumas de la fiebre, y el niño le preguntó:
«¿Tú me quieres?»
El general afirmó con una sonrisa trémula, pero luego ordenó que espantaran las gallinas que se paseaban por la casa a toda hora, que retiraran a los niños y cerraran las ventanas, y se durmió de nuevo. Cuando volvió a despertar continuaba lloviendo, y José Palacios preparaba el mosquitero para la hamaca.
«Soñé que un niño de la calle me hacía preguntas raras por la ventana», le dijo el general.
Aceptó tomarse una taza de infusión, la primera en veinticuatro horas, pero no alcanzó a terminarla. Se volvió a tender en la hamaca, presa de un desvanecimiento, y permaneció largo rato sumergido en una meditación crepuscular, contemplando la hilera de murciélagos colgados en las vigas del techo. Al final suspiró:
«Estamos para enterrar de limosna».
Había sido tan pródigo con los antiguos oficiales y simples soldados del ejército libertador que le contaron sus desgracias a lo largo del río, que en Turbaco no le quedaba más de la cuarta parte de sus recursos de viaje. Aún faltaba por ver si el gobierno provincial tenía fondos disponibles en sus arcas maltrechas para cubrir la libranza, o al menos la posibilidad de negociarla con un agiotista. Para su instalación inmediata en Europa contaba con la gratitud de Inglaterra, a la que había hecho tantos favores. «Los ingleses me quieren», solía decir. Para sobrevivir con el decoro digno de sus nostalgias, con sus criados y el séquito mínimo, contaba con la ilusión de vender las minas de Aroa. Sin embargo, si de veras quería irse, los pasajes y los gastos del viaje para él y su séquito eran una urgencia del día siguiente, y su saldo efectivo no le alcanzaba ni para pensarlo. Pero ni más faltaba que fuera a renunciar a su infinita capacidad de ilusión en el momento en que más le convenía. Al contrario. A pesar de que veía luciérnagas donde no las había, a causa de la fiebre y el dolor de cabeza, se sobrepuso a la somnolencia que le entorpecía los sentidos, y le dictó tres cartas a Fernando.
La primera fue una respuesta del corazón a la despedida del mariscal Sucre, en la cual no hizo ningún comentario sobre su enfermedad, a pesar de que solía hacerlo en situaciones como la de aquella tarde, en la que estaba tan urgido de compasión. La segunda
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carta fue para donjuán de Dios Amador, prefecto de Cartagena, encareciéndole el pago de los ocho mil pesos de la libranza contra el tesoro provincial. «Estoy pobre y necesitado de ese dinero para mi partida», le decía. La súplica fue eficaz, pues antes de cuatro días recibió respuesta favorable, y Fernando fue a Cartagena por el dinero. La tercera fue para el ministro de Colombia en Londres, el poeta José Fernández Madrid, pidiéndole que pagara una letra que el general había girado en favor de sir Robert Wilson, y otra del profesor inglés José Lancaster, a quien se le debían veinte mil pesos por implantar en Caracas su novedoso sistema de educación mutua. «Mi honor está comprometido en ello», le decía. Pues confiaba en que su viejo pleito judicial se hubiera resuelto para entonces, y que ya las minas se hubieran vendido. Diligencia inútil: cuando la carta llegó a Londres, el ministro Fernández Madrid había muerto.
José Palacios les hizo una señal de silencio a los oficiales que disputaban a gritos jugando a las barajas en la galería interior, pero ellos siguieron disputando en susurros hasta que sonaron las once en la iglesia cercana. Poco después se apagaron las gaitas y los tambores de la fiesta pública, la brisa del mar distante se llevó los nubarrones os­curos que habían vuelto a acumularse después del aguacero de la tarde, y la luna llena se encendió en el patio de los naranjos.
José Palacios no descuidó un instante al general, que había delirado de fiebre en la hamaca desde el atardecer. Le preparó una pócima de rutina y le puso una lavativa de sen, en espera de que alguien con más autoridad se atreviera a proponerle un médico, pero nadie lo hizo. Apenas si dormitó una hora al amanecer.
Aquel día fue a visitarlo el general Mariano Montilla con un grupo selecto de sus amigos de Cartagena, entre ellos los conocidos como los tres Juanes del partido bolivarista: Juan García del Río, Juan de Francisco Martín y Juan de Dios Amador. Los tres se quedaron horrorizados ante aquel cuerpo en pena que trató de incorporarse en la hamaca, y el aire no le alcanzó para abrazarlos a todos. Lo habían visto en el Congreso Admirable, del que formaban parte, y no podían creer que se hubiera desmigajado tanto en tan poco tiempo. Los huesos eran visibles a través de la piel, y no conseguía fijar la mirada. Debía estar consciente de la fetidez y el calor de su aliento, pues se cuidaba de hablar a distancia y casi de perfil. Pero lo que más les impresionó fue la evidencia de que había disminuido de estatura, hasta el punto de que al general Montilla le pareció al abrazarlo que le llegaba a la cintura.
Pesaba ochenta y ocho libras, y había de tener diez menos la víspera de la muerte. Su estatura oficial era de un metro con sesenta y cinco, aunque sus fichas médicas no coincidían siempre con las militares, y en la mesa de autopsias tendría cuatro centímetros menos. Sus pies eran tan pequeños como sus manos en relación con el cuerpo, y también parecían  disminuidos.  José  Palacios  había  notado  que  llevaba   los
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pantalones casi a la altura del pecho, y tenía que darle una vuelta a los puños de la camisa. El general advirtió la curiosidad de sus visitantes y admitió que las botas de siempre, del número treinta y cinco en puntos franceses, le quedaban grandes desde enero. El general Montilla, célebre por sus chispazos de ingenio aun en las situaciones menos oportunas, acabó con el patetismo.
«Lo importante», dijo, «es que Su Excelencia no se nos disminuya por dentro».
Como de costumbre, subrayó su propia ocurrencia con una carcajada de perdigones. El general le devolvió una sonrisa de viejo compinche, y cambió de tema. El tiempo había mejorado, y la intemperie era buena para conversar, pero él prefirió recibir a sus visitantes sentado en la hamaca y en la misma sala donde había dormido.
El tema dominante fue el estado de la nación. Los bolivaristas de Cartagena se negaban a reconocer la nueva constitución y a los mandatarios elegidos, con el pretexto de que los estudiantes santanderistas habían ejercido presiones inadmisibles sobre el congreso. En cambio, los militares leales se habían mantenido al margen, por orden del general, y el clero rural que lo apoyaba no tuvo oportunidad de movilizarse. El general Francisco Carmona, comandante de una guarnición de Cartagena y leal a su causa, había estado a punto de promover una insurrección, y aún mantenía su amenaza. El general le pidió a Montilla que le mandara a Carmona para tratar de apaciguarlo. Luego, dirigiéndose a todos pero sin mirar a nadie, les hizo una síntesis brutal del nuevo gobierno:
«Mosquera es un pendejo y Caycedo es un pastelero, y ambos están acoquinados por los niños del San Bartolomé».
Lo que quería decir, enjerga caribe, que el presidente era un débil, y el vicepresidente un oportunista capaz de cambiar de partido según los rumbos del viento. Anotó además, con una acidez típica de sus tiempos peores, que no era extraño que cada uno de ellos fuera hermano de un arzobispo. En cambio, la nueva constitución le pareció mejor de lo que podía esperarse, en un momento histórico en que el peligro no era la derrota electoral, sino la guerra civil que Santander fomentaba con sus cartas desde París. El presidente electo había hecho en Popayán toda clase de llamados al orden y la unidad, pero no había dicho aún si aceptaba la presidencia.
«Está esperando que Caycedo haga el trabajo sucio», dijo el general.
«Ya Mosquera debe estar en Santa Fe», dijo Montilla. «Salió de Popayán el lunes».
El general lo ignoraba, pero no se sorprendió. «Ya verán que se desinfla como una calabaza cuando tenga que actuar», dijo. «Ése no sirve ni para portero de un gobierno». Hizo una larga reflexión y sucumbió a la tristeza.
«Lástima», dijo. «El hombre era Sucre».
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«El más digno de los generales», sonrió De Francisco.
La frase era ya célebre en el país a pesar de los esfuerzos que el general había hecho para impedir que se divulgara.
«¡Frase genial de Urdaneta!», bromeó Montilla.
El general pasó por alto la interrupción y se dispuso a conocer las intimidades de la política local, más en broma que en serio, pero Montilla volvió a imponer de golpe la solemnidad que él mismo acababa de romper. «Me perdona, Excelencia», dijo, «usted sabe mejor que nadie la devoción que le profeso al Gran Mariscal, pero el hombre no es él». Y remató con un énfasis teatral:
«El hombre es usted».
El general lo cortó de un tajo:
«Yo no existo».
Luego, retomando el hilo, relató la forma en que el mariscal Sucre resistió a sus ruegos de que aceptara la presidencia de Colombia. «Lo tiene todo para salvarnos de la anarquía», dijo, «pero se dejó cautivar por el canto de las sirenas». García del Río pensaba que el motivo verdadero era que Sucre carecía por completo de vocación para el poder. Al general no le pareció un obstáculo insalvable. «En la larga historia de la humanidad se ha demostrado muchas veces que la vocación es hija legítima de la necesidad», dijo. En todo caso, eran nostalgias tardías porque él sabía como nadie que el general más digno de la república pertenecía entonces a otras huestes menos efímeras que las suyas.
«El gran poder está en la fuerza del amor», dijo, y completó su picardía: «El mismo Sucre lo dijo».
Mientras él lo evocaba en Turbaco, el mariscal Sucre salía de Santa Fe hacia Quito, desencantado y solo, pero en el esplendor de la edad y la salud, y en pleno goce de su gloria. Su última diligencia de la víspera había sido visitar en secreto a una conocida pitonisa del barrio de Egipto, que lo había orientado en varias de sus empresas de guerra, y ella había visto en el naipe que aun en aquellos tiempos de borrascas los caminos más venturosos para él seguían siendo los del mar. Al Gran Mariscal de Ayacucho le parecieron demasiado lentos para sus urgencias de amor, y se sometió a los azares de tierra firme contra el buen juicio de las barajas.
«De modo que no hay nada que hacer», concluyó el general. «Estamos tan fregados, que nuestro mejor gobierno es el peor».
Conocía a sus partidarios locales. Habían sido proceres ilustres con títulos de sobra en la gesta libertadora, pero en la política menuda eran cubileteros cebados, pequeños traficantes de empleos, que incluso habían llegado a hacer alianzas con Montilla en contra suya. Como a tantos otros, él no les había dado tregua hasta que no logró seducirlos. Así que les pidió apoyar al gobierno, aun a costa de sus intereses personales. Sus motivos, como de costumbre, tenían un aliento profético: mañana, cuando él no estuviera, el propio gobierno que ahora pedía apoyar haría venir a Santander, y éste regresaría coronado
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de gloria a liquidar los escombros de sus sueños, la patria inmensa y única que él había forjado en tantos años de guerras y sacrificios sucumbiría en pedazos, los partidos se descuartizarían entre sí, su nombre sería vituperado y su obra pervertida en la memoria de los siglos. Pero nada de eso le importaba en aquel momento si al menos podía impedirse un nuevo episodio de sangre. «Las insurrecciones son como las olas del mar, que se suceden unas a otras», dijo. «Por eso no me han gustado nunca». Y ante el asombro de los visitantes, concluyó:
«Cómo será, que en estos días estoy deplorando hasta la que hicimos contra los españoles».
El general Montilla y sus amigos sintieron que aquel era el final. Antes de despedirse, recibieron de él una medalla de oro con su efigie, y no pudieron evitar la impresión de que era un regalo póstumo. Mientras se dirigían a la puerta, García del Río dijo en voz baja:
«Ya tiene cara de muerto».
La frase ampliada y repetida por los ecos de la casa, persiguió al general toda la noche. Sin embargo, el general Francisco Carmena se sorprendió al día siguiente de su buen semblante. Lo encontró en el patio perfumado de azahares, en una hamaca con su nombre bordado en hilos de seda que le habían hecho en la vecina población de San Jacinto, y que José Palacios había colgado entre dos naranjos. Acababa de bañarse, y el cabello estirado hacia atrás y la casaca de paño azul, sin camisa, le infundían un aura de inocencia. Mientras se mecía muy despacio dictaba a su sobrino Fernando una carta indignada para el presidente Caycedo. Al general Carmona no le pareció tan moribundo como le habían dicho, quizás porque estaba embriagado por una de sus iras legendarias.
Carmena era demasiado visible para pasar inadvertido en ninguna parte, pero él lo miró sin verlo mientras dictaba una frase contra la perfidia de sus detractores. Sólo al final se volvió hacia el gigante que lo miraba sin parpadear, plantado con todo su cuerpo frente a la hamaca, y le preguntó sin saludarlo:
«¿Y usted también me cree un promotor de insurrecciones?»
El general Carmona, anticipándose a una recepción hostil, preguntó con un punto de altivez:
«¿Y de dónde lo infiere mi general?»
«De donde mismo lo infirieron éstos», dijo él.
Le dio unos recortes de prensa acabados de recibir en el correo de Santa Fe, en los cuales lo acusaban una vez más de haber promovido en secreto la rebelión de los granaderos para volver al poder contra la decisión del congreso. «Groserías infames», dijo. «Mientras yo pierdo mi tiempo predicando la unión, estos sietemesinos me acusan de conspirador». El general Carmona sufrió una desilusión con la lectura de los recortes.
«Pues yo no sólo lo creía», dijo, «sino que estaba muy complacido
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de que fuera cierto».
«Me lo imagino», dijo él.
No dio muestras de contrariedad, sino que le pidió esperarlo mientras terminaba de dictar la carta, en la cual pedía una vez más la franquicia oficial para salir del país. Cuando terminó había recobrado la calma con la misma facilidad fulminante con que la había perdido al leer la prensa. Se levantó sin ayuda, y llevó del brazo al general Carmona para pasearse alrededor del aljibe.
La luz era una harina de oro que se filtraba por la fronda de los naranjos al cabo de tres días de lluvias, y alborotaba a los pájaros entre los azahares. El general les puso atención un instante, los sintió en el alma, y casi suspiró: «Menos mal que todavía cantan». Luego le hizo al general Carmena una explicación erudita de por qué los pájaros de las Antillas cantan mejor en abril que en junio, y enseguida, sin transición, lo llevó a sus asuntos. No necesitó más de diez minutos para convencerlo de acatar sin condiciones la autoridad del nuevo gobierno. Después lo acompañó hasta la puerta, y fue al dormitorio a escribirle de su puño y letra a Manuela Sáenz, que seguía quejándose de los estorbos que el gobierno le ponía a sus cartas.
Apenas si almorzó un plato de mazamorra de maíz biche que Fernanda Barriga le llevó al dormitorio mientras escribía. A la hora de la siesta le pidió a Fernando que le siguiera leyendo un libro de botánica china que habían empezado la noche anterior. José Palacios entró poco después en el dormitorio con el agua de orégano para el baño caliente, y encontró a Fernando dormido en la silla con el libro abierto en el regazo. El general estaba despierto en la hamaca y se cruzó los labios con el índice en señal de silencio. No tenía fiebre por primera vez en dos semanas.
Así, dándole largas al tiempo, entre un correo y otro, .se quedó veintinueve días en Turbaco. Había estado allí dos veces, pero cuando en realidad apreció las virtudes medicinales del lugar fue la segunda vez, tres años antes, cuando regresaba de Caracas a Santa Fe para impedir los planes separatistas de Santander. Le había sentado tan bien el temperamento del pueblo, que entonces se quedó diez días en lugar de las dos noches previstas. Fueron jornadas enteras de fiestas patrias. Al final hubo una corraleja de las grandes, contrariando su aversión a las corridas de toros, y él mismo se midió con una vaquilla que le arrebató la manta de las manos y arrancó un grito de susto a la muchedumbre. Ahora, en la tercera visita, su destino de lástima estaba consumado, y el paso de los días lo confirmaba hasta la exasperación. Las lluvias se hicieron más frecuentes, y más desoladas, y la vida se redujo a esperar las noticias de nuevos reveses. Una noche, en la lucidez de la alta vigilia, José Palacios le oyó suspirar en la hamaca:
«¡Sabe Dios por dónde andará Sucre!»
El   general   Montilla   había   vuelto   dos   veces   más,   y   lo   había
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encontrado mucho mejor que el primer día. Más aún: le pareció que poco a poco iba recobrando sus ímpetus de otros tiempos, sobre todo por la insistencia con que le reclamó que Cartagena no hubiera votado todavía la nueva constitución ni reconocido al nuevo gobierno, de acuerdo con el compromiso de la visita anterior. El general Montilla improvisó la excusa de que estaban esperando saber primero si Joaquín Mosquera aceptaba la presidencia.
«Quedarán mejor si se anticipan», dijo el general.
En la visita siguiente volvió a reclamarlo con mayor energía, pues conocía a Montilla desde niño, y sabía que la resistencia que éste atribuía a otros no podía ser sino suya. No sólo los ligaba una amistad de clase y de oficio, sino que habían hecho toda una vida en común. En una época sus relaciones se enfriaron hasta el punto de que no volvieron a dirigirse la palabra, porque Montilla dejó al general sin auxilios militares en Mompox, en uno de los momentos más peligrosos de la guerra contra Morillo, y el general lo acusó de ser un disolvente moral y el autor de todas las calamidades. La reacción de Montilla fue tan apasionada que lo desafió a duelo, pero siguió al servicio de la independencia por encima de los rencores personales.
Había estudiado matemáticas y filosofía en la Academia Militar de Madrid, y fue guardia de corps del rey don Fernando VII hasta el mismo día en que le llegaron las primeras noticias de la emancipación de Venezuela. Fue buen conspirador en México, buen contrabandista de ar­mas en Curazao y buen guerrero en todas partes desde que sufrió sus primeras heridas a los diecisiete años. En 1821 limpió de españoles el litoral, desde Riohacha hasta Panamá, y se tomó Cartagena contra un ejército más numeroso y mejor armado. Entonces ofreció la reconciliación al general con un gesto gallardo: le mandó las llaves de oro de la ciudad, y el general se las devolvió con el ascenso a general de brigada, y la orden de hacerse cargo del gobierno del litoral. No era un gobernante amado, aunque solía mitigar sus excesos con el sentido del humor. Su casa era la mejor de la ciudad, su hacienda de Aguas Vivas era una de las más codiciadas de la provincia, y el pueblo le preguntaba con letreros en las paredes de dónde había sacado el dinero para comprarlas. Pero allí seguía, después de ocho años de un duro y solitario ejercicio del poder, convertido además en un político astuto y difícil de contrariar.
Ante cada insistencia, Montilla replicaba con un argumento distinto. Sin embargo, por una vez dijo la verdad sin adornos: los bolivaristas cartageneros estaban resueltos a no jurar una constitución de compromiso ni a reconocer un gobierno endeble, cuyo origen no se fundaba en el acuerdo sino en la discordia de todos. Era típico de la política local, cuyas divergencias habían sido la causa de grandes tragedias históricas. «Y no les falta razón, si Su Excelencia, el más liberal de todos, nos deja a merced de los que se han apropiado el título de liberales para liquidar su obra», dijo Montilla. Así que la
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única fórmula de arreglo era que el general se quedara en el país para impedir su desintegración.
«Bueno, si es así, dígale a Carmona que venga otra vez, y lo convencemos de que se subleve», replicó el general, con un sarcasmo muy suyo. «Será menos sangriento que la guerra civil que los cartageneros van a provocar con su impertinencia».
Pero antes de despedirse de Montilla había recobrado el dominio, y le pidió que llevara a Turbaco la plana mayor de sus partidarios para ventilar el desacuerdo. Todavía los estaba esperando cuando el general Carreño le llevó el rumor de que Joaquín Mosquera había asumido la presidencia. Él se dio una palmada en la frente.
«¡La pinga!», exclamó. «No lo creo ni si me lo muestran vivo».
El general Montilla fue a confirmárselo esa misma tarde, bajo un aguacero de vientos cruzados que arrancó árboles de raíz, desmanteló medio pueblo, desbarató el corral de la casa y se llevó a los animales ahogados. Pero también contrarrestó el ímpetu de la mala noticia. La escolta oficial, que agonizaba de tedio por la vacuidad de los días, impidió que los desastres fueran mayores. Montilla se echó encima un impermeable de campaña y dirigió el salvamento. El general permaneció sentado en un mecedor frente a la ventana, envuelto en la manta de dormir, con la mirada pensativa y la respiración sosegada, contemplando el torrente de lodo que arrastraba los escombros del desastre. Aquellas perturbaciones del Caribe le eran familiares desde niño. Sin embargo, mientras la tropa se apresuraba a restablecer el orden en la casa, él le dijo a jóse Palacios que no recordaba haber visto nada igual. Cuando por fin volvió la calma, Montilla entró en la sala chorreando agua y embarrado hasta las rodillas. El general seguía inmóvil en su idea.
«Pues bien, Montilla», le dijo, «ya Mosquera es presidente, y Cartagena sigue sin reconocerlo».
Pero Montilla tampoco se dejaba distraer por las tormentas.
«Si Su Excelencia estuviera en Cartagena sería mucho más fácil», dijo.
«Habría el riesgo de que se interpretara como una intromisión mía, y no quiero ser protagonista de nada», dijo él. «Es más: no me moveré de aquí mientras ese asunto no esté resuelto».
Esa noche escribió al general Mosquera una carta de compromiso. «Acabo de saber, no sin sorpresa, que usted admitió la presidencia del estado, de lo que me alegro por el país y por mí mismo», le decía. «Pero lo siento y lo sentiré siempre por usted». Y cerró la carta con una posdata ladina: «No me he ido porque no me ha llegado el pasa­porte, pero me voy sin falta cuando venga».
El domingo llegó a Turbaco y se incorporó a su séquito el general Daniel Florencio O'Leary, miembro prominente de la Legión Británica, que había sido por largo tiempo edecán y amanuense bilingüe del general. Montilla lo acompañó desde Cartagena, de mejor humor que
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nunca, y ambos pasaron con el general una buena tarde de amigos bajo los naranjos. Al término de una larga conversación con O'Leary sobre su gestión militar, el general apeló a la muletilla de siempre:
«¿Y qué se dice por allá?»
«Que no es cierto que usted se vaya», dijo O'Leary.
«Aja», dijo el general. «¿Y ahora por qué?»
«Porque Manuelita se queda».
El general replicó con una sinceridad desarmante:
«¡Pero si siempre se ha quedado!»
O'Leary, amigo íntimo de Manuela Sáenz, sabía que el general tenía razón. Pues era verdad que ella se quedaba siempre, pero no por su gusto, sino porque el general la dejaba con cualquier excusa, en un esfuerzo temerario por escapar a la servidumbre de los amores formales. «Nunca volveré a enamorarme», le confesó en su momento a José Palacios, el único ser humano con quien se permitió jamás esa clase de confidencias. «Es como tener dos almas al mismo tiempo». Manuela se impuso con una determinación incontenible y sin los estorbos de la dignidad, pero cuanto más trataba de someterlo más ansioso parecía el general por liberarse de sus cadenas. Fue un amor de fugas perpetuas. En Quito, después de las primeras dos semanas de desafueros, él tuvo que viajar a Guayaquil para entrevistarse con el general José de San Martín, libertador del Río de la Plata, y ella se quedó preguntándose qué clase de amante era aquel que dejaba la mesa servida en mitad de la cena. El había prometido escribirle todos los días, de todas partes, para jurarle con el corazón en carne viva que la amaba más que a nadie jamás en este mundo. Le escribió, en efecto, y a veces de su puño y letra, pero no mandó las cartas. Mientras tanto, se consolaba en un idilio múltiple con las cinco mujeres indivisibles del matriarcado de Garaycoa, sin que él mismo supiera jamás a ciencia cierta cuál hubiera escogido entre la abuela de cincuenta y seis años, la hija de treinta y ocho, o las tres nietas en la flor de la edad. Terminada la misión en Guayaquil escapó de todas ellas con promesas de amor eterno y pronto regreso, y volvió a Quito a sumergirse en las arenas movedizas de Manuela Sáenz.
A principios del año siguiente se fue otra vez sin ella a terminar la liberación del Perú, que era el esfuerzo final de su sueño. Manuela esperó cuatro meses, pero se embarcó para Lima tan pronto como las cartas empezaron a llegarle no sólo escritas, como ocurría a menudo, sino también pensadas y sentidas por Juan José Santana, el secretario privado del general. Lo encontró en la mansión de placer de La Magdalena, investido de poderes dictatoriales por el congreso, y asediado por las mujeres bellas y atrevidas de la nueva corte republicana. Era tal el desorden de la casa presidencial, que un coronel de lanceros se había mudado a medianoche porque no lo dejaban dormir las agonías de amor en las alcobas. Pero Manuela es­taba entonces en un terreno que conocía de sobra. Había nacido en
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Quito, hija clandestina de una rica hacendada criolla con un hombre casado, y a los dieciocho años había saltado por la ventana del convento donde estudiaba y se fugó con un oficial del ejército del rey. Sin embargo, dos años después se casó en Lima y con los azahares de virgen con el doctor James Thorne, un médico complaciente que le doblaba la edad. Así que cuando volvió al Perú persiguiendo al amor de su vida no tuvo que aprender nada de nadie para sentar sus reales en medio del escándalo.
O'Leary fue su mejor edecán en estas guerras del corazón. Manuela no vivió de planta en La Magdalena, pero entraba cuando quería por la puerta grande y con honores militares. Era astuta, indómita, de una gracia irresistible, y tenía el sentido del poder y una tenacidad a toda prueba. Hablaba buen inglés, por su marido, y un francés primario pero comprensible, y tocaba el clavicordio con el estilo mojigato de las novicias. Su letra era enrevesada, su sintaxis intransitable, y se moría de risa de lo que ella misma llamaba sus horrores de ortografía. El general la nombró curadora de sus archivos para tenerla cerca, y esto les hizo fácil el amor a cualquier hora y en cualquier parte, entre el fragor de las fieras amazónicas que Manuela domesticaba con sus encantos.
Sin embargo, cuando el general emprendió la conquista de los arduos territorios del Perú que aún se encontraban en poder de los españoles, Manuela no logró que la llevara en su estado mayor. Lo persiguió sin su permiso con sus baúles de primera dama, los cofres de los archivos, su corte de esclavas, en una retaguardia de tropas colombianas que la adoraban por su lengua de cuartel. Viajó trescientas leguas a lomo de muía por las cornisas de vértigo de los Andes, y sólo consiguió estar con el general dos noches en cuatro meses, y una de ellas porque logró asustarlo con una amenaza de suicidio. Transcurrió algún tiempo antes de descubrir que mientras ella no podía alcanzarlo, él se solazaba con otros amores de ocasión que encontraba a su paso. Entre ellos el de Manuelita Madroño, una mestiza cerrera de dieciocho años que santificó sus insomnios.
Desde su regreso de Quito, Manuela había decidido abandonar al esposo, a quien describía como un inglés insípido que amaba sin placer, conversaba sin gracia, caminaba despacio, saludaba con reverencias, se sentaba y se levantaba con cautela y no se reía ni de sus propios chis­tes. Pero el general la convenció de preservar a toda costa los privilegios de su estado civil, y ella se sometió a sus designios.
Un mes después de la victoria de Ayacucho, dueño ya de medio mundo, el general se fue al Alto Perú, que había de convertirse más tarde en la república de Bolivia. No sólo se fue sin Manuela, sino que antes de irse le planteó como un asunto de estado la conveniencia de la separación definitiva. «Yo veo que nada puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y el honor», le escribió. «En el futuro tú
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estarás sola, aunque al lado de tu marido, y yo estaré solo en medio del mundo. Sólo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo». Antes de tres meses recibió una carta en la que Manuela le anunciaba que se iba para Londres con el esposo. La noticia lo sorprendió en la cama ajena de Francisca Zubiaga de Gamarra, una brava mujer de armas, esposa de un mariscal que más tarde sería presidente de la república. El general no se esperó al segundo amor de la noche para escribirle a Manuela una respuesta inmediata que más bien parecía una orden de guerra: «Diga usted la verdad y no se vaya a ninguna parte». Y subrayó con su mano la frase final: «Yo la quiero resueltamente». Ella obedeció encantada.
El sueño del general empezó a desbaratarse en pedazos el mismo día en que culminó. No bien había fundado Bolivia y concluido la reorganización institucional del Perú, cuando tuvo que regresar a las volandas a Santa Fe, urgido por las primeras tentativas separatistas del general Páez en Venezuela y los gatuperios políticos de Santander en la Nueva Granada. Esta vez Manuela necesitó de más tiempo para que él le permitiera seguirlo, pero cuando por fin lo hizo fue una mudanza de gitanos, con los baúles errantes en una docena de muías, sus esclavas inmortales, y once gatos, seis perros, tres micos educados en el arte de las obscenidades palaciegas, un oso amaestrado para ensartar agujas, y nueve jaulas de loros y guacamayas que despotricaban contra Santander en tres idiomas.
Llegó a Santa Fe apenas a tiempo para salvar la poca vida que le quedaba al general en la mala noche del 25 de septiembre. Habían transcurrido cinco años desde que se conocieron, pero él estaba tan decrépito y dubitativo como si hubieran sido cincuenta, y Manuela tuvo la impresión de que tantaleaba sin rumbo en las nieblas de la soledad. Él volvería al sur poco después para frenar las ambiciones colonialistas del Perú contra Quito y Guayaquil, pero ya todo esfuerzo era inútil. Manuela se quedó entonces en Santa Fe sin el menor ánimo de seguirlo, pues sabía que su eterno fugitivo ya no tenía ni siquiera para dónde escapar.
O'Leary observó en sus memorias que el general no había sido nunca tan espontáneo para evocar sus amores furtivos como aquella tarde de domingo en Turbaco. Montilla pensó, y lo escribió años después en una carta privada, que era un síntoma inequívoco de la vejez. Incitado por su buen humor y su ánimo confidente, Montilla no resistió la tentación de hacerle al general una provocación cordial.
«¿Sólo Manuela se quedaba?», le preguntó.
«Todas se quedaban», dijo en serio el general. «Pero Manuela más que todas».
Montilla le guiñó un ojo a O'Leary, y dijo:
«Confiésese, general: ¿cuántas han sido?»
El general lo eludió.
«Muchas menos de las que usted piensa», dijo.
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En la noche, mientras tomaba el baño caliente, José Palacios quiso aclararle las dudas. «Según mis cuentas son treinta y cinco», dijo. «Sin contar las pájaras de una noche, por supuesto». La cifra coincidía con los cálculos del general, pero éste no había querido decirlo durante la visita.
«O'Leary es un gran hombre, un gran soldado y un amigo fiel, pero toma notas de todo», explicó. «Y no hay nada más peligroso que la memoria escrita».
Al día siguiente, después de una larga entrevista privada para enterarse del estado de la frontera, le pidió a O'Leary que viajara a Cartagena con el encargo formal de ponerlo al día sobre el movimiento de barcos para Europa, aunque la misión verdadera era mantenerlo al corriente de los pormenores ocultos de la política local. O'Leary tuvo apenas tiempo de llegar. El sábado 12 de junio el congreso de Cartagena juró la nueva constitución y reconoció a los magistrados elegidos. Montilla, junto con la noticia, le mandó al general un mensaje ineludible:
«Lo esperamos».
Seguía esperando, cuando lo hizo saltar de la cama el rumor de que el general había muerto. Se dirigió a Turbaco a todo galope, sin tiempo para confirmar la noticia, y allí encontró al general mejor que nunca, almorzando con el conde francés de Raigecourt, que había ido a invi­tarlo para que se fueran juntos a Europa en un paquebote inglés que llegaba a Cartagena la semana siguiente. Era la culminación de un día saludable. El general se había propuesto enfrentar su mal estado con la resistencia moral, y nadie podía decir que no lo hubiera conseguido. Se había levantado temprano, había recorrido los corrales a la hora del ordeño, había visitado el cuartel de los granaderos, se había enterado por ellos mismos de sus condiciones de vida, y dio órdenes terminantes para que fueran mejoradas. Al regreso se detuvo en una fonda del mercado, tomó café, y se llevó la taza para evitarse la humillación de que la destruyeran. Se dirigía a su casa cuando los niños que salían de la escuela lo emboscaron a la vuelta de una esquina, cantando al compás de las palmas: «¡ Viva El Libertador!, ¡Viva El Libertador!» Él, ofuscado, no habría sabido qué hacer si los propios-niños no le hubieran cedido el paso.
En su casa encontró al conde de Raigecourt, que había llegado sin anunciarse, acompañado de la mujer más bella, más elegante y más altanera que él había visto nunca. Estaba en ropa de montar, aunque en realidad habían llegado en una calesa tirada por un burro. Lo único que ella reveló de su identidad fue que se llamaba Camule, y era natural de La Martinica. El conde no agregó ningún dato, aunque en el curso de la jornada había de hacerse demasiado evidente que estaba loco de amor por ella.
La sola presencia de C amule le devolvió al general los ánimos de
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otros tiempos, y ordenó preparar a las volandas un almuerzo de gala. Aunque el castellano del conde era correcto, la conversación se mantuvo en francés, que era la lengua de Camille. Cuando ella dijo que había nacido en Trois Ilets, él hizo un gesto entusiasta y sus ojos marchitos tuvieron un destello instantáneo.
«Ah», dijo. «Donde nació Josefina».
Ella rió.
«Por favor, Excelencia, esperaba una observación más inteligente que la de todos».
Él se mostró herido, y se defendió con una evocación lírica del ingenio de La Pagerie, la casa natal de Marie Joséphe, emperatriz de Francia, que se anunciaba desde varias leguas de distancia a través de los vastos cañaverales, por la algarabía de los pájaros y el olor caliente de los alambiques. Ella se sorprendió de que el general lo conociera tan bien.
«La verdad es que nunca he estado allá, ni en ningún lugar de La Martinica», dijo él.
«Et alors?», dijo ella.
«Me preparé aprendiéndolo durante años», dijo el general, «porque sabía que alguna vez iba a necesitarlo para complacer a la mujer más hermosa de aquellas islas».
Hablaba sin parar, con la voz rota, pero elocuente, vestido con unos pantalones de algodón estampado y una casaca de raso, y zapatillas coloradas. A ella le llamó la atención el hálito de agua de colonia que vagaba por el comedor. El le confesó que era una debilidad suya, hasta el punto de que sus enemigos lo acusaban de haberse gastado en agua de colonia ocho mil pesos de los fondos públicos. Estaba tan demacrado como el día anterior, pero en lo único en que se le notaba la sevicia de su mal era en la parsimonia del cuerpo.
Entre hombres solos, el general era capaz de despotricar como el más desbraguetado de los cuatreros, pero bastaba la presencia de una mujer para que sus maneras y su lenguaje se refinaran hasta la afectación. Él mismo destapó, cató y sirvió un vino de Borgoña de gran clase, que el conde definió sin pudor como una caricia de terciopelo. Estaban sirviendo el café, cuando el capitán Iturbide le dijo algo al oído. El escuchó con gravedad, pero luego se echó hacia atrás en el asiento, riendo de buena gana.
«Oigan esto, por favor», dijo, «tenemos aquí una delegación de Cartagena que viene a mi entierro».
Los hizo entrar. A Montilla y sus acompañantes no les quedó más recurso que seguir el juego. Los edecanes hicieron llamar unos gaiteros de San Jacinto que andaban por ahí desde la noche anterior, y un grupo de hombres y mujeres ancianos bailaron la cumbia en honor de los invitados. Camille se sorprendió de la elegancia de aquella danza popular de estirpe africana, y quiso aprenderla. El general tenía una
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reputación de gran bailador, y algunos de los comensales recordaron que en su última visita había bailado la cumbia como un maestro. Pero cuando Camille lo invitó, él declinó el honor. «Tres años es ya mucho tiempo», dijo, sonriente. Ella bailó sola después de dos o tres indicaciones. De pronto, en una pausa de la música, se oyeron gritos de ovación y una serie de explosiones trepidatorias y disparos de armas de fuego. Camille se asustó.
El conde dijo en serio:
«¡Caray, es una revolución!»
«No se imagina la falta que nos hace», dijo el general, riendo. «Por desgracia, no es más que una riña de gallos».
Casi sin pensarlo, acabó de tomar el café, y con un gesto circular de la mano los invitó a todos a la gallera.
«Venga conmigo, Montilla, para que vea lo muerto que estoy», dijo.
Fue así como a las dos de la tarde fue a la gallera acompañado de un grupo numeroso encabezado por el conde de Raigecourt. Pero en una asamblea de hombres solos, como era aquélla, nadie se fijó en él sino en Camille. Nadie podía creer que aquella mujer deslumbrante no era una de las tantas suyas, y en un lugar donde la entrada de mujeres estaba prohibida. Menos aún cuando se dijo que andaba con el conde, porque era sabido que el general hacía acompañar de otros a sus amantes clandestinas para embrollar las verdades.
La segunda pelea fue atroz. Un gallo colorado le vació los ojos a su adversario con un par de espuelazos certeros.
Pero el gallo ciego no se rindió. Se encarnizó en el otro, hasta que logró arrancarle la cabeza y se la comió a picotazos.
«Nunca me imaginé una fiesta tan sangrienta», dijo Camille. «Pero me encanta».
El general le explicó que lo era mucho más cuando a los gallos los excitaban con gritos obscenos y se hacían disparos al aire, pero que los galleros estaban cohibidos aquella tarde por la presencia de una mujer, y sobre todo tan hermosa. La miró con coquetería, y le dijo: «Así que la culpa es suya». Ella rió divertida:
«Es suya, Excelencia, por haber gobernado este país durante tantos años, y no haber hecho una ley que obligue a los hombres a seguir comportándose igual cuando hay mujeres y cuando no las hay».
El empezaba a perder los estribos.
«Le ruego no decirme Excelencia», le dijo. «Me basta con ser justo».
Esa noche, cuando lo dejó flotando en el agua inútil de la bañera, José Palacios le dijo: «Es la mujer más buena moza que hemos visto». El general no abrió los ojos.
«Es abominable», dijo.
La aparición en la gallera, según el juicio común, fue un acto premeditado para contrariar las distintas versiones sobre su enfermedad, tan críticas en los últimos días que nadie puso en duda el rumor de su muerte. Hizo su efecto, pues los correos que salieron de
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Cartagena llevaron por diversos rumbos la noticia de su buen estado y sus partidarios la celebraron con fiestas públicas más desafiantes que jubilosas.
El general había logrado engañar incluso a su propio cuerpo, pues siguió muy animado en los días siguientes, y hasta se permitió sentarse otra vez a la mesa de juego de sus edecanes, que arrastraban el tedio con partidas interminables. Andrés Ibarra, que era el más joven y alegre, y conservaba aún el sentido romántico de la guerra, había escrito por esos días a una amiga de Quito: «Prefiero la muerte en tus brazos que esta paz sin ti». Jugaban días y noches, a veces absortos en el enigma de las cartas, a veces discutiendo a gritos, y siempre acosados por los zancudos que en aquellos tiempos de lluvias los asaltaban aun a pleno día, a pesar de las fogatas de boñiga de los esta­blos que los ordenanzas de servicio mantenían encendidas. Él no había vuelto a jugar desde la mala noche de Guaduas, porque el áspero incidente con Wilson le había dejado un regusto amargo que quería borrar de su corazón, pero escuchaba sus gritos desde la hamaca, sus confidencias, sus añoranzas de la guerra en los ocios de una paz elusiva. Una noche dio unas vueltas por la casa, y no resistió la tentación de detenerse en el corredor. A los que estaban de frente les hizo señas de guardar silencio, y se le acercó a Andrés Ibarra por la espalda. Le puso una mano en cada hombro, como garras de rapiña, y preguntó:
«Dígame una cosa, primo, ¿también usted me ve cara de muerto?»
Ibarra, acostumbrado a esas maneras, no se volvió a mirarlo.
«Yo no, mi general», dijo.
«Pues está ciego, o miente», dijo él.
«O estoy de espaldas», dijo Ibarra.
El general se interesó en el juego, se sentó y terminó jugando. Para todos fue como la vuelta a la normalidad no sólo esa noche sino en las siguientes. «Mientras nos llega el pasaporte», según dijo el general. Sin embargo, José Palacios le reiteró que a pesar del rito de las barajas, a pesar de su atención personal, a pesar de él mismo, los oficiales del séquito estaban hasta las criadillas de aquel ir y venir hacia la nada.
Nadie estaba más pendiente que él de la suerte de sus oficiales, de sus minucias cotidianas y del horizonte de su destino, pero cuando los problemas eran irremediables los resolvía engañándose a sí mismo. Desde el incidente con Wilson, y luego a lo largo del río, había hecho pausas en sus dolores para ocuparse de ellos. La conducta de Wilson era impensable, y sólo una frustración muy grave podía inspirarle una reacción tan áspera. «Es tan buen militar como su padre», había dicho el general cuando lo vio pelear en Junín. «Y más modesto», había agregado, cuando se negaba a recibir el ascenso a coronel que le acordó el mariscal Sucre después de la batalla de Tarqui, y que él lo obligó a aceptar.
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El régimen que les imponía a todos, tanto en la paz como en la guerra, no sólo era el de una disciplina heroica sino el de una lealtad que casi requería los auxilios de la clarividencia. Eran hombres de guerra, aunque no de cuartel, pues habían combatido tanto que apenas si habían tenido tiempo de acampar. Había de todo, pero el núcleo de los que hicieron la independencia más cerca del general eran la flor de la aristocracia criolla, educados en las escuelas de los príncipes. Habían vivido peleando de un lado para otro, lejos de sus casas, de sus mujeres, de sus hijos, lejos de todo, y la necesidad los había vuelto políticos y hombres de gobierno. Todos eran venezolanos, salvo Iturbide y los edecanes europeos, y casi todos eran parientes sanguíneos o políticos del general: Fernando, José Laurencio, los Ibarra, Briceño Méndez. Los vínculos de clase o de sangre los identificaban y los unían.
Uno era distinto: José Laurencio Silva, hijo de la comadrona del pueblo de El Tinaco, en los Llanos, y de un pescador del río. Por su padre y por su madre era moreno oscuro, de la clase disminuida de los pardos, pero el general lo había casado con Felicia, otra de sus sobrinas. Hizo su carrera desde recluta voluntario en el ejército libertador a los dieciséis años, hasta general en jefe a los cincuenta y ocho, y sufrió más de quince heridas graves y numerosas leves de diversas armas en cincuenta y dos acciones de casi todas las campañas de la independencia. La única contrariedad que le causó su condición de pardo fue el ser re­chazado por una dama de la aristocracia local en un baile de gala. El general pidió entonces que repitieran el valse, y lo bailó con- él.
El general O'Leary era el extremo opuesto: rubio, alto, con una pinta gallarda, favorecida por sus uniformes florentinos. Había llegado a Venezuela a los dieciocho años como alférez de los Húsares Rojos, y había hecho su carrera completa en casi todas las batallas de la guerra de independencia. También él, como todos, había tenido su hora de desgracia, por haberle dado la razón a Santander en la disputa que éste sostenía con José Antonio Páez, cuando el general lo mandó a buscar una fórmula de conciliación. El general le quitó el saludo y lo abandonó a su suerte durante catorce meses, hasta que se le enfrió el rencor.
Los méritos personales de cada uno de ellos eran indiscutibles. Lo malo era que el general no fue consciente nunca del baluarte de poder que él mismo mantenía frente a ellos, tanto más infranqueable cuanto más se creía accesible y caritativo. Pero la noche en que jóse Palacios le hizo ver el estado de ánimo en que se encontraban, jugó de igual a igual, perdiendo a gusto, hasta que los mismos oficiales se rindieron al desahogo.
Quedó claro que no arrastraban frustraciones antiguas. No les importaba el sentimiento de derrota que se apoderaba de ellos aun después de ganar una guerra. No les importaba la lentitud que él imponía a sus ascensos para impedir que parecieran privilegios, ni les importaba el desarraigo de la vida errante, ni el azar de los amores oca-91
sionales. Los sueldos militares estaban rebajados a su tercera parte por la penuria fiscal del país, y aun así los pagaban con tres meses de retraso y en bonos del estado de conversión incierta, que ellos vendían con desventaja a los agiotistas. No les importaba, sin embargo, como no les importaba que el general se fuera con un portazo que había de resonar en el mundo entero, ni que los dejara a ellos a merced de sus enemigos. Nada: la gloria era de otros. Lo que no podían soportar era la incertidumbre que él les había ido infundiendo desde que tomó la decisión de abandonar el poder, y que se hacía más y más insoportable a medida que seguía y se empantanaba aquel viaje sin fin hacia ninguna parte.
El general se sintió esa noche tan complacido que mientras tomaba el baño le dijo a jóse Palacios que no se interponía ni una mínima sombra entre sus oficiales y él. Sin embargo, la impresión que les quedó a los oficiales fue que no habían logrado infundirle al general un sentimiento de gratitud o de culpa, sino un germen de desconfianza.
Sobre todo a jóse María Carreño. Desde la noche de la conversación en el champán seguía mostrándose huraño, y sin saberlo alimentaba el rumor de que estaba en contacto con los separatistas de Venezuela. O, como se decía entonces, que se estaba volviendo cosiatero. Cuatro años antes el general lo había expulsado de su corazón, como a O'Leary, como a Montilla, como a Briceño Méndez, como a Santana, como a tantos otros, por la simple sospecha de que quería hacerse popular a costa del ejército. Como entonces, ahora el general lo hacía seguir, husmeaba sus trazas, prestaba oídos a cuantos chismes se urdían contra él, tratando de vislumbrar algún destello en las tinieblas de sus propias dudas.
Una noche, nunca supo si dormido o despierto, le oyó decir en el cuarto contiguo que por la salud de la patria era legítimo llegar hasta la traición. Entonces lo tomó del brazo, se lo llevó al patio y lo sometió a la magia irresistible de su seducción, con un tuteo calculado al que sólo apelaba en ocasiones extremas. Carreño le confesó la verdad. Le amargaba, en efecto, que el general dejara su obra al garete sin preocuparse de la orfandad en que quedaban todos. Pero sus planes de defección eran leales. Cansado de buscar una luz de esperanza en aquel viaje de ciegos, incapaz de seguir viviendo sin alma, había resuelto escapar a Venezuela para ponerse al frente de un movimiento armado en favor de la integridad.
«No se me ocurre nada más digno», concluyó.
«Y tú qué te crees: ¿que serás mejor tratado en Venezuela?», le preguntó el general.
Carreño no se atrevió a afirmarlo.
«Bueno, pero al menos allá es la patria», dijo.
«No seas pendejo», dijo el general. «Para nosotros la patria es América, y toda está igual: sin remedio».
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No lo dejó decir más. Le habló muy largo, mostrándole en cada palabra lo que parecía ser su corazón por dentro, aunque ni Carreño ni nadie había de saber nunca si en realidad lo era. Al final le dio una palmadita en la espalda, y lo dejó en las tinieblas.
«No delires más, Carreño», le dijo. «Esto se lo llevó el carajo».
El miércoles 16 de junio recibió la noticia de que el gobierno había confirmado la pensión vitalicia que le acordó el congreso. Le acusó recibo al presidente Mosquera con una carta formal no exenta de ironía, y al terminar de dictarla le dijo a Fernando imitando el plural mayestático y el énfasis ritual de José Palacios: «Somos ricos». El martes 22 recibió el pasaporte para salir del país, y lo agitó en el aire, diciendo: «Somos libres». Dos días después, al despertar de una hora mal dormida, abrió los ojos en la hamaca, y dijo: «Somos tristes». Entonces decidió viajar a Cartagena enseguida, aprovechando que el día era nublado y fresco. Su única orden específica fue que los oficiales de su séquito viajaran de civil y sin armas. No dio ninguna explicación, no hizo ninguna señal que permitiera vislumbrar sus motivos, no se dio tiempo para despedirse de nadie. Se fueron tan pronto como estuvo dispuesta la guardia personal, y dejaron la carga para después con el resto de la comitiva.
En sus viajes, el general solía hacer paradas casuales para indagar por los problemas de la gente que encontraba en el camino. Les preguntaba por todo: la edad de los hijos, la clase de sus enfermedades, el estado de sus negocios, lo que pensaban de todo. Esa vez no dijo una palabra, no cambió el paso, no tosió, no dio muestras de cansancio, y vivió el día con una copa de oporto. Hacia las cuatro de la tarde se perfiló en el horizonte el viejo convento del cerro de la Popa. Era tiempo de rogativas, y desde el camino real se veían las filas de peregrinos como hormigas arrieras remontando la cornisa escarpada. Poco después vieron a la distancia la eterna mancha de gallinazos volando en círculos sobre el mercado público y las aguas del matadero. A la vista de las murallas el general le hizo una seña a jóse María Carreño. Este lo alcanzó, y le puso su robusto muñón de halconero para que se apoyara. «Tengo una misión confidencial para usted», le dijo el general en voz muy baja. «En llegando, averigüeme por dónde anda Sucre». Le dio en la espalda la palmadita habitual de despedida, -y concluyó:
«Entre nosotros, por supuesto».
Una comitiva numerosa encabezada por Montilla los esperaba en el camino real, y el general se vio obligado a terminar el viaje en la antigua carroza del gobernador español tirada por un tronco de muías alegres. Aunque el sol empezaba a declinar, las ramazones de mangle parecían hervir por el calor en las ciénagas muertas que rodeaban la ciudad, cuyo vaho pestilente era menos soportable que el de las aguas de la bahía, podridas desde hacía un siglo por la sangre y las sobras del
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matadero. Cuando entraron por la puerta de la Media Luna, un ventarrón de gallinazos espantados se levantó del mercado al aire libre. Aún quedaban rastros de pánico por un perro con mal de rabia que había mordido en la mañana a varias personas de diversas edades, entre ellas a una blanca de Castilla que andaba merodeando por donde no debía. Había mordido también a unos niños del barrio de los esclavos, pero ellos mismos lograron matarlo a pedradas. El cadáver estaba colgado de un árbol en la puerta de la escuela. El general Montilla lo hizo incinerar, no sólo por motivos sanitarios, sino para impedir que trataran de conjurar su maleficio con sortilegios africanos.
La población del recinto amurallado, convocada por un bando urgente, se había echado a la calle. Las tardes empezaban a ser demoradas y diáfanas en el solsticio de junio, y había guirnaldas de flores y mujeres vestidas de manólas en los balcones, y las campanas de la catedral y las músicas de regimiento y las salvas de artillería tronaban hasta el mar, pero nada alcanzaba a mitigar la miseria que querían esconder. Saludando con el sombrero desde el coche desvencijado, el general no podía menos que verse a sí mismo bajo una luz de lástima, al comparar aquella recepción indigente con su entrada triunfal a Caracas en agosto de 1813, coronado de laureles en una carroza tirada por las seis doncellas más hermosas de la ciudad, y en medio de una muchedumbre bañada en lágrimas que aquel día lo eternizó con su nombre de gloria: El Libertador. Caracas era todavía una población remota de la provincia colonial, fea, triste, chata, pero las tardes del Ávila eran desgarradoras en la nostalgia.
Aquél y éste no parecían ser dos recuerdos de una misma vida. Pues la muy noble y heroica ciudad de Cartagena de Indias, varias veces capital del virreinato y mil veces cantada como una de las más bellas del mundo, no era entonces ni la sombra de lo que fue. Había padecido nueve sitios militares, por tierra y por mar, y había sido saqueada varias veces por corsarios y generales. Sin embargo, nada la había arruinado como las luchas de independencia, y luego las guerras entre facciones. Las familias ricas de los tiempos del oro habían huido. Los antiguos esclavos habían quedado al garete en una libertad inútil, y los palacios de marqueses tomados por la pobrería soltaban en el muladar de las calles unas ratas tan grandes como gatos. El cinturón de baluartes invencibles que don Felipe II había querido conocer con sus aparatos de larga-vista desde los miradores de El Escorial, era apenas imaginable entre los matorrales. El comercio que fuera el más florido en el siglo xvii por el tráfico de esclavos estaba reducido a unas cuantas tiendas en ruinas. Era imposible conciliar la gloria con la hedentina de los albañales abiertos. El general suspiró al oído de Montilla:
«¡Qué cara nos ha costado esta mierda de independencia!»
Montilla reunió esa noche a lo más granado de la ciudad en su casa señorial de la calle de La Factoría, donde malvivió el marqués de Valdehoyos y prosperó su marquesa con el contrabando de harina y el
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tráfico de negros. Se habían encendido luces de Pascua Florida en las casas principales, pero el general no se hacía ilusiones, pues sabía que en el Caribe cualquier causa de cualquier clase, hasta una muerte ilustre, podía ser el motivo de una parranda pública. Era una fiesta falsa, en efecto. Desde varios días atrás estaban circulando papeluchas infames, y el partido contrario había azuzado a sus pandillas para que apedrearan ventanas y se pelearan a palos con la policía. «Menos mal que ya no nos queda ni un vidrio que romper», dijo Montilla con su humor habitual, consciente de que la furia popular era más contra él que contra el general. Reforzó a los granaderos de la guardia con tropas locales, acordonó el sector, y prohibió que le contaran a su huésped el estado de guerra en que estaba la calle.
El conde de Raigecourt fue esa noche a decirle al general que el paquebote inglés estaba a la vista de los castillos de la Boca Chica, pero que él no se iba. La razón pública fue que no quería compartir la inmensidad del océano con un grupo de mujeres que viajaban apelotonadas en el único camarote. Pero la verdad era que a pesar del almuerzo mundano de Turbaco, a pesar de la aventura de la gallera, a pesar de tanto como el general había hecho para sobreponerse a las desgracias de su salud, el conde se daba cuenta de que no estaba en estado de emprender el viaje. Pensaba que tal vez su ánimo soportara la travesía, pero su cuerpo no, y se negaba a hacerle un favor a la muerte. Sin embargo, ni estas razones ni muchas otras valieron aquella noche para mudar la determinación del general.
Montilla no se dio por vencido. Despidió temprano a sus invitados para que el enfermo pudiera descansar, pero lo retuvo todavía un largo rato en el balcón interior, mientras una adolescente lánguida con una túnica de muselina casi invisible tocaba para ellos en el arpa siete romanzas de amor. Eran tan bellas, y estaban ejecutadas con tanta ternura, que los dos militares no tuvieron corazón para hablar mientras la brisa del mar no barrió del aire las últimas cenizas de la música. El general permaneció adormilado en el mecedor, flotando en las ondas del arpa, y de pronto se estremeció por dentro y cantó en voz muy baja, pero nítida y bien entonada, la letra completa de la última canción. Al final se volvió hacia la arpista murmurando una gratitud que le salió del alma, pero lo único que vio fue el arpa sola con una guirnalda de laureles marchitos. Entonces se acordó.
«Hay un hombre preso en Honda por homicidio justificado», dijo.
La risa de Montilla se anticipó a su propio chispazo:
«¿De qué color tiene los cuernos?»
El general lo pasó por alto, y le explicó el caso con todos sus detalles, salvo el antecedente personal con Miranda Lyndsay en Jamaica. Montilla tenía la solución fácil.
«El debe pedir que lo trasladen para acá por razones de salud», dijo. «Una vez que esté aquí manejamos el indulto».
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«¿Eso se puede?», preguntó el general.
«No se puede», dijo Montilla, «pero se hace».
El general cerró los ojos, ajeno al escándalo de los perros de la noche que se alborotaron de pronto, y Montilla pensó que había vuelto a dormirse. Al cabo de una reflexión profunda abrió los ojos otra vez y archivó el asunto.
«De acuerdo», dijo. «Pero yo no sé nada».
Sólo después se percató de los ladridos que se ensanchaban en ondas concéntricas desde el recinto amurallado hasta las ciénagas más remotas, donde había perros amaestrados en el arte de no ladrar para no delatar a sus dueños. El general Montilla le contó que estaban envenenando a los perros de la calle para impedir la propagación de la rabia. Sólo habían logrado capturar a dos de los niños mordidos en el barrio de los esclavos. Los otros, como siempre, habían sido escondidos por sus padres para que murieran bajo sus dioses, o-se los llevaban a los palenques de cimarrones en los pantanos de Marialabaja, adonde no alcanzaba el brazo del gobierno, para tratar de salvarlos con artes de culebreros.
El general no había intentado nunca suprimir aquellos ritos de la fatalidad, pero el envenenamiento de los perros le parecía indigno de la condición humana. Los amaba tanto como a los caballos y a las flores. Cuando se embarcó para Europa por primera vez se llevó una pareja de cachorros hasta Veracruz. Llevaba más de diez cuando atravesó los Andes desde los Llanos de Venezuela al frente de cuatrocientos llaneros descalzos para liberar la Nueva Granada y fundar la república de Colombia. En la guerra los llevó siempre. Nevado, el más célebre, que había estado con él desde sus primeras campañas y había derrotado so­lo a una brigada de veinte perros carniceros de los ejércitos españoles, fue muerto de un lanzazo en la primera batalla de Carabobo. En Lima, Manuela Sáenz tuvo más de los que podía atender, además de los numerosos animales de todo género que mantenía en la quinta de La Magdalena. Alguien le había dicho al general que cuando un perro moría había que remplazado de inmediato por otro igual con nombre igual para seguir creyendo que era el mismo. Él no estaba de acuerdo. Siempre los quiso distintos, para recordarlos a todos con su identidad propia, con el anhelo de sus ojos y la ansiedad de su aliento, y para que le dolieran sus muertes. La mala noche del 25 de septiembre hizo contar entre las víctimas del asalto a los dos sabuesos que degollaron los conjurados. Ahora, en el último viaje, llevaba los dos que le quedaban, además del tigrero de mala muerte que recogieron en el río. La noticia que le dio Montilla de que sólo en el primer día habían envenenado más de cincuenta perros, acabó de estropearle el estado de ánimo que le había dejado el arpa de amor.
Montilla lo lamentó de veras y le prometió que no habría más perros muertos en las calles. La promesa lo calmó, no porque creyera que iba a ser cumplida, sino porque los buenos propósitos de sus generales le
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servían de consuelo. El esplendor de la noche se encargó de lo demás. Desde el patio iluminado se alzaba el vapor de los jazmines, y el aire parecía de diamante, y había en el cielo más estrellas que nunca. «Como Andalucía en abril», había dicho él en otra época, recordando a Colón. Un viento contrario barrió con los ruidos y los olores, y sólo quedó el trueno de las olas en las murallas.
«General», suplicó Montilla. «No se vaya».
«El barco está en puerto», dijo él.
«Ya habrá otros», dijo Montilla.
«Es lo mismo», replicó él. «Todos serán el último».
No cedió un ápice. Al cabo de muchas súplicas perdidas, a Montilla no le quedó otro recurso que revelarle el secreto que había jurado guardar bajo palabra hasta la víspera de los hechos: el general Rafael Urdaneta, al frente de los oficiales bolivaristas, preparaba un golpe de estado en Santa Fe para los primeros días de septiembre. Al contrario de lo que Montilla esperaba, el general no pareció sorprendido.
«No lo sabía», dijo, «pero era fácil imaginarlo».
Montilla le reveló entonces los pormenores de la conspiración militar que estaba ya en todas las guarniciones leales del país, de acuerdo con oficiales de Venezuela. El general lo pensó a fondo. «No tiene sentido», dijo. «Si de veras Urdaneta quiere componer el mundo, que se arregle con Páez y vuelva a repetir la historia de los últimos quince años desde Caracas hasta Lima. De ahí para adelante ya será un paseo cívico hasta la Patagonia». Sin embargo, antes de retirarse a dormir dejó una puerta entreabierta.
«¿Sucre lo sabe?», preguntó.
Está en contra», dijo Montilla.
«Por su pleito con Urdaneta, claro», dijo el general.
«No», dijo Montilla, «porque está contra todo lo que le impida irse para Quito».
«De todos modos, es con él con quien tienen que hablar», dijo el general. «Conmigo pierden el tiempo».
Parecía su última palabra. Tanto, que al día siguiente muy temprano le dio a jóse Palacios la orden de embarcar el equipaje mientras el paquebote estuviera en la bahía, y le mandó a pedir al capitán de la nave que la anclara por la tarde frente a la fortaleza de Santo Domingo, de modo que él pudiera verlo desde el balcón de la casa. Fueron disposiciones tan precisas, que por no haber dicho quié­nes viajarían con él, sus oficiales pensaron que no llevaría a ninguno. Wilson procedió como estaba acordado desde enero, y embarcó su equipaje sin consultarlo con nadie.
Hasta los menos convencidos de que se iba fueron a despedirlo, cuando vieron pasar por las calles las seis carretas cargadas hacia el embarcadero de la bahía. El conde de Raigecourt, esta vez acompañado por Camille, fue invitado de honor en el almuerzo. Ella parecía más joven y sus ojos  eran menos crueles con el cabello
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estirado con un moño, y con una túnica verde y unas zapatillas caseras del mismo color. El general disimuló con una galantería el disgusto de verla.
«Muy segura debe estar la dama de su belleza para que el verde le favorezca», dijo en castellano.
El conde tradujo al instante, y Camille soltó una risa de mujer libre que saturó la casa entera con su aliento de regaliz. «No empecemos otra vez, don Simón», dijo. Algo había cambiado en ambos, pues ninguno de los dos se atrevió a reanudar el torneo retórico de la primera vez por el temor de lastimar al otro. Camule lo olvidó, mariposeando a placer por entre una muchedumbre educada a pro­pósito para hablar francés en acontecimientos como ése. El general se fue a conversar con fray Sebastián de Sigüenza, un santo varón que gozaba de un prestigio muy merecido por haber tratado a Humboldt de la viruela que contrajo a su paso por la ciudad en el año cero. El mismo fraile era el único que no le daba importancia. «El Señor ha dispuesto que unos mueran de las viruelas y otros no, y el barón era uno de estos últimos», decía. El general había pedido conocerlo en su viaje anterior, cuando supo que curaba trescientas enfermedades distintas con tratamientos a base de sábila.
Montilla ordenó preparar la parada militar de despedida, cuando José Palacios regresó del puerto con el mensaje oficial de que el paquebote estaría frente a la casa después del almuerzo. Para el sol de esa hora en pleno mes de junio, ordenó colocar toldos en las falúas que llevarían a bordo al general desde la fortaleza de Santo Domingo. A las once, la casa estaba atestada de invitados y espontáneos que se ahogaban de calor, cuando sirvieron la larga mesa con toda clase de curiosidades de la cocina local. Camille no alcanzó a explicarse la causa de la conmoción que estremeció la sala, hasta que oyó la voz cascada muy cerca de su oído: «Aprés vous, madame». El general la ayudó a servirse un poco de todo, explicándole el nombre, la receta y el origen de cada plato, y luego se sirvió él mismo una porción mejor surtida, ante el asombro de su cocinera, a quien una hora antes le había rechazado unas gollerías más exquisitas que las expuestas en la mesa. Luego, abriéndole paso a través de los grupos que buscaban dónde sentarse, la condujo hasta el remanso de grandes flores ecuatoriales del balcón interior, y la abordó sin preámbulos.
«Será muy lisonjero vernos en Kingston», le dijo.
«Nada me gustaría más», dijo ella, sin un átimo de sorpresa. «Adoro los Montes Azules».
«¿Sola?»
«Esté con quien esté, siempre estaré sola», dijo ella. Y agregó con picardía: «Excelencia».
El sonrió.
«La buscaré a través de Hyslop», dijo.
Eso fue todo. La guió de nuevo a través de la sala hasta el lugar en
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que la había encontrado, se despidió de ella con una venia de contradanza, abandonó el plato intacto en la repisa de una ventana, y volvió a su sitio. Nadie supo cuándo tomó la decisión de quedarse, ni por qué la tomó. Estaba atormentado por los políticos, hablando de dis­cordias locales, cuando se volvió de pronto hacia Raigecourt, y sin que viniera a cuento le dijo para ser oído por todos:
«Usted tiene razón, señor conde. ¿Qué voy a hacer yo con tantas mujeres en este lamentable estado en que me encuentro?»
«Así es, general», dijo el conde con un suspiro. Y se apresuró: «En cambio, la semana próxima llega la Shannon, una fragata inglesa que no sólo tiene una buena cámara, sino también un médico excelente».
«Eso es peor que cien mujeres», dijo el general.
En todo caso, la explicación fue sólo un pretexto, porque uno de los oficiales estaba dispuesto a cederle su camarote hasta Jamaica. José Palacios fue el único que dio la razón exacta con su sentencia infalible: «Lo que mi señor piensa, sólo mi señor lo sabe». Y de ningún modo hu­biera podido viajar, además, porque el paquebote encalló cuando navegaba a recogerlo frente a Santo Domingo, y sufrió un daño grave.
Así que se quedó, con la única condición de no seguir en la casa de Montilla. El general la tenía por la más bella de la ciudad, pero le resultaba demasiado húmeda para sus huesos por la cercanía del mar, sobre todo en invierno, cuando despertaba con las sábanas ensopadas. Lo que su salud le reclamaba eran aires menos heráldicos que el del recinto amurallado. Montilla lo interpretó como un indicio de que se quedaba por mucho tiempo, y se apresuró a complacerlo.
En las estribaciones del cerro de la Popa había un suburbio de recreo que los propios cartageneros habían incendiado en 1815 para que no tuvieran dónde acampar las tropas realistas que volvían a reconquistar la ciudad. El sacrificio no sirvió de nada, porque los españoles se toma­ron el recinto fortificado al cabo de ciento dieciséis días de sitio, durante los cuales los sitiados se comieron hasta las suelas de los zapatos, y más de seis mil murieron de hambre. Quince años después, la llanura calcinada seguía expuesta a los soles indignos de las dos de la tarde. Una de las pocas casas reconstruidas era la del comerciante in­glés Judah Kingseller, que andaba de viaje por esos días. Al general le había llamado la atención cuando llegó de Turbaco, por el techo de palma bien cuidado y las paredes de colores festivos, y porque estaba casi escondida en un bosque de árboles frutales. El general Montilla pensaba que era muy poca casa para el rango del inquilino, pero éste le recordó que lo mismo había dormido en la cama de una duquesa que envuelto en su capa por los suelos de una pocilga. Así que la tomó en alquiler por un tiempo indefinido, y con un recargo por la cama y el aguamanil, los seis taburetes de cuero de la sala, y el alambique de artesano en que el señor Kingseller destilaba su alcohol personal. El general Montilla llevó además una poltrona de terciopelo de la casa de gobierno, e hizo construir un galpón de bahareque para los granaderos
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de la guardia. La casa era fresca por dentro a las horas de más sol, y menos húmeda en todo tiempo que la del marqués de Valdehoyos, y tenía cuatro dormitorios a todo viento por donde se paseaban las iguanas. El insomnio era menos árido en la madrugada, oyendo las explosiones instantáneas de las guanábanas maduras al caer de los árboles. Por las tardes, sobre todo en los tiempos de grandes lluvias, se veían pasar los cortejos de pobres llevando a sus ahogados para velarlos en el convento.
Desde que se mudó al Pie de la Popa, el general no volvió más de tres veces al recinto amurallado, y fue sólo a posar para Antonio Meucci, un pintor italiano que estaba de paso en Cartagena. Se sentía tan débil que debía posar sentado en la terraza interior de la mansión del marqués, entre las flores salvajes y el jolgorio de los pájaros, y de todos modos no podía estar inmóvil más de una hora. El retrato le gustó, aunque era evidente que el artista lo había visto con demasiada compasión.
El pintor granadino José María Espinosa lo había pintado en la casa de gobierno de Santa Fe poco antes del atentado de septiembre, y el retrato le pareció tan diferente de la imagen que tenía de sí mismo, que no pudo resistir el impulso de desahogarse con el general Santana, su secretario de entonces.
«¿Sabe usted a quién se parece este retrato?», le dijo. «A aquel viejo Olaya, el de La Mesa».
Cuando Manuela Sáenz lo supo se mostró escandalizada, pues conocía al anciano de La Mesa.
«Me parece que usted se está queriendo muy poco», le dijo ella. «Olaya tenía casi ochenta años la última vez que lo vimos, y no podía tenerse en pie».
El más antiguo de sus retratos era una miniatura anónima pintada en Madrid cuando tenía dieciséis años. A los treinta y dos le hicieron otro en Haití, y los dos eran fieles a su edad y a su índole caribe. Tenía una línea de sangre africana, por un tatarabuelo paterno que tuvo un hijo con una esclava, y era tan evidente en sus facciones que los aristócratas de Lima lo llamaban El Zambo. Pero a medida que su gloria aumentaba, los pintores iban idealizándolo, lavándole la sangre, mitificándolo, hasta que lo implantaron en la memoria oficial con el perfil romano de sus estatuas. En cambio el retrato de Espinosa no se parecía a nadie más que a él, a los cuarenta y cinco años, y ya carcomido por la enfermedad que se empeñó en ocultar y en ocultarse incluso a sí mismo hasta las vísperas de la muerte.
Una noche de lluvias, al despertar de un sueño intranquilo en la casa del Pie de la Popa, el general vio una criatura evangélica sentada en un rincón del dormitorio, con la túnica de cañamazo crudo de una congregación laica y el cabello adornado con una corona de cocuyos luminosos. Durante la colonia, los viajeros europeos se sorprendían de ver a los indígenas iluminándose el camino con un frasco lleno de


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