EL GENERAL EN SU LABERINTO - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ - 6



cocuyos. Éstos fueron más tarde una moda republicana de las mujeres que los usaban como guirnaldas encendidas en el cabello, como diademas de luz en la frente, como broches fosforescentes en el pecho. La muchacha que entró aquella noche en el dormitorio los tenía cosidos en una vincha que le iluminaba el rostro con un resplandor fantasmal.

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 Era lánguida y misteriosa, tenía el cabello entrecano a los veinte años, y él descubrió de inmediato los destellos de la virtud que más apreciaba en una mujer: la inteligencia sin desbravar. Había llegado al campamento de los granaderos ofreciéndose por cualquier cosa, y al oficial de turno le pareció tan rara que la mandó con José Palacios por si le interesaba para el general. El la invitó a que se acostara a su lado, pues no se sintió con fuerzas para llevarla en brazos a la hamaca. Ella se quitó la vincha, guardó los cocuyos en el interior de un trozo de caña de azúcar que llevaba consigo, y se acostó a su lado. Al cabo de una conversación desperdigada, el general se atrevió a preguntarle qué pensaban de él en Cartagena.
«Dicen que Su Excelencia está bien, pero que se hace el enfermo para que le tengan lástima», dijo ella.
El se quitó la camisa de dormir y le pidió a la muchacha que lo examinara a la luz del candil. Entonces ella conoció palmo a palmo el cuerpo más estragado que se podía concebir: el vientre escuálido, las costillas a flor de piel, las piernas y los brazos en la osamenta pura, y todo él envuelto en un pellejo lampiño de una palidez de muerto, con una cabeza que parecía de otro por la curtimbre de la intemperie.
«Ya lo único que me falta es morirme», dijo él.
La muchacha persistió.
«La gente dice que siempre ha sido así, pero que ahora le conviene que lo sepan».
El no se rindió a la evidencia. Siguió dando pruebas terminantes de su enfermedad, mientras ella sucumbía a ratos en un sueño fácil, y seguía contestándole dormida sin perder el hilo del diálogo. El no la tocó siquiera en toda la noche, pero le bastaba con sentir la resolana de su adolescencia. De pronto, al lado mismo de la ventana, el capitán Iturbide empezó a cantar: «Si la borrasca sigue y el huracán arrecia, abrázate a mi cuello que nos devore el mar». Era una canción de otros tiempos, de cuando el estómago soportaba todavía el terrible poder de evocación de las guayabas maduras y la inclemencia de una mujer en la oscuridad. El general y la muchacha la oyeron juntos, casi con devoción, pero ella se durmió a mitad de la canción siguiente, y él cayó poco después en un marasmo sin sosiego. El silencio era tan puro después de la música, que los perros se alborotaron cuando ella se levantó en puntillas para no despertar al general. Él la oyó buscando a tientas el cerrojo.
«Te vas virgen», le dijo.
Ella le contestó con una risa festiva:
«Nadie es virgen después de una noche con Su Excelencia».
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Se fue, como todas. Pues de las tantas mujeres que pasaron por su vida, muchas de ellas por breves horas, no hubo una con la cual hubiera insinuado siquiera la idea de permanecer. En sus urgencias de amor era capaz de cambiar el mundo para ir a encontrarlas. Una vez saciado le bastaba con la ilusión de seguir sintiéndose de ellas en el recuerdo, entregándose a ellas desde lejos en cartas arrebatadas, mandándoles regalos abrumadores para defenderse del olvido, pero sin comprometer ni un ápice de su vida en un sentimiento que más se parecía a la vanidad que al amor.
Tan pronto como se quedó solo aquella noche, se levantó para reunirse con Iturbide, que seguía conversando con otros oficiales en torno a la fogata del patio. Lo hizo cantar hasta el amanecer acompañado con la guitarra por el coronel José de la Cruz Paredes, y todos se dieron cuenta de su mal estado de ánimo por las canciones que solicitaba.
De su segundo viaje a Europa había vuelto entusiasmado con los cuplés de moda, y los cantaba con toda la voz y los bailaba con una gracia insuperable en las bodas de los mantuanos de Caracas. Las guerras le cambiaron el gusto. Las canciones románticas de inspiración popular que lo habían llevado de la mano por los mares de dudas de sus primeros amores, fueron sustituidas por los valses suntuosos y las marchas triunfales. Aquella noche en Cartagena había vuelto a solicitar las canciones de la juventud, y algunas tan antiguas que debió enseñárselas a Iturbide, porque éste era demasiado joven para recordarlas. El auditorio se fue mermando a medida que el general se desangraba hacia dentro, y se quedó solo con Iturbide junto a los rescoldos de la fogata.
Era una noche rara, sin una estrella en el cielo, y soplaba un viento de mar cargado de llantos de huérfanos y de fragancias podridas. Iturbide era un hombre de grandes silencios, que podía amanecer contemplando las cenizas heladas sin parpadear, con la misma inspiración con que podía cantar sin pausas una noche entera. El general, mientras atizaba el fogón con una vara, le rompió el en­canto:
«¿Qué se dice en México?»
«No tengo a nadie allá», dijo Iturbide. «Soy un desterrado» .
«Aquí lo somos todos», dijo el general. «Sólo he vivido seis años en Venezuela desde que esto empezó, y el resto se me ha ido atajando potros por medio mundo. Usted no se imagina lo que daría yo por estar ahora comiéndome un hervido de carne gorda en San Mateo».
Su pensamiento debió escapársele de veras para los trapiches de la infancia, pues hizo un hondo silencio mirando el fuego agonizante. Cuando habló de nuevo había vuelto a pisar tierra firme. «La vaina es que dejamos de ser españoles y luego hemos ido de aquí para allá, en países que cambian tanto de nombres y de gobiernos de un día para
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el otro, que ya no sabemos ni de dónde carajos somos», dijo. Volvió a contemplar las cenizas por un largo rato, y preguntó en otro tono:
«Y habiendo tantos países en este mundo, ¿cómo fue que se le ocurrió venirse para acá?»
Iturbide le contestó con un largo rodeo. «En el colegio militar nos enseñaban a hacer la guerra en el papel», dijo. «Peleábamos con soldaditos de plomo en mapas de yeso, nos llevaban los domingos a las praderas vecinas, entre las vacas y las señoras que volvían de misa, y el coronel disparaba un cañonazo para que fuéramos acostumbrándonos al susto de la explosión y al olor de la pólvora. Imagínese que el más famoso de los maestros era un lisiado inglés que nos enseñaba a caernos muertos de los caballos».
El general lo interrumpió.
«Y usted quería la guerra de verdad».
«La suya, general», dijo Iturbide. «Pero voy a cumplir dos años desde que me admitieron, y todavía sigo sin saber cómo es un combate de carne y hueso».
El general siguió todavía sin mirarlo a la cara. «Pues se equivocó de destino», le dijo. «Aquí no habrá más guerras que las de los unos contra los otros, y ésas son como matar a la madre». José Palacios le recordó desde la sombra que estaba a punto de amanecer. Entonces él dispersó las cenizas con la vara, y mientras se incorporaba agarra­do del brazo de Iturbide, le dijo:
«Yo, en su lugar, me largaría de aquí, volando, antes que me alcanzara la deshonra».
José Palacios repitió hasta la muerte que la casa del Pie de la Popa estaba tomada por los hados infaustos. No habían acabado de instalarse cuando llegó de Venezuela el teniente de navío José Tomás Machado, con la noticia de que varios cantones militares habían desconocido al gobierno separatista, y ganaba fuerzas un nuevo partido en favor del general. Este lo recibió a solas y lo escuchó con atención, pero no fue muy entusiasta. «Las noticias son buenas, pero tardías», dijo. «Y en cuanto a mí, ¿qué puede un pobre inválido contra un mundo entero?» Dio instrucciones para que alojaran al emisario con todos los honores, pero no le prometió ninguna respuesta.
«No espero salud para la patria», dijo.
Sin embargo, tan pronto como despidió al capitán Machado, el general se volvió hacia Carreño y le preguntó: «¿Dio usted con Sucre?» Sí: se había ido de Santa Fe a mediados de mayo, de prisa, para ser puntual el día de su santo con la esposa y la hija.
«Iba con tiempo», concluyó Carreño, «pues el presidente Mosquera se cruzó con él en el camino de Popayán».
«¡Cómo así!», dijo el general, sorprendido. «¿Se fue por tierra?»
«Así es, mi general».
«¡Dios de los pobres!», dijo él.
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Fue una corazonada. Esa misma noche recibió la noticia de que el mariscal Sucre había sido emboscado y asesinado a bala por la espalda cuando atravesaba el tenebroso paraje de Berruecos, el pasado 4 de junio. Montilla llegó con la mala nueva cuando el general acababa de tomar el baño nocturno, y apenas si la oyó completa. Se dio una palmada en la frente, y tiró del mantel donde estaba todavía la loza de la cena, enloquecido por una de sus cóleras bíblicas.
«¡La pinga!», gritó.
Aún resonaban en la casa los ecos del estrépito, cuando ya él había recobrado el dominio. Se derrumbó en la silla, rugiendo: «Fue Obando». Y lo repitió muchas veces: «Fue Obando, asesino a sueldo de los españoles». Se refería al general José María Obando, jefe de Pasto, en la frontera sur de la Nueva Granada, quien de aquel modo privaba al general de su único sucesor posible, y aseguraba para sí mismo la presidencia de la república descuartizada para entregársela a Santander. Uno de los conjurados contó en sus memorias que saliendo de la casa donde se acordó el crimen, en la plaza mayor de Santa Fe, había sufrido una conmoción del alma al ver al mariscal Sucre en la neblina helada del atardecer, con su sobretodo de paño negro y el sombrero de pobre, paseándose solo con las manos en los bolsillos por el atrio de la catedral.
La noche en que se enteró de la muerte de Sucre, el general sufrió un vómito de sangre. José Palacios lo ocultó, igual que en Honda, donde lo sorprendió a gatas lavando el piso del baño con una esponja. Le guardó los dos secretos sin que él se lo pidiera, pensando que no era el caso de agregar otras malas noticias donde ya había tantas.
Una noche como ésa, en Guayaquil, el general había tomado conciencia de su vejez prematura. Todavía usaba el cabello largo hasta los hombros, y se lo ataba en la nuca con una cinta para mayor comodidad en las batallas de la guerra y del amor, pero entonces se dio cuenta de que lo tenía casi blanco, y de que su rostro estaba marchito y triste. «Si usted me ve no me reconocería», escribió a un amigo. «Tengo cuarenta y un años, pero parezco un viejo de sesenta». Esa noche se cortó el cabello. Poco después, en Potosí, tratando de parar el ventarrón de la juventud fugitiva que se le escapaba por entre los dedos, se rasuró el bigote y las patillas.
Después del asesinato de Sucre ya no tuvo artificios de tocador para disimular la vejez. La casa del Pie de la Popa se hundió en el duelo. Los oficiales no volvieron a jugar, y pasaban las noches en vela, conversando en el patio hasta muy tarde alrededor de la hoguera perpetua para espantar los zancudos, o en el dormitorio común, en hamacas colgadas a distintos niveles.
Al general le dio por destilar sus amarguras gota a gota. Escogía al azar a dos o tres de sus oficiales, y los mantenía en vela mostrándoles lo peor que guardaba en el pudridero de su corazón. Les hizo oír una vez más la cantaleta de que sus ejércitos estuvieron al borde de la
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disolución por la mezquindad con que Santander, siendo presidente encargado de Colombia, se resistía a enviarle tropas y dinero para terminar la liberación del Perú.
«Es avaro y cicatero por naturaleza», decía, «pero sus razones eran todavía más zurdas: el caletre no le daba para ver más allá de las fronteras coloniales».
Les repitió por milésima vez la conduerma de que el golpe mortal contra la integración fue invitar a los Estados Unidos al Congreso de Panamá, como Santander lo hizo por su cuenta y riesgo, cuando se trataba de nada menos que de proclamar la unidad de la América.
«Era como invitar al gato a la fiesta de los ratones», dijo. «Y todo porque los Estados Unidos amenazaban con acusarnos de estar convirtiendo el continente en una liga de estados populares contra la Santa Alianza. ¡Qué honor!»
Repitió una vez más su terror por la sangre fría inconcebible con que Santander llegaba hasta el final de sus propósitos. «Es un pescado muerto», decía. Repitió por milésima vez la diatriba de los empréstitos que Santander recibió de Londres, y la complacencia con que patrocinó la corrupción de sus amigos. Cada vez que lo evocaba, en privado o en público, agregaba una gota de veneno en una atmósfera política que no parecía soportar una más. Pero no podía reprimirse.
«Así fue como empezó a acabarse el mundo», decía.
Era tan riguroso en el manejo de los dineros públicos que no conseguía volver sobre este asunto sin perder los estribos. Siendo presidente había decretado la pena de muerte para todo empleado oficial que malversara o se robara más de diez pesos. En cambio era tan desprendido con sus bienes personales, que en pocos años se gastó en la guerra de independencia gran parte de la fortuna que heredó de sus mayores. Sus sueldos eran repartidos entre las viudas y los lisiados de guerra. A sus sobrinos les regaló los trapiches heredados, a sus hermanas les regaló la casa de Caracas, y la mayoría de sus tierras las repartió entre los numerosos esclavos que liberó desde antes de que fuera abolida la esclavitud. Rechazó un millón de pesos que le ofreció el congreso de Lima en la euforia de la liberación. La quinta de Monserrate, que el gobierno le adjudicó para que tuviera un lugar digno donde vivir, se la regaló a un amigo en apuros pocos días antes de la renuncia. En el Apure se levantó de la hamaca en que estaba durmiendo y se la regaló a un baquiano para que sudara la fiebre, y él siguió durmiendo en el suelo envuelto en un capote de campaña. Los veinte mil pesos duros que quería pagar de su dinero al educador cuáquero José Lancaster no eran una deuda suya sino del estado. Los caballos que tanto amaba se los iba dejando a los amigos que encontraba a su paso, hasta Palomo Blanco, el más conocido y glorioso, que se quedó en Bolivia presidiendo las cuadras del mariscal de Santa Cruz. De modo que el tema de los empréstitos malversados lo arrastraba sin control a los extremos de la perfidia.
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«Casandro salió limpio, como el 25 de septiembre, desde luego, porque es un mago para guardar las formas», decía a quien quisiera oírlo. «Pero sus amigos se llevaban otra vez para Inglaterra la misma plata que los ingleses le habían prestado a la nación, con réditos de leones, y los multiplicaban a su favor con negocios de usureros».
Les mostró a todos, durante noches enteras, los fondos más turbios de su alma. Al amanecer del cuarto día, cuando la crisis parecía eterna, se asomó en la puerta del patio con la misma ropa que tenía puesta cuando recibió la noticia del crimen, llamó a solas al general Briceño Méndez, y conversó con él hasta los primeros gallos. El general en su hamaca con mosquitero, y Briceño Méndez en otra hamaca que José Palacios le colgó al lado. Tal vez ni el uno ni el otro eran conscientes de cuánto habían dejado atrás los hábitos sedentarios de la paz, y habían retrocedido en pocos días a las noches inciertas de los campamentos. De aquella conversación quedó en claro para el general que la inquietud y los deseos expresados por José María Carreño en Turbaco no eran sólo suyos, sino que eran compartidos por una mayoría de oficiales venezolanos. Estos, después del comportamiento de los granadinos contra ellos, se sentían más venezolanos que nunca, pero estaban dispuestos a matarse por la integridad. Si el general hubiera dado la orden de que se fueran a pelear en Venezuela, se habrían ido en estampida. Y Briceño Méndez antes que nadie.
Fueron los días peores. La única visita que el general quiso recibir fue la del coronel polaco Miecieslaw Napierski, héroe de la batalla de Friedland y sobreviviente del desastre de Leipzig, que había llegado por esos días con la recomendación del general Poniatowski para ingresar en el ejército de Colombia.
«Llega usted tarde», le había dicho el general. «Aquí no queda nada».
Después de la muerte de Sucre quedaba menos que nada. Así se lo dio a entender a Napierski, y así lo dio a entender éste en su diario de viaje, que un gran poeta granadino había de rescatar para la historia ciento ochenta años después. Napierski había llegado a bordo de la Shannon. El capitán de la nave lo acompañó a la casa del general, y éste les habló de sus deseos de viajar a Europa, pero ninguno de los dos advirtió en él una disposición real de embarcarse. Como la fragata haría una escala en La Guayra y regresaba a Cartagena antes de volver a Kingston, el general le dio al capitán una carta para su apoderado venezolano en el negocio de las minas de Aroa, con la es­peranza de que al regreso le mandara algún dinero. Pero la fragata volvió sin respuesta, y él se mostró tan abatido, que nadie pensó en preguntarle si se iba.
No hubo una sola noticia de consuelo. José Palacios, por su parte, se cuidó de no agravar las que se recibían, y trataba de demorarlas lo más posible. Algo que preocupaba a los oficiales del séquito, y que
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ocultaban al general para no acabar de mortificarlo, era que los húsares y granaderos de la guardia iban sembrando la semilla de fuego de una blenorragia inmortal. Había empezado con dos mujeres que repasaron la guarnición completa en las noches de Honda, y los soldados habían seguido diseminándola con sus malos amores por dondequiera que pasaban. En aquel momento no estaba a salvo ninguno de los números de la tropa, a pesar de que no había medicina académica o artificio de curandero que no hubieran probado.
No eran infalibles los cuidados de José Palacios para impedir amarguras inútiles a su señor. Una noche, una esquela sin membrete pasó de mano en mano, y nadie supo cómo llegó hasta la hamaca del general. El la leyó sin los lentes, a la distancia del brazo, y luego la puso en la llama de la vela y la sostuvo con los dedos hasta que acabó de consumirse.
Era de Josefa Sagrario. Había llegado el lunes con su esposo y sus hijos, de paso para Mompox, alentada por la noticia de que el general había sido depuesto y se iba del país. El no reveló nunca lo que decía el mensaje, pero toda la noche dio muestras de una gran ansiedad, y al amanecer le mandó a Josefa Sagrario una propuesta de reconciliación. Ella resistió a las súplicas, y prosiguió el viaje como estaba previsto, sin un instante de flaqueza. Su único motivo, según le dijo a jóse Palacios, era que no tenía ningún sentido hacer las paces con un hombre que ya daba por muerto.
Aquella semana se supo que estaba recrudeciéndose en Santa Fe la guerra personal de Manuela Sáenz por el regreso del general. Tratando de hacerle la vida imposible, el ministerio del interior le había pedido entregar los archivos que tenía bajo custodia. Ella se negó, y puso en marcha una campaña de provocaciones que estaba sacando de quicio al gobierno. Fomentaba escándalos, distribuía fo­lletos glorificando al general, borraba los letreros de carbón de las paredes públicas, acompañada por dos de sus esclavas guerreras. Era de dominio público que entraba en los cuarteles con el uniforme de coronel, y lo mismo participaba en las fiestas de los soldados que en las conspiraciones de los oficiales. El rumor más intenso era que estaba promoviendo a la sombra de Urdaneta una rebelión armada para restablecer el poder absoluto del general.
Era difícil creer que él tuviera fuerzas para tanto. Las fiebres del atardecer se hicieron cada vez más puntuales, y la tos se volvió desgarradora. Una madrugada, José Palacios lo oyó gritar: «¡Puta patria!». Irrumpió en el dormitorio, alarmado por una exclamación que el general le reprochaba a sus oficiales, y lo encontró con la mejilla ba­ñada en sangre. Se había cortado afeitándose, y no estaba tan indignado por el percance mismo como por su propia torpeza. El boticario que lo curó, llevado de urgencia por el coronel Wilson, lo encontró tan desesperado que trató de calmarlo con unas gotas de
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belladona. El lo paró en seco.
«Déjeme como estoy», le dijo. «La desesperación es la salud de los perdidos».
Su hermana María Antonia le escribió de Caracas. «Todos se quejan de que no has querido venir a componer este desorden», decía. Los curas de los pueblos estaban decididos por él, las deserciones en el ejército eran incontrolables, y los montes estaban llenos de gente armada que decía no querer a nadie más que a él. «Esto es un fandango de locos que no se entienden ellos mismos que hicieron su revolución», decía su hermana. Pues mientras unos clamaban por él, las paredes de medio país amanecían pintadas con letreros de injurias. Su familia, decían los pasquines, debía ser exterminada hasta la quinta generación. El golpe de gracia se lo dio el Congreso de Venezuela, reunido en Valencia, que coronó sus acuerdos con la se­paración definitiva, y la declaración solemne de que no habría arreglo con la Nueva Granada y el Ecuador mientras el general estuviera en territorio colombiano. Tanto como el hecho mismo, le dolió que la nota oficial de Santa Fe le fuera transmitida por un antiguo conjurado del 25 de septiembre, su enemigo a muerte, que el presidente Mosquera había hecho regresar del exilio para nombrarlo ministro del interior. «He de decir que éste es el suceso que más me ha afectado en la vida», dijo el general. Pasó la noche en vela, dictando a varios amanuenses distintas versiones para una respuesta, pero fue tanta su rabia que se quedó dormido. Al amanecer, al término de un sueño azorado, dijo a José Palacios:
«El día que yo me muera repicarán las campanas en Caracas».
Hubo más. Al conocer la noticia de la muerte, el gobernador de Maracaibo había de escribir: «Me apresuro a participar la nueva de este gran acontecimiento que sin duda ha de producir innumerables bienes a la causa de la libertad y la felicidad del país. El genio del mal, la tea de la anarquía, el opresor de la patria ha dejado de existir». El anuncio, destinado al principio a informar al gobierno de Caracas, terminó convertido en una proclama nacional.
En medio del horror de aquellos días infaustos, José Palacios le cantó al general la fecha de su cumpleaños a las cinco de la mañana: «Veinticuatro de julio, día de santa Cristina, virgen y mártir». El abrió los ojos, y una vez más debió tener conciencia de ser un elegido de la adversidad.
No era su costumbre celebrar el aniversario sino el onomástico. Había once san Simones en el santoral católico, y él hubiera preferido ser nombrado por el cirineo que ayudó a Cristo a cargar su cruz, pero el destino le deparó otro Simón, el apóstol y predicador en Egipto y Etiopía, cuya fecha es el 28 de octubre. Un día como ése, en Santa Fe, le pusieron durante la fiesta una corona de laureles. El se la quitó
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de buen talante, y se la puso con toda su malicia al general Santander, quien la asumió sin inmutarse. Pero la cuenta de su vida no la llevaba por el nombre sino por los años. Los cuarenta y siete tenían para él un significado especial, porque el 24 de julio del año anterior, en Guayaquil, en medio de las malas noticias de todas partes y el delirio de sus fiebres perniciosas, lo estremeció un presagio. A él, que nunca admitió la realidad de los presagios. La señal era nítida: si lograba mantenerse vivo hasta el cumpleaños siguiente ya no habría muerte capaz de matarlo. El misterio de ese oráculo secreto era la fuerza que lo había sostenido en vilo hasta entonces contra toda razón.
«Cuarenta y siete años ya, carajos», murmuró. «¡Y estoy vivo!»
Se incorporó en la hamaca, con las fuerzas restablecidas y el corazón alborotado por la certidumbre maravillosa de estar a salvo de todo mal. Llamó a Briceño Méndez, cabecilla de los que querían irse para Venezuela a luchar por la integridad de Colombia, y le transmitió la gracia acordada a sus oficiales con motivo de su cumpleaños.
«De tenientes para arriba», le dijo, «todo el que quiera irse a pelear en Venezuela, que aliste sus corotos».
El general Briceño Méndez fue el primero. Otros dos generales, cuatro coroneles y ocho capitanes de la guarnición de Cartagena se sumaron a la expedición. En cambio, cuando Carreño le recordó al general su promesa anterior, le dijo:
«Usted está reservado para más altos destinos».
Dos horas antes de la partida decidió que se fuera José Laurencio Silva, pues tenía la impresión de que la herrumbre de la rutina le estaba agravando la obsesión por sus ojos. Silva declinó el honor.
«También este ocio es una guerra, y de las más duras», dijo. «De modo que aquí me quedo, si mi general no ordena otra cosa».
En cambio, Iturbide, Fernando y Andrés Ibarra no consiguieron ser admitidos. «Si usted ha de irse será para otra parte», le dijo el general a Iturbide. A Andrés le dio a entender con un motivo insólito que el general Diego Ibarra estaba ya en la lucha, y que dos hermanos eran demasiados en una misma guerra. Fernando no se ofreció siquiera, porque estaba seguro de obtener la misma respuesta de siempre: «L/n hombre se va entero a la guerra, pero no puede permitir que se le vayan sus dos ojos y su mano derecha». Se conformó con el consuelo de que aquella respuesta era en cierto modo una distinción militar.
Montilla aportó los recursos para viajar la misma noche en que fueron aprobados, y participó en la sencilla ceremonia con que el general despidió a cada uno con un abrazo y una frase. Se fueron separados y por distintos caminos, unos por Jamaica, otros por Curazao, otros por la Guajira, y todos en ropa civil, sin armas ni nada que pudiera  delatar  su  identidad, como habían aprendido  en las
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acciones clandestinas contra los españoles. Al amanecer, la casa del Pie de la Popa era un cuartel desmantelado, pero el general se quedó sostenido por la esperanza de que una nueva guerra hiciera reverdecer los laureles de antaño.
El general Rafael Urdaneta se tomó el poder el 5 de septiembre. El congreso constituyente había concluido su mandato, y no había otra autoridad válida para legitimar el golpe, pero los insurgentes apelaron al cabildo de Santa Fe que reconoció a Urdaneta como encargado del poder mientras lo asumía el general. Así culminó una insurrección de las tropas y oficiales venezolanos acantonados en la Nueva Granada, que derrotaron a las fuerzas del gobierno con el respaldo de los pequeños propietarios de la sabana y del clero rural. Era el primer golpe de estado en la república de Colombia, y la primera de las cuarenta y nueve guerras civiles que habíamos de sufrir en lo que fal­taba del siglo. El presidente Joaquín Mosquera y el vicepresidente Caycedo, solitarios en medio de la nada, abandonaron sus cargos. Urdaneta recogió del suelo el poder, y su primer acto de gobierno fue enviar a Cartagena una delegación personal para ofrecerle al general la presidencia de la república.
José Palacios no recordaba a su señor en mucho tiempo con una salud tan estable como la de aquellos días, pues los dolores de cabeza y las fiebres del atardecer rindieron las armas tan pronto como se recibió la noticia del golpe militar. Pero tampoco lo había visto en un estado de mayor ansiedad. Preocupado por eso, Montilla había logra­do la complicidad de fray Sebastián de Sigüenza para que le prestara al general una ayuda encubierta. El fraile aceptó de buen grado, y lo hizo bien, dejándose ganar al ajedrez en las tardes áridas en que esperaban a los enviados de Urdaneta.
El general había aprendido a mover las piezas en su segundo viaje a Europa, y poco le faltó para hacerse un maestro jugando con el general O'Leary en las noches muertas de la larga campaña del Perú. Pero no se sintió capaz de ir más lejos. «El ajedrez no es un juego sino una pasión», decía. «Y yo prefiero otras más intrépidas». Sin embargo, en sus programas de instrucción pública lo había incluido entre los juegos útiles y honestos que debían enseñarse en la escuela. La verdad era que nunca persistió porque sus nervios no estaban hechos para un juego de tanta parsimonia, y la concentración que le demandaba le hacía falta para asuntos más graves.
Fray Sebastián lo encontraba meciéndose con fuertes bandazos en la hamaca que se había hecho colgar frente a la puerta de la calle, para vigilar el camino de polvo abrasador por donde habían de aparecer los enviados de Urdaneta. «Ay padre», decía el general al verlo llegar. «Usted no escarmienta». Apenas si se sentaba para mover sus piezas, pues después de cada jugada se ponía de pie mien­tras el fraile pensaba.
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«No se me distraiga, Excelencia», le decía éste, «que me lo como vivo».
El general reía:
«El que almuerza con la soberbia cena con la vergüenza».
O'Leary solía detenerse junto a la mesa para estudiar el tablero y sugerirle alguna idea. El lo rechazaba indignado. En cambio, cada vez que ganaba salía al patio donde sus oficiales jugaban a las barajas, y les cantaba la victoria. En mitad de una partida, fray Sebastián le preguntó si no pensaba escribir sus memorias.
«Jamás», dijo él. «Esas son vainas de los muertos».
El correo, que fue una de sus obsesiones dominantes, se le convirtió en un martirio. Más aún en aquellas semanas de confusión en que los estafetas de Santa Fe se demoraban a la espera de nuevas noticias, y los postas de enlace se fatigaban esperándolos. En cambio, los correos clandestinos se volvieron más pródigos y apresurados. De modo que el general tenía noticia de las noticias antes de que llegaran, y le sobraba tiempo de madurar sus determinaciones.
Cuando supo que los emisarios estaban cerca, el 17 de septiembre, mandó a Carroño y a O'Leary a esperarlos en el camino de Turbaco. Eran los coroneles Vicente Piñeres y Julián Santa María, cuya primera sorpresa fue el buen ánimo en que encontraron al enfermo sin esperanzas de que tanto se hablaba en Santa Fe. Se improvisó en la casa un acto solemne, con próceres civiles y militares, en el cual se pronunciaron discursos de ocasión y se brindó por la salud de la patria. Pero al final él retuvo a los emisarios, y se dijeron a solas las verdades. El coronel Santa María, que se solazaba en el patetismo, dio la nota culminante: si el general no aceptaba el mando se provocaría una espantosa anarquía en el país. El lo eludió.
«Primero es existir que modificar», dijo. «Sólo cuando se despeje el horizonte político sabremos si hay patria o no hay patria».
El coronel Santa María no entendió.
«Quiero decir que lo más urgente es reunificar el país por las armas», dijo el general. «Pero el cabo del hilo no está aquí sino en Venezuela».
A partir de entonces, aquélla había de ser su idea fija: empezar otra vez desde el principio, sabiendo que el enemigo estaba dentro y no fuera de la propia casa. Las oligarquías de cada país, que en la Nueva Granada estaban representadas por los santanderistas, y por el mismo Santander, habían declarado la guerra a muerte contra la idea de la integridad, porque era contraria a los privilegios locales de las grandes familias.
«Esa es la causa real y única de esta guerra de dispersión que nos está matando», dijo el general. «Y lo más triste es que se creen cambiando el mundo cuando lo que están es perpetuando el pensamiento más atrasado de España».
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Prosiguió con un solo aliento: «Ya sé que se burlan de mí porque en una misma carta, en un mismo día, a una misma persona le digo una cosa y la contraria, que si aprobé el proyecto de monarquía, que si no lo aprobé, o que si en otra parte estoy de acuerdo con las dos cosas al mismo tiempo». Lo acusaban de ser veleidoso en su modo de juzgar a los hombres y de manejar la historia, de que peleaba contra Fernando VII y se abrazaba con Morillo, de que hacía la guerra a muerte contra España y era un gran promotor de su espíritu, de que se apoyó en Haití para ganar y luego lo consideró como un país extranjero para no invitarlo al congreso de Panamá, de que había sido masón y leía a Voltaire en misa, pero era el paladín de la iglesia, de que cortejaba a los ingleses mientras se iba a casar con una princesa de Francia, de que era frívolo, hipócrita, y hasta desleal, porque adulaba a sus amigos en su presencia y denigraba de ellos a sus espaldas. «Pues bien: todo eso es cierto, pero circunstancial», dijo, «porque todo lo he hecho con la sola mira de que este continente sea un país independiente y único, y en eso no he tenido ni una contradicción ni una sola duda». Y concluyó en caribe puro:
«¡Lo demás son pingadas!»
En una carta que le mandó dos días más tarde al general Briceño Méndez, le dijo: «No he querido admitir el mando que me confieren las actas, porque no quiero pasar por jefe de rebeldes y nombrado militarmente por los vencedores». Sin embargo, en las dos cartas que esa misma noche le dictó a Fernando para el general Rafael Urdaneta, tuvo cuidado de no ser tan radical.
La primera fue una respuesta formal, y su solemnidad era demasiado evidente desde el encabezado: "Excelentísimo Señor". En ella justificaba el golpe por el estado de anarquía y abandono en que quedaba la república después de disolverse el gobierno anterior. «El pueblo en estos casos no se engaña», escribió. Pero no había ninguna posibilidad de que aceptara la presidencia. Lo único que podía ofrecer era su disposición de regresar a Santa Fe para servir al nuevo gobierno como simple soldado.
La otra era una carta privada, y lo indicaba desde la primera línea: "Mi querido general". Era extensa y explícita, y no dejaba la menor duda sobre las razones de su incertidumbre. Puesto que don Joaquín Mosquera no había renunciado a su título, mañana podría hacerse re­conocer como presidente legal, y dejarlo a él como usurpador. Así que reiteraba lo dicho en la carta oficial: hasta no disponer de un mandato diáfano emanado de una fuente legítima, no había posibilidad alguna de que asumiera el poder.
Las dos cartas se fueron en el mismo correo, junto con el original de una proclama en que pedía al país olvidar sus pasiones y apoyar al nuevo gobierno. Pero se ponía a salvo de cualquier compromiso. «Aunque parezca que ofrezco mucho, no ofrezco nada», diría más
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tarde. Y reconoció haber escrito algunas frases cuyo único objeto era lisonjear a quienes lo deseaban.
Lo más significativo de la segunda carta era su tono de mando, sorprendente en alguien desprovisto de todo poder. Pedía el ascenso del coronel Florencio Jiménez para que fuera al occidente con tropas y pertrechos bastantes para resistir la guerra ociosa que hacían contra el gobierno central los generales José María Obando y José Hilario López. «Los que asesinaron a Sucre», insistió. También recomendaba a otros oficiales para diversos cargos de altura. «Atienda usted a esa parte», le decía a Urdaneta, «que yo haré lo demás del Magdalena a Venezuela, incluyendo a Boyacá». El mismo se disponía a marcharse para Santa Fe a la cabeza de dos mil hombres, y contribuir de ese modo al restablecimiento del orden público y la consolidación del nuevo gobierno.
No volvió a recibir noticias directas de Urdaneta durante cuarenta y dos días. Pero siguió escribiéndole de todos modos durante el largo mes en que no hizo más que impartir órdenes militares a los cuatro vientos. Los barcos llegaban y se iban, pero no se volvió a hablar del viaje a Europa, aunque él lo hacía recordar de vez en cuando como un modo de presión política. La casa del Pie de la Popa se convirtió en cuartel general de todo el país, y pocas decisiones militares de aquellos meses no fueron inspiradas o tomadas por él desde la hamaca. Paso a paso, casi sin proponérselo, terminó comprometido también en de­cisiones que iban más allá de los asuntos militares. Y hasta se ocupaba de lo más pequeño, como de conseguir un empleo en las oficinas del correo para su buen amigo, el señor Tatis, y de que se reincorporara en el servicio activo al general José Ucrós, que ya no soportaba la paz de su casa.
En esos días había repetido con un énfasis renovado una vieja frase suya: «Yo estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado». Sin embargo, nadie que lo hubiera visto se lo habría creído. Pues mientras parecía que sólo actuaba en maniobras de gato escaldado para fortalecer al gobierno, lo que hacía en realidad era planear pieza por pieza, con autoridad y mando de general en jefe, la minuciosa máquina militar-con que se proponía recuperar a Venezuela y empezar otra vez desde allí la restauración de la alianza de naciones más grande del mundo.
No podía concebirse una ocasión más propicia. La Nueva Granada estaba segura en manos de Urdaneta, con el partido liberal en derrota y Santander anclado en París. El Ecuador estaba asegurado por Flores, el mismo caudillo venezolano, ambicioso y conflictivo, que había separado de Colombia a Quito y Guayaquil para crear una re­pública nueva, pero el general confiaba en recuperarlo para su causa después que sometiera a los asesinos de Sucre. Solivia estaba asegurada con el mariscal de Santa Cruz, su amigo, que acababa de ofrecerle la representación diplomática ante la Santa Sede. De modo
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que el objetivo inmediato era arrebatarle al general Páez, de una vez por todas, el dominio de Venezuela.
El plan militar del general parecía concebido para iniciar desde Cúcuta una ofensiva en grande, mientras Páez se concentraba en la defensa de Maracaibo. Pero el día primero de septiembre la provincia de Riohacha depuso al comandante de armas, desconoció la autoridad de Cartagena, y se declaró venezolana. El apoyo de Maracaibo no sólo le fue dado de inmediato, sino que mandaron en su auxilio al general Pedro Garujo, el cabecilla del 25 de septiembre, que había escapado a la justicia al amparo del gobierno de Venezuela.
Montilla fue a llevar la noticia tan pronto como la recibió, pero el general ya la conocía, y estaba exultante. Pues la insurrección de Riohacha le daba pie para movilizar desde otro frente fuerzas nuevas y mejores contra Maracaibo.
«Además», dijo, «tenemos a Garujo en nuestras manos».
Esa misma noche se encerró con sus oficiales, y trazó la estrategia con gran precisión, describiendo los accidentes del terreno, moviendo ejércitos enteros como piezas de ajedrez, anticipándose a los propósitos menos pensados del enemigo. No tenía una formación académica siquiera comparable con la de cualquiera de sus oficiales, que en su mayoría fueron formados en las mejores escuelas militares de España, pero era capaz de concebir una situación completa hasta en sus últimos detalles. Su memoria visual era tan sorprendente, que podía prever un obstáculo visto al pasar muchos años antes, y aunque estaba muy lejos de ser un maestro en las artes de la guerra, nadie le superaba en inspiración.
Al amanecer, el plan estaba terminado hasta en sus últimos detalles, y era minucioso y feroz. Y tan visionario, que el asalto a Maracaibo estaba previsto para fines de noviembre o, en el peor de los casos, a principios de diciembre. Terminada la revisión final a las ocho de la mañana de un martes de lluvias, Montilla le había hecho ver que en el plan se notaba la falta de un general granadino.
«No hay un general de la Nueva Granada que valga nada», dijo él. «Los que no son ineptos son bribones».
Montilla se apresuró a endulzar el tema:
«Y usted, general, ¿para dónde se va?»
«En este momento ya me da lo mismo Cúcuta que Riohacha», dijo él.
Se volvió para retirarse, y el ceño duro del general Carreño le recordó la promesa varias veces incumplida. La verdad era que él quería tenerlo a su lado a toda costa, pero ya no podía entretener más sus ansias. Le dio en el hombro la palmadita de siempre, y le dijo:
«Palabra cumplida, Carreño, usted también se va».
La expedición compuesta por dos mil hombres zarpó de Cartagena en una fecha que parecía escogida como símbolo: 25 de septiembre.
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Iba al mando de los generales Mariano Montilla, José Félix Blanco y José María Carreño, y todos llevaban por separado la misión de buscar en Santa Marta una casa de campo que le sirviera al general para seguir de cerca la guerra mientras restauraba su salud. Este le escribió a un amigo: «Dentro de dos días me voy para Santa Marta, por hacer ejercicio, por salir del fastidio en que estoy y por mejorar de temperamento». Dicho y hecho: el primero de octubre emprendió el viaje. El 2, todavía en camino, fue más franco en una carta al general Justo Briceño: «Yo sigo para Santa Marta con la mira de contribuir con mi influencia en la expedición que marcha contra Maracaibo». El mismo día volvió a escribirle a Urdaneta: «Yo sigo para Santa Marta con la mira de visitar aquel país, que no lo he visto nunca, y por ver si desengaño a algunos enemigos que influyen demasiado en la opinión». Sólo entonces le reveló el propósito real de su viaje: «Veré de cerca las operaciones contra Riohacha, y me acer­caré a Maracaibo y a las tropas para ver si puedo influir en alguna operación importante». Visto al derecho, ya no era un jubilado en derrota huyendo hacia el destierro, sino un general en campaña.
La salida de Cartagena había estado precedida por urgencias de guerra. No se dio tiempo para adioses oficiales, y a muy pocos amigos les anticipó la noticia. Por instrucciones suyas, Fernando y José Palacios dejaron la mitad del equipaje al cuidado de amigos y casas de comercio, por no arrastrar un lastre inútil para una guerra incierta. Al comerciante local donjuán Pavajeau le dejaron diez baúles de papeles privados, con el encargo de enviarlos a una dirección de París que le sería comunicada más tarde. En el recibo se estableció que el señor Pavajeau los quemaría en caso de que el propietario no pudiera reclamarlos por causa de fuerza mayor.
Fernando depositó en el establecimiento bancario de Busch y Compañía doscientas onzas de oro que a última hora encontró, sin rastro alguno de su origen, entre los útiles de escritorio de su tío. A Juan de Francisco Martín le dejó, también en depósito, un cofre con treinta y cinco medallas de oro. Le dejó asimismo una faltriquera de terciopelo con doscientas noventa y cuatro medallas grandes de plata, sesenta y siete pequeñas y noventa y seis medianas, y otra igual con cuarenta medallas conmemorativas de plata y oro, algunas con el perfil del general. También le dejó la cubertería de oro que llevaban desde Mompox en un antiguo cajón de vinos, alguna ropa de cama muy usada, dos baúles de libros, una espada con brillantes y una escopeta inservible. Entre otras muchas cosas menudas, rastrojos de los tiempos idos, había varios pares de espejuelos en desuso, con graduaciones progresivas, desde que el general descubrió su presbicia incipiente en la dificultad para afeitarse, a los treinta y nueve años, hasta que la distancia del brazo no le alcanzó para leer.
José Palacios, por su parte, dejó al cuidado de donjuán de Dios Amador una caja que durante varios años había viajado con ellos de
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un lado para otro, y de cuyo contenido no se sabía nada a ciencia cierta. Era algo propio del general, que en un instante no podía resistir una voracidad posesiva por los objetos menos pensados, o por los hombres sin mayores méritos, y al cabo de cierto tiempo tenía que llevarlos a rastras sin saber cómo quitárselos de encima. Aquella caja la había llevado de Lima a Santa Fe, en 1826, y seguía con él después del atentado del 25 de septiembre, cuando regresó al sur para su última guerra. «No podemos dejarla, mientras no sepamos al menos si es nuestra», decía. Cuando volvió a Santa Fe por última vez, dispuesto a presentar su renuncia definitiva ante el congreso constituyente, la caja volvió entre lo poco que quedaba de su antiguo equipaje imperial. Por fin decidieron abrirla en Cartagena, en el curso de un inventario general de sus bienes, y descubrieron adentro un revoltijo de cosas personales que desde tiempo atrás se daban por perdidas. Había cuatrocientas quince onzas de oro del cuño colombiano, un retrato del general George Washington con un mechón de su cabello, una caja de oro para rapé regalada por el rey de Inglaterra, un estuche de oro con llaves de brillantes dentro del cual había un relicario, y la gran estrella de Bolivia con brillantes incrustados. José Palacios dejó todo esto en la casa de De Francisco Martín, descrito y anotado, y pidió el recibo en regla. El equipaje quedó entonces reducido a un tamaño más racional, aunque sobraban todavía tres de los cuatro baúles con su ropa de uso, otro con diez manteles de algodón y lino, muy usados, y una caja con cubiertos de oro y de plata de varios estilos revueltos, que el general no quiso dejar ni vender, por si más adelante necesitaban servir la mesa para huéspedes meritorios. Muchas veces le habían sugerido rematar aquellas cosas para aumentar sus recursos escasos, pero él se negó siempre con el argumento de que eran bienes del estado.
Con el equipaje aligerado y el séquito disminuido hicieron su primera jornada hasta Turbaco. Prosiguieron al día siguiente con buen tiempo, pero antes del mediodía tuvieron que guarecerse bajo un campano, donde pasaron la noche expuestos a la lluvia y a los vientos malignos de las ciénagas. El general se quejó de dolores en el bazo y en el hígado, y José Palacios le preparó una pócima del manual francés, pero los dolores se hicieron más intensos y la fiebre aumentó. Al amanecer estaba en tal estado de postración, que lo llevaron sin sentido a la villa de Soledad, donde un viejo amigo suyo, don Pedro Juan Visbal, lo recibió en su casa. Allí permaneció más de un mes, con toda clase de dolores recrudecidos por las lluvias opresivas de octubre.
Soledad tenía el nombre bien puesto: cuatro calles de casas de pobres, ardientes y desoladas, a unas dos leguas de la antigua Barranca de San Nicolás, que en pocos años había de convertirse en la ciudad más próspera y hospitalaria del país. El general no hubiera podido encontrar un sitio más apacible, ni una casa más propicia para su esta­do, con seis balcones andaluces que la desbordaban de luz, y un patio bueno para meditar bajo la ceiba centenaria. Desde la ventana del
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dormitorio dominaba la placita desierta, con la iglesia en ruinas y las casas con techos de palma amarga pintadas con colores de aguinaldo.
Tampoco la paz doméstica le sirvió de nada. La primera noche sufrió un ligero vahído, pero se negó a admitir que fuera un nuevo indicio de su postración. De acuerdo con el manual francés describió sus males como una atrabilis agravada por un resfriado general, y un antiguo reumatismo repetido por la intemperie. Este diagnóstico múltiple le aumentó los resabios contra las medicinas simultáneas para varios males, pues decía que las buenas para unos eran dañinas para los otros. Pero también reconocía que no hay buen medicamento para el que no lo toma, y se quejaba a diario de no tener un buen médico, mientras se resistía a dejarse ver por los muchos que le man­daban.
El coronel Wilson, en una carta que escribió a su padre por aquellos días, le había dicho que el general podía morir en cualquier momento, pero que su rechazo a los médicos no era por menosprecio sino por lucidez. En realidad, decía Wilson, la enfermedad era el único enemigo al que el general le temía, y se negaba a enfrentarlo para que no lo distrajera de la empresa mayor de su vida. «Atender una enfermedad es como estar empleado en un buque», le había dicho el general. Cuatro años antes, en Lima, O'Leary le había sugerido que aceptara un tratamiento médico a fondo mientras preparaba la constitución de Bolivia, y su respuesta fue terminante:
«No se ganan dos carreras al mismo tiempo».
Parecía convencido de que el movimiento continuo y el valerse de sí mismo eran un conjuro contra la enfermedad. Fernanda Barriga tenía la costumbre de ponerle un babero y darle la comida con la cuchara, como a los niños, y él la recibía y la masticaba en silencio, y hasta volvía a abrir la boca cuando terminaba. Pero en esos días le quitaba el plato y la cuchara y comía con su propia mano, sin babero, para que todos entendieran que no necesitaba de nadie. a jóse Palacios se le partía el corazón cuando lo encontraba tratando de hacerse las cosas domésticas que siempre le habían hecho sus criados, o sus ordenanzas y edecanes, y no tuvo consuelo cuando lo vio vaciarse encima todo un frasco de tinta tratando de envasarla en un tintero. Fue algo insólito, porque todos se admiraban de que no le temblaran las manos por muy mal que estuviera, y que su pulso fuera tan firme que seguía cortándose y puliéndose las uñas una vez por semana, y afeitándose todos los días.
En su paraíso de Lima había vivido una noche feliz con una doncella de vellos lacios que le cubrían hasta el último milímetro de su piel de beduina. Al amanecer, mientras se afeitaba, la contempló desnuda en la cama, navegando en un sueño apacible de mujer complacida, y no pudo resistir la tentación de hacerla suya para siempre con un auto sacramental. La cubrió de pies a cabeza con espuma de jabón, y con
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un deleite de amor la rasuró por completo con la navaja barbera, a veces con la mano derecha, a veces con la izquierda, palmo a palmo hasta las cejas encontradas, y la dejó dos veces desnuda en su cuerpo magnífico de recién nacida. Ella le preguntó con el alma hecha trizas si de veras la amaba, y él le contestó con la misma frase ritual que a lo largo de su vida había ido regando sin piedad en tantos corazones:
«Más que a nadie jamás en este mundo».
En la villa de Soledad, también mientras se afeitaba, se sometió a la misma inmolación. Empezó por cortarse un mechón blanco y lacio de los muy escasos que le quedaban, obedeciendo al parecer a un impulso infantil. Enseguida se cortó otro de un modo más consciente, y luego todos sin ningún orden, como cortando hierba, mientras declamaba por las grietas de la voz sus estrofas preferidas de La Araucana. José Palacios entró en el dormitorio para ver con quién hablaba, y lo encontró afeitándose el cráneo cubierto de espuma. Quedó pelado al rape.
El exorcismo no logró redimirlo. Usaba el gorro de seda durante el día, y de noche se ponía la caperuza colorada, pero apenas si lograba mitigar los soplos helados del desaliento. Se levantaba a caminar en la oscuridad por la enorme casa enlunada, sólo que ya no pudo andar desnudo, sino que se envolvía en una manta para no tiritar de frío en las noches de calor. Con los días no le bastó la manta, sino que resolvió ponerse la caperuza colorada encima del gorro de seda.
Las intrigas cositeras de los militares y los abusos de los políticos lo exasperaban tanto, que una tarde decidió con un golpe en la mesa que no soportaba más ni a los unos ni a los otros. «Díganles que estoy hético para que no vuelvan», gritó. Fue una determinación tan drástica, que prohibió los uniformes y los ritos militares en la casa. Pero no logró sobrevivir sin ellos, así que las audiencias de consuelo y los conciliábulos estériles continuaron como siempre, contra sus propias órdenes. Entonces se sentía tan mal, que aceptó la visita de un médico con la condición de que no lo examinara ni le hiciera preguntas sobre sus dolores ni pretendiera darle nada de beber.
«Sólo para conversar», dijo.
El elegido no podía parecerse más a sus deseos. Se llamaba Hércules Gastelbondo, y era un anciano ungido por la felicidad, inmenso y plácido, con el cráneo radiante por la calvicie total, y una paciencia de ahogado que por sí sola aliviaba los males ajenos. Su incredulidad y su intrepidez científica eran famosas en todo el litoral. Prescribía la crema de chocolate con queso fundido para los trastornos de la bilis, aconsejaba hacer el amor en los sopores de la digestión como un buen paliativo para una larga vida, y fumaba sin reposo unos cigarros de carretero que liaba con papel de estraza, y se los recetaba a sus enfermos contra toda clase de malentendidos del cuerpo. Los mismos
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pacientes decían que nunca los curaba por completo sino que los entretenía con su verba florida. El soltaba una risa plebeya.
«A los otros médicos se les mueren tantos enfermos como a mí», decía. «Pero conmigo se mueren más contentos».
Llegó en la carroza del señor Bartolomé Molinares, que iba y venía varias veces al día llevando y trayendo toda clase de visitantes espontáneos, hasta que el general les prohibió ir sin ser invitados. Llegó vestido de lino blanco sin aplanchar, abriéndose paso a través de la lluvia, con los bolsillos atiborrados de cosas de comer y con un paraguas tan descosido que más bien servía para convocar las aguas que para impedirlas. Lo primero que hizo después de los saludos formales fue pedir perdón por la peste del cigarro que ya llevaba a medio fumar. El general, que no soportaba el humo del tabaco, no sólo entonces sino desde siempre, lo había dispensado de antemano.
«Estoy acostumbrado», le dijo. «Manuela fuma unos más asquerosos que los suyos, hasta en la cama, y desde luego me echa el humo mucho más cerca que usted». El doctor Gastelbondo agarró al vuelo una ocasión que le quemaba el alma.
«Por cierto», dijo. «¿Cómo está?»
«¿Quién?»
«Doña Manuela».
El general respondió en seco:
«Bien».
Y cambió de tema de un modo tan ostensible que el médico soltó una carcajada para disimular su impertinencia. El general sabía, sin duda, que ninguna de sus travesuras galantes estaba a salvo de los murmullos de su séquito. Nunca hizo alarde de sus conquistas, pero habían sido tantas y de tanto estrépito, que sus secretos de alcoba eran de dominio público. Una carta ordinaria demoraba tres meses de Lima a Caracas, pero los chismes de sus aventuras parecían volar con el pensamiento. El escándalo lo perseguía como otra sombra y sus amantes quedaban señaladas para siempre con una cruz de ceniza, pero él cumplía con el deber inútil de mantener los secretos de amor protegidos por un fuero sagrado. Nadie tuvo de él una infidencia sobre una mujer que hubiera sido suya, salvo José Palacios, que era su cómplice de todo. Ni siquiera por complacer una curiosidad tan inocente como la del doctor Gastelbondo, y referida a Manuela Sáenz, cuya intimidad era tan pública que ya tenía muy poco que cuidar.
Salvo por ese incidente instantáneo, el doctor Gastelbondo fue para él una aparición providencial. Lo reanimó con sus locuras sabias, compartía con él los animalitos de almíbar, los alfajores de leche, los diabolines de almidón de yuca que llevaba en los bolsillos, y que él aceptaba por gentileza y se comía por distracción. Un día se quejó de que esas golosinas de salón sólo servían para entretener el hambre pero no para recobrar el peso, que era lo que él quería. «No se preocupe, Excelencia», le replicó el médico. «Todo lo que entra por la
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boca engorda y todo lo que sale de ella envilece». El argumento le pareció tan divertido al general, que aceptó tomarse con el médico una copa de vino generoso y una taza de sagú.
Sin embargo, el humor que el médico le mejoraba con tanto esmero, se lo descomponían las malas noticias. Alguien le contó que el dueño de la casa donde vivía en Cartagena había quemado por temor al contagio el catre en que él dormía, junto con el colchón y las sábanas, y todo cuanto había pasado por sus manos durante la estancia. El ordenó a donjuán de Dios Amador que del dinero que le había dejado pagara las cosas destruidas como si fueran nuevas, además del alquiler de la casa. Pero ni aun así logró aplacar la amargura.
Peor aún se sintió unos días después, cuando supo que don Joaquín Mosquera había pasado por ahí de tránsito para los Estados Unidos y no se había dignado visitarlo. Preguntando a unos y a otros sin disimular su ansiedad, se enteró de que en efecto había permanecido en la costa más de una semana mientras esperaba el barco, que ha­bía visto a muchos amigos comunes y también a algunos enemigos suyos, y que a todos les había expresado su disgusto por lo que él calificaba como las ingratitudes del general. En el momento de zarpar, ya en la chalupa que lo conducía a bordo, había resumido su idea fija para quienes fueron a despedirlo.
«Recuérdenlo bien», les dijo. «Ese tipo no quiere a nadie».
José Palacios sabía cuan sensible era el general a semejante reproche. Nada le dolía tanto, ni lo ofuscaba tanto como que alguien pusiera en duda sus afectos, y era capaz de apartar océanos y derribar montañas con su terrible poder de seducción, hasta convencerlo de su error. En la plenitud de la gloria, Delfina Guardiola, la bella de Angostura, le había cerrado en las narices las puertas de su casa, enfurecida por sus veleidades. «Usted es un hombre eminente, general, más que ninguno», le dijo. «Pero el amor le queda grande». Él se metió por la ventana de la cocina y permaneció con ella durante tres días, y no sólo estuvo a punto de perder una batalla, sino también el pellejo, hasta lograr que Delfina confiara en su corazón.
Mosquera estaba entonces fuera de su alcance, pero comentó su rencor con todo el que pudo. Se preguntó hasta la saciedad con qué derecho podía hablar de amor un hombre que había permitido que le comunicaran a él en una nota oficial la resolución venezolana de su repudio y su destierro. «Y que dé gracias que no le contesté para dejarlo a salvo de una condena histórica», gritó. Recordó todo cuanto había hecho por él, cuánto lo había ayudado a ser lo que era, cuánto había tenido que soportar las necedades de su narcisismo rural. Por último escribió a un amigo común una carta extensa y desesperada, para estar seguro de que las voces de su angustia alcanzarían a Mos­quera en cualquier parte del mundo.
En cambio, las noticias que no llegaban lo envolvían como una niebla invisible. Urdaneta seguía sin contestar sus cartas. Briceño
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Méndez, su hombre en Venezuela, le había mandado una junto con unas frutas de Jamaica, de las que tanto apetecía, pero el mensajero se había ahogado. Justo Briceño, su hombre en la frontera oriental, lo desesperaba con su lentitud. El silencio de Urdaneta había echado una sombra sobre el país. La muerte de Fernández Madrid, su corresponsal en Londres, había echado una sombra sobre el mundo.
Lo que no sabía el general era que mientras él permanecía sin noticias de Urdaneta, éste mantenía correspondencia activa con oficiales de su séquito, tratando de que le arrancaran una respuesta inequívoca. A O'Leary le escribió: «Necesito saber de una vez por todas si el general acepta o no acepta la presidencia, o si toda la vida hemos de correr tras un fantasma que no se puede alcanzar». No sólo O'Leary sino otros de su entorno intentaban charlas casuales para darle a Urdaneta alguna respuesta, pero las evasivas del general eran infranqueables.
Cuando por fin se recibieron noticias ciertas de Riohacha, eran más graves que los malos presagios. El general Manuel Valdés, como estaba previsto, se tomó la ciudad sin resistencia el 20 de octubre, pero Garujo le aniquiló dos compañías de exploración la semana siguiente. Valdés presentó ante Montilla una renuncia que pretendía ser honorable, y que al general le pareció indigna. «Ese canalla está muerto de miedo», dijo. Faltaban sólo quince días para intentar la toma de Maracaibo, de acuerdo con el plan inicial, pero el simple dominio de Riohacha era ya un sueño imposible.
«¡Carajos!», gritó el general. «La flor y nata de mis generales no ha podido desbaratar una revuelta de cuartel».
Sin embargo, la noticia que más lo afectó fue que las poblaciones huían al paso de las tropas del gobierno, porque las identificaban con él, a quien tenían por asesino del almirante Padilla, que era un ídolo en Riohacha, su tierra natal. Además, el desastre parecía concertado con los del resto del país. La anarquía y el caos se ensañaban por todas partes, y el gobierno de Urdaneta era incapaz de someterlos.
El doctor Gastelbondo se sorprendió una vez más del poder vivificador de la cólera, el día en que encontró al general lanzando improperios bíblicos ante un emisario especial que acababa de darle las últimas noticias de Santa Fe. «Esta mierda de gobierno, en vez de comprometer a los pueblos y a los hombres de importancia, los mantiene paralizados», gritaba. «Volverá a caer y no se levantará por tercera vez, porque los hombres que lo componen y las masas que lo sostienen serán exterminados».
Fueron inútiles los esfuerzos del médico para calmarlo, pues cuando terminó de fustigar al gobierno repasó a voz en cuello la lista negra de sus estados mayores. Del coronel Joaquín Barriga, héroe de tres batallas grandes, dijo que podía ser todo lo malo que quisiera: «hasta asesino». Del general Pedro Margueytío, sospechoso de estar en la
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conspiración para matar a Sucre, dijo que era un pobre hombre para el mando de tropas. Al general González, el más adicto que tenía en el Cauca, lo cercenó de un tajo brutal: «Sus enfermedades son flaquezas y flatos». Se derrumbó acezante en el mecedor para darle a su corazón la pausa que le hacía falta desde hacía veinte años. Entonces vio al doctor Gastelbondo paralizado por la sorpresa en el marco de la puerta, y levantó la voz.
«Al fin y al cabo», dijo, «¿qué puede esperarse de un hombre que se jugó dos casas a los dados?»
El doctor Gastelbondo se quedó perplejo.
«¿De quién estamos hablando?», preguntó.
«De Urdaneta», dijo el general. «Las perdió en Maracaibo con un comandante de la marina, pero en los documentos se hizo aparecer como si las hubiera vendido».
Tomó el aire que le faltaba. «Claro que todos son unos santos varones al lado del truchimán de Santander», prosiguió. «Sus amigos se robaban el dinero de los empréstitos ingleses comprando papeles del estado por la décima parte de su valor real, y el propio estado se los aceptaba después al ciento por ciento». Aclaró que en todo caso él no se había opuesto a los empréstitos por el riesgo de la corrupción, sino porque previo a tiempo que amenazaban la independencia que tanta sangre había costado.
«Aborrezco a las deudas más que a los españoles», dijo. «Por eso le advertí a Santander que lo bueno que hiciéramos por la nación no serviría de nada si aceptábamos la deuda, porque seguiríamos pagando réditos por los siglos de los siglos. Ahora lo vemos claro: la deuda terminará derrotándonos».
Al principio del gobierno actual no sólo había estado de acuerdo con la decisión de Urdaneta de respetar la vida de los vencidos, sino que lo celebró como una nueva ética de la guerra: «No sea que nuestros enemigos de ahora nos hagan a nosotros lo que nosotros les hicimos a los españoles». Es decir, la guerra a muerte. Pero en sus noches tenebrosas de la villa de Soledad le recordó a Urdaneta en una carta terrible que todas las guerras civiles las había vencido siempre el más feroz.
«Créamelo, mi doctor», le dijo al médico. «Nuestra autoridad y nuestras vidas no se pueden conservar sino a costa de la sangre de nuestros contrarios».
De pronto, la cólera pasó sin dejar rastros, de un modo tan intempestivo como había empezado, y el general emprendió la absolución histórica de los oficiales que acababa de insultar. «En todo caso, el equivocado soy yo», dijo. «Ellos sólo querían hacer la independencia, que era algo inmediato y concreto, y ¡vaya si lo han hecho bien!» Le tendió al médico la mano en los puros huesos para que lo ayudara a levantarse, y concluyó con un suspiro:
«En cambio yo me he perdido en un sueño buscando algo que no
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existe».
En esos días decidió la situación de Iturbide. A fines de octubre, éste había recibido una carta de su madre, siempre desde Georgetown, en la cual le contaba que el progreso de las fuerzas liberales en México alejaba de la familia, cada vez más, toda esperanza de repatriación. La incertidumbre, sumada a la que llevaba dentro desde la cuna, se le volvió insoportable. Por suerte, una tarde en que se paseaba por el corredor de la casa apoyado en su brazo, el general hizo una evocación inesperada.
«De México tengo sólo un recuerdo malo», dijo: «En Veracruz, los mastines del capitán del puerto me descuartizaron dos cachorros que llevaba para España».
De todos modos, dijo, aquella fue su primera experiencia del mundo, y lo había marcado para siempre. Veracruz estaba prevista como una breve escala de su primer viaje a Europa, en febrero de 1799, pero se prolongó casi dos meses por un bloqueo inglés a La Habana, que era la escala siguiente. La demora le dio tiempo de ir en coche hasta la ciudad de México, trepando casi tres mil metros por entre volcanes nevados y desiertos alucinantes que no tenían nada que ver con los amaneceres pastorales del valle de Aragua, donde había vivido hasta entonces. «Pensé que así debía ser la luna», dijo. En la ciudad de México lo sorprendió la pureza del aire y lo deslumbraron los mercados públicos, su profusión y su limpieza, en los cuales vendían para comer gusanos colorados de maguey, armadillos, lombrices de río, huevos de mosco, saltamontes, larvas de hormigas negras, gatos de monte, cucarachas de agua con miel, avispas de maíz, iguanas cultivadas, víboras de cascabel, pájaros de toda clase, perros enanos y una especie de frijoles que saltaban sin cesar con vida propia. «Se comen todo lo que camina», dijo. Lo sorprendieron las aguas diáfanas de los numerosos canales que atravesaban la ciudad, las barcas pintadas de colores dominicales, el esplendor y la abundancia de las flores. Pero lo deprimieron los días cortos de febrero, los indios taciturnos, la llovizna eterna, todo lo que más tarde habría de oprimirle el corazón en Santa Fe. en Lima, en La Paz, a todo lo largo y lo alto de los Andes, y que entonces padecía por primera vez. El obispo, a quien fue recomendado, lo llevó de la mano a una audiencia con el virrey, que le pareció más episcopal que el obispo. Apenas si le prestó atención al morenito escuálido, vestido de petimetre, que se declaró admirador de la revolución francesa. «Pudo haberme costado la vida», dijo el general, divertido. «Pero tal vez pensé que a un virrey había que hablarle algo de política, y eso era lo único que sabía a los dieciséis años». Antes de proseguir el viaje le escribió una carta a su tío don Pedro Palacio y Sojo, la primera suya que había de conservarse. «Mi letra era tan mala que yo mismo no la entendía», dijo muerto de risa. «Pero le expliqué a mi tío que me salía así por el cansancio del viaje». En una foja y media tenía cuarenta faltas de ortografía, y dos
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de ellas en una sola palabra: "yjo".
Iturbide no pudo hacer ningún comentario, pues su memoria no le daba para más. Todo lo que le quedaba de México era un recuerdo de desgracias que le habían agravado la melancolía congénita, y el general tenía razones para comprenderlo.
«No se quede con Urdaneta», le dijo. «Ni tampoco se vaya con su familia para los Estados Unidos, que son omnipotentes y terribles, y con el cuento de la libertad terminarán por plagarnos a todos de miserias».
La frase acabó de arrojar una duda más en una ciénaga de incertidumbre. Iturbide exclamó:
«¡No me asuste, general!»
«No se asuste usted», dijo el general en un tono tranquilo. «Váyase para México, aunque lo maten o aunque se muera. Y váyase ahora que todavía es joven, porque un día será demasiado tarde, y entonces no se sentirá ni de aquí ni de allá. Se sentirá forastero en todas partes, y eso es peor que estar muerto». Lo miró directo a los ojos, se puso la mano abierta en el pecho, y concluyó:
«Dígamelo a mí».
De modo que Iturbide se fue a principios de diciembre con dos cartas para Urdaneta, en una de las cuales le decía que él, Wilson y Fernando eran la gente de más confianza que tenía en su casa. Estuvo en Santa Fe sin destino fijo hasta abril del año siguiente, cuando Urdaneta fue depuesto por una conspiración santanderista. Su madre consiguió con su persistencia ejemplar que lo nombraran secretario de la legación mexicana en Washington. Vivió el resto de su vida en el olvido del servicio público, y nada se volvió a saber de la familia hasta treinta y dos años después, cuando Maximiliano de Habsburgo, impuesto por las armas de Francia como emperador de México, adoptó a dos varones Iturbide de la tercera generación y los nombró sucesores suyos en su trono quimérico.
En la segunda carta que el general le mandó a Urdaneta con Iturbide, le pedía que destruyera todas las suyas anteriores y futuras, para que no quedaran rastros de sus horas sombrías. Urdaneta no lo complació. Al general Santander le había hecho una súplica similar cinco años antes: «No mande usted a publicar mis cartas, ni vivo ni muerto, porque están escritas con mucha libertad y en mucho desorden». Tampoco lo complació Santander, cuyas cartas, al contrario de las suyas, eran perfectas de forma y de fondo, y se veía a simple vista que las escribía con la conciencia de que su destinatario final era la historia.
Desde la carta de Veracruz hasta la última que dictó seis días antes de su muerte, el general escribió por lo menos diez mil, unas de su puño y letra, otras dictadas a sus amanuenses, otras redactadas por éstos de acuerdo con instrucciones suyas. Se conservaron poco más de tres mil cartas y unos ocho mil documentos firmados por él. A veces
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sacaba de quicio a los amanuenses. O al contrario. En cierta ocasión le pareció mal escrita la carta que acababa de dictar, y en vez de hacer otra agregó él mismo una línea sobre el amanuense: «Como usted se dará cuenta, Martell está hoy más imbécil que nunca». La víspera de dejar Angostura para terminar la liberación del continente, en 1817, puso al día sus asuntos de gobierno con catorce documentos que dictó en una sola jornada. Tal vez de allí surgió la leyenda nunca desmentida de que dictaba a varios amanuenses varias cartas distintas al mismo tiempo.
Octubre se redujo al rumor de la lluvia. El general no volvió a salir de su cuarto, y el doctor Gastelbondo tuvo que apelar a sus recursos más sabios para que le permitiera visitarlo y darle de comer. José Palacios tenía la impresión de que en las siestas pensativas en que yacía en la hamaca sin mecerse, contemplando la lluvia en la plaza desierta, revisaba en la memoria hasta los instantes más ínfimos de su vida pasada.
«Dios de los pobres», suspiró una tarde. «¡Qué será de Manuela!»
«Sólo sabemos que está bien, porque no sabemos nada», dijo José Palacios.
Pues el silencio había caído sobre ella desde que Urda-neta asumió el poder. El general no había vuelto a escribirle, pero instruía a Fernando para que la mantuviera al corriente del viaje. La última carta de ella había llegado a fines de agosto, y tenía tantas noticias confidenciales sobre los preparativos del golpe militar, que entre la redacción fragorosa y los datos enrevesados adrede para despistar al enemigo, no fue fácil desentrañar sus misterios.
Olvidando los buenos consejos del general, Manuela había asumido a fondo y hasta con demasiado júbilo su papel de primera bolivarista de la nación, y libraba sola una guerra de papel contra el gobierno. El presidente Mosquera no se atrevió a proceder contra ella, pero no impidió que lo hicieran sus ministros. Las agresiones de la prensa oficial las contestaba Manuela con diatribas impresas que repartía a caballo en la Calle Real, escoltada por sus esclavas. Perseguía lanza en ristre por las callejuelas empedradas de los suburbios a los que repartían las papeluchas contra el general, y tapaba con letreros más insultan­tes los insultos que amanecían pintados en las paredes.
La guerra oficial terminó por ser contra ella con nombre propio. Pero no se acobardó. Sus confidentes dentro del gobierno le avisaron, un día de fiestas patrias, que en la plaza mayor se estaba armando un castillo de fuegos artificiales con una caricatura del general vestido de rey de burlas. Manuela y sus esclavas pasaron por encima de la guardia, y desbarataron la obra con una carga de caballería. El propio alcalde trató entonces de arrestarla en su cama con un piquete de soldados, pero ella los esperó con un par de pistolas montadas, y sólo la mediación de los amigos de ambas partes impidió un percance mayor.
Lo único que consiguió aplacarla fue la toma del poder por el general


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