EL GENERAL EN SU LABERINTO - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ - 7



Urdaneta. Tenía en él un amigo de verdad, y Urdaneta tuvo en ella su cómplice más entusiasta. Cuando estaba sola en Santa Fe, mientras el general guerreaba en el sur contra los invasores peruanos, Urdaneta era el amigo de confianza que cuidaba de su seguridad y atendía sus necesidades.

125
 Cuando el general hizo su infortunada declaración en el Congreso Admirable, fue Manuela quien logró que le escribiera a Urdaneta: «Yo le ofrezco a usted toda mi amistad antigua y una reconciliación absoluta y de corazón». Urdaneta aceptó la oferta gallarda, y Manuela le devolvió el favor después del golpe militar. Desapareció de la vida pública, y con tanto rigor, que a principios de octubre había corrido el rumor de que se había ido para los Estados Unidos, y nadie lo puso en duda. De manera que jóse Palacios tenía razón: Manuela estaba bien, porque nada se sabía de ella.
En uno de esos escrutinios del pasado, perdido en la lluvia, triste de esperar sin saber qué ni a quién, ni para qué, el general tocó fondo: lloró dormido. Al oír los quejidos mínimos, José Palacios creyó que eran del perro vagabundo recogido en el río. Pero eran de su señor. Se des­concertó, porque en sus largos años de intimidad sólo lo vio llorar una vez, y no había sido de aflicción sino de rabia. Llamó al capitán Ibarra, que velaba en el corredor, y también éste escuchó el rumor de las lágrimas.
«Eso lo ayudará», dijo Ibarra.
«Nos ayudará a todos», dijo José Palacios.
El general durmió hasta más tarde que de costumbre.
No lo despertaron los pájaros en el huerto vecino ni las campanas de
la iglesia, y José Palacios se inclinó varias veces sobre la hamaca
para sentir si respiraba. Cuando abrió los ojos eran más de las
ocho y había empezado el calor.
«Sábado 16 de octubre», dijo José Palacios. «Día de santa Margarita María Alacoque».
El general se levantó de la hamaca y contempló por la ventana la plaza solitaria y polvorienta, la iglesia de muros descascarados, y un pleito de gallinazos por las piltrafas de un perro muerto. La crudeza de los primeros soles anunciaba un día sofocante.
«Vamonos de aquí, volando», dijo el general. «No quiero oír los tiros de la ejecución».
José Palacios se estremeció. Había vivido ese instante en otro lugar y otro tiempo, y el general estaba idéntico a entonces, descalzo en los ladrillos crudos del piso, con los calzoncillos largos y el gorro de dormir en la cabeza rapada. Era un antiguo sueño repetido en la realidad.
«No los oiremos», dijo José Palacios, y agregó con una precisión deliberada: «Ya el general Piar fue fusilado en Angostura, y no hoy a las cinco de la tarde, sino un día como hoy de hace trece años».
El general Manuel Piar, un mulato duro de Curazao, de treinta y cinco años y con tantas glorias como el que más en las milicias
126
patriotas, había puesto a prueba la autoridad del general, cuando el ejército libertador requería como nunca de sus fuerzas unidas para frenar los ímpetus de Morillo.
Piar convocaba a negros, mulatos y zambos, y a todos los desvalidos del país, contra la aristocracia blanca de Caracas encarnada por el general. Su popularidad y su aura mesiánica eran sólo comparables a las de José Antonio Páez, o a las de Boves, el realista, y estaba impresionando en favor suyo a algunos oficiales blancos del ejército libertador. El general había agotado con él sus artes de persuasión. Arrestado por orden suya, Piar fue conducido a Angostura, la capital provisoria, donde el general se había hecho fuerte con sus oficiales cercanos, entre ellos varios de los que habrían de acompañarlo en su viaje final por el río Magdalena. Un consejo de guerra nombrado por él con militares amigos de Piar hizo el juicio su­mario. José María Carreño actuó como vocal. El defensor de oficio no tuvo que mentir para exaltar a Piar como uno de los varones esclarecidos de la lucha contra el poder español. Fue declarado culpable de deserción, insurrección y traición, y condenado a la pena de muerte con pérdida de sus títulos militares. Conociendo sus méritos no se creía posible que la sentencia fuera confirmada por el general, y menos en un momento en que Morillo había recuperado varias provincias y era tan baja la moral de los patriotas que se temía por una desbandada. El general recibió presiones de toda índole, escuchó con amabilidad el parecer de sus amigos más próximos, Briceño Méndez entre ellos, pero su determinación fue inapelable. Revocó la pena de degradación y confirmó la de fusilamiento, agravada con la orden de que éste fuera en espectáculo público. Fue la noche interminable en que todo lo malo pudo ocurrir. El 16 de octubre, a las cinco de la tarde, la sentencia se cumplió bajo el sol desalmado de la plaza mayor de Angostura, la ciudad que el mismo Piar había arrebatado seis meses antes a los españoles. El jefe del pelotón había hecho recoger las sobras de un perro muerto que se estaban comiendo los gallinazos, y cerró las entradas para impedir que los animales sueltos pudieran perturbar la dignidad de la ejecución. Le negó a Piar el último honor de dar la orden de fuego al pelotón, y le vendó los ojos a la fuerza, pero no pudo impedir que se despidiera del mundo con un beso al crucifijo y un adiós a la bandera.
El general se había negado a presenciar la ejecución. El único que estaba con él en su casa era José Palacios, y éste lo vio luchando por reprimir las lágrimas cuando oyó la descarga. En la proclama con que informó a las tropas, dijo: «Ayer ha sido un día de dolor para mi corazón». Por el resto de su vida había de repetir que fue una exi­gencia política que salvó al país, persuadió a los rebeldes y evitó la guerra civil. En todo caso fue el acto de poder más feroz de su vida, pero también el más oportuno, con el cual consolidó de inmediato su autoridad, unificó el mando y despejó el camino de su gloria.
127
Trece años después, en la villa de Soledad, ni siquiera pareció darse cuenta de que había sido víctima de un desvarío del tiempo. Siguió contemplando la plaza hasta que la atravesó una anciana en harapos con un burro cargado de cocos para vender el agua, y su sombra espantó a los gallinazos. Entonces volvió a la hamaca con un suspiro de alivio, y sin que nadie se lo preguntara dio la respuesta que José Palacios había querido conocer desde la noche trágica de Angostura.
«Volvería a hacerlo», dijo.
El peligro mayor era caminar, no por el riesgo de una caída, sino porque se veía demasiado el trabajo que le costaba. En cambio, para subir y bajar las escaleras de la casa era comprensible que alguien lo ayudara, aun si fuera capaz de hacerlo solo. Sin embargo, cuando en realidad le hizo falta un brazo de apoyo no permitió que se lo dieran.
«Gracias», decía, «pero todavía puedo».
Un día no pudo. Se disponía a bajar solo las escaleras cuando se le desvaneció el mundo. «Me caí de mis propios pies, sin saber cómo y medio muerto», contó a un amigo. Fue peor: no se mató de milagro, porque el vahído lo fulminó al borde mismo de las escaleras, y no siguió rodando por la liviandad del cuerpo.
El doctor Gastelbondo lo llevó de urgencia a la antigua Barranca de San Nicolás en el coche de don Bartolomé Molinares, que lo había albergado en su casa en un viaje anterior, y le tenía preparada la misma alcoba grande y bien ventilada sobre la Calle Ancha. En el camino empezó a supurarle del lagrimal izquierdo una materia espesa que no le daba sosiego. Viajó ajeno a todo, y a veces parecía que estuviera rezando, cuando en realidad murmuraba estrofas completas de sus poemas predilectos. El médico le limpiaba el ojo con su pañuelo, sorprendido de que no lo hiciera él mismo, siendo tan celoso de su pulcritud personal. Se despabiló apenas a la entrada de la ciudad, cuando una partida de vacas desbocadas estuvieron a punto de atropellar el coche, y terminaron por volcar la berlina del párroco. Este dio una voltereta en el aire y enseguida se levantó de un salto, blanco de arena hasta los cabellos, y con la frente y las manos ensangrentadas. Cuando se repuso de la conmoción, los granaderos tuvieron que abrirse paso a través de los transeúntes ociosos y los niños desnudos que sólo querían gozar del accidente, sin la menor idea de quién era el pasajero que parecía un muerto sentado en la penumbra del coche.
El médico presentó al sacerdote como uno de los pocos que habían sido partidarios del general en los tiempos en que los obispos tronaban contra él en el pulpito y fue excomulgado por masón concupiscente. El general no pareció enterarse de lo que pasaba, y sólo tomó conciencia del mundo cuando vio la sangre en la sotana del párroco, y éste le pidió que interpusiera su autoridad para que las va­cas no anduvieran sueltas en una ciudad donde ya no era posible
128
caminar sin riesgos con tantos coches en la vía pública.
«No se amargue la vida Su Reverencia», le dijo él, sin mirarlo. «Todo el país está igual».
El sol de las once estaba inmóvil en los arenales de las calles, anchas y desoladas, y la ciudad entera reverberaba de calor. El general se alegró de no estar ahí más del tiempo necesario para reponerse de la caída, y para salir a navegar en un día de mala mar, porque el manual francés decía que el mareo era bueno para remover los humores de la bilis y limpiar el estómago. Del golpe se repuso pron­to, pero en cambio no fue tan fácil poner de acuerdo el barco y el mal tiempo.
Furioso con la desobediencia del cuerpo, el general no tuvo fuerzas para ninguna actividad política o social, y si recibía alguna visita era de viejos amigos personales que pasaban por la ciudad para decirle sus adioses. La casa era amplia y fresca, hasta donde noviembre lo permitía, y sus dueños la convirtieron para él en un hospital de familia. Don Bartolomé Molinares era uno de los tantos arruinados por las guerras, y lo único que éstas le habían dejado era el cargo de administrador de correos, que desempeñaba sin sueldo desde hacía diez años. Era un hombre tan bondadoso que el general lo llamaba papá desde el viaje anterior. Su esposa, rozagante y con una vocación matriarcal indomable, ocupaba sus horas tejiendo encajes de bolillo que vendía bien en los barcos de Europa, pero desde que llegó el general le consagró todo su tiempo. Hasta el punto de que entró en conflicto con Fernanda Barriga porque le echaba aceite de oliva a las lentejas, convencida de que era bueno para los males del pecho, y él se las comía a la fuerza por gratitud.
Lo que más molestó al general en esos días fue la supuración del lagrimal, que lo mantuvo de un humor sombrío, hasta que cedió a los colirios de agua de manzanilla. Entonces se incorporó a las partidas de barajas, consuelo efímero contra el tormento de los zancudos y las tristezas del atardecer. En una de sus escasas crisis de arrepenti­miento, discutiendo entre bromas y veras con los dueños de casa, los sorprendió con la sentencia de que más valía un buen acuerdo que mil pleitos ganados.
«¿También en la política?», preguntó el señor Molinares. «Sobre   todo   en   la   política»,   dijo   el   general.   «El   no   habernos compuesto con Santander nos ha perdido a todos».
«Mientras queden amigos quedan esperanzas», dijo Molinares.
«Todo lo contrario», dijo el general. «No fue la perfidia de mis enemigos sino la diligencia de mis amigos lo que acabó con mi gloria. Fueron ellos los que me embarcaron en el desastre de la Convención de Ocaña, los que me enredaron en la vaina de la monarquía, los que me obligaron primero a buscar la reelección con las mismas razones con que
129
después me hicieron renunciar, y ahora me tienen preso en este país donde ya nada se me ha perdido».
La lluvia se hizo eterna, y la humedad empezaba a abrir grietas en la memoria. El calor era tan intenso, aun de noche, que el general debía cambiarse varias veces la camisa ensopada. «Me siento como cocinado al bañomaría», se quejaba. Una tarde estuvo más de tres horas sentado en el balcón, viendo pasar por la calle los escombros de los barrios pobres, los útiles domésticos, los cadáveres de animales arrastrados por el torrente de un aguacero sísmico que pretendía arrancar las casas de raíz.
El comandante Juan Glen, prefecto de la ciudad, apareció en medio de la tormenta con la noticia de que había arrestado a una mujer del servicio del señor Visbal, porque estaba vendiendo como reliquias sagradas los cabellos que el general se había cortado en Soledad. Una vez más lo deprimió el desconsuelo de que todo lo suyo se convirtiera en mercancía de ocasión.
«Ya me tratan como si me hubiera muerto», dijo.
La señora Molinares había arrimado el mecedor a la mesa de juego para no perder palabra.
«Lo tratan como lo que es», dijo: «un santo».
«Bueno», dijo él, «si es así, que suelten a esa pobre inocente».
No volvió a leer. Si tenía que escribir cartas se contentaba con instruir a Fernando, y no revisaba ni siquiera las pocas que debía rubricar. Pasaba la mañana contemplando desde el balcón el desierto de arena de las calles, viendo pasar el burro del agua, la negra descarada y feliz que vendía mojarras achicharradas por el sol, los niños de las escuelas a las once en punto, el párroco con la sotana de trapo llena de remiendos que lo bendecía desde el atrio de la iglesia y se fundía en el calor. A la una de la tarde, mientras los otros hacían la siesta, se iba por la orilla de los caños podridos espantando con la sola sombra las bandadas de gallinazos del mercado, saludando aquí y allá a los pocos que lo reconocían medio muerto y de civil, y llegaba hasta el cuartel de los granaderos, un galpón de bahareque frente al puerto fluvial. Le preocupaba la moral de la tropa, carcomida por el tedio, y esto le parecía demasiado evidente en el desorden de los cuarteles, cuya pestilencia había llegado a ser insoportable. Pero un sargento que parecía en estado de estupor por el bochorno de la hora, lo apabulló con la verdad.
«Lo que nos tiene jodidos no es la moral, Excelencia», le dijo. «Es la gonorrea».
Sólo entonces lo supo. Los médicos locales, habiendo agotado su ciencia con lavativas de permanganato y paliativos de azúcar de leche, remitieron el problema a los mandos militares, y éstos no habían logrado ponerse de acuerdo sobre lo que debían hacer. Toda la ciudad estaba ya al corriente del riesgo que la amenazaba, y el glorioso ejército de la república era visto como el emisario de la peste.
130
El general, menos alarmado de lo que se temía, lo resolvió de un trazo con la cuarentena absoluta.
Cuando la falta de noticias buenas o malas empezaba a ser desesperante, un propio de a caballo le llevó de Santa Marta un recado obscuro del general Montilla: «El hombre es ya nuestro y los trámites van por buen camino». Al general le había parecido tan extraño el mensaje, y tan irregular el modo, que lo entendió como un asunto de estado mayor de la más grande importancia. Y tal vez relacionado con la campaña de Riohacha, a la cual le atribuía una prioridad histórica que nadie quería entender.
Era normal en esa época que se enrevesaran los recados y que los partes militares fueran embrollados a propósito por razones de seguridad, desde que la desidia de los gobiernos acabó con los sistemas de mensajes cifrados que fueron tan útiles durante las primeras conspiraciones contra España. La idea de que los militares lo engañaban era una preocupación antigua, que Montilla compartía, y esto complicó más el enigma del recado y agravó la ansiedad del general. Entonces mandó a jóse Palacios a Santa Marta, con la argucia de que consiguiera frutas y legumbres frescas y unas pocas botellas de jerez seco y cerveza blanca, que no se encontraban en el mercado local. Pero el propósito real era que le descifrara el misterio. Fue muy simple: Montilla quería decir que el marido de Miranda Lyndsay había sido trasladado de la cárcel de Honda a la de Cartagena, y el indulto era cuestión de días. El general se sintió tan defraudado con la facilidad del enigma, que ni siquiera se alegró del bien que le había hecho a su salvadora de Jamaica.
El obispo de Santa Marta le hizo saber a principios de noviembre, en un billete de su puño y letra, que era él con su mediación apostólica quien había acabado de apaciguar los ánimos en la vecina población de La Ciénaga, donde la semana pasada se había intentado una revuelta civil en apoyo de Riohacha. El general se lo agradeció también de su propia mano, y le pidió a Montilla que hiciera lo propio, pero no le gustó la forma en que el obispo se había apresurado a cobrarle la deuda.
Las relaciones entre él y monseñor Estévez no fueron nunca las más fluidas. Bajo su manso cayado de buen pastor, el obispo era un político apasionado, pero de pocas luces, opuesto a la república en el fondo de su corazón, y opuesto a la integración del continente y a todo lo que tuviera que ver con el pensamiento político del general. En el Congreso Admirable, del cual fue vicepresidente, había entendido bien su misión real de entorpecer el poder de Sucre, y la había ejercido con más malicia que eficacia, tanto en la elección de los dignatarios como en la misión que cumplieron juntos para intentar una solución amigable del conflicto con Venezuela. Los esposos Molinares, que sabían de aquellas discrepancias, no se sorprendieron ni mucho menos en la merienda de las cuatro, cuando el general los recibió con
131
una de sus parábolas proféticas:
«¿Qué será de nuestros hijos en un país donde las revoluciones se acaban por la diligencia de un obispo?»
La señora Molinares le replicó con un reproche afectuoso pero firme:
«Aunque Su Excelencia tuviera razón, no quiero saberlo», dijo. «Somos católicos de los de antes».
El se rehabilitó de inmediato:
«Sin duda mucho más que el señor obispo, pues él no ha puesto paz en La Ciénaga por amor a Dios, sino por mantener unidos a sus feligreses en la guerra contra Cartagena».
«Aquí también estamos contra la tiranía de Cartagena», dijo el señor Molinares.
«Ya lo s6>, dijo él. «Cada colombiano es un país enemigo».
Desde Soledad, el general le había pedido a Montilla que le enviara un barco ligero al vecino puerto de Sabanilla, para su proyecto de expulsar la bilis mediante el mareo. Montilla se había demorado en complacerlo porque don Joaquín de Mier, un español republicano que era socio del comodoro Elbers, le había prometido uno de los buques de vapor que prestaban servicios ocasionales en el río Magdalena. Como esto no fue posible, Montilla mandó a mediados de noviembre un mercante inglés que llegó sin previo aviso a Santa Marta. Tan pronto como lo supo, el general dio a entender que aprovecharía la ocasión para abandonar el país. «Estoy resuelto a irme a cualquier parte por no morirme aquí», dijo. Luego lo estremeció el presagio de que Camille lo esperaba escrutando el horizonte en un balcón de flores frente al mar, y suspiró:
«En Jamaica me quieren».
Instruyó a jóse Palacios para que empezara a hacer el equipaje, y esa noche estuvo hasta muy tarde tratando de encontrar unos papeles que quería llevarse a toda costa. Quedó tan cansado que durmió durante tres horas. Al amanecer, ya con los ojos abiertos, sólo tomó conciencia de dónde estaba cuando José Palacios cantó el santoral.
«Soñé que estaba en Santa Marta», dijo él. «Era una ciudad muy limpia, de casas blancas e iguales, pero la montaña impedía ver el mar».
«Entonces no era Santa Marta», dijo José Palacios. «Era Caracas».
Pues el sueño del general le había revelado que no se irían para Jamaica. Fernando estaba en el puerto desde temprano arreglando los pormenores del viaje, y al regreso encontró a su tío dictándole a Wilson una carta en la que le pedía a Urdaneta un pasaporte nuevo para abandonar el país, pues el
132
del   gobierno   depuesto   carecía   de   valor.   Esa   fue   la   única explicación que dio para cancelar el viaje.
Sin embargo, todos coincidieron en que la verdadera razón fueron las noticias que recibió esa mañana sobre las operaciones de Riohacha, que no hacían sino empeorar las anteriores. La patria se caía a pedazos de un océano al otro, el fantasma de la guerra civil se ensañaba sobre sus ruinas, y nada le molestaba tanto al general como sacarle el cuerpo a la adversidad. «No hay sacrificio que no estemos dispuestos a soportar por salvar a Riohacha», dijo. El doctor Gastelbondo, más preocupado por las preocupaciones del enfermo que por sus enfermedades irredimibles, era el único que sabía hablarle con la verdad sin mortificarlo.
«El mundo acabándose, y usted pendiente de Riohacha», le dijo. «Nunca soñamos con semejante honor». La réplica fue inmediata: «De Riohacha depende la suerte del mundo».
Lo creía de veras, y no lograba disimular la ansiedad de que estaban ya dentro del plazo previsto para tomarse Maracaibo, y sin embargo estaban más lejos que nunca de la victoria. Y a medida que se aproximaba diciembre con sus tardes de topacio, ya no sólo temía que se perdiera Riohacha, y tal vez todo el litoral, sino que Venezuela armara una expedición para arrasar hasta los últimos vestigios de sus ilusiones.
El tiempo había empezado a cambiar desde la semana anterior, y donde antes hubo lluvias de pesadumbre se abrió un cielo diáfano y noches de estrellas. El general permaneció ajeno a las maravillas del mundo, a veces absorto en la hamaca, a veces jugando a las barajas sin preocuparse de su suerte. Poco después, mientras jugaban en la sala, una brisa de rosas de mar les arrebató las barajas de las manos e hizo saltar los cerrojos de las ventanas. La señora Molinares, exaltada por el anuncio prematuro de la estación providencial, exclamó: «¡Es diciembre!» Wilson y José Laurencio Silva se apresuraron a cerrar las ventanas para impedir que la brisa se llevara la casa. El general fue el único que permaneció absorto en su idea fija.
«Diciembre ya, y seguimos en las mismas», dijo. «Con razón se dice que vale más tener malos sargentos que generales inútiles».
Siguió jugando, y en mitad de la partida puso sus cartas a un lado y le dijo a jóse Laurencio Silva que preparara todo para viajar. El coronel Wilson, que el día anterior había desembarcado su equipaje por segunda vez, se quedó perplejo.
133
«El barco se fue», dijo.
El general lo sabía. «Ese no era el bueno», dijo. «Hay que irse para Riohacha, a ver si logramos que nuestros generales ilustres se decidan por fin a ganar». Antes de abandonar la mesa se sintió obligado a justificarse con los dueños de casa.
«Ya no es ni siquiera una necesidad de la guerra», les dijo, «sino un asunto de honor».
Fue así como a las ocho de la mañana del primero de diciembre se embarcó en el bergantín Manuel, que el señor Joaquín de Mier puso a su disposición para lo que él quisiera: dar una vuelta para expulsar la bilis, temperar en su ingenio de San Pedro Alejandrino para reponerse de sus muchos males y sus penas sin cuento, o seguir de largo para Riohacha a intentar otra vez la redención de las Américas. El general Mariano Montilla, que llegó en el bergantín con el general José María Carreño, consiguió también que el Manuel fuera escoltado por la fragata Grampus, de los Estados Unidos, que además de estar bien artillada tenía a bordo un buen cirujano: el doctor Night. Sin embargo, cuando Montilla vio el estado de lástima en que se encontraba el general, no quiso guiarse por el criterio único del doctor Night, y consultó también a su médico local.
«No creo siquiera que soporte la travesía», dijo el doctor Gastelbondo. «Pero que se vaya: cualquier cosa es mejor que vivir así».
Los caños de la Ciénaga Grande eran lentos y calurosos, y emanaban vapores mortíferos, así que se fueron por la mar abierta aprovechando los primeros alisios del norte, que aquel año fueron anticipados y benignos. El bergantín de velas cuadradas, bien conservado y con un camarote listo para él, era limpio y cómodo, y tenía un modo alegre de navegar.
El general se embarcó de buen ánimo, y quiso permanecer en cubierta para ver el estuario del río Grande de la Magdalena, cuyo limo le daba a las aguas un color de ceniza hasta muchas leguas mar adentro. Se había puesto un viejo pantalón de pana, el gorro andino y una chaqueta de la armada inglesa que le regaló el capitán de la fra­gata, y su aspecto mejoraba a pleno sol con la brisa bandolera. En honor suyo, los tripulantes de la fragata cazaron un tiburón gigante, en cuyo vientre encontraron, entre otras varias cosas de quincallería, unas espuelas de caballero. El lo gozaba todo con un júbilo de turista, hasta que lo venció la fatiga y se sumergió en su alma. Entonces le hizo a jóse Palacios una señal de que se acercara, y le confió al oído:
«A esta hora, papá Molinares debe estar quemando el colchón y enterrando las cucharas».
Hacia el mediodía pasaron frente a la Ciénaga Grande, una vasta extensión de aguas turbias donde todos los pájaros del cielo se disputaban un cardumen de mojarras doradas. En la
134
ardiente llanura de salitre entre la ciénaga y el mar, donde la luz era más transparente y el aire más puro, estaban las aldeas de los pescadores con sus artes tendidas a secar en los patios, y más allá la misteriosa población de La Ciénaga, cuyos fantasmas diurnos habían hecho dudar de su ciencia a los discípulos de Humboldt. Al otro lado de la Ciénaga Grande se alzaba la corona de hielos eternos de la Sierra Nevada.
El bergantín gozoso, casi volando a flor de agua en el silencio de las velas, era tan ligero y estable que no le había causado al general la apetecida descomposición del cuerpo para expulsar la bilis. Sin embargo, más adelante pasaron por un contrafuerte de la sierra que se adelantaba hasta el mar, y las aguas se volvieron ásperas y se encrispó la brisa. El general observó aquellos cambios con creciente esperanza, pues el mundo empezó a girar con los pájaros carniceros que volaban en círculos sobre su cabeza, y un sudor helado le empapó la camisa y sus ojos se llenaron de lágrimas. Montilla y Wilson tuvieron que sostenerlo, pues era tan liviano que un golpe de mar podía sacarlo por la borda. Al atardecer, cuando entraron en el remanso de la bahía de Santa Marta, ya no le quedaba nada que expulsar en el cuerpo estragado, y estaba exhausto en la litera del capitán, moribundo, pero con la embriaguez de los sueños cumplidos. El general Montilla se asustó tanto de su estado, que antes de proceder al desembarco lo hizo ver de nuevo por el doctor Night, y éste determinó que lo llevaran a tierra en una silla de brazos.
Aparte del desinterés propio de los samarios por todo lo que tuviera algún viso oficial, otros motivos explicaban que hubiera tan poca gente esperando en el embarcadero. Santa Marta había sido una de las ciudades más difíciles de seducir para la causa de la república. Aun después de sellada la independencia con la batalla de Boyacá, el virrey Sámano se refugió allí para esperar refuerzos de España. El general mismo había tratado de liberarla varias veces, y sólo Montilla lo consiguió cuando ya la república estaba implantada. Al rencor de los realistas se sumaba el ánimo de todos contra Cartagena, como favorita del poder central, y el general lo fomentaba sin saberlo con su pasión por los cartageneros. El motivo más fuerte, sin embargo, aun entre muchos adictos suyos, fue la ejecución sumaria del almirante José Prudencio Padilla, que para colmo de peras en el olmo era tan mulato como el general Piar. La virulencia había aumentado con la toma del poder por Urdaneta, presidente del consejo de guerra que emitió la sentencia de muerte. De modo que las campanas de la catedral no repicaron como estaba previsto, y nadie supo explicar por qué, y los cañonazos de saludo no fueron disparados en la fortaleza del Morro porque la pólvora amaneció mojada en el arsenal. Los soldados habían trabajado hasta poco antes para que el general no viera el letrero escrito con carbón en el costado de la catedral: "Viva
135
José Prudencio". Las notificaciones oficiales de su llegada apenas si conmovieron a los pocos que esperaban en el puerto. La ausencia más notable fue la del obispo Estévez, el primero y más insigne de los notificados principales.
Don Joaquín de Mier había de recordar hasta el fin de sus muchos años la criatura de pavor que desembarcaron en andas en el sopor de la prima noche, envuelto en una manta de lana, con un gorro encima del otro hundidos hasta las cejas, y apenas con un soplo de vida. Sin embargo, lo que más recordó fue su mano ardiente, su aliento arduo, la prestancia sobrenatural con que abandonó las andas para saludarlos a todos, uno por uno, con sus títulos y sus nombres completos, sosteniéndose de pie a duras penas con la ayuda de sus edecanes. Luego se dejó subir en vilo a la berlina y se derrumbó en el asiento, con la cabeza sin fuerzas apoyada en el espaldar, pero con los ojos ávidos pendientes de la vida que pasaba para él a través de la ventana por una sola vez y hasta más nunca.
La fila de coches sólo tuvo que atravesar la avenida hasta la casa de la aduana vieja, que le estaba reservada. Iban a dar las ocho, y era miércoles, pero había un aire de sábado en el paseo de la bahía por las primeras brisas de diciembre. Las calles eran amplias y sucias, y las casas de mampostería con balcones corridos estaban mejor conser­vadas que las del resto del país. Familias completas habían sacado los muebles para sentarse en las aceras, y algunas atendían a sus visitas hasta en el medio de la calle. Las nubes de luciérnagas entre los árboles iluminaban la avenida del mar con un resplandor fosforescente más intenso que el de los faroles.
La casa de la aduana vieja era la más antigua construida en el país, doscientos noventa y nueve años antes, y estaba recién restaurada. Al general le prepararon el dormitorio del segundo piso, con vista a la bahía, pero él prefirió quedarse la mayor parte del tiempo en la sala principal donde estaban las únicas argollas para colgar la hamaca. Allí estaba también el basto mesón de caoba labrada, sobre el cual, dieciséis días después, sería expuesto en cámara ardiente su cuerpo embalsamado, con la casaca azul de su rango sin los ocho botones de oro puro que alguien iba a arrancarle en la confusión de la muerte.
Sólo él no parecía creer que estuviera tan cerca de ese destino. En cambio, el doctor Alexandre Prosper Révérend, el médico francés que el general Montilla llamó de urgencia a las nueve de la noche, no tuvo necesidad de tomarle el pulso para darse cuenta de que había empezado a morir desde hacía años. Por la languidez del cuello, la contracción del pecho y la amarillez del rostro pensó que la causa mayor eran los pulmones dañados, y sus observaciones de los días siguientes iban a confirmarlo. En el interrogatorio preliminar que le hizo a solas, medio en español, medio en francés, comprobó que el enfermo tenía un ingenio magistral para tergiversar los síntomas y pervertir el dolor, y que el poco aliento se le iba en el esfuerzo de no
136
toser ni expectorar durante la consulta. El diagnóstico de primera vista le fue confirmado por el examen clínico. Pero desde su boletín médico de aquella noche, el primero de los treinta y tres que había de publicar en los quince días siguientes, atribuyó tanta importancia a las calamidades del cuerpo como al tormento moral.
El doctor Révérend tenía treinta y cuatro años, y era seguro de sí, culto y de buen vestir. Había llegado seis años antes, desencantado por la restauración de los borbones en el trono de Francia, y hablaba y escribía un castellano correcto y fluido, pero el general aprovechó la primera ocasión para darle una prueba de su buen francés. El doctor lo agarró al vuelo.
«Su Excelencia tiene acento de París», le dijo.
«De la rué Vivienne», dijo él, animándose. «¿Cómo lo sabe?»
«Me precio de adivinar hasta la esquina de París donde se ha criado una persona, sólo por su acento», dijo el médico. «Aunque nací y viví hasta muy grande en un pueblecito de Normandía».
«Buenos quesos pero mal vino», dijo el general.
«Quizás sea el secreto de nuestra buena salud», dijo el médico.
Se ganó su confianza pulsando sin dolor el lado pueril de su corazón. Se la ganó más aún, pues en vez de recetarle nuevas medicinas le dio de su mano una cucharada del jarabe que le había preparado el doctor Gastelbondo para aliviarle la tos, y una pastilla calmante que se tomó sin resistencia por los deseos que tenía de dormir. Siguieron conversando un poco de todo hasta que el somnífero hizo su efecto, y el médico salió en puntillas de la habita­ción. El general Montilla lo acompañó hasta su casa con otros oficiales, y se alarmó cuando el doctor le dijo que pensaba dormir vestido por si lo requerían de urgencia a cualquier hora.
Révérend y Night no se pusieron de acuerdo en las varias reuniones que tuvieron durante la semana. Révérend estaba convencido de que el general padecía de una lesión pulmonar cuyo origen era un catarro mal cuidado. Por el color de la piel y por las fiebres vespertinas, el doctor Night estaba convencido de que era un paludismo crónico. Coin­cidían, sin embargo, en la gravedad de su estado. Solicitaron a otros médicos para zanjar el desacuerdo, pero los tres de Santa Marta, y otros de la provincia, se negaron a acudir sin explicaciones. De modo que los doctores Révérend y Night acordaron un tratamiento de compromiso a base de bálsamos pectorales para el catarro y papeletas de quinina para la malaria.
El estado del enfermo se había deteriorado aún más en el fin de semana por un vaso de leche de burra que se bebió de su cuenta y riesgo a escondidas de los médicos. Su madre la bebía tibia con miel de abejas, y se la hacía beber a él siendo muy niño para endulzarle la tos. Pero aquel sabor balsámico, asociado de un modo tan íntimo a sus recuerdos más antiguos, le revolvió la bilis y le descompuso el cuerpo, y su postración fue tal que el doctor Night anticipó su viaje
137
para mandarle un especialista desde Jamaica. Mandó dos con toda clase de recursos, y con una rapidez increíble para su tiempo, pero demasiado tarde.
Con todo, el estado de ánimo del general no se correspondía con su postración, pues actuaba como si los males que lo estaban matando no fueran más que molestias banales. Pasaba la noche despierto en la hamaca contemplando las vueltas del faro en la fortaleza del Morro, soportando los dolores para no delatarse con sus quejidos, sin apartar la vista del esplendor de la bahía que él mismo había considerado como la más bella del mundo.
«Me duelen los ojos de tanto mirarla», decía.
Durante el día, se esforzaba por demostrar su diligencia de otras épocas, y llamaba a Ibarra, a Wilson, a Fernando, a quien estuviera más cerca, para instruirlo sobre las cartas que ya no tenía paciencia para dictar. Sólo José Palacios tuvo el corazón bastante lúcido para darse cuenta de que aquellas urgencias estaban ya viciadas de postri­merías. Pues eran disposiciones para el destino de sus allegados, y aun de algunos que no estaban en Santa Marta. Olvidó el altercado con su antiguo secretario, el general José Santana, y le consiguió un cargo en el servicio exterior para que disfrutara de su nueva vida de recién casado. Al general José María Carreño, de cuyo buen corazón solía hacer elogios merecidos, lo puso en el camino que había de llevarlo con los años a ser presidente encargado de Venezuela. Pidió a Urdaneta cartas de servicio para Andrés Ibarra y José Laurencio Silva, de modo que pudieran disponer al menos de un sueldo regular en el futuro. Silva llegó a ser general en jefe y secretario de guerra y marina de su país, y murió a los ochenta y dos años, con la vista nublada por las cataratas que tanto había temido, y viviendo de una cédula de invalidez que obtuvo al cabo de arduas diligencias para probar sus méritos de guerra con sus numerosas cicatrices.
El general trató también de convencer a Pedro Briceño Méndez para que volviera a la Nueva Granada a ocupar el ministerio de la guerra, pero la prisa de la historia no le dio tiempo. A su sobrino Fernando le hizo un legado testamentario para facilitarle un buen camino en la administración pública. Al general Diego Ibarra, que había sido su primer edecán y una de las pocas personas a quienes tuteaba y lo tuteaban en privado y en público, le aconsejó trasladarse a algún lugar donde fuera más útil que en Venezuela. Aun al general Justo Briceño, con quien seguía disgustado por aquellos días, había de solicitarle en su lecho de muerte el último favor de su vida.
Tal vez sus oficiales no imaginaron nunca hasta qué punto aquel reparto unificaba sus destinos. Pues todos ellos iban a compartir para bien o para mal el resto de sus vidas, incluso la ironía histórica de estar juntos otra vez en Venezuela, cinco años más tarde, peleando al lado del comandante Pedro Garujo en una aventura militar en favor de la idea bolivariana de la integración.
138
Ya no eran maniobras políticas sino disposiciones testamentarias en favor de sus huérfanos, y Wilson acabó de confirmarlo por una declaración sorprendente que el general le dictó en una carta a Urdaneta: «Lo de Riohacha está perdido». Esa misma tarde recibió el general una esquela del obispo Estévez, el impredecible, que le pedía interponer sus altos oficios ante el gobierno central para que Santa Marta y Riohacha fueran declaradas departamentos, y de ese modo poner término a la discordia histórica con Cartagena. El general hizo una señal de desaliento a José Laurencio Silva cuando éste acabó de leerle la carta.
«Todas las ideas que se les ocurren a los colombianos son para dividir», le dijo. Más tarde, mientras despachaba con Fernando la correspondencia atrasada, fue todavía más amargo.
«Ni siquiera la contestes», le dijo. «Que esperen a que yo tenga tres cargas de tierra encima para que hagan lo que les dé la gana».
Su ansiedad constante por cambiar de clima lo mantenía al borde de la demencia. Si el tiempo era húmedo quería uno más seco, si era frío lo quería templado, si era serrano lo quería marino. Esto le alimentaba el desasosiego perpetuo de que abrieran la ventana para que entrara el aire, que la volvieran a cerrar, que pusieran la poltrona de espaldas a la luz, otra vez para acá, y sólo parecía lograr alivio meciéndose en la hamaca con las fuerzas exiguas que le quedaban.
Los días de Santa Marta se hicieron tan lúgubres, que cuando el general recobró un poco de sosiego y reiteró la disposición de irse a la casa de campo del señor de Mier, el doctor Révérend fue el primero en alentarlo, consciente de que aquellos eran los síntomas finales de una postración sin regreso. La víspera del viaje escribió a un amigo: «Me moriré cuando más tarde dentro de un par de meses». Fue una revelación para todos, porque muy pocas veces en su vida, y menos en los últimos años, se le había escuchado una mención de la muerte.
La Florida de San Pedro Alejandrino, a una legua de Santa Marta en las estribaciones de la Sierra Nevada, era una plantación de caña de azúcar con un ingenio para hacer panelas. En la berlina del señor de Mier, el general hizo el polvoriento camino que su cuerpo sin él había de hacer diez días después en sentido contrario, envuelto en su vieja manta de los páramos sobre una carreta de bueyes. Mucho antes de ver la casa sintió la brisa saturada de melaza caliente, y sucumbió a las insidias de la soledad.
«Es el olor de San Mateo», suspiró.
El ingenio de San Mateo, a veinticuatro leguas de Caracas, era el centro de sus añoranzas. Allí fue huérfano de padre a los tres años, huérfano de madre a los nueve, y viudo a los veinte. Se había casado en España con una bella muchacha de la aristocracia criolla, parienta suya, y su única ilusión de entonces era ser feliz con ella mientras fo­mentaba su inmensa fortuna como señor de vidas y haciendas en el ingenio  de  San Mateo. Nunca se estableció  a ciencia cierta si la
139
muerte de la esposa a los ocho meses de la boda fue causada por una fiebre maligna o por un accidente doméstico. Para él fue su nacimiento histórico, pues había sido un señorito colonial deslumbrado por los placeres mundanos y sin un mínimo interés por la política, y a partir de entonces se convirtió sin transiciones en el hombre que fue para siempre. Nunca más habló de su esposa muerta, nunca más la recordó, nunca más intentó sustituirla. Casi todas las noches de su vida soñó con la casa de San Mateo, y a menudo soñaba con su padre y su madre y con cada uno de sus hermanos, pero nunca con ella, pues la había sepultado en el fondo de un olvido estanco como un recurso brutal para poder seguir vivo sin ella. Lo único que logró remover su memoria por un instante fue el olor de la melaza de San Pedro Alejandrino, la impavidez de los esclavos en los trapiches que no le dedicaron ni siquiera una mirada de lástima, los árboles inmensos en torno de la casa recién pintada de blanco para recibirlo, el otro ingenio de su vida donde un destino ineludible lo llevaba a morir.
«Se llamaba María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza», dijo de pronto.
El señor de Mier estaba distraído.
«¿Quién es?», preguntó.
«La que fue mi esposa», dijo él, y reaccionó de inmediato: «Pero olvídelo, por favor: fue un percance de mi infancia».
No dijo más.
El dormitorio que le asignaron le causó otro extravío de la memoria, así que lo examinó con una atención meticulosa, como si cada objeto le pareciera una revelación. Además de la cama de marquesina había una cómoda de caoba, una mesa de noche también de caoba con una cubierta de mármol y una poltrona forrada de terciopelo rojo. En la pared junto a la ventana había un reloj octogonal de números romanos parado ^n la una y siete minutos.
«Hemos estado aquí antes», dijo.
Más tarde, cuando José Palacios le dio cuerda al reloj y lo puso en la hora real, el general se acostó en la hamaca tratando de dormir aunque fuera un minuto. Sólo entonces vio la Sierra Nevada por la ventana, nítida y azul, como un cuadro colgado, y la memoria se le perdió en otros cuartos de otras tantas vidas.
«Nunca me había sentido tan cerca de mi casa», dijo.
La primera noche de San Pedro Alejandrino durmió bien, y al día siguiente parecía restablecido de sus dolores, hasta el punto de que hizo un recorrido de los trapiches, admiró la buena casta de los bueyes, probó la miel, y sorprendió a todos con su sabiduría sobre las artes del ingenio. El general Montilla, asombrado de semejante cambio, le pidió a Révérend que le hablara con la verdad, y este le explicó que la mejoría imaginaria del general era frecuente en los moribundos. El final era cosa de días, de horas, quizás. Aturdido por la mala noticia, Montilla dio un puñetazo contra la pared desnuda, y
140
se destrozó la mano. Nunca más, por el resto de su vida, volvería a ser el mismo. Le había mentido muchas veces al general, siempre de buena fe y por razones de política menuda. Desde aquel día le mintió por caridad, e instruyó en ese sentido a quienes tenían acceso a él.
Esa semana llegaron a Santa Marta ocho oficiales de alto rango expulsados de Venezuela por actividades contra el gobierno. Entre ellos se encontraban algunos de los grandes de la gesta libertadora: Nicolás Silva, Trinidad Portocarrero, Julián Infante. Montilla les pidió no sólo que le ocultaran al general moribundo las malas noticias, sino que le mejoraran las buenas, en busca de un alivio para el más grave de sus muchos males. Ellos fueron más lejos, y le hicieron un informe tan alentador de la situación de su país, que lograron encender en sus ojos el fulgor de otros días. El general retomó el tema de Riohacha, cancelado desde hacía una semana, y volvió a hablar de Venezuela como una posibilidad inminente.
«Nunca habíamos tenido una ocasión mejor para empezar otra vez por el camino recto», dijo. Y concluyó con una convicción irrebatible: «El día que yo vuelva a pisar el valle de Aragua, todo el pueblo venezolano se levantará a mi favor».
En una tarde trazó un nuevo plan militar en presencia de los oficiales visitantes, que le prestaron la ayuda de su entusiasmo compasivo. Sin embargo, tuvieron que continuar toda la noche oyéndolo anunciar en tono profetice cómo iban a reconstituir desde sus orígenes y esta vez para siempre el vasto imperio de sus ilusiones. Montilla fue el único que se atrevió a contrariar el estupor de quienes creyeron estar escuchando los desafueros de un loco.
«Cuidado», les dijo, «que lo mismo creyeron en Casa-coima».
Pues nadie había olvidado el 4 de julio de 1817, cuando el general tuvo que pasar la noche sumergido en la laguna de Casacoima, junto con un reducido grupo de oficiales, entre ellos Briceño Méndez, para ponerse a salvo de las tropas españolas que estuvieron a punto de sorprenderlos en descampado. Medio desnudo, tiritando de fiebre, empezó de pronto a anunciar a gritos, paso por paso, todo lo que iba a hacer en el futuro: la toma inmediata de Angostura, el paso de los Andes hasta liberar a la Nueva Granada y más tarde a Venezuela, para fundar Colombia, y por último la conquista de los inmensos territorios del sur hasta el Perú. «Entonces escalaremos el Chimborazo y plantaremos en las cumbres nevadas el tricolor de la América grande, unida y libre por los siglos de los siglos», concluyó. También quienes lo escucharon entonces pensaron que había perdido el juicio, y sin embargo fue una profecía cumplida al pie de la letra, paso por paso, en menos de cinco años.
Por desgracia, la de San Pedro Alejandrino fue sólo una visión de malas vísperas. Los tormentos aplazados en la primera semana se precipitaron juntos en una ráfaga de aniquilación total. Para entonces, el general se había disminuido tanto, que tuvieron que
141
darle una vuelta más a los puños de la camisa y le cortaron una pulgada a los pantalones de pana. No lograba dormir más de tres horas al principio de la noche y el resto lo pasaba sofocado por la tos, o alucinado por el delirio, o desesperado por el hipo recurrente que empezó en Santa Marta y se fue haciendo cada vez más tenaz. Por la tarde, mientras los otros dormitaban, entretenía el dolor contemplando por la ventana los picos nevados de la sierra.
Había atravesado cuatro veces el Atlántico y recorrido a caballo los territorios liberados más que nadie volvería a hacerlo jamás, y nunca había hecho un testamento, cosa insólita para la época. «No tengo nada que dejarle a nadie», decía. El general Pedro Alcántara Herrán se lo había sugerido en Santa Fe cuando se preparaba el viaje, con el argumento de que era una precaución normal de todo pasajero, y él le había dicho más en serio que en broma que la muerte no estaba en sus planes inmediatos. Sin embargo, en San Pedro Alejandrino fue él quien tomó la iniciativa de dictar los borradores de su última voluntad y su última proclama. Nunca se supo si fue un acto cons­ciente, o un paso en falso de su corazón atribulado.
Como Fernando estaba enfermo, empezó por dictarle a jóse Laurencio Silva una serie de notas un poco descosidas que no expresaban tanto sus deseos como sus desengaños: la América es ingobernable, el que sirve una revolución ara en el mar, este país caerá sin remedio en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas, y muchos otros pensamientos lúgubres que ya circulaban dispersos en cartas a distintos amigos.
Siguió dictándolas durante varias horas, como en un trance de clarividencia, sin interrumpirse apenas para las crisis de tos. José Laurencio Silva no logró seguirle el paso y Andrés Ibarra no pudo hacer por mucho rato el esfuerzo de escribir con la mano izquierda. Cuando todos los amanuenses y edecanes se cansaron, quedó en pie el teniente de caballería Nicolás Mariano de Paz, que copió el dictado con rigor y buena letra hasta donde le alcanzó el papel. Pidió más, pero se demoraban tanto para llevárselo, que siguió escribiendo en la pared hasta casi llenarla. El general quedó tan agradecido, que le regaló las dos pistolas para duelos de amor del general Lorenzo Cárcamo.
Fue su última voluntad que sus restos se llevaran a Venezuela, que los dos libros que habían pertenecido a Napoleón se depositaran en la Universidad de Caracas, que se le dieran ocho mil pesos a jóse Palacios en reconocimiento a sus constantes servicios, que fueran quemados los papeles que dejó en Cartagena al cuidado del señor Pavajeau, que se devolviera a su lugar de origen la medalla con que lo distinguió el congreso de Bolivia, que se restituyera a la viuda del mariscal Sucre la espada de oro con incrustaciones de piedras preciosas que el mariscal le había regalado, y que el resto de sus bienes, incluidas las minas
142
de Aroa, fuera repartido entre sus dos hermanas y los hijos de su hermano muerto. No había para más, pues de los mismos bienes había que pagar varias deudas pendientes, grandes y pequeñas, y entre ellas los veinte mil duros de pesadilla recurrente del profesor Lancaster.
En medio de las cláusulas de rigor, había tenido el cuidado de incluir una excepcional para dar las gracias a sir Robert Wilson por el buen comportamiento y la fidelidad de su hijo. No era extraña esta distinción, pero sí lo era que no se la hubiera hecho también al general O'Leary, que no sería testigo de su muerte sólo porque no alcanzaría a llegar a tiempo desde Cartagena, donde permanecía por orden suya a disposición del presidente Urdaneta.
Ambos nombres quedarían vinculados para siempre al del general. Wilson sería más tarde encargado de negocios de Gran Bretaña en Lima, y después en Caracas, y seguiría participando en primera línea en los asuntos políticos y militares de los dos países. O'Leary había de radicarse en Kingston, y más tarde en Santa Fe, donde fue cónsul de su país por largo tiempo, y donde murió a la edad de cincuenta y un años, habiendo recogido en treinta y cuatro volúmenes un testimonio colosal de su vida junto al general de las Américas. El suyo fue un crepúsculo callado y fructífero, que él redujo a una frase: «Muerto El Libertador, y destruida su grande obra, me retiré a Jamaica, donde me dediqué a arreglar sus papeles y a escribir mis memorias».
Desde el día en que el general hizo su testamento el médico agotó con él los paliativos de su ciencia: sinapismos en los pies, frotaciones en la espina dorsal, emplastos anodinos por todo el cuerpo. Le redujo el estreñimiento congénito con lavativas de un efecto inmediato pero arrasador. Temiendo una congestión cerebral, lo sometió a un tratamiento de vejigatorios para evacuar el catarro acumulado en la cabeza. Este tratamiento consistía en un parche de cantárida, un insecto cáustico que al ser molido y aplicado sobre la piel producía vejigas capaces de absorber los medicamentos. El doctor Revérend le aplicó al general moribundo cinco vejigatorios en la nuca y uno en la pantorrilla. Un siglo y medio después, numerosos médicos seguían pensando que la causa inmediata de la muerte habían sido estos parches abrasivos, que provocaron un desorden urinario con misiones involuntarias, y luego dolorosas y por último ensangrentadas, hasta dejar la vejiga seca y pegada a la pelvis, como el doctor Révérend lo comprobó en la autopsia
El olfato del general se había vuelto tan sensible que obligaba al médico y al boticario Augusto Tomasín a mantenerse a distancia por sus tufos de linimentos. Entonces más que nunca hacía asperjar la habitación con su agua de colonia, y siguió tomando los baños ilusorios, afeitándose con sus manos, limpiándose los dientes con un encarnizamiento feroz, en un empeño sobrenatural por defenderse de las inmundicias de la muerte.
143
La segunda semana de diciembre pasó por Santa Marta el coronel Luis Perú de Lacroix, un joven veterano de los ejércitos de Napoleón que había sido edecán del general hasta hacía poco, y lo primero que hizo después de visitarlo fue escribirle la carta de la verdad a Manuela Sáenz. Tan pronto como la recibió; Manuela emprendió viaje hacia Santa Marta, pero en Guaduas le anunciaron que ya llevaba toda una vida de retraso La noticia la borró del mundo. Se hundió en sus propias sombras, sin más cuidados que dos cofres con papeles del general, que logró esconder en un sitio seguro de Santa Fe hasta que Daniel O'Leary los rescató varios años después por instrucciones suyas. El general Santander, en uno de sus primeros actos de gobierno, la desterró del país. Manuela se sometió a su suerte con una dignidad enconada, primero en Jamaica, y luego en una errancia triste que había de terminar en Paita, un sórdido puerto del Pacífico adonde iban a reposar los barcos balleneros de todos los océanos. Allí entretuvo el olvido con los tejidos de punto, los tabacos de arriero y los animalitos de dulce que fabricaba y vendía a los marineros mientras se lo permitió la artritis de las manos. Al doctor Thorne, su marido, lo asesinaron a cuchillo en un descampado de Lima para robarle lo poco que llevaba encima, y en el testamento le dejaba a Manuela una suma igual a la dote que ésta aportó al matrimonio, pero nunca le fue entregada. Tres visitas memorables la consolaron de su abandono: la del maestro Simón Rodríguez, con quien compartió las cenizas de la gloria; la de Giuseppe Garibaldi, el patriota italiano que regresaba de luchar contra la dictadura de Rosas en Argentina, y la del novelista Hermán Melville, que andaba por las aguas del mundo documentándose para Moby Dick. Ya mayor, inválida en una hamaca por una fractura de la cadera, leía la suerte en las barajas y daba consejos de amor a los enamorados. Murió en una epidemia de peste, a la edad de cincuenta y nueve años, y su cabaña fue incinerada por la policía sanitaria con los preciosos papeles del general, y entre ellos sus cartas íntimas. Las únicas reliquias personales que le quedaban de él, según le dijo a Perú de La-croix, eran un mechón de su cabello, y un guante.
El estado en que Perú de Lacroix encontró a La Florida de San Pedro Alejandrino era ya el desorden de la muerte. La casa estaba al garete. Los oficiales dormían a cualquier hora en que los venciera el sueño, y estaban tan irritables que el cauteloso José Laurencio Silva llegó a desenvainar la espada para enfrentarse a las súplicas de silencio del doctor Révérend. A Fernanda Barriga no le alcanzaban los ímpetus y el buen humor para atender a tantas solicitudes de comida a las horas menos pensadas. Los más desmoralizados jugaban a las barajas de día y de noche, sin cuidarse de que todo lo que decían a gritos lo escuchaba el moribundo en el cuarto contiguo. Una tarde, mientras el general yacía en el sopor de la fiebre, alguien en la terraza despotricaba a voz en cuello por el abuso de cobrar doce pesos con
144
veintitrés centavos por media docena de tablas, doscientos veinticinco clavos, seiscientas tachuelas corrientes, cincuenta de las doradas, diez varas de madapolán, diez varas de cinta de manila y seis varas de cin­ta negra.
Era una letanía a gritos que silenció las otras voces y terminó por ocupar el ámbito de la hacienda. El doctor Révérend estaba en el dormitorio cambiándole las vendas de la mano fracturada al general Montilla, y ambos comprendieron que también el enfermo, en la lucidez del duermevela, estaba pendiente de las cuentas. Montilla se asomó a la ventana, y gritó con toda la voz:
«¡Cállense, carajos!»
El general intervino sin abrir los ojos.
«Déjelos en paz», dijo. «Al fin y al cabo, ya no hay cuentas que yo no pueda oír».
Sólo José Palacios sabía que el general no necesitaba escuchar nada más para entender que las cuentas gritadas eran de los doscientos cincuenta y tres pesos, siete reales y tres cuartillos de una colecta pública para sus funerales, hecha por el municipio entre algunos particulares y los fondos de carnicería y cárcel, y que las listas eran de los materiales para fabricar el ataúd y construir la tumba. José Palacios, por orden de Montilla, se hizo cargo desde entonces de impedir que nadie entrara en la alcoba, cualesquiera fuesen su grado, su título o su dignidad, y él mismo se impuso un régimen tan drástico en la custodia del enfermo, que muy poco se distinguía de su propia muerte.
«Si me hubieran dado un poder así desde el principio, este hombre habría vivido cien años», dijo. Fernanda Barriga quiso entrar.
«Con lo que le han gustado las mujeres a ese pobre huérfano», dijo, «no se puede morir sin una sola en su cabecera, así sea vieja y fea, y tan inservible como yo».
No se lo permitieron. Así que se sentó junto a la ventana, tratando de santificar con responsos los delirios paganos del moribundo. Allí se quedó al amparo de la caridad pública, sumergida en un luto eterno, hasta la edad de ciento y un años.
Fue ella quien cubrió de flores el camino y dirigió los cantos cuando el cura de la vecina aldea de Mamatoco apareció con el viático a la prima noche del miércoles. Lo precedía una doble fila de indias descalzas con balandranes de lienzo crudo y coronas de astromelias, que le alumbraban el camino con candiles de aceite y cantaban plegarias fúnebres en su lengua. Atravesaron el sendero que Fer­nanda iba tapizando con pétalos delante de ellos, y fue un instante tan estremecedor, que nadie se atrevió a detenerlos. El general se incorporó en la cama cuando los sintió entrar en la alcoba, se cubrió los ojos con el brazo para no encandilarse, y los hizo salir con un grito:
145
«Llévense esas luminarias, que esto parece una procesión de ánimas».
Tratando de que el mal humor de la casa no acabara de matar al sentenciado, Fernando llevó una murga de Mamatoco, que tocó sin respiro durante un día entero bajo los tamarindos del patio. El general reaccionó de buen modo a la virtud sedante de la música. Se hizo repetir varias veces La Trinitaria, su contradanza favorita, que se había hecho popular porque él mismo repartía en otra época las copias de la partitura por dondequiera que andaba.
Los esclavos pararon los trapiches y contemplaron al general un largo rato entre las enredaderas de la ventana. Estaba envuelto en una sábana blanca, más demacrado y ceniciento que después de la muerte, y llevaba el compás con la cabeza erizada por los troncos del cabello que le empezaba a renacer. Al final de cada pieza aplaudía con la decencia convencional que aprendió en la ópera de París.
Al mediodía, alentado por la música, se tomó una taza de caldo y comió masas de sagú y pollo hervido. Después pidió un espejo de mano para mirarse en la hamaca, y dijo: «Con estos ojos no me muero». La esperanza casi perdida de que el doctor Révérend hiciera un milagro volvió a renacer en todos. Pero cuando mejor parecía, el enfermo confundió al general Sarda con un oficial español de los treinta y ocho que Santander había hecho fusilar en un día y sin juicio previo después de la batalla de Boyacá. Más tarde sufrió una recaída súbita de la cual no se volvió a recuperar, y gritó con lo poco que le quedaba de voz que se llevaran los músicos lejos de la casa, donde no perturbaran la paz de su agonía. Cuando recobró la calma le ordenó a Wilson redactar una carta para el general Justo Briceño, pidiéndole corno un homenaje casi póstumo que se reconciliara con el general Urdaneta para salvar al país de los horrores de la anarquía. Lo único que le dictó textual fue el encabezado: "En los últimos momentos de mi vida le escribo esta carta".
Por la noche conversó hasta muy tarde con Fernando, y por primera vez le dio consejos sobre el porvenir. La idea de escribir juntos las memorias se quedaba en proyecto, pero el sobrino había vivido bastante a su lado para intentar escribirlas como un simple ejercicio del corazón, de modo que sus hijos tuvieran una idea de aquellos años de glorias y desdichas. «O'Leary escribirá algo si persevera en sus deseos», dijo el general. «Pero será distinto». Fernando tenía entonces veintiséis años, y había de vivir hasta los ochenta y ocho sin escribir nada más que unas cuantas páginas descosidas, porque el destino le deparó la inmensa fortuna de perder la memoria.
José Palacios había estado en el dormitorio mientras el general dictaba el testamento. Ni él ni nadie dijo una palabra en un acto que estuvo revestido de una solemnidad sacramental. Pero en la noche, durante el proceso del baño emoliente, le suplicó al general que cambiara su voluntad.
146
«Siempre hemos sido pobres y nada nos ha faltado», le dijo.
«La verdad es la contraria», le dijo el general. «Siempre hemos sido ricos y nada nos ha sobrado».
Ambos extremos eran ciertos. José Palacios había entrado muy joven a su servicio, por disposición de la madre del general, que era su dueña, y no fue emancipado de una manera formal. Quedó flotando en un limbo civil, en el que nunca se le asignó un sueldo, ni se le definió un estado, sino que sus necesidades personales formaban parte de las necesidades privadas del general. Se identificó con él hasta en el modo de vestir y de comer, y exageró su sobriedad. El general no estaba dispuesto a dejarlo a la deriva sin un grado militar ni una cédula de invalidez, y a una edad en que ya no estaba para empezar a vivir. Así que no había alternativa: la cláusula de los ocho mil pesos no sólo era irrevocable sino irrenunciable.
«Es lo justo», concluyó el general. José Palacios replicó
de un tajo: «Lo justo es morirnos juntos».
De hecho fue así, pues manejó tan mal sus dineros como el general manejaba los suyos. A la muerte de éste si quedó en Cartagena de Indias a merced de la caridad pública, probó el alcohol para ahogar los recuerdos y sucumbió a sus complacencias. Murió a la edad de setenta y seis años, revolcándose en el lodo por los tormentos del delirium tremens, en un antro de mendigos licenciados del ejército libertador.
El general amaneció tan mal el 10 de diciembre, que llamaron de urgencia al obispo Estévez, por si quería confesarse. El obispo acudió de inmediato, y fue tanta la importancia que le dio a la entrevista que se vistió de pontifical. Pero fue a puerta cerrada y sin testigos, por disposición del general, y sólo duró catorce minutos. Nunca se supo una palabra de lo que hablaron. El obispo salió de prisa y descompuesto, subió a su carroza sin despedirse, y no ofició los funerales a pesar de los muchos llamados que le hicieron, ni asistió al entierro. El general quedó en tan mal estado, que no pudo levantarse solo de la hamaca, y el médico tuvo que alzarlo en brazos, como a un recién nacido, y lo sentó en la cama apoyado en las almohadas para que no lo ahogara la tos. Cuando por fin recobró el aliento hizo salir a todos para hablar a solas con el médico.
«No me imaginé que esta vaina fuera tan grave como para pensar en los santos óleos», le dijo. «Yo, que no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo».
«No se trata de eso», dijo Révérend. «Lo que está demostrado es que el arreglo de los asuntos de la conciencia le infunde al enfermo un estado de ánimo que facilita mucho la tarea del médico».
El general no le prestó atención a la maestría de la respuesta, porque   lo   estremeció   la  revelación   deslumbrante   de  que   la  loca
147
carrera entre sus males y sus sueños llegaba en aquel instante a la meta final. El resto eran las tinieblas.
«Carajos», suspiró. «¡Cómo voy a salir de este laberinto!»
Examinó el aposento con la clarividencia de sus vísperas, y por primera vez vio la verdad: la última cama prestada, el tocador de lástima cuyo turbio espejo de paciencia no lo volvería a repetir, el aguamanil de porcelana descarchada con el agua y la toalla y el jabón para otras manos, la prisa sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de su tarde final. Entonces cruzó los brazos contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches, y vio por la ventana el diamante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse.
FIN
Gratitudes
Durante muchos años le escuché a Álvaro Mutis su proyecto de escribir el viaje final de Simón Bolívar por el río Magdalena. Cuando publicó El Ultimo Rostro, que era un fragmento anticipado del libro, me pareció un relato tan maduro, y su estilo y su tono tan depurados, que me preparé para leerlo completo en poco tiempo. Sin embargo, dos años más tarde tuve la impresión de que lo había echado al olvido, como nos ocurre a tantos escritores aun con nuestros sueños más amados, y sólo entonces me atreví a pedirle que me permitiera escribirlo. Fue un zarpazo certero después de un acecho de diez años. Así que mi primera gratitud es para él.
Más que las glorias del personaje me interesaba entonces el río Magdalena, que empecé a conocer de niño, viajando desde la costa caribe, donde tuve la buena suerte de nacer, hasta la ciudad de Bogotá, lejana y turbia, donde me sentí más forastero que en ninguna otra desde la primera vez. En mis años de estudiante lo recorrí once veces en sus dos sentidos, en aquellos buques de vapor que salían de los astilleros del Misisipí condenados a la nostalgia, v con una vocación mítica que ningún escritor podría resistir.
Por otra parte, los fundamentos históricos me preocupaban poco, pues el último viaje por el río es el tiempo menos documentado de la vida de Bolívar. Sólo escribió entonces tres o cuatro cartas —un hombre que debió dictar más de diez mil— y ninguno de sus acompañantes dejó memoria escrita de aquellos catorce días desventurados. Sin embargo, desde el primer capítulo tuve que hacer alguna consulta ocasional sobre su modo de vida, y esa consulta me remitió a otra, y
148
luego a otra más y a otra más, hasta más no poder. Durante dos años largos me fui hundiendo en las arenas movedizas de una documentación torrencial, contradictoria y muchas veces incierta, desde los treinta y cuatro tomos de Daniel Florencio O'Leary hasta los recortes de periódicos menos pensados. Mi falta absoluta de experiencia y de método en la investigación histórica hizo aún más arduos mis días.
Este libro no habría sido posible sin el auxilio de quienes trillaron esos territorios antes que yo, durante un siglo y medio, y me hicieron más fácil la temeridad literaria de contar una vida con una documentación tiránica, sin renunciar a los fueros desaforados de la novela. Pero mis gratitudes van de manera muy especial para un grupo de amigos, viejos y nuevos, que tomaron como asunto propio y de gran importancia no sólo mis dudas más graves —como el pensamiento político real de Bolívar en medio de sus contradicciones flagrantes— sino también las más triviales —como el número que calzaba. Sin embargo, nada he de apreciar tanto como la indulgencia de quienes no se encuentren en esta relación de gratitudes por un olvido abominable.
El historiador colombiano Eugenio Gutiérrez Cely, en respuesta a un cuestionario de muchas páginas, elaboró para mí un archivo de tarjetas que no sólo me aportó datos sorprendentes —muchos de ellos traspapelados en la prensa colombiana del siglo XIX— sino que me dio las primeras luces para un método de pesquisa y ordenamiento de la información. Además, su libro Bolívar Día a Día, escrito a cuatro manos con el historiador Fabio Puyo, fue una carta de navegación que a lo largo de la escritura me permitió moverme a mis anchas por todos los tiempos del personaje. El mismo Fabio Puyo tuvo la virtud de calmar mis angustias con documentos analgésicos que me leía por teléfono desde París, o que me mandaba con carácter urgente por télex o telefax, como si fueran medicinas de vida o muerte. El historiador colombiano Gustavo Vargas, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, se mantuvo al alcance de mi teléfono para aclararme dudas mayores y menores, sobre todo las que tenían que ver con las ideas políticas de la época. El historiador bolivariano Vinicio Romero Martínez me ayudó desde Caracas con hallazgos que me parecían imposibles sobre las costumbres privadas de Bolívar —en especial sobre su habla gruesa—, y sobre el carácter y el destino de su séquito, y con una revisión implacable de los datos históricos en la versión final. A él le debo la advertencia providencial de que Bolívar no pudo comer mangos con el deleite infantil que yo le había atribuido, por la buena razón de que aún faltaban varios años para que el mango llegara a las Américas.
Jorge Eduardo Ritter, embajador de Panamá en Colombia y luego canciller de su país, hizo varios vuelos urgentes sólo para traerme algunos de sus libros inencontrables. Don Francisco de Abrisqueta, de Bogotá, fue un guía tozudo en la intrincada y vasta bibliografía bolivariana. El expresidente Belisario Betancur me aclaró dudas dispersas durante todo un año de consultas telefónicas, y estableció para mí que unos versos citados de memoria por Bolívar eran del
149
poeta ecuatoriano José Joaquín Olmedo. Con Francisco Pividal sostuve en La Habana las lentas conversaciones preliminares que me permitieron formarme una idea clara del libro que debía escribir. Roberto Cadavid (Argos), el lingüista más popular y servicial de Colombia, me hizo el favor de investigar el sentido y la edad de algunos localismos. A solicitud mía, el geógrafo Gladstone Oliva y el astrónomo Jorge Pérez Doval, de la Academia de Ciencias de Cuba, hicieron el inventario de las noches de luna llena en los primeros treinta años del siglo pasado.
Mi viejo amigo Aníbal Noguera Mendoza —desde su embajada de Colombia en Puerto Príncipe— me envió copias de papeles personales suyos, con su permiso generoso para servirme de ellos con toda libertad, a pesar de que eran notas y borradores de un estudio que él está escribiendo sobre el mismo tema. Además, en la primera versión de los originales descubrió media docena de falacias mortales y anacronismos suicidas que habrían sembrado dudas sobre el rigor de esta novela.
Por último, Antonio Bolívar Goyanes —pariente oblicuo del protagonista y tal vez el último tipógrafo al buen modo antiguo que va quedando en México— tuvo la bondad de revisar conmigo los originales, en una cacería milimétrica de contrasentidos, repeticiones, inconsecuencias, errores y erratas, y en un escrutinio encarnizado del lenguaje y la ortografía, hasta agotar siete versiones. Fue así como sorprendimos con las manos en la masa a un militar que ganaba batallas antes de nacer, una viuda que se fue a Europa con su amado esposo, y un almuerzo íntimo de Bolívar y Sucre en Bogotá, mientras uno de ellos se encontraba en Caracas y el otro en Quito. Sin embargo, no estoy muy seguro de que deba agradecer estas dos ayudas finales, pues me parece que semejantes disparates habrían puesto unas gotas de humor involuntario —y tal vez deseable— en el horror de este libro.
G.G.M. Ciudad de México, enero de 1989
Sucinta cronología de Simón Bolívar
(Elaborada por Vinirio Romero Martínez)
1783  24 de julio: nacimiento de Simón Bolívar.
1786 19 de enero: muerte de Juan Vicente Bolívar, padre de Simón.
1792 6 de julio: muerte de doña María de la Concepción Palacios y
Blanco, madre de Bolívar. 1795 23 de julio: Bolívar abandona la casa de su tío. Se inicia un
largo   juicio,   y   es   trasladado   a   casa   de   su   maestro   Simón
150
Rodríguez. En octubre regresa a casa de su tío Carlos.
Conspiración de Gual y España en Venezuela. Bolívar ingresa a la milicia como cadete, en los Valles de Aragua.
Andrés Bello le da lecciones de gramática y geografía. También por esta época estudia física y matemáticas, en su propia casa, en la academia que estableció el padre Francisco de Andújar.
19 de enero: viaja a España, haciendo escalas en México y Cuba. En Veracruz escribe su primera carta.
En Madrid entra en contacto con el sabio Marqués de Ustáriz, su verdadero forjador intelectual.
Entre marzo y diciembre estudia francés en Bilbao.
12 de febrero: en Amiens (Francia) admira a Napoleón Bonaparte. Queda enamorado de París.
26 de mayo: se casa con María Teresa Rodríguez del Toro en
Madrid, España.
12 de julio: llega a Venezuela con su esposa. Se dedica a atender sus haciendas.
22      de      enero:      María      Teresa      muere      en      Caracas. 23 de octubre: nuevamente en España.
2 de diciembre: asiste en París a la coronación de Napoleón.
15 de agosto: juramento en el Monte Sacro, Roma, Italia.
27 de diciembre: se inicia en la masonería del rito escocés, en
París. En enero de 1806 asciende al grado de maestro.
1807 1 de enero, desembarca en Charleston (EUA). Recorre varias
ciudades de este país, y en junio regresa a Caracas.
1810 18 de abril: confinado en su hacienda de Aragua; por
esta razón no participa en los acontecimientos del 19 de
abril, día inicial de la revolución venezolana.
9 de junio: parte en misión diplomática para Londres. Aquí conoce a Francisco de Miranda. 5 de diciembre: regresa de Londres. Cinco días más tarde, Miranda llega también a Caracas y se aloja en casa de Simón Bolívar.
1811 2 de marzo: se reúne el primer Congreso de Venezuela.
de julio: discurso de Bolívar en la Sociedad Patriótica.
de    julio:    declaración    de    la    Independencia    de    Venezuela.
23 de julio: combate Bolívar bajo las órdenes de Miranda, en
Valencia. Es su primera experiencia de guerra.
1812 26 de marzo: terremoto en Caracas.
6 de julio: se pierde en manos del coronel Simón Bolívar el
castillo de Puerto Cabello, al consumarse una traición.
30 de julio: junto con otros oficiales apresa a Miranda para seguirle un juicio militar, creyéndolo traidor por haber firmado la capitulación. Manuel María Casas les quita al ilustre preso de las manos y lo entrega a los españoles.
1 de septiembre: llega a Curazao, en su primer exilio. 15 de diciembre: lanza en Nueva Granada el Manifiesto de Cartagena.
24 de diciembre, con la ocupación de Tenerife inicia Bolívar la
campaña del río Magdalena, que barrerá de realistas  toda  la
151
región.
1813 28 de febrero: combate de Cúcuta.
1 de marzo: ocupa San Antonio del Táchira. 12 de marzo:
brigadier de Nueva Granada.
de mayo: en Cúcuta inicia la Campaña Admirable. 23 de mayo: aclamado como Libertador en Mérida.
de junio: En Trujillo, Proclama de Guerra a Muerte.
6 de agosto: entrada triunfal a Caracas Fin de la Campaña
Admirable.
14 de octubre: el Concejo de Caracas, en asamblea pública, aclama a Bolívar como capitán general y Libertador. 5 de diciembre: batalla de Araure.
1814 8 de  febrero:    ordena la ejecución de presos en  La Guayra.
12 de febrero: batalla de La Victoria.
28 de febrero: batalla de San Mateo.
28 de mayo: primera batalla de Carabobo.
7 de julio: unos veinte mil caraqueños, con el Libertador a la
cabeza, emprenden la emigración a Oriente.
4 de septiembre: Ribas y Piar, que han proscrito a Bolívar y a
Marino, ordenan el arresto de éstos en Carúpano.
7 de septiembre: Bolívar lanza su Manifiesto de Carúpano y,
desconociendo la orden de arresto, se embarca al día siguiente
con rumbo a Cartagena.
27 de noviembre: el gobierno de Nueva Granada lo asciende a general en jefe, con el encargo de reconquistar el estado de Cundinamarca. Emprende la campaña, hasta lograr la capitulación de Bogotá. 12 de diciembre: establece gobierno en Bogotá.
1815 10 de mayo: en su intento de liberar a Venezuela, entrando
desde Cartagena, encuentra seria oposición de las autoridades
de esta ciudad y decide embarcarse con destino a Jamaica, en
un exilio voluntario.
6 de septiembre: publica la célebre Carta de Jamaica. 24 de diciembre: desembarca en Los Cayos, Haití, donde se encuentra con su amigo Luis Brión, marino curazoleño. En Haití se entrevista con el presidente Pétion, quien le brindará invalorable colaboración.
1816 31 de marzo: sale de Haití la llamada expedición de Los Cayos. Le
acompaña Luis Brión.
2 de junio: en Campano decreta la libertad de esclavos.
1817 9 de febrero: Bolívar y Bermúdez se reconcilian y se abrazan en
el puente sobre el río Neveri (Barcelona).
11 de abril: batalla de San Félix, librada por Piar. Se obtiene la liberación de Angostura, el dominio del río Orinoco y la estabilización definitiva de la República (III República).
8 de mayo: se reúne en Cariaco un congreso que había sido
convocado por el canónigo José Cortés Madariaga. Este
congresillo de Cariaco terminó en fracaso, aunque dos de sus
decretos continúan vigentes: las siete estrellas de la bandera
nacional y el nombre de Estado Nueva Esparta para la isla de
152
Margarita.
12     de mayo: asciende a Piar a general en jefe.
19  de  junio:  escribe  a  Piar  en  tono  conciliatorio:  «General,
prefiero un combate con los españoles a estos disgustos entre los
patriotas». 4 de julio: en la laguna de Casacoima, con el agua
al cuello, escondido para escapar a una emboscada realista, se
dio a elucubrar ante sus atónitos oficiales, prediciendo lo que
haría desde la conquista de Angostura hasta la liberación del
Perú.
16 de octubre: fusilamiento del General Piar, en Angostura.
El consejo de guerra estuvo presidido por Luis Brión.
30 de enero: en el hato de Cañafístula, Apure, se entrevista por primera vez con Páez, caudillo de los Llanos. 12 de febrero: Bolívar derrota a Morillo en Calabozo. 27 de junio: funda en Angostura el correo del Orinoco.
15 de febrero: instala el congreso de Angostura. Pronuncia el célebre discurso de ese nombre. Es elegido presidente de Venezuela. Enseguida emprende la campaña de liberación de la Nueva Granada.
7 de agosto: batalla de Boyacá.
17 de diciembre: Bolívar crea la república de Colombia, dividida
en tres departamentos: Venezuela, Cundinamarca y Quito. El
Congreso lo elige presidente de Colombia.
1820 11 de enero: está en San Juan de Payara, Apure.
5 de marzo: en Bogotá.
19 de abril: celebra en San Cristóbal los diez años del inicio de la
revolución.
27 de noviembre: se entrevista con Pablo Morillo en Santa Ana,
Trujillo. El día anterior ha ratificado el armisticio y el tratado de
regularización de la guerra.
1821 5 de enero: está en Bogotá, planificando la campaña del
Sur, que se la encomendará a Sucre.
14 de febrero: felicita a Rafael Urdaneta por haberse proclamado independiente Maracaibo, aunque manifiesta el temor de que España lo considere un acto de mala fe, en perjuicio del armisticio. 17 de abril: en una proclama anuncia la ruptura del armisticio y el comienzo de una "guerra santa": «Se luchará por desarmar al adversario, no por destruirlo». 28 de abril: se abren las hostilidades de nuevo. 27 de junio: Bolívar vence en Carabobo a La Torre. Aunque no fue la última batalla, en Carabobo aseguró la independencia de Venezuela.
1822 7 de abril: batalla de Bombona.
24 de mayo: batalla de Pichincha.
16 de junio: conoce en Quito a Manuelita Sáenz, al hacer su
entrada triunfal a la ciudad al lado de Sucre.
11     de julio: llega Bolívar a Guayaquil. Dos días más tarde
lo declara incorporado a Colombia.
26/27   de   julio:   entrevista   de   Bolívar   y   San   Martín   en
Guayaquil.
153
13 de octubre: escribe Mi delirio sobre el Chimborazo, en
Loja, cerca de Cuenca, Ecuador.
1823 1 de marzo: Riva Agüero, presidente del Perú, pide al
Libertador cuatro mil soldados y el auxilio de Colombia para
lograr su independencia. El primer contingente de tres mil
hombres lo envía Bolívar el 17 de marzo, y el 12 de abril
otros tres mil.
14 de mayo: el Congreso del Perú publica un decreto
mediante el cual llama al Libertador para que acabe con la
guerra civil.
1 de septiembre: llega Bolívar a Lima, Perú. El Congreso lo autoriza para que someta a Riva Agüero, alzado a favor de los españoles.
1824 1 de enero: llega enfermo a Pativüca.
12    de enero: decreta pena capital contra los que roben del
tesoro público desde diez pesos en adelante.
19 de enero: hermosa carta a su maestro Simón Rodríguez:
«Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia,
para lo grande, para lo hermoso».
10 de febrero: el Congreso del Perú lo nombra dictador, para
que salve a la República en ruina.
6 de agosto: batalla de Junín.
5 de diciembre: Bolívar liberta a Lima.
7 de diciembre: convoca el Congreso de Panamá.
9 de diciembre: victoria de Sucre en Ayacucho. Queda libre toda la América española.
1825 Inglaterra reconoce la independencia de los nuevos estados de
América.
12 de febrero: el Congreso del Perú, agradecido, decreta honores al Libertador: una medalla, una estatua ecuestre, un millón de pesos para él y otro millón para el ejército libertador. Bolívar rechazó el dinero que le ofreció el Congreso y aceptó el que le correspondía a sus soldados.
18 de febrero: el Congreso del Perú no le acepta la renuncia a la presidencia con poderes ilimitados.
6 de agosto: una asamblea reunida en Chuquisaca, Alto Perú,
decide la creación de la república de Bolivia.
26 de octubre: Bolívar en el Cerro de Potosí.
25 de diciembre: decreta en Chuquisaca la siembra de un millón de árboles, «donde haya más necesidad de ellos».
1826 25 de mayo: desde Lima le participa a Sucre que el Perú ha
reconocido la república de Bolivia. Asimismo, le envía el proyecto
de constitución boliviana.
22 de junio: se instala el Congreso de Panamá.
16 de diciembre: llega a Maracaibo desde donde ofrece a los
venezolanos convocar la gran convención.
31 de diciembre: llega a Puerto Cabello en busca de Páez.
1827 1 de enero: decreta amnistía para responsables de la Cosiata.
Ratifica a Páez en el cargo de jefe superior de Venezuela.
154
I de enero: desde Puerto Cabello escribe a Páez: «Yo no
puedo dividir la república; pero lo deseo para el bien de Venezuela
y se hará en la asamblea general si Venezuela lo quiere».
4 de enero: en Naguanagua, cerca de Valencia, se encuentra
con Páez y le ofrece su apoyo. Antes le había dicho que tenía
«derecho para resistir a la injusticia con la justicia, y al abuso de
la fuerza con la desobediencia» al Congreso de Bogotá. Esto
molesta a Santander, quien alimenta su descontento con el
Libertador.
12 de enero: llega con Páez a Caracas, en medio de los aplausos del pueblo.
5 de febrero: desde Caracas envía al Congreso de Bogotá una
nueva renuncia a la presidencia, con una dramática exposición de
motivos que le hace concluir: «Con tales sentimientos renuncio
una, mil y millones de veces a la presidencia de la república. .
.».
16 de marzo: rompe definitivamente con Santander: «No me escriba más, porque no quiero responderle ni darle el título de amigo».
6 de junio: el Congreso de Colombia rechaza la renuncia de
Bolívar y le exige vaya a Bogotá a juramentarse.
5 de julio: sale de Caracas para Bogotá. No volvería a
visitar su ciudad natal.
10 de septiembre: llega a Bogotá y se juramenta como presidente de la república, enfrentando a una feroz oposición política.
II de septiembre: carta a Tomás de Heres: «Ayer entré en esta
capital y estoy ya en posesión de la presidencia. Esto era preciso:
se evitan muchos males en cambio de infinitas dificultades».
1828 10 de abril: está en Bucaramanga mientras se celebra la Convención de Ocaña. En ésta se definen claramente los partidos bolivarista y santanderista. Bolívar protesta ante la Convención por las «acciones de gracias dirigidas al general Padilla, por sus atentados cometidos en Cartagena».
9 de junio: sale de Bucaramanga con la idea de llegar hasta Venezuela. Tenía la intención de residir en la quinta Anauco, del marqués del Toro. 11 de junio: se disuelve la Convención de Ocaña. 24 de junio: alterados los planes, regresa a Bogotá, donde es aclamado. 15 de julio: en proclama dada en Valencia, Páez llama a Bolívar «el genio singular del siglo xix», «el que por dieciocho años ha pasado de sacrificio en sacrificio por vuestra felicidad, ha hecho el mayor que podía exigirse a su corazón: el mando supremo que mil veces ha re­signado, pero que en el actual estado de la república es obligado a ejercer».
27 de agosto: decreto orgánico de la dictadura, impuesta con motivo de las rivalidades de la Convención de Ocaña. Bolívar elimina la vicepresidencia, con lo cual Santander queda fuera del gobierno. El Libertador le ofrece la embajada de Colombia en Estados Unidos. San­tander acepta, pero difiere el viaje por un tiempo. Es posible que la
155
eliminación del cargo de Santander haya influido en el atentado contra Bolívar. 21 de septiembre: Páez reconoce a Bolívar como jefe supremo y jura ante el arzobispo Ramón Ignacio Méndez, ante una multitud congregada en la Plaza Mayor de Caracas: «...y prometo bajo juramento obedecer, guardar y ejecutar los decretos que expidiere como leyes de la república. El cielo, testigo de mi juramento, premiará la fidelidad con que cumpla mi promesa».
25 de septiembre: intentan asesinar a Bolívar en Bogotá. Lo salva Manuelita Sáenz. Santander entre los implicados. Urdaneta, juez de la causa, lo condena a muerte. Bolívar cambia la pena de muerte por la de destierro.
1829 1 de enero: está en Purificación. Su presencia en Ecuador es
necesaria por los conflictos con el Perú, que ha ocupado
militarmente Guayaquil.
27 de febrero: Sucre derrota en la batalla del Pórtete de Tarqui a los invasores peruanos al mando de La Mar. 21 de julio: Colombia recupera Guayaquil. El pueblo recibe al Libertador triunfalmente. 13 de septiembre: escribe a O'Leary: «Todos sabemos que la reunión de la Nueva Granada y Venezuela existe ligada únicamente por mi autoridad, la cual debe faltar ahora o luego, cuando quiera la Providencia o los hombres...». 13 de septiembre: carta de Páez: «He mandado publicar una circular convidando a todos los ciudadanos y corporaciones para que expresen formal y solemnemente sus opiniones. Ahora puede usted instar legalmente para que el público diga lo que quiera. Ha llegado el caso en que Venezuela se pronuncie sin atender a consideración ninguna más que al bien general. Si se adoptan medidas radicales para decir lo que verdaderamente ustedes desean, las reformas serán perfectas y el espíritu público se cumplirá...»
20 de octubre: regresa a Quito. 29 de octubre: sale hacia Bogotá.
5 de diciembre: desde Popayán escribe a Juan José Flores: «Probablemente será el general Sucre mi sucesor, y también es probable que lo sostengamos entre todos; por mi parte ofrezco hacerlo con alma y corazón».
15 de diciembre: le manifiesta a Páez que no aceptará nuevamente la presidencia de la república, y que si el Congreso elige a Páez presidente de Colombia, le jura por su honor que servirá con el mayor gusto a sus órdenes.
18   de   diciembre:   desaprueba   categóricamente   el  proyecto   de monarquía       para Colombia.
1830 15 de enero: está de nuevo en Bogotá.
20 de enero: se instala el Congreso de Colombia. Mensaje de Bolívar. Presenta su renuncia a la presidencia. 27 de enero: solicita permiso del Congreso para ir a Venezuela. El Congreso de Colombia le niega el permiso. 1 de marzo: entrega el poder a Domingo  Caicedo,  presidente  del  consejo  de  gobierno,  y  se
156
retira a Pucha. 27 de abril: en mensaje al Congreso Admirable reitera su decisión de no continuar en la presidencia. 4 de mayo: Joaquín Mosquera es elegido presidente de Colombia. 8 de mayo: sale Bolívar de Bogotá hacia su destino final.
de junio: Sucre cae asesinado en Berruecos. Bolívar lo supo el 1 de julio al pie del Cerro de la Popa, y se conmovió profundamente.
de septiembre: Urdaneta se hace cargo del gobierno de Colombia, ante la evidente falta de autoridad pública. En Bogotá, Cartagena y otras ciudades de Nueva Granada se hacen manifestaciones y pronunciamientos en favor del Libertador para que regrese al poder. Mientras tanto, Urdaneta le espera.
18   de   septiembre:   al   conocer   los   sucesos   que   pusieron   a
Urdaneta al frente del gobierno, se ofrece como ciudadano y
como soldado para defender la integridad de la república,  y
anuncia que marchará hasta Bogotá a la cabeza de dos mil
hombres para sostener el gobierno existente; rechaza en parte la
solicitud que le hacen de encargarse del poder, alegando que se
le tomaría como un usurpador, pero deja abierta la posibilidad
de que en próximas elecciones «la legitimidad me cubrirá con su
sombra o habrá un nuevo presidente»; por último, pide a sus
compatriotas reunirse en torno al gobierno de Urdaneta.
2 de octubre: está en Turbaco.
15 de octubre: en Soledad.
8 de noviembre: en Barranquilla.
1 de diciembre: llega en estado de postración a Santa Marta.
6 de diciembre: se dirige a la quinta de San Pedro Alejandrino,
propiedad del español don Joaquín de Mier. 10 de diciembre:
dicta el testamento y la última proclama. Ante la insistencia del
médico para que se confiese y reciba los sacramentos, Bolívar dice:
«¿Qué es esto?... ¿Estaré tan malo para que se me hable de
testamento y de confesarme?... ¡Cómo saldré yo de este laberinto!»
17 de diciembre: muere en la quinta de San Pedro Alejandrino,
rodeado de muy pocos amigos.
157


Comments