Opinión y Pensamiento

FORMACIÓN PARA LA CIUDADANÍA Y EDUCACIÓN SUPERIOR - Miquel Martínez Martín

publicado a la‎(s)‎ 27 jun. 2013 13:34 por José Malaguera   [ actualizado el 27 jun. 2013 13:48 ]

La universidad, en el contexto sociocultural actual, es un espacio óptimo de aprendizaje no sólo de carácter profesional y  cultural, en su sentido más amplio, sino también de carácter humano y por lo tanto de carácter ético y moral. A nuestro entender, desaprovechar esta función de la universidad es un error y promover la potencia pedagógica de la universidad en relación con el aprendizaje y la formación relativas a las dimensiones éticas y morales de los estudiantes es un deber en  toda institución de educación superior con voluntad de servicio público.

El sentido y la misión pública de la universidad no esta determinada por el carácter público o privado de su titularidad, sino que lo está en función de un conjunto de características que permiten concebirla o no  como un espacio de aprendizaje ético que procura que sus titulados ejerzan sus futuras profesiones con voluntad de contribuir a una sociedad  inclusiva, digna y democrática. Y esta voluntad no esta presente en el mundo de  las universidades por igual a pesar de que en sus planes estratégicos así lo expresen. También en este caso, del dicho al hecho hay un trecho. 

Moral y ética universitaria.

publicado a la‎(s)‎ 27 jun. 2013 12:44 por José Malaguera   [ actualizado el 27 jun. 2013 14:41 ]

Introducción: 
 
Como señala Míquel Martínez Martín, en su artículo Formación para la ciudadanía y educación superior, "La universidad es el lugar en el que se aprende el conjunto de saberes que permitirán al futuro titulado ejercer una profesión o dedicarse al ámbito de la investigación. Sin embargo, no resulta tan obvio que la universidad sea un lugar en el que se aprenda un conjunto de saberes éticos y ciudadanos." Por ello, resulta importante analizar y observar, al menos en parte, cuáles son las condiciones que nos llevan a validar tal aserto.

La ética y la moral son, y han sido a lo largo de la historia, términos complicados de definir, e incluso se han confundido como sinónimos. Por ello, su aplicación a la educación superior ha sido complicada, pues no hay consenso acerca de cómo tratarla. Actualmente este problema se viene resolviendo desde otra perspectiva: la formación integral de los futuros profesionistas.

Se ha visto que los estudiantes de las universidades están inmersos en una sociedad que los absorbe, por ello es necesario que tomen su rol activamente, y para ello necesitan una formación ética y moral sólida, que les de las bases mínimas de interrelación equitativa con los demás. Por esto, es fundamental que las universidades participen activamente en la creación de programas que sirvan a este propósito, con lo cual se convierten en verdaderas instituciones de calidad, y no se limiten a la creación de excelentes profesionales pero no de ciudadanos plenos.

LA ÉTICA Y LA MORAL

Ética se deriva de la palabra griega ethos. Hay dos significados de ética en el lenguaje griego que revelan dos modos de entender y explicar el comportamiento moral de las personas:

Êthos significaba “carácter”, “modo de ser”. Según este modo de entender la ética, el comportamiento moral depende del “carácter” o “modo de ser” de las personas. El “carácter” o “modo de ser” está determinado por la herencia (genética o social) y, por tanto, no se puede cambiar. Así, pues, las normas y los valores morales son inmutables.

Posteriormente, éthos significó “uso”, “costumbre”, “hábito”. Con este sentido aparece la palabra “ética” en los escritos de la sofística, de Platón, de Aristóteles. Según esta manera de entender la ética, el comportamiento moral depende de los hábitos o costumbres. Estos son producto del acuerdo social y, por tanto, se pueden modificar mediante nuevos acuerdos sociales. Además como los hábitos o costumbres los aprendemos, necesitamos de la educación moral para adquirir hábitos de “buen” comportamiento.



Por otra parte, moral proviene de la raíz latina moris que significa costumbre. Es un conjunto de creencias, costumbres, valores y normas de una persona o de un grupo social, que funciona como una guía para obrar. Es decir, la moral orienta acerca de que acciones son buenas y cuáles son malas.

Según otra definición, la moral es la suma total del conocimiento que se adquiere sobre lo más alto y noble, y que una persona respeta en su conducta. Las creencias sobre la moralidad son generalizadas y codificadas en una cierta cultura o en un grupo social determinado, por lo que regula el comportamiento de sus miembros.

Aristóteles distingue entre las virtudes éticas que se dan en el plano de los actos y las acciones (por lo tanto orientadas hacia un fin distinto de la acción misma) y las dianoéticas que se dan en el plano meramente intelectual y que pueden ostentarse de no ser un medio para un fin sino que se bastan a si mismas pues poseen un carácter meramente contemplativo.

La distinción aristotélica entre las virtudes éticas y dianoéticas proponen inicialmente plantear el tema de la ética dentro del punto de las acciones y actos humanos. De esta manera, la ética es algo que se plantea desde el actuar y desde el obrar y no únicamente desde el pensamiento o la contemplación. Esto significa que solamente se puede ser ético en nuestras obras y actos cotidianos. Sin embargo el saber y conocer intelectualmente de ética y moral no nos hace obrar éticamente bien. Por ende, no somos ni obramos en función de lo que sabemos. 

Dicho de otra manera, nuestra moralidad no depende de lo que sabemos de moral. O bien el saber y conocer lo que es bueno para nosotros como seres humanos no necesariamente nos hace obrar en relación a la consecución de eso bueno. En muchas ocasiones sabemos lo que es bueno para nosotros pero no obramos en relación a ello. 

Mapa de la Moral y la Ética



Desarrollo de la Ética y la moral a través del tiempo

La transformación de la Ética y la moral a través del tiempo 


La moral surge cuando los hombres empiezan a agruparse para formar sociedades en las cuales se vive y se convive. En el interior de las sociedades la moral debe transformarse al mismo tiempo que ellas para que siga teniendo validez. Si las sociedades cambian, también debe cambiar la moral. Por lo que podemos decir que a cada etapa de la evolución social corresponde un tipo de moral relacionada con la forma de pensamiento predominante en cada época.


Época primitiva. Los seres humanos son recolectores y cazadores, se asientan en grupos que permiten la supervivencia y fortalecimiento de las tribus; sus normas morales, que en ese momento no son escritas, se basan en el bienestar de todos, por lo tanto los valores predominantes son el trabajo, la solidaridad, el cuidado de unos a otros, la repartición igualitaria, etc. Durante este periodo histórico, la moralidad se basaba en acciones que permitieran el desarrollo social armónico y que beneficiaran a todos.


Época esclavista. Entre los habitantes de las primeras sociedades hubo algunos que empezaron acumular bienes porque el trabajo de todos permitió que se pudieran almacenar los productos. Así surgió el hecho de que unas pocas personas tuvieran más que las demás, se iniciara cierta desigualdad y, por lo tanto, surgiera el esclavismo. En esta época existían dos morales; la que correspondía a los libres y que exaltaba valores como la justicia (según esa clase social), la polis, la democracia, etc., y la moral de los esclavos, quienes podían aspirar a muy poco y cuyo valor principal era el trabajo.


Época feudal. En ella surgieron las clases sociales: siervos y aristocracia. A esta última pertenecían los reyes, emperadores y el Papa, cuyo poder espiritual era indiscutible. La moral es esta época tenía un sello religioso muy fuerte y marcado y se traducía en valores que sólo la clase noble poseía.


Capitalismo. Cuando surgió la burguesía, producto de las nuevas formas de producción y que alcanzó su etapa de esplendor en el siglo XIX, también surgió un nuevo tipo de moral sustentada en los valores de trabajo, producción, utilidad, bienestar individual. Las acciones están orientadas a la adquisición de una economía fuerte y competitiva, en ocasiones sin importar el bienestar de los demás, por lo que podemos decir que el individualismo ha sido un sello característico de esta época.


Época actual. Nuestra sociedad está regia por la idea de que la felicidad la produce el consumo: cuanto más tengas y puedas adquirir, eres más feliz, sin importar los medios que utilices para conseguir determinados productos. A esto hay que añadirle la idea de que cuanto más libre y autónomo se es, también se posee más felicidad. Por lo anterior, pareciera que en el siglo que nos toca vivir la ética y la moral están enemistadas con el concepto de felicidad y libertad, y por ello las personas somos más renuentes a seguir las normas morales impuestas por instituciones como la familia, la escuela, la Iglesia e incluso las leyes que imponen determinados códigos y reglamentos, porque siempre exigimos que se quiten en pro de “nuestra libertad”.


Por tanto la moral en esta época se aprecia como contraria a lo que el ser humano quiere y necesita; muchos ven la moral como un impedimento para alcanzar su realización, y por tanto la desconocen, cuando en realidad son precisamente estas normas las que ayudan a que haya orden y estabilidad en la sociedad y a que las personas puedan progresar.

La ética y la moral en la formación universitaria

La ética y la moral contribuyen a que el egresado universitario ejerza su profesión de manera responsable y comprometida con la sociedad mediante un ejercicio responsable de la ciudadanía, es decir, participan de manera, tal vez, no muy notoria pero si de vital importancia, para que al término de su preparación, un profesionista se realice responsablemente, por lo cual la ética es la expresión de una conciencia moral que posibilita el logro de bienestar social y contribuye a la realización plena del profesionista.

Aunque cada quien tiene una posición moral con respecto a muchos temas en la vida, las personas con mentalidad universitaria modifican con frecuencia algún criterio preestablecido gracias al diálogo y al ejercicio intelectual, cuando discuten con seriedad y responsabilidad diversos temas. Esto es posible porque todos, en especial los universitarios, buscan la verdad, si reconocen que algo es cierto, entonces tienen la responsabilidad moral de salir en defensa de la realidad de esa algo.

En el ejercicio de esa responsabilidad el profesionista encuentra el camino para su realización porque las aportaciones que dan la ética y la moral implican el pleno desarrollo de capacidades profesionales, la búsqueda y el logro de la excelencia y de la calidad y prestación de servicios y bienes, es por eso que la ética y la moral van más allá del conjunto de prohibiciones y deberes que se adquieren al formar parte de una comunidad profesional porque no se reduce a reglamentar la conducta, sino que impulsa y guía la realización de acciones que redunden en el beneficio de la sociedad y del profesionista.

Los profesionistas que van a egresar de las instituciones de educación superior, al adquirir un conjunto de conocimientos especializados y de competencias profesionales, no solo logran obtener el estatus y el poder de expertos especialistas en un área de conocimientos o un campo de acción, sino también contraer la responsabilidad ética y moral de hacer un buen uso de esas competencias profesionales, porque la aplicación de esos conocimientos especializados inciden de manera directa o indirecta en las condiciones de vida y en el bienestar de la población.

Visión del estudiante universitario

Para los estudiantes de licenciatura la ética y la moral suelen ser términos muy arraigados, pues ellos deben de tener muy presente que es lo que cada término evoca. Pues todo acto educativo es un comportamiento ético, por lo tanto la misma educación es ética por naturaleza y si ellos se encuentran inmersos en un ambiente de educación es obvio que esos términos deban estar presentes no sólo en su vida académica, sino en todos los aspectos de ella. En este caso se podría estar hablando de una ética y una moral semiprofesionales.

En general la moral, para los estudiantes, se define como la facultad de saber diferenciar lo bueno de lo malo, es decir poder saber si la acción que se realiza es buena o mala, regularmente para poder llegar a este razonamiento las personas se basan en valores, que se forman desde el seno familiar y se van desarrollando a lo largo de la vida, en especial la académica; mientras la ética es un estudio de la moral, es el poder saber si nuestro razonamiento es el correcto, un juicio moral y una norma que señala cómo deberían actuar los integrantes de una sociedad, en este caso todos los estudiantes de una licenciatura.

La moral que rige a los estudiantes de una licenciatura suele girar en torno a sus clases, sus exámenes, su vida universitaria, por ejemplo: la mayoría sabe que copiar no es algo "bueno", a pesar de eso muchos de ellos llegan a realizar tal acción (cabe aclarar que no se está afirmando que todos), pues crean un juicio moral, a su conveniencia, para poder justificar dicha acción, incluso aquí, se podría estar hablando de una doble moral. Con esta ejemplificación no se está afirmando que los alumnos carecen de moral y mucho menos de ética, sino más bien que suelen utilizarlas a su conveniencia, pues aún se encuentran en una etapa formativa, en la que todavía se está modelando su manera de pensar, actuar y razonar.

Para entender adecuadamente los comportamientos de los estudiantes, podemos seguir el modelo propuesto por Kolberg, que dividió en seis estados el nivel de juicio moral de los universitarios, y señala:

Nivel I. Preconvencional

Perspectiva individualista concreta del propio interés
Estadio 1: moral heterónoma, con orientación de castigo-obediencia y perspectiva social egocéntrica.
Estadio 2: moral individualista y de propósito instrumental e intercambio donde lo importante es seguir las reglas de acuerdo con el propio interés y necesidades, dejando a otros hacer lo mismo. La perspectiva social es de individualismo concreto.

Nivel II. Convencional

Perspectiva de miembro de la sociedad
Estadio 3: moral de expectativas interpersonales mutuas y relaciones y conformidad interpersonales mutuas. La perspectiva social es la del individuo en relación con otros.
Estadio 4: moral de sistema social y de conciencia, motivada por cumplir el propio deber aceptado y dar sostén a las leyes. La perspectiva social distingue entre el punto de vista interpersonal y el social.

Nivel III. Postconvencional

Perspectiva anterior a la sociedad, no relativa, o de razonamiento moral de principios
Estadio 5: moral del contrato social aceptado y razonado críticamente o de utilidad, y de los derechos individuales básicos; importancia de la imparcialidad de las reglas. La perspectiva social es la del individuo racional consciente de los valores y derechos previos al contrato social; considera los puntos de vista moral y legal.
Estadio 6: moral de principios éticos universales autoescogidos. La perspectiva social consiste en el reconocimiento de principios morales universales de los que se derivan los compromisos sociales, pues las personas son fines en sí mismas y así deben ser reconocidas.

Dentro del estudio realizado por Bonifacio Barba y José Matías Romo en Aguascalientes, titulado Desarrollo del juicio moral en la educación superior, se descubrió que de los estadios anteriormente dichos, la mayor parte de los estudiantes de educación superior se encuentran entre el 2 y el 4, y los menos en el 5, y muy pocos en el sexto nivel. Esto permitió hacer diversas correlaciones, por ejemplo, se sabe que mientras mayor sea la edad y el semestre, se habrá alcanzado un mayor estado de madurez, con lo cual, los actos realizados son más conscientes y, por ello, más libres; así la labor de la universidad es importante, pues en ella se forman los ciudadanos que se harán responsables del crecimiento de la sociedad en todos los aspectos.

El papel de la universidad en la Ética estudiantil

El quehacer esencial de la universidad es proporcionar un ambiente que favorezca el desarrollo y la realización de todos sus integrantes, y a través de ellos beneficiar a la sociedad entera. La ética universitaria tiene a su cargo mostrar medios y elementos convenientes y debidos para la construcción de ese ambiente y el cumplimiento de sus fines.

Más que repartir y derramar “ciencias”, debe de sembrar el entendimiento crítico con poder de discernir, de reconocer, de descubrir lo que podemos conocer de la verdad de las personas y de las cosas. Relacionada con el tema de verdad surge la necesidad ética de la responsabilidad social como expresión de justicia, indispensable también para el cambio social.

Muy pocas veces los universitarios (estudiantes, profesores, funcionarios) se esfuerzan en inventar el cambio y menos en promoverlo. La inmensa mayoría de ellos pertenecen a la notable y reducida esfera de beneficiados, y por eso procuran la permanencia y fortalecimiento de las teorías, sistemas, políticas y cosmovisiones que han mantenido la fortaleza de los propios privilegios.

La universidad debe formar en los estudiantes un criterio de justicia a partir del sentido común, y de las virtudes éticas de la justicia social. Esta labor universitaria es muy difícil, porque las ideas de dominación se heredan, se reproducen, se defienden como los propios bienes. Estas ideologías se trasmiten de padres a hijos casi por procesos genéticos, pero, además, los mismos grupos de poder construyen las instituciones sociales, políticas, financieras para custodiar sus inmensos intereses: medios de comunicación, partidos políticos, legislación, consorcios industriales y comerciales en el ámbito nacional e internacional.

Una universidad puede escapar de estas perversiones y complicidades si forma en sus estudiantes una clara y fuerte conciencia de responsabilidad social y si ella misma se compromete con la justicia. Hay algunos medios indispensables para la formación de esta conciencia ética en la educación. Por la esencia del quehacer universitario, la evidencia intelectual ha de ser el medio más poderoso.

Sin embargo, una cosa es saber qué es la justicia y otra cosa es ser justo; una cosa es saber qué debemos hacer y otra cosa más difícil es hacer lo que debemos. Por eso las evidencias racionales de la responsabilidad social deben ser tan fuertes que muevan a la acción de la justicia. Mucho ayuda en este proceso la mostración de las terribles injusticias sociales que sublevan cualquier sensibilidad humana que no ha sido destrozada.

Otro medio indispensable para la formación de la conciencia ética de responsabilidad social es la práctica de la justicia institucional. Una universidad forma hábitos, actitudes justas si es una universidad donde gobierna la razón y se vive la justicia, donde los estudiantes puedan encontrar los medios y oportunidades convenientes para su desarrollo personal en los planos intelectual, estético, espiritual y moral. Donde los profesores investigan, generan y comunican conocimientos, muestran caminos deseables con sus propias vidas, comunican a sus alumnos el placer de saber, pero también disponen de posibilidades económicas académicas y culturales para crecer y proyectar su crecimiento.

Allí los funcionarios están preparados para organizar, decidir, ordenar, innovar, gobiernan y se encargan de ordenar fines y medios de la universidad en todos sus niveles y las personas de la administración y de servicio hacen muy bien lo que les corresponde pero reciben un salario justo y justicia conmutativa y además cuentan con elementos para cultivarse y poder ascender a desempeños más deseables y de mayor calidad.

Otro elemento muy importante para la formación de una conciencia éticamente responsable es un verdadero servicio social. El estudiante debe tener conocimiento de la realidad nacional: las hirientes diferencias sociales, la pobreza, el desempleo, la desesperación de los que carecen de un refugio, los obligados a un trabajo humillante por la necesidad, los marginados de los servicios de salud, de educación, de posibilidades mínimas de una vida con elemental dignidad. Los estudiantes deben conocer esta realidad y, mejor todavía, deben experimentarla y procurar solucionarla según sus posibilidades.

Se necesita una universidad como inteligencia crítica de la sociedad, como recinto de humanidad y de dignidad, que sirva inmensamente a la sociedad con la generación del saber, con la trasmisión y proyección de la verdad, que no sea servil a los grupos de poderes políticos o económicos, que mantenga su libertad y autonomía, que aporte soluciones a los problemas sociales.

Conclusiones

Actualmente se vive en la sociedad de la información y la comunicación, y los avances técnicos y tecnológicos son ampliados día a día, por ello, la función social comúnmente aceptada de las instituciones de educación superior es la de formar profesionales poseedores de los últimos avances. Asimismo, las universidades son los lugares óptimos para el aprendizaje de carácter humano, de donde proviene su condición de ética y moral.

Resulta un error desaprovechar esta función, ya que todo centro de enseñanza superior tiene la obligación de promover modelos educativos en relación con el aprendizaje y la formación ética y moral de los estudiantes, como ocurre en toda institución de educación superior con voluntad de servicio público. Es de reconocer que no importa si el carácter de titulación de la universidad es público o privado, su sentido y misión públicos deben ser los mismos, definidos en función de un conjunto de características que permitan entenderla [a la universidad] como un espacio de aprendizaje ético y moral que procure que sus titulados ejerzan las futuras profesiones con la voluntad de contribuir a la formación de una sociedad inclusiva, digna y democrática.

Por lo anterior, es de reconocer, sólo como un ejemplo, la labor realizada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) al crear dentro del marco de su Modelo Universitario Minerva (MUM) un tronco común denominado de Formación General Universitaria Minerva (FGUM) donde se consideran asignaturas ligadas fuertemente con la condición de ciudadanos activos en la sociedad, pues se establece la necesidad de una interrelación con los demás de manera educada y responsable, con una actuación crítica y social, tal como reza el propio lema de dicha institución "Pensar bien, para vivir mejor". Así es como muestra la congruencia entre lo que dice y lo que hace.

Como se puede ver, una universidad de calidad y de servicio público es en la cual sus estudiantes se convierten tanto en excelente profesionales, como en ciudadanos cada vez más cultos y críticos. Para efectos de esto, se sugiere que tanto el profesorado como los administradores universitarios tengan presente que los resultados dichos se logran cuando se busca la verdad de forma rigurosa, a través de la argumentación, el diálogo y la deliberación abierta; siempre, sin incurrir en dogmatismos y fundamentalismos, dentro de un marco de interacción social y en colaboración con los demás.

Finalmente, sólo las universidades que se ocupen de crear los mecanismos necesarios para fomentar la participación ética y ciudadana en sus estudiantes, dentro de los tres ámbitos siguientes: formación deontológica relativa al ejercicio de las diferentes profesiones; formación ciudadana y cívica de sus estudiantes; y la tercera es la formación humana, personal y social que contribuya a la excelencia ética y moral de los futuros titulados en tanto que personas, puede ser considerada como una verdadera universidad de calidad.

Referencia

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Bruner, José Joaquín (2005). Ética universitaria en tiempos de cambio. Estudios: Venezuela. 265 pp.

Chaves, Jorge A. (Mayo-Agosto 2002). Ética, empresa y educación superior. En: Revista Iberoamericana de Educación.OEI. 29-s.a. [Disponible en http://www.rieoei.org/rie29a03.htm].

De la Isla, Carlos (2004). Revista Estudios, N° 69, vol. II, Nueva Época. pp. 7-18

"Ética y educación superior en el contexto de la mercantilización". Claudio Rama. Obtenido el 23 de septiembre de 2010 desde http://www.udlap.mx/rsu/pdf/1/EticayEduSuperiorenelContextodelaMercantilizacion.pdf

García Sierra, Pelayo (2000) Diccionario filosófico -Manual de materialismo filosófico-Una introducción analítica Biblioteca Filosofía en español 742 pág. [Disponible en http://www.filosofia.org/filomat/df467.htm].

Gaxiola, Sarahí (2010). Ética y valores. Ed. McGraw-Hill/Interamericana: México, D.F. 150 pp.

Gónzales, Jesús. (2005) Ética, conceptos de ética y moral. Los grandes soñadores nunca duermen. Venezuela. [Disponible en http://jesusgonzalez.blogspot.com/2005/08/tica-conceptos-de-tica-y-moral.html].

Guisán, Esperanza (1995). Introducción a la ética. Ed. Cátedra: Madrid.328 pp.

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Magallón, Mario. (Agosto-Septiembre 2006). Ética y educación en tiempos de crisis*. En Razón y palabra,52. [Disponible en http://www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n52/mmagallon.html].

Martínez Martín, Miquel (Septiembre-Diciembre 2006). Formación para la ciudadanía y educación superior. En: Revista Iberoamericana de Educación.OEI. 42-s.a. [Disponible en http://www.rieoei.org/rie42a05.htm].

Martínez, M. y Esteban, F. (2005). Una propuesta de formación ciudadana para el EEES. En: Revista Española de Pedagogía, 230. IEIE de Madrid, pp. 63-73.
Savater, Fernando (2005). Ética para Amador. 2a. ed. España: Ariel. 189 pp.


Sitios recomendados


Los valores en la Educación Superior
http://www.didactica.umich.mx/ixeuad/PONENCIAS/LOS%20VALORES%20EN%20LA%20EDUCACI%C3%93N%20SUPERIOR.htm
Modelo Universitario Minerva
http://www.minerva.buap.mx/

Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI)

http://www.oei.es/index.php

Organización de la Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO)
http://www.unesco.org/new/es/unesco/

Revista Iberoamericana de Educación
http://www.rieoei.org/presentar.php

Sociedad de la información y el conocimiento
http://www.sociedadinformacion.unam.mx/

Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL)
http://www.udual.org/

Fuente: http://moral-y-etica-universitaria.wikispaces.com/%C3%89tica+y+moral+en+la+educaci%C3%B3n+superior

Ética del quehacer educativo

publicado a la‎(s)‎ 26 jun. 2013 20:22 por José Malaguera   [ actualizado el 26 jun. 2013 20:27 ]

Por Carlos Cardona.  

A todos los niveles de la enseñanza se experimenta una integración de los conocimientos en función del sujeto receptor, que es la persona que ha de ser educada, a quien se transmiten o intentan transmitir los conocimientos. Y esa persona es unitaria. Por eso la fragmentación inconexa de las enseñanzas,  le desorienta y paraliza.

Heidegger, hace un análisis sobre el origen de la dispersión de las especialidades en la investigación científica, que ha eliminado el ideal clásico del hombre sabio, para sustituirlo por el del “eficiente”, experto en esto o aquello. Ese origen hay que situarlo en el momento histórico  en que el noble y esencial deseo de conocer el ser y su verdad y así conocer a Dios, lo que ha hecho y para qué, el fin a que todo tiende o debe tender, fue suplantado por la voluntad de poder, por la voluntad de dominar todo.

Desde la Modernidad, se está intentado excluir la ética -esencial para la persona- de la realidad social. Con el paso del tiempo es la estética la que sustituye a la ética. El sujeto carece de identidad personal. La consecuencia directa más lamentable de este intento es la desintegración de la humanidad de la persona. La razón cuantificadora toma el timón del humano conocer. La realidad se cuantifica, se cuenta, se mide. Viene el frenesí de la información. El saber humano se convierte en empresa económica, casi siempre en manos de la política, como poder coercitivo del Estado que administra las cosas en vez de ocuparse del gobierno de las personas. El hombre queda absorbido por sus necesidades materiales: las reales y las que origina el proceso económico producción-consumo.

A partir de aquí el bien se entiende como placer (aparece el egoísmo, porque el placer es individual y subjetivo), la eternidad es vista como temporalidad ilimitada (aparece la obsesión por la salud), la libertad es concebida como irresponsabilidad, se institucionaliza la irreligiosidad como verdad social o común, se establece el predominio de la sensualidad y el valor se reduce a utilidad, lo que hace del dinero la medida real y efectiva del trabajo.

El pensar propiamente cristiano de cualquier persona no ha dejado de elevar constantes y enérgicas protestas ante esta degradación teorética y práctica de la persona humana, insistiendo en el componente espiritual del hombre, en su alma inmortal y en su destino eterno.

En consecuencia la persona debe ser educada, ayudada a educir de las virtualidades de su espíritu la bondad que le corresponde como interlocutor personal de Dios. Por eso el objetivo fundamental de todo centro educativo, debe ser educar, formar hombres íntegros, personas: tarea que no se puede cumplir sin la cooperación de la inteligencia y la libertad de cada uno. Para eso hay que apelar a la persona. Se trata de desarrollar sólidas virtudes intelectuales y morales, que han de estar integradas entre sí y dirigidas al bien. Hay que recuperar la metafísica, del saber del ser y acerca del ser: de su consistencia, de su origen y de su fin. La tarea de los profesores ha de ser mancomunada, uniendo esfuerzos.

El quehacer educativo de hoy está en el planteamiento ético de la tarea y del objetivo del educador. Se trata de ayudar a los profesores para que no pierdan de vista su meta, que no es otra que la de formar hombres íntegros, personas: por tanto restituir a la norma ética su primacía. La actitud ética es la primera condición requerida para el buen conocedor y en consecuencia para quien en posesión de ese conocimiento tiene que transmitirlo, tiene que educar, suscitando en sus alumnos esa actitud hacia el buen saber. Se trata de ayudar al nítido discernimiento entre el bien y el mal, y la adecuada comprensión de la libertad de la persona. Lo primero que debe hacer el educador como profesional de la enseñanza, es conseguir que su propia tarea sea un acto ético, actuando éticamente, como persona que se dirige a personas, ha de ser un acto personal bueno, en sí y en sus consecuencias. Ha de ser un buen profesor, siendo un profesor bueno.

Cada profesor ha de tener una suficiente formación humanística básica que le permita a él mismo integrar la especialidad a la que se dedica habitualmente. De esta manera el profesor formado tendrá que fomentar en sus alumnos ese interés por lo integralmente bueno, pero no podrá fomentar ese interés, si él mismo no lo tiene.

Para que la persona se mueva éticamente, ha de tener una aspiración infinita: Dios en último término, luego si se quiere transmitir una ética objetiva, el requisito principal es poseerla, y para eso hay que tratar de adquirirla.

En el ambiente cultural en que nos hallamos resulta absolutizado el egoísmo, el yo como experiencia.

El cristiano debe tener el valor inteligente de hablar de Dios, porqué Él es el único porqué definitivo de toda norma ética. La noción del bien procede del conocimiento que la inteligencia natural tiene de lo que es la persona humana y de Dios como principio y fin, y de nuestra libertad creada por Dios y para Dios. Este conocimiento de lo que es la persona orienta enseguida lo que es la actitud moral, pone en ejercicio la libertad e implica la responsabilidad consiguiente. Sabe que debe ser bueno, que debe querer a Dios y a las otras personas tratándolas a todas y a cada una como a cada uno nos gusta que se nos trate. El hombre bueno que hace el bien se hace más bueno cuando lo hace, adquiriendo hábitos, capacidades, virtualidad, se está convirtiendo en un hombre íntegro, en una auténtica buena persona. El educador ha de facilitar al educando el descubrimiento de la libertad, excelencia enorme que Dios ha concedido a la persona creada: hacer el bien queriendo hacerlo, precisamente porque es el bien. Para ello la primera aplicación práctica ha de ser tratar a cada alumno de forma personalizada, interpelando su responsabilidad personal, lo que requiere un trato directo y dedicación de tiempo, dirigiéndose a cada uno, evitando de este modo que el educando se sumerja en el anonimato que lo despersonaliza y permitiéndole toda clase de tropelías que a solas no se atrevería a perpetrar.

La propia vida del profesor en cuanto los alumnos puedan percibirla debe estar siendo un testimonio de toda norma ética (raíz y fundamento  de la relación personal del hombre con Dios) y de vida moral: fortaleza, templanza, justicia y prudencia, que lo es también en el modo de tratar a los alumnos, como personas, y no como un simple medio para el profesor de ganarse la vida.

Lo esencial es ayudar al alumno a comprender que lo que está haciendo es mucho más que aprobar un curso, más allá de eso, lo que está intentando es adquirir madurez humana.

El hombre tiene derecho a ser educado y la familia es el lugar primordial de esa educación humana. Los padres son los primeros educadores y la naturaleza los dota de la cualidad más importante para educar: el amor que es natural y espontáneo. El derecho-deber que les incumbe es primario, original, intangible, indelegable e insustituible.

La primera condición para educar es el amor al otro, en cuanto otro es la fuente, el alma y la norma de toda acción educativa. Sin amor no es posible educar. Amor, docilidad y autoridad: es la clave para una educación realmente personalizada y humana.

Los profesores han de ayudar a los padres en el aspecto esencial de sus deberes -tarea primordial del matrimonio- que es la educación de los hijos.

Debemos tender a una creciente personalización, dirigiéndonos a la persona apelando a su inteligencia y a su libertad, que es como Dios mismo nos interpela.

Padres, profesores y alumnos han de entrar en relaciones de solidaridad, de comunión y de cordial colaboración, ya que una ruptura en este sentido, en el ámbito docente, tendría graves consecuencias en cuanto al resultado educativo.

El profesor si tiene realmente vocación educativa, de alguna manera tiene un principio de amor espontáneo hacia a sus alumnos, sólo por serlo, pero debe como los padres, dar carácter plenamente ético a ese efecto: ver a sus alumnos como personas, querer bien su bien. Eso suscita en cada alumno una respuesta afectiva y genera amistad; amor recíproco de benevolencia. El verdadero amor es un acto de libertad, es una elección generosa por la que se procura el bien del otro.

Hay que hacer ver a los padres que su misión es educar a sus hijos, ponerlos en condiciones de valerse por sí mismos mediante la educación, llevándolos a la madurez personal. Es preciso aclarar que es una incongruencia llevar a sus hijos a un colegio con un ideario ético que no se corresponde con el que los padres, explícita o implícitamente, imponen en su propio hogar. Si sus hijos los llevan al colegio no es solamente para que salgan bien instruidos, sino para que se eduquen bien, sobre todo para eso, y que en esta tarea la primera responsabilidad y la función más importante es la de los propios padres. Además habrá que hacerles comprender que deben vivir ellos mismos lo que desean que vivan sus hijos, entre otras razones porque, si no, será también más difícil que sus hijos lo vivan realmente.

Los componentes del buen amor, que está en la base misma de una buena educación son tres: querer (ejercicio de libertad, elección), el bien (lo que realmente es bueno, hacer el bien), al otro (y no directamente a uno mismo).

El esfuerzo educativo del centro docente consiste en formar éticamente al alumnado: dotarlo de criterio moral, para que sepa discernir el bien del mal, asumiendo la responsabilidad de sus decisiones, solicitando su libertad, ya que ésta singulariza el obrar humano frente a la actividad mecánica del resto de los pobladores de la Tierra y enseñándolo a ejercitarla de modo inteligente y con el testimonio del propio hacer y vivir. En la acción educativa hay que iluminar la inteligencia, solicitar la voluntad, el buen amor, y ayudar a que la repetición de actos libres genere hábitos, virtudes, capacidad y modelos estables de obrar bien.

La educación es una acción personal, realizada por personas y dirigida a todos pero a cada uno, como persona entre personas, y que tiene como objetivo el desarrollo de personas cabales, de personas realmente humanas, de hombres íntegros.

Dios ha creado a la persona  humana con amor, por amor y para el amor, y quiere sólo, correspondencia, reciprocidad, amistad, amor. Y de ese amor de amistad sólo la libertad es capaz: así Dios me ha hecho libre, porque es la única manera de obtener ese amor de benevolencia, dando al otro la libertad de que me quiera si quiere. Sólo se es amor si se ama, si se quiere en libertad. El quehacer educativo tiene como fin enseñar esto y ayudar a hacerlo. La misión del educador es formar educadores, hombres capaces de educar. Hay que querer querer, que es como se comienza a amar. Hay que constituir a la persona humana en libertad, ayudarle a comprenderse y a quererse como alguien delante de Dios y para siempre y a obrar en consecuencia. Cuando esto se hace, el hombre es ya verdaderamente libre. Y entonces se enfrenta a los bienes finitos (incluido él mismo) con pleno señorío de sus actos, con plena libertad.

Éste es el carácter ético del quehacer educativo, éste es su fin, y es lo que compromete a la persona misma del educador, que ha de educar en la libertad y para la libertad, porque ha de educar personas, seres libres, para ayudarles a ejercitar su libertad, a realizar de modo pleno el acto propio de la libertad, que es el amor electivo, la dilección.

Primero el educador ha de hacerse imitar, siendo cálido, cordial, humano y asequible y en segundo lugar –con la prudencia que cada situación exija- ha de mostrar, con sus propias dificultades, que la práctica del bien, que el ejercicio de la virtud, nos resulta ardua a todos, que hay que vencerse y que no siempre se logra.

La educación ha de impartirse en un clima de amistad, que es amor recíproco de benevolencia, que supone libertad. La libertad comienza con el uso de razón. Cuando el niño es capaz de sacrificarse, de decir no a un apetito, a un impulso y vence el yo instintivo, se puede afirmar que comienza su andadura ética. Llega un momento en el que hay un uso de razón suficiente para que haya capacidad de actos libres: cuando empieza a entender que algo es bueno y lo contrario malo. Se trata de una libertad incipiente, pero que le basta para hacerle responsable de sus actos y que irá creciendo a medida que se vaya ejercitando.

El amor de benevolencia ha de ser el alma de la acción educativa. Hay que educar en la libertad y para la libertad. Pero nadie da lo que no tiene. Para dar libertad hay que tenerla. La acción educativa tiene que estar dominada por la libertad generosa del educador. La educación ética consiste en ayudar al educando a actuar bien y en libertad, es decir, queriéndolo y con plena conciencia.

Educar es formar hombres íntegros, buenas personas, es decir enseñar y ayudar al niño y al adolescente a que se olviden de sí mismos y de sus apetencias, para darse generosamente a los demás y así podrán responder al precepto primordial de toda ley ética natural: amar a Dios con todo el corazón y sobre todo, y al prójimo como a ti mismo. Si quiero bien, si quiero el bien para el otro, para cada uno, uso rectamente de la libertad que Dios me ha dado. Si quiero mal, no la uso y me repliego sobre el amor necesario que me tengo a mi mismo (egoísmo). Sólo el amor de benevolencia cualifica radical y éticamente al hombre como bueno, y es ese amor el que lo personaliza, el que hace de él una buena persona.

La gran tarea del educador consiste, teniendo presente las cuatro virtudes: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza que se requieren mutuamente, se necesitan y son los pilares de la ética, en transmitir con el buen saber, con el buen hacer, y con el propio bien vivir, la verdad del hombre íntegro; y ayudar con tenacidad a cada uno a ejercitar la libertad con capacidad de amor de benevolencia. En definitiva a enseñar a querer queriendo, porque educar es enseñar a amar de modo efectivo, y amar es querer el bien para el otro.

La educación requiere sabiduría y la sabiduría se ordena, si entendemos por sabiduría el conocer para el recto vivir, y que sólo se alcanza, procurando vivir bien, es decir, éticamente. La ética se refiere no a lo que “puedo” hacer, sino a lo que “debo” hacer, porque soy una persona libre, que es mi bien, el bien que Dios quiere darme. Cuanto más haga lo que debo, más libre seré.

La filosofía es el amor a la sabiduría y como actividad humana que es, tiene finalidad: se ordena al bien de la persona humana y ese bien es la plenitud del amor que es el fin para el que Dios ha creado al hombre.

Teniendo presente que el estudio de la filosofía es de suma importancia ya que compromete el fin mismo del hombre, al interrogar por su identidad, por su origen y su destino, los frutos de una buena filosofía han de ser buenos frutos humanos: frutos de bondad ética, de paz, de concordia, de justicia y de amor. El origen de la filosofía está en el anhelo profundo de ese bien total y radical del hombre. Hemos de conocer bien la inteligencia del ser y para ello hay que tener en el alma un buen amor y Dios es amor.  Y esta es la filosofía que debe fundar la ética del quehacer educativo.

AMBIENTE SOCIAL

La cultura del consumo inculca “ el derecho natural a la abundancia”. Y la publicidad y la mentalidad consumidora descansan sobre la omnipotencia y manipulación de los signos. Tal artículo asegura prestigio, calidad de vida, seguridad, felicidad, personalidad, independencia.

Resulta así muy claro que los medios de producción y transmisión de “imágenes” tienen ahora un protagonismo social y una capacidad de influjo como nunca hasta hoy. El objeto no se consume en sí mismo, según su valor utilitario, sino como signo que nos distingue. La astucia del objeto acaba imponiéndose al sujeto. La libertad esencial y radical de la persona queda a merced de las solicitaciones que recibe, frecuentemente contradictorias entre sí, según quién las fabrica y propone objetos seductores, como instinto necesario y constitutivo del sujeto, ya convertido en mero individuo o unidad de consumición. Toda esta estrategia se basa en la felicidad entendida como consumo hedonista.

En el plano educativo, ya es gran cosa a ayudar a que los adolescentes y jóvenes de hoy analicen con serena crítica muchas de las cosas y situaciones en que viven. Pero de poco serviría esto si no les ayudamos a potenciar su verdadera personalidad, si no les enseñamos –con nuestra propia vida, y no sólo con análisis teóricos– a ejercitar la facultad raíz de la persona, que es la libertad, si no se habitúan a querer bien, con amor de benevolencia y don de sí, lo que no es viable de una forma estable si no se establece una relación personal con Dios, y acogiéndose a la gracia de la Redención.

El educador debe ayudar a que cada uno de sus alumnos sea abnegadamente buena persona, una persona cabal. Ésta es la verdadera singularidad humana, cuyo origen está en un singular acto creador divino para cada alma, y que tiene su posibilidad en la libertad que Dios nos ha dado, precisamente como facultad de amar generosa y libremente: a Él mismo de modo absoluto y como correspondencia y a los otros porque Dios los ama. Esto es ser realmente persona y poner la base esencial para que pueda haber una comunidad verdaderamente humana.

¿Existe un orden moral del mundo?

publicado a la‎(s)‎ 26 jun. 2013 19:46 por José Malaguera   [ actualizado el 26 jun. 2013 19:56 ]

Estamos acostumbrados en los diferentes ámbitos de nuestra vida a realizar consideraciones, dar opiniones, a juzgar en definitiva. Y al mismo tiempo, a estar continuamente recibiendo aprobaciones o desaprobaciones, juicios de otros y en el mundo empresarial el conocido como  feed-back como forma de evaluar nuestras actuaciones profesionales. Este enjuiciamiento continuo, nos parece algo natural  que aceptamos casi inconscientemente, a pesar de que muchas veces nos produzca internamente sufrimiento y malestar, porque detrás se esconden situaciones de dominio de la voluntad y búsqueda del servilismo productivista como en el caso empresarial, donde todo, incluida nuestra vida, debe ponerse al servicio de una burda y manipulable ficción contable como es el beneficio.

Cabe preguntarse si existe una legitimidad fundamentada que nos permita realizar esos juicios del valor sobre los otros o sobre lo que nos rodea. ¿Existe un orden moral del mundo que nos permita enjuiciar a los demás a través de sus premisas? ¿Y quién está legitimado para juzgar? Desde la filosofía una de las respuestas más clarividentes vienen del filósofo holandés Spinoza: su doctrina niega el orden moral del mundo. No hay una teleología, una causa final que de sentido a lo que hacemos. Denuncia  así el orden moral del mundo: el bien y el mal no existe, son solo inventos para someternos a un poder ya sea sacerdotal, político o empresarial. Bueno es lo que proporciona placer o alegría y malo lo que nos produce sufrimiento y tristeza. Culpabilizarnos ante los juicios de otros es una pasión triste, negativa e inútil.

¿Qué debemos hacer entonces si no hay un orden moral que justifique los juicios? Al contrario de lo que pueda parecer, Spinoza propone una ética afirmativa de la vida: la alegría de vivir siguiendo el conatus del querer ser. El libre albedrío es una ficción. Estamos determinados pero la libertad es autodeterminación: hay que actuar por el propio impulso y no como respuesta a la acción de otro. Ser capaces de decidir por nosotros mismos y no por la presión de los otros. Es nuestra determinación interna contra la determinación externa de nuestros sacerdotes, políticos o jefes. No hay una voluntad libre: hay voluntad fuerte y voluntad débil. Hay que distanciarse serenamente de los condicionamientos externos e internos y seguir nuestras pasiones. Nadie tiene legitimidad para juzgarnos.


Nietzsche, que consideraba a Spinoza como un precursor de su pensamiento, nos decía que el mundo es lo que es y no puede ser otra cosa: hemos de querer las cosas como son porque es lo que hay (amor fati). En esta autodeterminación al que nos empele un mundo sin orden moral, quizás nos quede fundamentarnos en tener un compromiso ético con la verdad en todos los ámbitos de actuación de nuestra vida, incluyendo la profesional. Y como también nos dice el filósofo Slajov Zizek: la verdad está siempre del  lado de la víctima, de los que sufren el poder de unos pocos, de los excluidos del sistema. Hay siempre una verdad moral.

Hay que ser conscientes de esta falta de legitimidad del sistema actual. Que vivimos inmersos en una ideología de la apropiación de recursos por unos pocos, que mediante un sistema de representaciones y discursos repetitivos como el de la eficiencia, el consumo y los beneficios, intentan justificar un estado de cosas y ocultar así los conflictos reales, como la exclusión y el desamparo de gran parte de nuestra población, que por pura frustración comienzan a explosionar en los extrarradios de las grandes ciudades.

En la búsqueda de esa verdad moral quizás también nos lleve a interiorizar que en vez de juzgar y muchas veces despreciar y excluir a los otros basados en premisas ilegítimas, hay que tratar de escuchar, comprender, incluir y ayudarles con nuestras capacidades. En esta autodeterminación reside nuestra verdadera libertad ejercida como una voluntad fuerte y una afirmación inclusiva en positivo de la vida como palanca para cambiar el mundo.

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