11 El Radicalismo de la Razón


El Radicalismo de la Razón: El Idealismo Cartesiano (1/4)

 

El Radicalismo de la Razón: El Idealismo Cartesiano (2/4)

 

El Radicalismo de la Razón: El Idealismo Cartesiano (3/4)

 

El Radicalismo de la Razón: El Idealismo Cartesiano (4/4)


LOS ORÍGENES INTELECTUALES DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Author: Elías Trabulse

La influencia de las ideas en los acontecimientos históricos
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Uno de los más interesantes problemas al que se enfrenta un historiador del siglo XVIII es el de evaluar la influencia que ejerció la filosofía de la Ilustración en ese gran acontecimiento que fue la Revolución Francesa, ya que es indiscutible que fueron los postulados teóricos de dicha filosofía los que dieron el impulso revolucionario al hecho histórico que echó las bases políticas, sociales y económicas de la democracia moderna. Hasta tal punto es importante esta corriente de pensamiento que a ella debemos atribuir las luchas libertarias que hace dos siglos emprendieron por su emancipación los Estados Unidos, Iberoamérica y diversos países de Europa; y aún hoy, en nuestros días, constituye el fundamento del debate por la democracia en gran parte del orbe. Y es que la filosofia del Siglo de las Luces desde Montesquieu hasta Rousseau es una filosofía de la acción, que llevó a sus seguidores de 1789 a realizar en la práctica lo que los ilustrados habían propuesto como teoría susceptible de ser aplicada a la realidad. Esto ha llevado a sus detractores a desvirtuar su verdadero carácter reformador y a ver en la Revolución que originó, un fenómeno histórico caótico y fracasado que condujo a la descomposición social y al despotismo político.
Ciertamente el tema es controvertible, como sucede siempre que se quiere evaluar el papel de las ideas en los fenómenos históricos. En el caso específico de la Revolución Francesa ha sido práctica habitual de los historiadores atribuir en gran medida sus orígenes a causas tales como el desorden financiero de la monarquía, el caos ministerial, la hostilidad de los parlamentos contra el poder central, los propósitos de reinvidicación de la nobleza, el ascenso de la burguesía o la pobreza en la que vivía parte de la población. Sólo en forma esporádica se intenta ir más allá de los hechos y penetrar en las bases intelectuales que socavaron el orden establecido y condujeron primero al desafio y luego a la revolución.
Esto se explica si consideramos que las ideas pertenecen, por así decirlo, al orden de los movimientos telúricos subterráneos: en un principio lentos, imperceptibles, intangibles, invisibles. que de repente salen a la superficie en forma violenta y provocan los sacudimientos sociales que abren una nueva época. Es en este momento en que las ideas, al chocar con la realidad, se transformación profundamente, sobre todo al ser adoptadas y puestas en vigor por hombres de acción, primero como tentativas de reforma y luego como actos abiertamente revolucionarios. Es, como decía José Ortega y Gasset, el momento en que las ideas se vuelven creencias, es decir artículos de fe. Dejan de pertenecer al dominio de la razón para penetrar en el del sentimiento y la emoción. La fuerza revolucionaria de una idea transformada en creencia es enorme aunque con frecuencia el pueblo, actor de las revoluciones, no conoce la idea original que hizo surgir las creencias que lo llevan a acciones heroicas o incluso a la muerte. No es necesario haber entendido un libro o incluso haberlo leído para recibir, por caminos que desconocemos, su influencia profunda. Frases de Voltaire, Rousseau o Diderot actuaron en 1789 como puntas de lanza de muchos de los revolucionarios que desconocían su origen.
Entre 1715 y 1789 este proceso telúrico ocurrió en Francia. Al principio el movimiento fue lento, las ideas se difundieron primero entre las capas cultas de la sociedad, y luego, desde 1750 el "espíritu filosófico" penetró también, y con mayor rapidez, en casi todos los niveles de la sociedad, de tal forma que en 1789 bastaron unos cuantos elementos coyunturales para provocar el sacudimiento político y social. Ciertamente esas ideas sólo pudieron fructificar en un medio propicio y con el apoyo de un gran sector de la opinión pública francesa. En esto estriba el éxito de las ideas ilustradas, en que supieron canalizar el descontento y el deseo de cambio de los más disímiles sectores de la población, desde el campesino hasta el aristócrata. Ahora bien, no es fácil determinar el grado de influencia de las ideas ilustradas en el proceso revolucionario pues ante la realidad concreta sufrieron transformaciones de forma, más no de fondo.
En qué medida estuvo la Ilustración presente en los debates de la Asamblea Constituyente, en la Convención Nacional, en la ejecución de Luis XVI o en el Terror es cosa que no conocemos y acaso nunca conoceremos con precisión. Más aún, muchos de los acontecimientos de la Revolución no parecen a primera vista surgidos de las ideas de los ilustrados. ¿Cómo conciliar a Robespierre con La nueva Eloísa, esa larga novela sobre, la virtud y la fidelidad escrita por Juan Jacobo Rousseau? Sin embargo el responsable de las matanzas de septiembre confesó que era su libro de cabecera. El contraste es sorprendente, sin duda, pero este caso no es excepcional: las ideas ilustradas transformadas en "máquinas de guerra" operaron el cambio.

Fuente: http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras17/textos1/sec_1.html



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José Malaguera,
24 sept. 2009 13:37
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