03 Modernidad y Crisis en Venezuela

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Crisis de la modernidad y crisis de la política

En una perspectiva macro-social, la problemática de la modernidad en tanto paradigma y en tanto modo de organización de la sociedad y la cultura, se encuentra en el centro del debate intelectual que hoy tiene lugar. Mientras hay quienes hablan de una crisis de la Política moderna, otros enfatizan un cuestionamiento al propio paradigma moderno de la Política, lo que no deja de traer consecuencias para la propia Ciencia Política. Es a este último aspecto, al que se referirá este análisis.


Como se sabe, el paradigma de la modernidad (sea ésta ilustrada o instrumental), contiene una visión de la Política entendida como una función reservada y especializada en manos de una elite profesional, y que propone la racionalidad burocrática y territorial para la organización del Estado, se sustenta en la soberanía de la nación y en la primacía de la Ley y el Derecho, y postula el desarrollo de la conciencia libre y activa de cada ciudadano, de manera de producir una condición ciudadana involucrada y comprometida con la vida política.


Con la modernidad, el Estado (en cualquiera de sus formas, modelos y regímenes) tiende gradualmente a sustituirse y a sustituir a la Nación, en nombre de la eficiencia burocrática y centralizada, y de un poder político piramidal que distribuye –o intenta distribuir- beneficios y sanciones.


Esta misma tendencia, conduce a hacer de la actividad política y partidaria un negocio cada vez más mediatizado, una arena institucionalizada de confrontaciones virtuales y de acuerdos reales, un juego comunicacional de imágenes superpuestas y de retóricas “light”, que se alejan de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.


Bajo el paradigma de la modernidad, y dentro de la estructura socio-política de la Nación-Estado, que es uno de sus rasgos característicos, lo que sucede en realidad es que la lógica de la Nación (que es horizontal, participativa, abierta y dinámica) tiende a oponerse a la lógica del Estado (que es vertical, burocrático, poco permeable y lento). Y las lógicas divergentes aquí, se acompañan a la configuración de intereses colectivos e individuales, que se contraponen en su búsqueda de la hegemonía.


La crítica realista al paradigma político de la modernidad, tiende a subrayar los aspectos paradójicos y contradictorios de una construcción política que termina por erigirse por encima de los sujetos a los que pretende representar. El surgimiento y expansión contínua de un aparato estatal moderno y burocratizado, no es una constatación que pueden arrogarse los ideólogos conservadores o liberales, sino que es un fenómeno histórico objetivo, resultante precisamente de la propia formación del Estado-Nación, de la incorporación de criterios de eficiencia, racionalidad y rentabilidad en la gestión pública.


La racionalidad moderna en la Política, tiende a producir una separación, una alienación del ser humano-ciudadano respecto del poder y del Estado, en la medida en que éste se arroga la totalidad de la función política, y en la que ésta se profesionaliza en manos de una elite especializada y tecnocrática.


El ciudadano común no solamente se desapega de la función pública, porque su opinión no informada importa sólo en cuanto “demandas y aspiraciones”, sino que es invitado cada cierto tiempo a dar su opinión política, dejando el resto del tiempo a la política y al poder político, en manos de los funcionarios, los gobernantes y los expertos.


Con la modernidad, la Política se desgaja en dos tiempos y en dos esferas: por un lado, el tiempo de “hacer política” en que los ciudadanos –sometidos al imperio de las comunicaciones y las estrategias políticas- eligen a sus representantes, para regresar después al “tiempo cotidiano” de sus actividades habituales; y por el otro, la esfera de la política como acción, se separa entre la “clase política” que –con sus propios lenguajes, códigos, retóricas y ceremoniales- gobierna desde el Estado, y la “sociedad civil” que –sumergida en el trabajo y la producción- parece permanecer fuera del Estado.


Desde el punto de vista de la credibilidad pública, es necesario reconocer que en la Política moderna, el ciudadano comienza creyendo y termina no creyendo.


De este modo, la crisis intelectual de la modernidad política se pone de manifiesto, cuando la apatía ciudadana se extiende en los sistemas políticos, cuando los ciudadanos se des-solidarizan de la cosa pública y de la organización social, cuando los lazos de cohesión comunitaria son reemplazados por la mercantilización clientelística de las relaciones políticas, cuando se abre la brecha social y cultural entre la ciudadanía atomizada y la clase política y gobernante, cuando el discurso político se separa de la realidad y deviene ininteligible para los ciudadanos: podría afirmarse que la modernidad aliena a la Política de los ciudadanos. (2)


La razón política moderna parece enfrentarse así a su propio discurso, a su propia retórica: la participación colectiva que propugna, no puede llegar hasta sus últimas consecuencias institucionales; el individuo no puede realizarse ni como ciudadano solo, ni como uno más en la multitud; el poder político tiende siempre a absorver, a complejizarse y a dominar; el ciudadano –en primera y última instancia- parece tener que enfrentarse solo ante el Estado y el poder, si no quiere ser anulado por las maquinarias políticas; el cambio termina siendo conservador y la conservación siempre desencadena los cambios; la racionalidad política se hunde ante el azar y las pasiones; en nombre de la diosa Libertad, del dios Estado, del dios partido o del dios Pueblo, se instalan las dictaduras más opresivas, se cometen las peores atrocidades y se perpetran los peores crímenes e impunidades.


De este modo, la crisis de los paradigmas de la Ciencia Política, hace referencia, sin agotarse en ella, a la crisis misma de la política.



Un aspecto relevante de la crisis en cuestión, es el debilitamiento del universo ideológico-linguístico de la política –en cuanto lectura de la realidad y práctica social- ahora invadido por los lenguajes y códigos de la Estrategia, de las ciencias de la Comunicación, de la Psicología, de la Administración, de la Cibernética…


A medida que asistimos a una hora en la que los “grandes relatos” parecen desacreditados, la forma epopéyica y épica de la política y de la Ciencia que la estudia, crea una barrera epistemológica casi insalvable para referirse a la contemporaneidad e incluso a la cotidianeidad. Una contemporaneidad que, por lo demás, abjura de las tradiciones, que duda de sí misma, que se burla de la política y sus rituales ceremoniales, de sus valores y estructuras estereotipadas; y una cotidianeidad que se escapa entre los dedos de una Política referida y centrada en instituciones, normas, problemáticas complejas, juegos de poder e imágenes virtuales.


Así también, mientras el discurso político se semantiza, y se convierte en complejos dispositivos semiológicos cargados de ambiguedad y de significados equívocos, la Ciencia Política se enfrenta a la dificultad mayor de tener que operar con conceptos cargados de ideología.



La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.



La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos.


Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un “argumento ideológico sesgado” –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.



La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior.



La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.



El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.


La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.


Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior centralidad en los procesos sociales.


En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica.


Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituida por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas generando una percepción social negativa en torno suyo.


Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía y la Administración.



Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.


La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.


Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de “los políticos”, por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.


La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.

Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la Nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.

Lejos debe estar hoy el Cientista Político de anunciar el fin de la Política como arte y como ciencia. La Política no desaparecerá porque forma parte indisoluble de la realidad social. Una de las hipótesis centrales en que se sustenta esta reflexión, afirma que existe una manera política de ver y aprehender la realidad, y que dicha manera política se traduce en formas de pensar y de actuar, que constituyen la distinción o el rasgo característico del quehacer político en la sociedad y la tarea esencial de búsqueda e interrogación del Cientista Político.



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José Malaguera,
22 sept. 2009 14:38
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