07 Reforma y Revolución III

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Los orígenes intelectuales de la Revolución Francesa

Elías Trabulse

 

1. La influencia de las ideas en los acontecimientos históricos

Uno de los más interesantes problemas al que se enfrenta un historiador del siglo XVIII es el de evaluar la influencia que ejerció la filosofía de la Ilustración en ese gran acontecimiento que fue la Revolución Francesa, ya que es indiscutible que fueron los postulados teóricos de dicha filosofía los que dieron el impulso revolucionario al hecho histórico que echó las bases políticas, sociales y económicas de la democracia moderna. Hasta tal punto es importante esta corriente de pensamiento que a ella debemos atribuir las luchas libertarias que hace dos siglos emprendieron por su emancipación los Estados Unidos, Iberoamérica y diversos países de Europa; y aún hoy, en nuestros días, constituye el fundamento del debate por la democracia en gran parte del orbe. Y es que la filosofia del Siglo de las Luces desde Montesquieu hasta Rousseau es una filosofía de la acción, que llevó a sus seguidores de 1789 a realizar en la práctica lo que los ilustrados habían propuesto como teoría susceptible de ser aplicada a la realidad. Esto ha llevado a sus detractores a desvirtuar su verdadero carácter reformador y a ver en la Revolución que originó, un fenómeno histórico caótico y fracasado que condujo a la descomposición social y al despotismo político.

Ciertamente el tema es controvertible, como sucede siempre que se quiere evaluar el papel de las ideas en los fenómenos históricos. En el caso específico de la Revolución Francesa ha sido práctica habitual de los historiadores atribuir en gran medida sus orígenes a causas tales como el desorden financiero de la monarquía, el caos ministerial, la hostilidad de los parlamentos contra el poder central, los propósitos de reinvidicación de la nobleza, el ascenso de la burguesía o la pobreza en la que vivía parte de la población. Sólo en forma esporádica se intenta ir más allá de los hechos y penetrar en las bases intelectuales que socavaron el orden establecido y condujeron primero al desafio y luego a la revolución.

Esto se explica si consideramos que las ideas pertenecen, por así decirlo, al orden de los movimientos telúricos subterráneos: en un principio lentos, imperceptibles, intangibles, invisibles. que de repente salen a la superficie en forma violenta y provocan los sacudimientos sociales que abren una nueva época. Es en este momento en que las ideas, al chocar con la realidad, se transformación profundamente, sobre todo al ser adoptadas y puestas en vigor por hombres de acción, primero como tentativas de reforma y luego como actos abiertamente revolucionarios. Es, como decía José Ortega y Gasset, el momento en que las ideas se vuelven creencias, es decir artículos de fe. Dejan de pertenecer al dominio de la razón para penetrar en el del sentimiento y la emoción. La fuerza revolucionaria de una idea transformada en creencia es enorme aunque con frecuencia el pueblo, actor de las revoluciones, no conoce la idea original que hizo surgir las creencias que lo llevan a acciones heroicas o incluso a la muerte. No es necesario haber entendido un libro o incluso haberlo leído para recibir, por caminos que desconocemos, su influencia profunda. Frases de Voltaire, Rousseau o Diderot actuaron en 1789 como puntas de lanza de muchos de los revolucionarios que desconocían su origen.

Entre 1715 y 1789 este proceso telúrico ocurrió en Francia. Al principio el movimiento fue lento, las ideas se difundieron primero entre las capas cultas de la sociedad, y luego, desde 1750 el "espíritu filosófico" penetró también, y con mayor rapidez, en casi todos los niveles de la sociedad, de tal forma que en 1789 bastaron unos cuantos elementos coyunturales para provocar el sacudimiento político y social. Ciertamente esas ideas sólo pudieron fructificar en un medio propicio y con el apoyo de un gran sector de la opinión pública francesa. En esto estriba el éxito de las ideas ilustradas, en que supieron canalizar el descontento y el deseo de cambio de los más disímiles sectores de la población, desde el campesino hasta el aristócrata. Ahora bien, no es fácil determinar el grado de influencia de las ideas ilustradas en el proceso revolucionario pues ante la realidad concreta sufrieron transformaciones de forma, más no de fondo.

En qué medida estuvo la Ilustración presente en los debates de la Asamblea Constituyente, en la Convención Nacional, en la ejecución de Luis XVI o en el Terror es cosa que no conocemos y acaso nunca conoceremos con precisión. Más aún, muchos de los acontecimientos de la Revolución no parecen a primera vista surgidos de las ideas de los ilustrados. ¿Cómo conciliar a Robespierre con La nueva Eloísa, esa larga novela sobre, la virtud y la fidelidad escrita por Juan Jacobo Rousseau? Sin embargo el responsable de las matanzas de septiembre confesó que era su libro de cabecera. El contraste es sorprendente, sin duda, pero este caso no es excepcional: las ideas ilustradas transformadas en "máquinas de guerra" operaron el cambio.

 

2. Las ideas de la Ilustración francesa

Son diversos y múltiples los elementos que configuraron la filosofia de la Ilustración, y no deja de ser un poco temerario tratar de condensar en pocas páginas lo que fue uno de los más vigorosos movimientos intelectuales de toda la historia. Hagamos, sin embargo, un intento de aproximación.

La Revolución Francesa tuvo como uno de sus antecedentes a otra revolución que no por silenciosa fue menos profunda y trascendental: la Revolución Científica del siglo XVII. En efecto, gracias a los trabajos de Galileo, Descartes, Bacon, Newton y de muchos otros se configuró una idea del cosmos apoyada en un cuerpo sólido de leyes matemáticamente demostrables. El mundo físico pudo ser explicable en términos cuantitativos. La mecánica newtoniana era la síntesis científica más completa elaborada por el hombre y la más perfecta manera de explicar los fenómenos naturales.

Este inmenso logro llevó a algunos intelectuales a tomar conciencia --como en ninguna otra época de la historia- de sus potencialidades para dominar la naturaleza por medio de conocimiento científico. El mundo fisico podía ser transformado en beneficio del hombre. La naturaleza, que en la cosmología medieval era objeto de contemplación, podría ser ahora, gracias a la tecnología derivada de las ciencias, un objeto de dominio y explotación que permitiera al hombre un mayor bienestar.

Esta entronización del conocimiento científico indujo a los sabios y pensadores del Siglo de las Luces a considerar como verdaderos sólo los hechos y las teorías que podían ser verificadas o demostradas por métodos científicos cada vez más rigurosos.

El elemento medular de esta actitud era la confianza absoluta en la Razón humana como el único instrumento para comprender la realidad. La racionalidad de un hecho sea de la naturaleza que fuere era el criterio parajuzgar si era verdadero o falso. Diderot expresó con claridad el ideario de la época cuando escribió: Tensamos que el mayor servicio que se les puede hacer a los hombres es enseñarles a utilizar su razón, para que así puedan tener por verdadero solamente lo que han verificado y comprobado." El cosmos estaba estructurado en forma racional y el orden y la armonía de sus leyes así lo probaba.

No fue dificil para los pensadores del siglo XVIII dar el paso siguiente: pasar del mundo de las ciencias al mundo moral, o sea del estudio de la fisica y la astronomía al de la política y la sociedad, y pretender que el mismo orden y armonía que existía en aquéllas podía y debía también existir en éstas. La razón humana era capaz de revelar ese orden del mismo modo que había develado a los científicos los secretos de la naturaleza. Era entonces necesario crear una ciencia de la sociedad, de la política y de la economía, que estuviera regida por leyes tan rigurosas como las de la fisica.

Pero esto no era tan sencillo. Largos siglos de tradiciones y costumbres habían creado estructuras sociales, instituciones políticas y relaciones económicas consideradas absurdas y opresivas que eran rechazadas por los racionalistas por estar basadas en la superstición, el miedo y la emoción. Lo que la ciencia medieval había sido para la ciencia moderna, así la sociedad del presente debía ser para la sociedad del futuro: el paso de las tinieblas, el oscurantismo y la servidumbre, a la luz, la razón y la libertad.

Fue de esta manera como los ilustrados franceses percibieron con claridad lo que debían destruir para, después, sobre sus ruinas, levantar la nueva sociedad. Leyes, instituciones y hábitos debían ser modificados a fondo y para ello la mejor arma de que dispusieron fue la crítica histórica, ya que fue en el estudio del pasado donde encontraron el origen de todos los males que padecía la sociedad de su época, a saber, la desigualdad social, el despotismo monárquico y el fanatismo religioso. Su crítica histórica caló hondo cuando denunciaron como cuestionables el derecho divino de los reyes, los fueros del clero y de la nobleza y la autoridad de la religión revelada. Era, en suma, una cruzada tendiente a reformar -y si era necesario a destruir- un orden para erigir otro, dictado por la razón. La incredulidad, sea en el campo que fuere, caracteriza al pensamiento ilustrado. Su fe en la razón tuvo como fundamento, paradójicamente, el escepticismo más radical. En D'Argenson, Chamfort, Morelly, Diderot, Voltaire, D'Holbach, Condillac, Helvetius, y en otros más, incluidos novelistas como Laclos y Sade, encontramos ese profundo espíritu crítico que los llevó a atacar, sin consideraciones para las tradiciones venerables y los convencionalismos, todo el edificio de la sociedad en que vivían, desacralizar lo sagrado y desmitificar las autoridades y los poderes establecidos.

Su principal punto de ataque fue la religión institucional y religional pues en ella encontraron el origen de la superstición y el fanatismo, en el que estaba hundido el pueblo llano. La religión era, según ellos, el falso consuelo de los oprimidos, de aquéllos que al no poder esperar nada de esta vida ponían sus esperanzas en la otra. Muchos siglos de cristianismo tiránico habían reprimido y aun atrofiado su razón con creencias absurdas y con supersticiones sin número.

Sin el menor respeto a la fe tradicional de una Francia que desde Clodoveo había dado santos y mártires, los deístas y ateos del Siglo de las Luces inundaron la tierra de Juana de Arco, la heroína de las revelaciones y las voces que había salvado a Francia, de libelos satíricos y de pasquines difamatorios, de libros de teología natural y de coplas irreverentes contra el clero, los sacramentos y la Escritura sagrada. Casi no hubo punto de la religión que autores como Voltaire no pusieran en la picota primero de la duda y luego del sarcasmo. Su Diccionario Filosófico, ese monumento a la impiedad, fue el evangelio de una generación irreverente. Su poema La Doncella, donde ridiculizaba a Juana de Arco, circulaba manuscrito, y fue la charla obligada de los salones de enciclopedistas y librepensadores de mediados del siglo. El mismo Voltaire, en su guerra contra "la inflame", que así calificaba a la religión cristiana, emprendió ya en la vejez la redacción de una obra titulada La Biblia al fin explicada. donde destruía en medio de sarcasmos todos los versículos del Génesis tachándolos de fábulas ridículas. Ciertamente a la lucha contra el cristianismo no le fue ajena la represión y la, censura, pero estos filósofos supieron bien encubrirse en el anonimato y en los falsos nombres. No hubo artimaña que no emplearan para hacer imprimir y difundir sus escritos. La Francia del siglo XVIII vio cómo la religión de sus padres era atacada en el seno de su cultura, es decir desde dentro de ella misma. Este fenómeno sin precedentes en cuanto a la intensidad de la contienda, explica el que durante las horas más sombrías de la Revolución se haya llegado a extremos de persecución religiosa que no habían sido contemplados en Europa desde la época del Imperio Romano.

Al actuar de esta manera los filósofos franceses del XVIII debilitaron hasta tal punto la estructura de la religión institucionalizada que muchos clérigos y abates pasaron a sus filas y desde ahí atacaron al poder eclesiástico al cual servían. Pero, además, vulneraron seriamente a una institución que había sido aliada de la monarquía por cientos de años y sosten de la sociedad. La ancestral alianza entre el trono y el altar fue puesta en entredicho con lo que ambas formas de autoridad se vieron necesariamente cuestionadas.

El ataque contra la religión tuvo además otro cometido: erradicar de los grupos no privilegiados la idea de una vida en el más allá, con lo que los impulsaron a buscar en ésta vida lo que era dudoso que encontraran en la otra.

Simultáneo a su ataque contra la religión los ilustrados denunciaron la irracionalidad de la estructura social que contradecía visiblemente el orden de la naturaleza al exhibir sus injusticias. Era necesaria una reforma social aunque pocos de entre ellos creían que debía hacerse en forma violenta. Algunos predijeron una revolución, pero ninguno vio en el futuro un reinado del Terror.

La premisa de la que partieron era una figura retórica que parecia muy convincente: el hombre es bueno al nacer, la sociedad lo corrompe y lo hace malo. Es pues necessario estudiar cuáles son los elementos que hacen nociva a la sociedad y eliminarlos. De esta -forma las voces que se habían levantado contra la autoridad religiosa entre 1750 y 1770, comenzaron, desde aproximadamente este año y hasta la Revolución, a impugnar los derechos de la nobleza hereditaria y la estructura jerárquica de la sociedad. Los más radicales se atrevieron incluso a criticar el derecho divino de los reyes que, según ellos, carecía de fundamento ético e histórico.

A menudo se ha dicho que los filósofos del siglo XVIII se preocuparon sólo en destruir sin poner nada en lugar de lo que habían tan cuidadosamente demolido. Esta aseveración no es del todo exacta. Ciertamente, como ya dijimos, su pensamiento fue eminentemente crítico y escéptico y sus ataques a la, religión y a la estructura política y social de su época tenía como finalidad la destrucción de la primera y la reforma de la segunda. Pero esta actividad crítica no se hubiera llevado a cabo de no estar animada de una profunda convicción, impregnada de optimismo, sobre lo que podría ser el futuro de la humanidad. No deja de ser una extraña paradoja que el Siglo de las Luces y de la Razón haya sido también un gran siglo de la fe. Pero no de la fe al modo cristiano, sino de la fe en una idea que con altibajos ha llegado hasta nuestros días: la idea del progreso.

En efecto, la idea básica, la concepción teórica más notable que nos legó la Ilustración la idea que hace de ésta una Cosmología- es la creencia de que todos los seres humanos pueden alcanzar aquí, sobre esta tierra, un estado de perfección que hasta entonces sólo se había creído posible, dentro del pensamiento occidental, para los cristianos en estado de gracia, y sólo después de su muerte, en el cielo. -Este fue el corolario de todo el ideario ilustrado: el hombre era perfectible y por lo mismo susceptible de alcanzar la felicidad en un paraíso terrenal y no celestial. Era lo que Carl Becker denominó "la ciudad de Dios del siglo XVIII"; una ciudad utópica edificada en la tierra para la felicidad de todos los hombres ya liberados de todos los yugos de la ley, la comunidad, la religión y la autoridad que los habían "asfixiado" durante siglos. Y la felicidad del género humano estaba cerca, tan cerca que muchos de los ilustrados creyeron poderla ver antes de morir. De lo que para ellos significó ese gran acto de fe vivificante dio cuenta Saint-Just, el joven revolucionario francés quien ante la Convención afirmó, con una simplicidad engañosa, lo que fuera el credo de toda una época: "la felicidad -dijo- es una idea nueva en Europa&quoot;. Nosotros, a doscientos años de distancia, ya sabemos los peligros que encierra esa promesa nunca cumplida.

 

3. Francia a la hora de la Revolución

La Revolución Francesa no es fácil de explicar únicamente en términos de crisis económica y social. Esta interpretación ya resulta, hoy en día, incompleta y hasta cierto punto superficial ya que desde hace más de un siglo han salido a la luz datos que la contradicen. De hecho desde la obra clásica de Alexis de Tocqueville los historiadores han señalado que las condiciones socioeconómicas de Francia en 1788 no permitían suponer como inminente el estallido de una revolución. Más aún, según la historiografia reciente era un país próspero economicamente y en proceso de expansión. Los datos confirman esta aseveración.

Francia había visto aumentar su población de 19 a 27 millones de habitantes en poco menos de un siglo, y en 1789 era el país más poblado de Europa. Sus ciudades estaban unidas por una excelente red de carreteras, puentes y canales. Poseía zonas industriales con un fuerte índice de crecimiento, como eran los astilleros de Burdeos, las manufacturas de seda de Lyon y las textiles de Rouen, Sedan y Amiens. Su industria metalúrgica era importante debido a las innovaciones tecnológicas que la habían transformado desde hacía algunos años. Además una parte de la población campesina había logrado, poco a poco, ser propietaria de sus tierras. En 1787 el comercio exterior había alcanzado los 1153 millones de francos, cifra que no fue superada hasta el año de 1825. El tráfico colonial de la marina mercante francesa era uno de los más activos de Europa sobre todo en especies y azúcar llevadas de sus colonias. La banca francesa era la más importante del viejo continente, ya que sus transacciones financieras ascendían a la mitad de todos los movimientos realizados por la banca europea de entonces.

La situación económica de Francia en el alba de la Revolución era como la de otros países de Europa que tenían un aceptable índice de crecimiento económico. Los sectores pobres y marginados de Francia eran incluso menores en número que los existentes en otras naciones. Pero esta miseria existía y con su sola existencia hacía visible la injusticia social que prevalecía, la indigencia en que vivía una parte de la población de este país, más rico que muchos otros, contrastaba fuertemente con la opulencia de los grupos privilegiados, particularmente la aristocracia y el alto clero. Y fue este constraste el que despertó la indignación popular y en el momento coyuntural apropiado provocó el estallido. Fue un acto de toma de conciencia popular que en poco tiempo involucró no sólo a las clases miserables sino también a la burguesía media e incluso a la nobleza de menor rango.

Ahora bien, esa toma de conciencia popular fue facilitada por la difusión de las ideas de los ilustrados franceses en grandes sectores de la población. Fue la hora de triunfo de la propaganda filosófica que había logrado erosionar el orden de cosas existentes, hasta el punto de provocar un levantamiento popular que en pocos meses se transformó en una revolución. Al señalar las injusticias de una sociedad no apegada a la razón y por ella presuntamente antinatural, los ilustrados agudizaron en los hombres el sentimiento de agravio, pues los enfrentaron sin velos a los conceptos de justo y de injusto, y al hacer esto los invitaron a participar del festín de la vida y de la felicidad general que llegaría al cambiar el orden de cosas existentes. Sus escritos propagandísticos hicieron que la idea del progreso, una mera teoría filosófica, se transformara en la creencia en el progreso, es decir en un motor para buscar el cambio. De no existir esa premisa que prometía un paraíso terrestre es dificil pensar que un pueblo próspero hubiera quebrado como lo hizo las estructuras de la sociedad. Los filósofos propusieron el paradigma y el pueblo lo llevó a la práctica.

 

4. El debate sobre la Revolución

Una de las características de los primeros días de la Revolución Francesa fue el optimismo ilimitado que despertó en una gran parte de Francia. Incluso algunos intelectuales afirmaron que en lo sucesivo ya no habría historia pues la meta ya había sido alcanzada. El pasado era el penoso camino, sembrado de luchas y de sufrimientos, que habla culminado con una toma de conciencia generalizada tendiente a cambiar la sociedad y a crear aquí el paraíso; y, corno es obvio, el paraíso no tiene historia. De alguna manera el pasado con sus horrores había sido vencido y sólo pertenecía al recuerdo. En una célebre página el ilustre marqués de Condorcet, uno de los apóstoles de la idea del progreso, resumió este optimismo generalizado con las siguientes palabras:

Todo lo que nos rodea proclama que hemos llegado a una de las mayores revoluciones de la especie humana. ¿Hay algo más idóneo para iluminarnos sobre lo que debemos esperar de esa revolución, para procurarnos una guía segura en medio de estos movimientos, que un estudio de las revoluciones que precedieron y prepararon ésta? El estado actual de la ilustración humana nos garantiza que esta revolución será una revolución feliz.

A los pocos meses de haber escrito esto, Condorcet, acosado por los radicales, moría en una prisión de las afueras de París. La Revolución había dado un vuelco y comenzaban algunas de las páginas más negras de la historia de Francia. "La mesa de un largo festín que terminó en patíbulo", escribió Victor Hugo medio siglo más tarde. Fue el momento en que la razón ilustrada pareció abandonar a la Revolución con sus turbulencias políticas y sociales, mandaron, en su lugar las pasiones, los resentimientos y las venganzas, en suma, la irracionalidad. ¿Cómo conciliar las ideas de tolerancia, benevolencia y humanidad de los ilustrados con las matanzas de campesinos vandeanos, con las masacres de Septiembre o con la época del Terror? Desde hace dos siglos los franceses han polemizado en torno a este fenómeno histórico, prueba evidente de que la Revolución Francesa sigue siendo un asunto vivo y controvertible, que contrasta notablemente con otros sucesos históricos semejantes que han sido ya investidos con la veneración indiferente que se otorga al pasado muerto y enterrado.

Uno de los primeros en señalar la influencia de las ideas ilustradas en la crisis social que afectaba a Francia fue un inglés, Edmund Burke, quien en 1790 publicó su célebre obra titulada Reflexiones sobre la Revolución en Francia, en la cual mostró con elocuencia el abismo que separaba a las ideas que habían provocado la revolución de los actos que ésta perpetraba contra la dignidad humana. Las ruinas de Francia, afirmó en esa obra, con el monumento "triste pero instructivo" de las ideas temerarias y devastadoras surgidas de un período de paz y tolerancia. El sombrío cuadro que pintaba de la Revolución era la prueba evidente de que ésta ya había entrado en colisión con el mundo europeo y que sus anhelos de reforma no iban a quedar ceñidos a las fronteras de Francia. Pero además, abrió el debate sobre la influencia de las ideas ilustradas sobre la Revolución, debate que perdura hasta hoy. Así, desde los primeros decenios del siglo XIX historiadores como Joseph de Maistre, Louis de Bonald, Tocqueville, Taine, Renán y Maurrás, y filósofos- como Augusto Comte, se mostraron hostiles al "espíritu de 1789" o al menos a las consecuencias que surgieron de ese espíritu. Su argumentación contra la Revolución tenía como apoyo tres elementos básicos: 1o. La Revolución fue dañina para Francia. Fue de hecho, por sus resultados, un fracaso histórico. 2o. La Revolución fue el producto de las ideas corruptoras de los ilustrados franceses que se habían dejado influir por las teorías de autores extranjeros como Locke, Rousseau o los deístas ingleses. 3o. El espíritu revolucionario estaba envenenado por las utópicas teorías de los filósofos que pensaban que el mismo tipo de normas que se utilizaban en las ciencias se podía aplicar a la sociedad, lo que era manifiestamente erróneo.

A lo largo de los años algunos de estos argumentos surgidos básicamente de los círculos conservadores y revisionistas que han querido ver en la Revolución Francesa un fracaso, han sido desmentidos por la investigación histórica. La Revolución fue de origen puramente francés y la influencia que se ha querido ver de autores extranjeros ignora que el espíritu crítico es una de las más profundas características del alma francesa. En efecto, desde Montaigne hasta Voltaire, pasando por Pierre Bayle, Fontenelle y muchos otros, el escepticismo racionalista fue siempre uno de los elementos constitutivos del pensamiento filosófico de los dos siglos que anteceden a la Revolución. Por otra parte no fue privativo de Francia aplicar el método científico a los problemas económicos, sociales y aun políticos. El Siglo de las Luces está lleno de tentativas de este tipo, sólo que siempre provinieron de arriba, es decir fueron obra del Despotismo ilustrado.

A la Revolución Francesa no hay que juzgarla, hay que comprenderla. Para los espectadores del siglo XVIII fue una obra titánica por el sacudimiento social que provocó; para nosotros fue ciertamente un momento estelar de la historia europea que, visto a la luz de los sucesos revolucionarios de los siglos XIX y XX, adquiere otras dimensiones. Sin embargo, sea cual fuere la opinión que tengamos de ella, es evidente que representó el fin de una época. La Revolución debe ser medida tanto por lo que logró como por las resistencias extraordinarias que abatió. El Antiguo Régimen de Francia no hubiera sido nunca transformado únicamente por las reformas jurídicas que se propusieron en los Estados Generales. Era un edificio demasiado imponente, poderoso y cerrado y, además, dueño de la fuerza, como para ser modificado a fondo sólo con argumentos legales. En esto estriba la discordancia, percibida por los críticos de la Revolución, entre la benevolencia de las ideas ilustradas y la brutalidad de los hechos revolucionarios. Y es que los filósofos franceses del siglo XVIII no vieron que sus ideas pondrían en marcha una maquinaria de tal naturaleza que permitiría desafiar la fuerza de la monarquía francesa y liquidarla, sustituyéndola por otro tipo de poder.

 

5. El legado de 1789

El 4 de agosto de 1789 la Asamblea Constituyente francesa votó la supresión de los derechos feudales y de las justicias señoriales, la redención de los diezmos y tributos a los señores, la abolición de todos los privilegios, el establecimiento de la justicia gratuita y la admisión de todos los franceses a todos los empleos. Ese fue el final del Antiguo Régimen social en Francia. La Asambléa pudo entonces reconstruir la sociedad sobre nuevas bases. Decidió colocar a la cabeza de la Constitución una exposición de los principios generales sobre los cuales se fundaría el nuevo orden. Esta fue la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, votada el 26 de agosto de 1789. Se compone de diez y siete artículos y fue puesta "bajo los auspicios del Ser Supremo". Quedaban así establecidas las garantias individuales apoyadas por un gobierno constitucional. Pero esta Declaración fue también el advenimiento de la igualdad ante la ley, sin la cual la libertad no sería sino un privilegio más de los, poderosos. Para los franceses de 1789 libertad e igualdad eran inseparables: dos palabras para una sola idea.

Francia quedaba, por así decirlo, fundada de nuevo, apoyada en la libertad individual y en la igualdad de sus derechos. Se mantenia que por "consenso voluntario" de sus ciudadanos la nación francesa se proclamaba una e indivisible. El 14 de julio de 1790 se declaraba un estado federado en el cual sus habitantes eran libres y autónomos para elegir su destino. Ésta fue una de las más originales aportaciones de la Revolución.

Por otra parte, los hombres de 1789 nunca pretendieron que su idea de los derechos del hombre y del ciudadano quedara reservada sólo para los franceses. Los revolucionarios concibieron la libertad y la igualdad como derechos naturales de la humanidad. Imaginaron que todos los pueblos emularían su ejemplo e incluso soñaron con el momento en que todas las naciones, ya liberadas, podrían reconciliarse las unas con las otras en una paz universal.

La Declaración de los Derechos del Hombre es la encarnación de toda la Revolución. El largo conflicto que sacudió a Francia desde 1789 hasta 1830 fue en esencia un largo debate sobre ese documento fundamental que es el resumen de todo el movimiento ideológico francés del siglo XVIII. Muchos de los ilustrados participaron en su elaboración a pesar de haber ya desaparecido del escenario cuando se levantó el telón del drama revolucionario. En ese documento convergieron los ideales de varias generaciones y en su momento y, aún ahora, representa el sumario de los anhelos del pensamiento ilustrado.

A través de los siglos el pensamiento de Occidente, configurado por el cristianismo había canalizado sus esfuerzos, en medio de múltiples vicisitudes, hacia la liberación del individuo. El cristianismo apoyó la libertad del individuo para que éste pudiera trabajar en paz por la salvación de su alma. Sin embargo, de los siglos XVI al XVIII muchos pensadores dirigieron su mirada a problemas más terrenales. El humanismo y el racionalismo impulsaron al hombre a deshacerse de las cadenas que lo ataban al más allá y a convertirse en el señor de la naturaleza. Por diferente y aún opuesta que nos pueda parecer esta doctrina con respecto a la del cristianismo, es evidente que ambas promulgaban la primacia del individuo y exigían respeto por el, ya que le reconocían al hombre derechos naturales que no podían nunca prescribir, y le asignaban a la autoridad del Estado la única finalidad de proteger esos derechos y a hacer de la persona humana un sujeto digno de ellos. El cristianismo había prometido la salvación para todos como individuos, y sin distinción de raza, idioma o nación. La filosofia occidental posterior al Renacimiento reconoció esta unidad de la humanidad; mantuvo viva la idea, unicamente la secularizó. Estos principios llegaron hasta la Declaración de los Derechos del Hombre donde se establece que el individuo libre y autónomo es el fin supremo de toda organización social y del estado, y que no deben existir distinciones entre las razas humanas.

A lo largo de doscientos años la Declaración ha sido objeto de diversas críticas y objeciones. Se la ha acusado sobre todo de ser una mera abstracción alejada de la vida real, pues algunos de los derechos que proclama son un ideal dificilmente alcanzable. Además no toma en cuenta las circunstancias particulares de cada país, sus hábitos, costumbres y tradiciones, ni el caracter contigente y culturalmente relativo de la declaracion, así como las situaciones de crisis económica o política, e incluso de guerra, situación extrema en la que el estado debe limitar por la fuerza los derechos individuales.

Otro tipo de crítica que le ha sido hecha a la Declaración, sobre todo en nuestros días, es la de que favoreció a una clase, la burguesía, a expensas de las otras, lo que ha conducido inevitablemente a conflictos sociales. En efecto, la Declaración enumera la propiedad entre los derechos del hombre. Más aún, aunque no está mencionada explícitamente, la libertad económica se deduce del espíritu de algunos de sus principios, lo que ha permitido que se le acuse de alentar sin control el desarrollo del capitalismo y favorecer la lucha de clases entre los dueños del capital, es decir de la propiedad, y el proletariado y la fragmentacion de la comunidad.

Aquí debemos señalar que los constituyentes de 1789 tenían ante sus ojos a una sociedad en los albores del capitalismo moderno y en la cual el incremento en la capacidad productiva aparecía como el correctivo esencial e imperativo para aliviar la pobreza y la carestía. Los pobres y los marginados aparecen una y otra vez en los debates de la Asamblea y a ellos estuvieron dirigidas muchas de las reformas, pues representaban la prueba palpable de la sociedad injusta que había sido cancelada. Algunos miembros de la Asamblea afirmaron, en la línea de Juan Jacobo, Rousseau, que la democracia no es compatible con una excesiva desigualdad económica, y que era el deber de la comunidad señalar esas diferencias y corregirlas por medio de la ley. De esta forma la libertad económica proclamada por los Derechos del Hombre no es la libertad concedida a unos pocos para explotar a la mayoría, sino la expresión clara de que es la ley la que debe restringir los derechos de los propietarios en favor de las clases pobres.

Esto nos conduce a un punto esencial para comprender los alcances de la Declaración: el de las diversas interpretaciones que es posible hacer de ella y que pueden justificar actos incompatibles con su espíritu. Los hombres de 1789 señalaron con claridad que los ciudadanos investidos con el poder de gobernar deben enfrentar sus responsabilidades y procurar el bienestar social suprimiendo los abusos por medio de la ley.

Nada revela mejor el carácter moral de la Declaración que el hecho de que exige del ciudadano y del legislador conducta íntegra, espíritu crítico, y respeto a los derechos de los demás, es decir, espíritu cívico.

 

Bibliografia Sumaria

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[Revista Estudios: filosofía-historia-letras, Verano 1989]




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